Che Guevara vive en Ucrania. Por José Fernández Belmonte

Cuando todo el mundo lo daba por muerto y enterrado, yo estoy en condiciones para demostrar que Ernesto Guevara, más conocido como Che Guevara, sigue vivito y coleando. Todo lo que sucedió en La Higuera, una pequeña población de Bolivia, allá por el año 67, fue un montaje urdido, posiblemente, entre la CIA y el KGB.
Aturdido con un cóctel de psicotrópicos, esposado y metido en un saco de dormir que olía a pies, en el vientre de un viejo Antónov, voló rumbo a Ucrania donde le esperaban para curarle el catálogo de heridas que traía por toda su admirada anatomía.
Después, sufrió las consecuencias de un experimento secreto que consistía en someterlo a descargas de corriente galvánica al mismo tiempo que le hacían ingerir grandes cantidades de caviar y vodka de garrafón.
Para aliviarle la ansiedad que le provocaba no tener un kalashnikov en las manos, el terapeuta decidió ponerle, en su lugar, una guitarra flamenca que había traído a Ucrania un chico español republicano antes de morir congelado una noche que salió del barracón a hacer de vientre sin percatarse de que fuera hacía 29º bajo cero. Como estaba estreñido, murió congelado dando apretones.
Tras las descargas y las terapias contrarrevolucionarias, por las que los corruptos dirigentes comunistas ucranianos recibieron un maletín de piel relleno de billetes de cien dólares y unos negativos con los mejores desnudos de Marilyn Monroe, el Che, de manera autodidacta, se convirtió en un virtuoso de la guitarra española y obtuvo gran reconocimiento dando grandes recitales en plena calle bajo la estatua de Lenin. Los boleros y las rumbas le daban, al menos, para comer todos los días una salchicha a la Kiev o una patata rellena, hasta que se casó con la viuda de un general del Ejército Rojo tras darse cuenta de que no era normal que, día tras día, le depositara en su boina negra, con la típica estrella de cinco puntas, un billete de 5.000 rublos.
La viuda, como no estaba para tirar cohetes, pronto fue víctima de tumultuosas infidelidades por parte del apuesto rebelde argentino, que siempre andaba rodeado de una corte de rubias que nunca aprendían a tocar la guitarra, pero se licenciaban, perfectamente, en el arte de tocar la zambomba.
La esposa, alertada por un viejo cosaco experto en ligarse a señoras con recursos, sorprendió al Che con las manos en la masa dando un Concierto de Aranjuez en pleno Allegro gentile, con dos hermanas gemelas cuyas trenzas de oro bajaban desde la cama hasta el suelo, y cuyos senos, tersos y erguidos, desafiaban la fuerza de la gravedad, confrontando, de ese modo, a las teorías de Einstein y Newton.
Luego, todo le fue a peor. Acabó dando clases particulares de guitarra española a razón de 1.000 rublos la hora y, a veces, hasta por menos. Lo mejor para él fue que las corrientes galvánicas, o el caviar y el vodka de garrafón, le quitaron la desazón por liberar de tiranos las tierras del mundo, sirviendo en bandeja a Fidel Castro el gobierno cubano hasta nuestros días.
La CIA y el KGB firmaron su alianza junto a Castro para quitarse de en medio al Che. De no haber surgido esta entente otro gallo cantaría.
Don Ernesto, a pesar de su edad, sigue dando clases en Kiev. Dicen que no lo hace mal, pero que no entiende nada de política.


José Fernández Belmonte
Blog del autor

Compañera mía. Por Mirtha Rodríguez

Como pasaron los años….

Cuesta entender, esta realidad…

No nos vemos, como antes…

Verdad?… compañera mía?…

De niños… nos conocimos…

Juntos, pasamos…todos los días…

Penurias y felicidad…

Así fue… nuestra vida…

No pude, regalarte joyas

Mil veces, las merecías…

Tu amor, no necesitó de halagos

Mi fiel, compañera de vida…

Hoy, nos vemos grandes…

Unidos, como el primer día..

Nuestras manos, rugosas

De trabajar, el día a día…

Te veo, más bella que antes…

Los años, le dan más vida

A tus ojos amorosos…

Tu sonrisa…tus caricias…

Juntos… en la adversidad…

Juntos…compartir la vida…

Nuestro camino… es el mismo…

Querida…fiel…compañera mía.

 
Asociación Canal Literatura

Mirtha Rodríguez
Argentina

Veinticuatro horas de regalo. Por Ana Mª Tomás Olivares

Cada amanecer es un regalo, por eso se le llama presente. Y, aunque parezca que no importa si usted es consciente de ello o no, es, precisamente, ese mínimo instante de consciencia el que puede cambiarnos la vida.

Normalmente, celebramos días especiales para honrar a quienes deberíamos honrar todos los días del año: que si el padre, la madre, el amor, los inocentes, los muertos, etc., pero a pocos se nos ha pasado por la mente celebrar cada día porque sí, simplemente por el hecho de estar vivo.

