Pues ahí están los poco elegantes de mis profesores levantándose todas las mañanas con un aparato que hace ruido hasta los cielos para ir a la escuela a enfrentarse con las nuevas generaciones de estudiantes de secundaria y preparatoria. Estudiaron letras y su campo de trabajo se reduce a estar treinta y cinco años ante jóvenes para poderse jubilar. En las noches cuando les queda tiempo libre se sientan en algún sillón y leen hasta que se quedan ciegos. Supongo que ellos, como yo, decían a los veintidós años –quiero ser escritor, quiero ser escritor para dedicar mi vida a levantarme a las doce del día y caminar por los parques.— El problema fue que en algún momento de la vida se les acabó ese sentimiento y entraron a la escuela que mejor pagaba de todas a dar clases a los hijos de los señores que les sobra tanto dinero como un río inundado y a los retoños dulces y mimados de los profesionistas que en su vida serán millonarios pero que dejan los quince o veinte años que les quedan de juventud en trabajar sin descanso para poder pagar las colegiaturas de la educación privada. Y entre los estudiantes se ve claramente la diferencia de quiénes son de unos y de otros. Los de la clase media esclavizada viajan una vez al año en los tiempos de abundancia, los de la clase alta lo hacen todos los fines de semana. Y en general cuando cada quien se asume sin rencores en su lugar y no exige a sus padres que le den más de lo que en verdad pueden (siendo para unos poco y para otros demasiado), la convivencia entre todos es envidiable. Por ejemplo, se crean bandas de amigos sin distinción de clase social que se plantean objetivos nobles como la defensa de los tímidos y desprotegidos alumnos miopes, torpes y de buenas calificaciones de los abusos de sus gorilas, grandulones y sinvergüenzas compañeros de idénticas buenas calificaciones pero que todos los recreos los usan de trapo y los golpean hasta dejarlos descansar al fin en el bote de basura menos lleno del patio. Los profesores que deben guiar a sus alumnos en el desempeño de sus actividades cotidianas nunca se dan cuenta de los atropellos en el momento adecuado. Lo más que hacen es levantar al niño humillado del bote y decirle –señor, usted debe aprender a defenderse. Deles unos cuantos golpecitos y ya verá como empezarán a respetarlo.— Al fin que en tantos años de docencia los profesores se han dado cuenta que éste no es un problema fuera de lo normal y que por lo mismo no deben dedicarle tanto tiempo. En caso de que la situación empeorara su única obligación sería remitir tanto a los golpeadores como a los golpeados con la psicóloga escolar para que ella guiándose en algún libro de psicoanálisis realice cuantas sesiones de terapia considere necesarias para que los niños dejen de agredirse y se den las manos. Aunque siendo sinceros los profesores de matemáticas saben bien que todo lo que se resuelve en las oficinas de los directores son fraudes e insisten en enseñar a los jóvenes miopes que el boxeo y el arte silencioso de la guerra china son las mejores soluciones para terminar con todos los problemas estudiantiles del mundo. –Señores, la guerra empieza desde que nacen, ustedes son los únicos responsables de su propio bien. Si ya saben lo que les quieren hacer entonces tráiganse picos y chacos en la mochila, póngase debajo de la camisa una barra de acero con clavos y listo. Con el primer golpe que los idiotas les intenten dar terminarán con la mano destruida para el resto de sus vidas. Después corren rápidamente al bote de la basura, tiran las armas y se meten en él. Cuando llegue el director a preguntar qué sucedió ustedes dirán –lo de siempre, profesor.— Los golpeadores dirán que todo es culpa del maestro de álgebra porque les habló sobre la inquisición y las técnicas de tortura de los reyes católicos, pero en ese momento ya habrán ganado la batalla. Ninguno será expulsado de la escuela porque ¿cómo se podría justificar dejar en la calle a dos alumnos de excelencia académica? Al fin que el señor directivo tiene perfil de erudito y es evidente para todos que jamás le ha gustado trabajar con la policía. Por lo pronto ustedes habrán hecho un gran favor a la sociedad al haber dejado manco a su compañero provocador y habrán cometido inconscientemente un acto de justicia con sus propias manos. Pero en fin, éste no es el problema más serio al que se enfrentan todos los días mis profesores que estudiaron letras. Las cosas sólo se prenden con certeza en los estudiantes que no están conformes con la categoría social de sus padres porque no es fácil esconder que algunos compañeros son hijos de personas que trabajan todos los días del año (y que no les pueden comprar todo lo que ellos quieren) pero que también hay otros que no piden nada aunque sus familias tengan el dinero de siete países juntos. Pero todos son orgullosos, por eso es que nunca han emprendido una campaña para intercambiarse a sus mayores. Sería muy provechoso para todos porque estoy seguro que debe ser también una decepción para los adultos que tienen tanto tener hijos que quieran tan poco. ¿Qué tienen que hacer con el excedente? ¿Ahorrarlo? Por eso luego Dios los castiga y les manda hijos revolucionarios que quieren terminar con las clases sociales e incorporarse al partido comunista. Aclaremos de una vez que ésas no son ideas de los maestros de letras, ni siquiera de la escuela porque al ser la mejor escuela de todas (como presumen que es) todos sus egresados serían iguales y la sierras estarían repletas de los alumnos del profesor de matemáticas que saben utilizar las torturas chinas para defenderse de los gandules y canallas que explotan a los obreros oprimidos. Es una escuela de ciclos, porque los hijos inconformes de los padres que no tienen dinero terminan siendo empresarios y los de los que sí, guerrilleros. Pero los inconformes que participan en esta lucha ideológica y que brincan de una clase a otra para ayudar a compensar el número de seguidores de cada corriente son solamente unos cuantos. Los demás jóvenes siguen el curso normal que sus padres esperaban de ellos. Pasan por la escuela impunemente.
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Revise la colocación de sus comas y puntos, las reglas de utilización de los signos ortográficos al menos. Dedíquele a un manual media hora de detenimiento y luego vuelva a repasar su trabajo…
Es una visión muy particular de esa escuela moderna, aunque no te falta razón.
Suerte.
Mi relato es el 41
Antístenes, después de leer el relato un par de veces y de ver su comentario, puedo decir que la ausencia de comas y el uso exagerado de «y», además del nulo uso de punto y aparte, es de lo más intencional, es parte del estilo de la autora (o autor), pues a mi parecer pretende ejemplificar como es el relato en la mente, pues ahí no existen las reglas gramaticales, sólo pausas entre idea e idea.
Zaforatsel, nunca le tema a la innovación.
No alcancé a distinguir si esto es un panfleto o una narración o qué, me costó trabajo llegar hasta el final, a pesar de no ser extenso este trabajo.
Duro alegato contra el profesorado. Escritores frustrados. Repleta de tópicos.
Mucha suerte.