Soy un ser humano nacido en un lugar cualquiera. Por lo tanto, soy ciudadano del mundo con tarjeta de identificación número “X“ si, “X“ = incógnita que nunca podré descifrar ni con una ecuación de tercer grado, dado que caigo de nuevo en este mundo hostil plagado de fronteras y habitado por hombres los cuales se empeñan en diferenciarse aludiendo a conceptos como: País, cultura, partidos políticos, parte norte y sur del planeta Tierra, occidental, musulmán… en fin, tantos arquetipos cuya esencia es la de distinguir, clasificar entre los seres humanos cuyo único punto de diferenciación entre ellos es la envoltura exterior ya que en la interior habita toda una estructura similar cuyo precedente es el mismo Homo Sapiens.
Nací en un país de Sudamérica con una cultura rica en mezclas que abarca todos los ámbitos habidos y por haber. Claro, pero donde también hay agujeros negros; Mi familia con un número de cuatro miembros, dos mujeres y dos hombres, se sentaba en lo que podríamos decir un modelo familiar tradicional. En este seno conyugal nací y me crié hasta la edad de ocho años. Llegado a esta edad la estructura parental se rompió al marchar mi madre al extranjero por culpa de la poca flexibilidad que tiene este país para satisfacer las necesidades a sus ciudadanos. Nos quedamos tres: Papá, mi hermana y yo, parecerá insignificante pero cuando hace falta un miembro esto distorsiona todo, y más cuando eres un crio. En esta fase de tu vida necesitas tanto el cobijo de mamá como de papá para sentirte totalmente saciado en todos los aspectos. Esta desestructuración se resaltaba más en mi cuando veía mis compañeros de clase y amigos de barrio pasear con sus padres.
Así pasaron tres años de mi vida, quizá esta situación hizo que madurará más rápidamente a diferencia de otros niños de mi misma generación. Trienio en el cual analizaba todo lo que me rodeaba, sobre todo la sociedad y a su elemento principal – el hombre – viendo tantas injusticias, desigualdades, secuestros, guerra de guerrillas… etc. Me cuestionaba el por qué el ser humano se empeñaba en hacer la guerra y la violencia con la finalidad de resaltar más una distinción. Y me preguntaba a mi mismo dónde está esa facultad – sapiens – que tenemos los seres humanos, qué pasa con nosotros, y si tenemos algún síndrome el cual evita la utilización eficaz de nuestra razón.
Llegada la edad de once años, y una vez que mi madre se asentó de manera estable en aquel país de órbita occidental el cual según el criterio de mamá nos iba no sólo a cubrir todas nuestras necesidades más básicas (Educación gratuita, seguro médico, garantía plena de nuestros derechos fundamentales…) Sino que, también nos haría evolucionar como personas de derecho. Por todo ello, decidimos emigrar a aquella nación concebida por mamá como de bienestar con todas sus letras mayúsculas. Pero sólo viajamos, mi hermana, mi madre y yo, papá se quedaba por circunstancias de separación matrimonial.
Un día antes de marchar decidí dar un paseo por aquellas calles de ese barrio más bien de estrato bajo en el cual había pasado horas jugando con mis amigos. Mis vecinos me decían: “Nunca te olvides de nosotros ni de tu país, son tus raíces, no intentes suplir tu cultura por esa nueva que te acogerá.” Cuando me dijeron aquello, se me hizo un nudo en la garganta y eché a correr a mi casa. Allí me refugié en mi habitación llorando, preguntándome el por qué mi país no podía ser similar a aquel que me esperaba, digo económicamente. Recordaba momentos felices que pasé en mi cuarto y en mi hogar, sabía echaría de menos la costumbre de ir cada tarde a visitar a mis abuelos los cuales vivían dos cuadras más arriba… En fin, es indescriptible explicar con palabras ese sentimiento de nostalgia que te da cuando tienes que dejar tu tierra, tu familia, tus amigos…
Pasadas las largas horas de viaje en el avión, aterrizamos en terreno llano previsto de un conjunto de pistas, instalaciones y servicios destinados al tráfico regular de aeronaves. Una vez allí, pasamos por aquella oficina pública, establecida generalmente en costas, fronteras, aeropuertos, para registrar el tráfico internacional los géneros y mercancías que se importan y exportan para enseñar la documentación requerida por el reglamento de inmigración de aquel país para poder entrar en suelo nacional.
Le pregunté a mamá. ¿No sería mejor que no hubiese fronteras, aduanas? ¿Además somos todos del mundo, no? ¡Así se tardaría menos!
Ella me respondió con un cállate hijo que no estoy ahora como para reflexionar. También la cuestione sobre qué era eso de inmigración;
“Hijo, ya no vas a ser un ciudadano de primera, acostúmbrate a serlo de tercera”.
Me quede pensando en aquella respuesta que me dio mientras íbamos de camino a nuestra nueva casa, pero fui pasando de ella al contemplar el diferente paisaje urbano y rural del nuevo país. Tenía muchos edificios en la ciudad y en el campo predominaban los paisajes llanos con poca arboleda a comparación de aquel paisaje tropical con altos arboles y exuberantes montañas andinas. Una vez en casa y después de instalarme en mi nueva habitación, vinieron a mi cabeza las comparaciones llenas de nostalgia. Y pasaron los días, meses, años de colegio, instituto, en los cuales yo tenía que aprender a estar sólo dado que la pobre de mi madre tenía el deber de trabajar todo el día limpiando aseos y ancianos.
