“El último mono” de Amado Gómez Ugarte

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Autor
JAmado Gómez Ugarte Nacido en Llodio (Álava). Ha sido columnista de Opinión de periódicos como “EL MUNDO del País Vasco”, “TRIBUNA de Salamanca” y “El Periódico de Álava”. Ha obtenido, entre otros, los siguientes premios literarios: Premio de Novela Corta Casino de Lorca, Jauja, Ciudad de San Sebastián, Julio Cortázar, Clarín, Ciudad de Coria, Ciudad de Peñíscola… Entre sus libros publicados destacan “La Secana”, “Para siempre” y “El vuelo de la Mariposa”, editados por Bassarai. “Bidaia ahaztezina”, “Ni eta nire kontuak” y Ni eta nire metroa”, publicados por Elkar, “El barco varado”, publicado por la editorial Nostrum. Y ya está a la venta «El último mono» publicado por la editorial Verbigracia.

Sipnosis
“El último mono” de Amado Gómez Ugarte

Santos Gómez en un encontrador de buscados. Él se define como una especie de arqueólogo que ahonda en lo aparente en busca de la verdad. Malvive en una pequeña oficina en las afueras de Bilbao y su vida es un callejón sin salida desde que hace doce años falleciese su mujer, cuyo recuerdo no ha podido desterrar. Es un perdedor, un borracho, un malhablado, un don nadie: el último mono. Un día recibe por teléfono el encargo de encontrar a una mujer desaparecida, que resulta ser la cuñada del candidato a alcalde de Bilbao de un partido nacionalista vasco. La trama se va enredando en un disparate constante. Se traslada a Madrid en busca de la mujer y durante ese viaje se hace cargo de un anciano que se ha perdido, tal vez voluntariamente. Acompañado del abuelo deambula por las calles de Madrid conociendo a una serie de personajes variopintos, que van empujando la trama de la novela hacia su desenlace. Todo es humor. La novela se convierte en una crítica mordaz y humorística de la sociedad, descarnada en ocasiones, puede que incluso tierna en otras. Una narración que utiliza el género policiaco como camino para contar muchas otras cosas.

Editorial verbigracia

IV. EL PALACIO CASTELLANO (2). Por Francisco Arsis Caerols

Mondello

IV. EL PALACIO CASTELLANO (2)

Gracias a Dios que el frac que había tomado prestado de mi querido amigo Vincent era más o menos de mi propia talla. No es que estuviese en muy buenas condiciones, pero para el caso pensaba que era más que suficiente. Me sorprendió ver reflejada mi propia figura en el espejo, con aquel porte tan distinguido en mi persona, y que jamás antes había podido contemplar. No podía sentirme menos satisfecho, y realmente estaba deseando que llegase de una vez el momento del inicio de aquella velada tan especial para mí.

Al traspasar el muro que rodeaba aquel inmenso palacio, la emoción que sentía era tan grande que me resultaba imposible alcanzar un mínimo de serenidad. Las manos me temblaban, y una sensación extraña pero placentera a la vez invadía mi cuerpo a cada paso, el cual iba aumentando conforme observaba que la fulgurante entrada se hallaba cada vez más cerca. Y aún no había dejado de tocar el timbre, provisto de un delicado y característico tintineo que endulzaba los oídos, cuando un anciano mayordomo vestido de etiqueta, de mirada altiva e imponente presencia, apareció ante mí preguntándome a quién tenía el honor y deber de anunciar.
– Acompáñeme, señor De Vidal – dijo, con voz grave, tras anunciarle mi nombre -. La anfitriona, mi señora, y el resto de invitados, le están esperando.
Únicamente un tímido gesto de aprobación con la cabeza fue todo lo que pude manifestar en aquél instante, y no era para menos. La ansiada velada no había hecho más que empezar…
El mayordomo me guiaba a través del amplio vestíbulo, y comenzando yo a observar tanta maravilla junta en apenas recorridos unos pocos metros, puse a trabajar mis cinco sentidos como nunca antes lo había hecho, para así poder recordar más tarde, justo en el momento de sentarme frente a mi diario, todo lo vivido, visto y experimentado sin perder ni un solo detalle.

