premio especial 2010

 

May 05

Toda su vida, desde que tenía uso de razón, Esther siempre había tenido el mismo sueño.  Era tan recurrente y a la vez tan real, que ya había llegado a formar parte de su existencia. Era un capítulo más de su día a día. Empezaba en una callejuela que ni siquiera podríamos llamar así. Era una especie de bocacalle que unía otros dos tétricos callejones  por los que jamás pasaba nadie. Por supuesto, era de noche y la niebla había copado el lugar. Esther apenas veía por donde iba, tan solo sentía el retumbar de unos pasos que ni siquiera podía asegurar si eran los suyos. Cuando estaba en la zona más penumbrosa de la calle sentía un susurro de voces, y un extraño eco en los adoquines parecía devolverle cada pisada. Todo el tiempo tenía la palpitante sensación de que la seguían, y al avanzar entre la bruma, semioculto por un intrincado guante húmedo y frío, estaba él.

   Cuando lo veía surgir de la oscuridad, se quedaba sin habla. Le parecía que el mundo empezaba a girar más despacio y la luna dejaba de atraer a la tierra. Los desbocados latidos de su corazón se ralentizaban y todo dejaba de existir, excepto él. Entonces el hermoso muchacho extendía su mano, y sin mediar palabra asía fuertemente la de ella y se la llevaba. En ese momento despertaba y nunca pudo saber a donde se la llevaba. Aún cuando ya llevaba un tiempo despierta persistía en la habitación una sensación extraña, como si el muchacho del sueño hubiera impregnado la estancia con su presencia.

  Los años pasaban inexorablemente y Esther seguía teniendo el mismo sueño. Mientras sus sienes plateaban y su cara perdía aquella lozanía que tenía en su juventud, el muchacho seguía tan radiante como siempre.

    Una mañana de invierno la madre de Esther falleció, y seis meses más tarde fue su padre el que abandonaba esta vida. El reducido mundo de aquella solitaria mujer se iba haciendo añicos, y ella casi podía oír como los trozos iban cayendo al suelo.

   El jefe de Esther también había muerto. Ella siempre había trabajado en aquella pequeña empresa donde todos eran como una familia. Al fallecer la persona que más había bregado para mantener aquella unidad todo se había desmoronado.  Los hijos decidieron hacer recorte de plantilla y la primera que sobró fue ella, pues ya nadie necesitaba una mecanógrafa, la chica que cogía el teléfono podía pasar las cosas a ordenador en un momento.

    Esther no volvió a encontrar trabajo, por más que deambulaba de un sitio a otro, parecía que había perdido su lugar en aquella sociedad de gente joven y preparada. Como no tenía ingresos las deudas fueron aumentando. Llegó un día en que no pudo pagar el alquiler y después de varios meses, cansada de vagar sin encontrar ninguna solución, llegó la orden de desahucio.

    Una noche echó a caminar por los sitios más sórdidos de la ciudad, y cuando ya llevaba tanto tiempo andando que apenas sentía las piernas, se dio cuenta de que estaba en el callejón de sus sueños. Cuando llegó al final, abriéndose paso a través de la densa niebla, en medio de un resplandor, vio al muchacho que hacía que su mundo se parase. Seguía tan hermoso y joven como siempre, y de nuevo sin mediar palabra le tendió la mano y juntos penetraron en la oscuridad. Esther no sabía que hacer, y cuando miró a un lado  pudo verse a si misma cuando tenía seis años, columpiándose en un parque que llamaban “la jirafa”. Luego estaba ella el día de su séptimo cumpleaños, soplando con sus abuelos la tarta que le había hecho su madre, y el día de su primera comunión, protestando porque no quería ponerse la capota que le habían comprado. Las imágenes se iban sucediendo, y en algunos momentos se veía una Esther adolescente con los labios pintados de rosa y una Esther joven y radiante en busca de su primer empleo. Parecía como si estuviera mirando a través de un velo. Todo era tenue y poco definido. Prestando atención se podía adivinar el transcurrir del tiempo, y veías a una mujer que había envejecido prematuramente y que lloraba en el funeral de su padre.

    Cuando la sucesión de recuerdos llegó a su fin, y sin mediar palabra, el joven le dio un espejo para que se mirara y Esther no podía creer lo que veía. Las arrugas se habían ido de su rostro y éste volvía a estar tan aterciopelado como en las imágenes que acababa de ver, y sus cabellos volvían a ser negros y relucientes como azabache, igual que en su juventud. Luego, el muchacho, le quito el espejo y le señaló algo que se veía al fondo del callejón. Luces y sirenas de policía habían tomado la calle, y en medio de tanta parafernalia se veía algo tirado. Al fijarse Esther pudo comprobar que ese “algo” llevaba su abrigo, y su expresión carecía completamente de vida. Entre los murmullos de la gente pudo distinguir una conversación que mantenían dos policías.

–        Parece ser que no tenía donde vivir, y ha muerto de frío- decía uno de los policías.

–        ¡Que triste! – Puntualizó el otro – si nadie la reclama tendremos que llevarla a la fosa común.

El joven muchacho de los sueños volvió a tomar la mano de Esther y juntos atravesaron las callejuelas y siguieron más allá, mucho más allá…



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6 Responses to “47- La niebla del callejón. Por Batalla”

  1. Pilar dice:

    Me parece bonito, un poco triste.

  2. Luc dice:

    Los relatos oníricos tienen sus riesgos. Éste resulta bastante previsible, pero está bien escrito. Suerte.

  3. Antístenes dice:

    Un buen capítulo de telenovela… Suerte.

  4. Ágata dice:

    El mundo de los sueños es complejo y atractivo a la vez. Me gustó tu relato.

    Suerte.
    El mío es el 41

  5. la ciudad dice:

    hermoso relato a pesar de lo previsible. felicidades batalla

  6. HÓSKAR WILD dice:

    Delicisamente triste. Dramático con toque de esperanza en lo desconocido.
    Mucha suerte.

 

 

 

 

 

 

 

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