Esta semana se nos regalan veinticuatro horas extras de un año bisiesto, llamado así porque Julio Cesar intercaló un día entre el sexto y el quinto antes de las calendas de marzo (primer día de cada mes), es decir, entre lo que sería el 23 y 24 de febrero, como ajuste a la duración de la vuelta completa de la Tierra en su órbita que no es de 365 días exactos, sino de 365 días, 5 horas y 56 minutos. A este día se le llamó bis sextus díes ante calendas martii, o sea, doble día sexto antes de las calendas de marzo. Y al año que contenía ese día se le denominó como bissextus.

Yo no sabía que, desde hace más de quince años, en España existe un peculiar club que festeja, cada cuatro años, a los nacidos en el 29 de febrero, o sea, a sus miembros. Y que este año esperaban juntar a cinco millones de bisiestos del mundo. Ni tampoco que celebraran el cumpleaños tan de tarde en tarde, a fin de cuentas, el primero de marzo sería el siguiente al 28 de febrero. Bueno, imagino que no serán todos, pero sí, al menos, todos los que yo vi entrevistados por una cadena televisiva.

Vivir como vivimos entre prisas, vorágine, estrés…, sintiéndonos culpables a cada momento por no tener el don de la ubicuidad y poder estar en varios sitios a la vez; llegando a casa a altas horas de la noche, derrengados y exhaustos de la batalla del día y, también, llamar batalla a lo que debería ser un disfrute por tener la oportunidad de estar vivos no ayuda mucho a que el balance, al caer el día, no traiga con él, junto a la nocturnidad, una buena dosis de alevosía y de veneno en sangre. Pero si nos paramos un poco o, simplemente, hacemos cuentas mientras conducimos en estampida hacia el trabajo, el cole de los críos, el supermercado o el médico, nos daremos cuenta de que, cada día, el Tiempo nos alfombra el derredor de la cama con 86.400 segundos para que pongamos los pies y estrenemos, de nuevo, la vida. Circula por Internet un correo que compara esos segundos de riqueza absoluta, incapaz de comprar ni el más rico de los hombres, con euros que se nos regalan cada día pero que tenemos que gastar en esa misma jornada, de lo contrario, el dinero desaparece al llegar la noche, aunque el nuevo amanecer vuelva a traernos en la cuenta otros 86.400 euros. Visto así parecería increíble que hubiese un solo ser humano que no gastase ese capital a diario, en él, en su familia, en sus amigos… Sin embargo, el tiempo, ese maravilloso bien poco preciado, salvo por los que saben médicamente que les queda muy poco, lo empleamos en vivir alienados, aborregados entre renegaciones, aceptaciones o asumiciones porque no nos quedan más huevos.

Quienes vamos cumpliendo cierta edad -lo de “cierta edad” siempre me ha hecho mucha gracia porque suele utilizarse a las edades más inciertas- sabemos, aunque no todos, por desgracia, que cada vez tenemos menos tiempo para perderlo en pequeñeces, en vulgaridades, en riñas, en egoísmos. Poco tiempo para regalárselo a quienes no lo merecen. Lo refleja extremadamente bien un poema maravilloso de Mario Andrade: “Ya no tengo tiempo para soportar absurdas personas que, a pesar de su edad cronológica, no han crecido./ […] Me molestan los envidiosos, que tratan de desacreditar a los más capaces, para apropiarse de sus lugares, talentos y logros./ […] Quiero rodearme de gente que sepan tocar el corazón de las personas./ Sí… tengo prisa…por vivir con la intensidad que sólo la madurez puede dar.”

Así que, maduros o verdes, sanos o enfermos, jóvenes o viejos (que poco o nada tienen que ver con la edad) unámonos al club de los bisiestos, al de los bialegres (de alegría no de viagra) al de los bicardiólogos, pero no de los que se acercan al corazón con el fonendoscopio, sino de aquellos que lo hacen con las yemas de los dedos del alma y festejemos, honremos, cada día, esos 86.400 segundos y que cada noche no nos quede ni uno sólo que no hayamos gastado o puesto a plazo fijo en la intensidad de la existencia.

Asociación Canal Literatura
Ana Mª Tomás Olivares
Blog de la autora

Decidme, poeta… Por Salvador Pliego

Decidme, poeta, desde un cántaro de agua vuestros versos.
Decidme que llegasteis a la flor abierta,
a las manos entregadas a otras manos,
al corazón poético de un gesto brotando desde un pecho.

Decidme que guardáis la letra en las lágrimas de un canto
y sólo su melodía a ti te abraza…
y nadie más la escucha.

Contadme cómo los cuerpos se pronuncian
y si es la madrugada lo que ya nunca termina.
Contadme cómo los ojos, en el aire, se tocan y acarician,
y son uno y otro prisioneros de las bocas.