Una chimenea labrada en piedra y ornada de blasones sostenía sobre sus hombros un admirable retablo cargado de siglos, tan antiguo que su sola presencia ya bastaba para mantener hipnotizado a cualquiera que penetrase en la estancia por vez primera, y aún puede que en sucesivas visitas, tal era el efecto que sin duda producía en mi persona. Y sólo después de haber logrado sustraerme al encanto que desprendía, pude alcanzar a fijarme en el resto de curiosidades que adornaban el vestíbulo. Columnas dóricas perfectamente pulimentadas, elegantes tapicerías, cuadros de Zuloaga aquí, del mismísimo Delacroix por allá, muebles de estilo renacentista… todo ello dando lugar a una composición genuina, a la altura de tan insigne palacio. Leer más

Maltrato familiar. Por Ángel Alekhine Juárez Sotelo

RIP

Escena 1 (en un bar, hombres hablando, varios vestidos de uniforme militar)
Arturo (gordo, algo corpulento) levanta su vaso de cerveza para tomar. Lo deja de nuevo en la mesa. –Cuándo me vas a dar lo que me debés del arma, le dice al otro que tiene en frente. Renuente, rechaza que le debe algo, le dice que el arma no sirve, que le devuelva el dinero. La discusión se va acalorando más, debido al estado de ebriedad. Un amigo del adeudado llega y le dice a su compañero que no se deje de ese militar tal por cual. Arturo se levanta enfurecido. –Cómo que hijueputa…, les grita antes de tirárseles encima. Se van a los golpes, pero los llegan a separar. –Te voy a matar, cabrón, le gritan a Arturo. –Vení, pues, le grita y saca su arma, y le da en el estómago al tipo. Todos salen del lugar corriendo del lugar en una gritería. Unos amigos arrastran a Arturo fuera del lugar.

Escena 2 (una mujer, Marina, durmiendo en su cuarto)
Marina está durmiendo cuando se levanta asustada por los fuertes golpes que le dan a la puerta. Rápidamente se levanta, medio dormida y exaltada. Al ir a la puerta, ve a su hijo pequeño (5 o 6 años) en la puerta de su cuarto. –Es papi, mi amor, andate de nuevo a la cama. Los golpes no cesan. Al abrir, es Arturo. –A la puta, por qué te tardaste tanto, le dice a su mujer. Entra tambaleándose y en su vaivén bota algunas cosas; se acuesta en su cama y le gruñe a Marina. Esta se acerca y le quita los zapatos, el arma y un cuchillo los coloca en la mesa de noche. Lo desviste y le pone una calzoneta. Luego ella se acuesta con cara de preocupación.

Escena 3 (desayuno Marina y su niño)
Marina está preparando el desayuno. El niño, sentado a la mesa, está listo con el uniforme de estudio. Anda moviéndose por la cocina. Está viendo la cacerola y mira que el niño no se manche la camisa. Arturo llega acabado de levantar, en calzoneta, con cara de malhumor. –Dame café y huevos, le ordena a su mujer. –Sí, ya voy, le responde, solo le ordeno la lonchera al niño. Suena el teléfono y ella contesta. Es una amiga. Se pone a hablar con alegría. Después de unos segundos, el hombre mira su reloj. Marina sigue hablando. Enojado Arturo le grita: ¡a la gran puta, a qué horas me vas a servir el café! Ella, asustada, le dice a la amiga que le va a volver a hablar. Al colgar, ella le dice: ya te he dicho que no hablés así enfrente del niño. –Yo hablo como quiero, pendeja, le grita y se levanta furioso. Leer más

El último abrazo. Por brujapiruja.