Pasaba el tiempo y yo seguía con mi carga mental ya que un inmigrante tiene siempre una fuerte discusión de pensamientos, el de ir acoplándose a la nueva cultura que le acoge pero tratando de no perder aquellos rasgos tradicionales de su tierra de origen. Claro, para un nativo es muy fácil decir: “Que se acoplen y supriman sus costumbres opuestas a las nuestras.” Pero lo que no hacen ellos es posicionarse en el lugar del otro, que recuerda la frase continúa de su familia: “No nos olvides a nosotros ni a tu cultura.” A esto se le suma la soledad debido a que no tienes a los tuyos cerca.
Un día vi por la televisión como una serie de políticos discutían sobre la inmigración y la xenofobia. Unos achacaban a que el racismo se daba por la competencia laboral que hacían los inmigrantes a los ciudadanos nacionales; Otros contestaban que ese no era el problema, ya que solo había esta pugna en el sector servicios. Pero ninguno de esos cultos políticos daba la verdadera respuesta, pensé yo, la cual es:
En un país como éste que tiene más población de tercera edad, hace falta la inmigración para que aporte población joven activa la cual contribuya dinero a las arcas del estado, de esta manera no habrá un desequilibrio y se podrán cubrir mejor las muchas necesidades sociales de la nación, como la jubilación. Ahora se dará el triste fenómeno de la xenofobia si nuestro poder ejecutivo no hace un buen uso de las leyes de extranjería dando como resultado el alto número de indocumentados que por ello delinquen para subsistir. Como consecuencia de no tener permiso de trabajo no podrán cubrir sus necesidades de igual manera que aquél que puede trabajar legalmente. Esto trae el grave resultado de la – generalización- la cual se traduce en meter a todos en el mismo saco, sin diferenciar entre los que viven de acuerdo a las normas y a los que no lo hacen dada su situación irregular.
Todo lo anterior será utilizado por partidos políticos extremistas para beneficiarse aprovechándose de la ignorancia de los ciudadanos, conduciéndoles por el camino de la superstición. Y así se genera el fanatismo, dogmatismo, la obcecación, el miedo por el extranjero.
Bueno, dejando atrás todas estas problemáticas sociales que acentúan la diferencia. Sigo con mi trayectoria, pasado el tiempo y llegando hasta la actualidad, sigo estudiando ahora en una institución de enseñanza superior que comprende diversas facultades. Ya acostumbrado a la vida y su distinción social eterna entre mujeres, hombres, ciudadanos nativos, inmigrantes, etnias, religiones, culturas, ideologías políticas… Entre otras muchas que hacen que este mundo sea cada vez más complejo y peyorativo. Y con una nueva duda que me rodea, si al terminar mis estudios, al intentar introducirme en el mundo laboral seré tratado igual que un ciudadano nacido aquí o de manera distinta por no decir peor, por tener un aspecto diferente, el de un inmigrante.
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El tema es suculento. Engloba igualdad, discriminación,fronteras, guerra, injusticia. Son los grandes temas que debe corregir la humanidad.
El texto adolece de algunos errores de puntuación que lo deslucen , creo.
Es muy desgarrador pero te hace sentir simpatía por Walter y desearle Lo mejor, claro. Me pregunto si a Walter en Su clase de universidad le miran y le juzgan por sus rasgos o por su capacidad de sapiens y de amar. Vaya a ser que por la logica inseguridad o temores muy comprensibles vaya a derivar en complejo de víctima, inexorablemente.
No, yo no lo creo. Besos!
Un texto hondo que conmueve.
Le deseo a Walter lo mejor, y suscribo las palabras de Fer.
Añado, que Walter no debe olvidar de dónde viene, es lo más legítimo que tenemos como personas.
Te deseo suerte.
gracias por los anteriores comentarios,he sacado de los tres palabras productivas.Ágata y Fer creo q todos los seres humanos tenemos inseguridades derivados de nuestra propia vivencia social,ahora habran personas fuertes y los cuales lo son menos:los primeros vencen los obstáculos con facilidad ;los segundos tardan más en hacerlo y necesitan de una ayuda.yo me considero de los primeros y se que con valentía y firmeza se logran pasar esas barreras.
Ágata me ha encantado tu último consejo,creo que lo esencial de tener una personalidad concreta es saber y tener claro de donde se es.aunque mi sueño sería que no hubiesen ni fronteras ni nacionalidades en el mundo.
dime cual es tu relato bello cuarzo
Mal asunto. Siento no seguirle leyendo, pero desde el principio su relato está embrollado, como poco…
Forastero, mi relato es el 41.
Saludos,
Ágata.
P/D: siento que Antístenes no haya sabido descifrar la incógnita primera de tu relato y haya abandonado, como es su costumbre. Yo le aconsejaría un curso de inteligencia emocional.
Buen relato, bien pensado y mejor escrito. Te felicito forastero
Descripción de una realidad sobre la que pasamos de puntillas a diario y sobre la que opinamos, en la mayor parte de las ocasiones, condicionados por los comentarios de algún iluminado que aparece en la caja tonta.
Mucha suerte.
Ágata,la ciudad,HÓSKAR WILD,muchas gracias por vuestros comentarios son muy constructivos y sinceros;me alegra que hayan comprendido la esencia de este relato.en cuanto a ANTÍSTENES dire,que un escrito se debe de leer de principio a fin para finalmente pasar a opinar sobre éste.