Llamadme un día, tan del mar y la palabra,
que no quepan las mareas,
que no escapen los suspiros,
que no vuelen cual acacias las espigas en siluetas;
que los labios son eso: se tocan, se embelezan, se disfrutan;
son eso… y se sorben en espumas.
Y nosotros, impacientes, alterados, consumimos esos labios:
nos rendimos al delirio.

¿Quién toca a quién, entonces?
¿Quién lleva al mar su ola
y entrega al sol los besos?
¿Y quién, ya exhausto, explora y acomoda
la luz de la marea?

Nada nos toca, ni sentimos,
solamente el agua, su transparencia,
su boca frágil que nos roza,
su suave vestidura.
Y uno y otro, los dos juntos,
sabemos que nos palpan desde una flor abierta,
alegre, radiante, dichosa,
en un desliz de vuelo,
en un fragor de adagio,
en un clamor de dos…
de dos…
de dos a pleno encanto.

Salvador Pliego
Blog del Autor

El mapa del cielo. Por Brisne

El mapa del cielo

«La flema que me embargaba tenía más que ver, pues con mi falta de imaginación que con un exceso de valentía. Ansiaba ver un marciano tal cual era, por extraño que pueda sonarle al lector: necesitaba temerles»
 
Félix J. Palma homenajea de nuevo a H.G. Wells en su nueva novela «El mapa del cielo». El autor confiesa que no es necesario haber leído la primera novela para entender ésta. Tiene razón, en parte, puede perfectamente entenderse «El mapa del cielo» sin haber leído «El mapa del tiempo». Ambas novelas son un homenaje a las historias que se vendían por folletos a principios del siglo XX. Ambas son un homenaje a las novelas de H.G.Wells, un homenaje a «La máquina del tiempo» la primera, en ésta nos encontramos con un bello homenaje a «La guerra de los mundos».
La historia, como en la primera, se divide en tres partes. En la primera tomamos contacto con el primer marciano llegado a la tierra. Un marciano que no viene de Marte y que masacra un barco que buscaba el centro de la tierra. Un claro homenaje a Verne también.
En la segunda parte Enma Harlow promete matrimonio a Montgomery Gilmore si es capaz de hacerla soñar, si reproduce la guerra de los mundos de H.G. Wells.
En la tercera tras la invasión marciana y cuando todo parece perdido, H.G. Wells consigue una vez más salvar a la humanidad con una original digresión sobre los mundos paralelos.
Es una novela para soñar, para reír y también para pensar. Uno la lee con la avidez con la que leía a los quince años buscando la página siguiente con un pulso en el estómago, con esa prosa genial que me enamoró desde sus primeros cuentos. No se puede (no se debe) dejar de subrayar y anotar en la libreta lo que esas frases geniales le sugieren. Es divertida y audaz. Habla de ficción y de sentimientos.
Si Locke hizo creer al mundo que la luna estaba habitada por unicornios, Palma nos traza un mapa del cielo aterrador pero lleno de esperanza, un mapa dónde soñar, en la que el amor lo vence todo y dónde encontrarnos con una vida que es algo más que la miserable y hostil realidad que nos asfixia.
Quizá ustedes quieran cazar marcianos con Félix J. Palma o creer que ese mundo no puede existir. Quizá quieran reencontrarse con Wells, con Poe, con Verne. Quizá no. Pero si ustedes deciden no buscar en el interior de sus páginas se perderán uno de los autores españoles actuales que destila imaginación e ingenio a manos llenas. Se perderán una gran novela y un gran novelista. Yo ansiosa, ya, espero la conclusión de la trilogía. Mientras espero miraré por la ventana para ver aparecer el vigilante de la salamandra.

Brisne
Colaboradora de Canal Literatura en la sección “Brisne Entre Libros
Blog de la autora

 

Tribulaciones de una marmota hembra. Por Rafael Borrás Aviñó

 

      Si vives sola en un caserón decimonónico lleno de oscuridades, con el tiempo te vuelves a la vez infantil, avejentada y un poco obsesiva. Si pasas el invierno sin apenas recibir visitas, te refugias en el cubil y, como las marmotas, no asomas el morro hasta que olisqueas la llegada de la primavera. Si llevas más de veinte años divorciada, escasean las ocasiones de compartir una taza de té negro y unas pastas mirando los concursos de la tele, y un día te sorprendes contestando al aire y el siguiente riendo sin motivo, como una perfecta tarada, acabas por mantener el aparato funcionando sin descanso para invadir la casa de sonidos. Asimismo, y a falta de algo tangible, te sumerges en Internet compulsivamente, como quien lanza anzuelos al mar con la ilusión de pescar botellas con carta en el vientre. Por manías como ésta empezó todo. La culpa fue de la traidora soledad.

     Entre las webs que añadí a «Favoritos» había una de compras que mereció mi confianza. Me dieron de alta con un código de nuevo socio, bajo el compromiso de un plazo mínimo de fidelidad para acceder a los mejores precios. Cada día entraba en mi ordenador un correo con novedades y ofertas, y a partir de entonces me propuse abastecerme con ese sistema tan cómodo, económico y, supuse, fiable. Leer más