Abrazo

Hacia algunos días que había visto en la televisión a un hombre que empezó a dar abrazos gratis a todos aquellos que se cruzaban en su camino. Abría sus brazos sin miedo alguno y acogía a cuantos viandantes quisieran aceptarlo.
Me pareció una idea tan fantástica que empecé a practicarla a diario con todos aquellos que me rodean. Abrazos sin ton ni son, ¡abrazo gratis! – les decía -, y me lanzaba en cualquier momento con los brazos abiertos aunque no viniera a cuento. Y nos abrazábamos y nos reíamos entre bromas, celebrando una vez más que estábamos un poco locos y, sobre todo, juntos.
Por primera vez en los dos últimos años veía a mi hermano feliz, acababa de cumplir uno de sus sueños imposibles, estrenaba una preciosa casita en la huerta, allí donde los vecinos compadrean, te regalan limones y naranjas y te cosen un botón si no atisbas a enhebrar la aguja. Un sueño inalcanzable en el Madrid de donde se vino para estar cerca de la familia.
No sabía entonces que aquel abrazo se estaba filmando y hoy me lo han devuelto en formato *.avi. Y lo he visto y he llorado, pero me he alegrado de haber visto aquella noticia y de haberme dejado llevar por el impulso de abrir los brazos y dejar fluir los sentimientos abandonándolos al calor de otro sin mediar palabra alguna.

III. EL PALACIO CASTELLANO. Por Francisco Arsis Caerols

Mondello

III. EL PALACIO CASTELLANO
Julio 1927

-Vamos a ver… ¿me estás diciendo que te has enamorado? ¿tú? -me interrogó Vincent, sin dejar de mostrar en su rostro una absoluta incredulidad.
-Sí, bueno, es decir…
La reacción de mi amigo no hizo sino que comenzase a balbucear como un idiota, al intentar responder a todas sus preguntas.
-¿Y de Alexia? ¿Alexia Carvajal? Pero, hombre de Dios, ¿tú sabes quién es Alexia de verdad?
-Está bien… los dos sabemos que pertenece a la aristocracia, sí. ¿Y qué? ¿Acaso crees que no podría entrar en su círculo de amistades? ¿Que no tendría ninguna posibilidad de enamorarla?
-¡Por supuesto que no la tendrías! – exclamó Vincent -. ¡Oh, vamos, Manuel! Se coherente, hombre. Si ni siquiera tienes un trabajo decente, y nunca llevas un céntimo encima. Sólo eres un “don nadie”, como yo. Claro que yo, al menos, tengo ocupación…
-De eso precisamente quería hablar contigo, al margen de lo de Alexia. Necesito un trabajo decente, sí, y he pensado que tú podrías proporcionármelo. No… no te lo pedí antes porque pensaba que lo lograría por mí mismo, pero carezco de referencias, y nadie confía en mí porque tampoco nadie me conoce.
-¿Y qué trabajo pensaste que yo podría conseguirte? Fuera del periódico no tengo contacto con ninguna persona que pudiese ayudarte, y…
-¿Y dentro? -inquirí expectante.
-Bueno, no había pensado en eso, sinceramente. No te imagino como periodista, ya que, según dijiste, ni siquiera llegaste a terminar el bachillerato, ¿no es así?
-¿De verdad es tan fundamental el tener esos estudios finalizados? Al fin y al cabo, me quedé en el último curso, así que no veo por qué no podría estar a al altura. Incluso puede que tengas compañeros que, a la hora de la verdad, sirvan menos que yo, aunque cuenten con el bachillerato en sus vitrinas. ¿A que tampoco lo habías pensado?
-Pero, Manuel, no es solo eso. ¿Qué me dices de la experiencia? ¿Acaso has trabajado alguna vez en un periódico?
-Esperaba que tú me dieses la oportunidad, Vincent -dije, con semblante serio.
-La verdad es que nunca imaginé que tuvieses intención de trabajar conmigo – dijo mi amigo sujetándose la barbilla, pensativo. Quizá tengas razón… aunque comprende que, si consigo ponerte a mi servicio, debes dar a entender en la redacción que sabes de qué va el oficio. Cualquier paso en falso, y no podré hacer nada por ti.
-Pero tú podrías ayudarme, y tapar mis defectos, hasta que vaya cogiendo experiencia. Sabes que puedes hacerlo, Vincent.
-¿Acaso pretendes que encima trabaje por ti? ¿Que presente mis propios trabajos como si fueran tuyos? Debes estar loco.
Enseñarle las palmas de mis manos abiertas, mientras me encogía de hombros, era más que suficiente como respuesta a sus preguntas.
-Oye, ya sé que somos grandes amigos, Manuel, pero no puedes pedirme algo así. No sería digno, por no decir que es algo inmoral, porque…
-Vincent, empléame, te lo ruego. No te defraudaré. Lo necesito.
Tras unos instantes de absoluto silencio, mientras me miraba fijamente y con aire pensativo, acabo diciéndome:
-Bien, de acuerdo. Lo haré. Mañana te espero a las ocho en punto en la redacción. Pero no te prometo nada. El redactor – jefe tendrá que darte el visto bueno. Aunque imagino que te empleará si yo se lo pido, dado que supondrá que necesito un ayudante. No obstante, procura ser puntual. Allí no les agrada que los empleados acudan a horas intempestivas, por mucho que aún no seas un trabajador del periódico. Es más, la gente madrugadora les impresiona gratamente, y eso será un punto a tu favor.
-Bueno -comencé a decir, resoplando -espero entonces que la cena no se prolongue demasiado, pues de lo contrario lo tendré un poco difícil para acudir tan temprano…
-¿De qué cena me hablas? – preguntó mi amigo, frunciendo el entrecejo -. ¡Si tú no cenas nunca!
-Verás, Alexia…
-¡Dios mío, no! ¿Qué estás tramando? ¿Le has propuesto cenar contigo? ¿Esta noche? Leer más

II. LA TRAVESÍA DEL COMANDATE BYRD. Por Francisco Arsis Caerols

Mondello

II. LA TRAVESÍA DEL COMANDATE BYRD
Julio. 1927

El brillante salón del Círculo de Bellas Artes apareció ante mi vista repleto de auténticas obras de arte. Jarros con decoración de Yedra, fuentes de tipo renacentista moderno, bandejas orladas con magistral simetría, servicios de mesa en plata cincelada… A decir verdad, yo apenas entendía sobre este maravilloso arte de la orfebrería, pero gracias a mi querido amigo Vincent, que iba poniéndome al día, terminé pareciendo todo un experto. No en vano, una de mis mayores virtudes era la capacidad que tenía para recordar todo aquello que se me explicase o contase por vez primera.

En el momento en que mi ansiada “flor de nácar” irrumpió en la exposición, casi me consideraba ya un perfecto enterado del asunto, por lo que sorprenderla se me antojaba algo bastante sencillo. Un comentario sobre la orfebrería realista por aquí, otro sobre la importancia del arte industrial de la platería en nuestro país por allá, y a buen seguro que la dejaba impresionada.

Si el día en que Vincent me presentó a la señorita Alexia Carvajal, quedé deslumbrado por su belleza, el día de la exposición casi me arrancó el corazón de cuajo. En esta ocasión lucía un espectacular vestido de muselina de seda rosa, bordado con hilillos de plata y esferitas de cristal, que realzaba su esbelto talle, haciendo perder el aliento a cuantos encontraba a su paso.

Era cuestión de provocar un encuentro con ella, si bien estaba seguro de que, en cuanto me viese, no dudaría un instante en acercarse hasta donde yo me hallaba. Vincent, poco después de darme su pequeña lección de orfebrería, acabó perdiéndose entre la maraña de público que se agolpaba en el interior del recinto, especialmente a la altura de los diferentes estantes que resguardaban aquellas pequeñas obras de arte. Que Alexia Carvajal acabara reparando en mí no resultó nada difícil, pues disimuladamente procuraba colocarme en su entorno inmediato, aunque eso sí, intentando no ser engullido por la marabunta de inopinados visitantes. Y digo inopinados porque, a tenor de los comentarios vertidos por parte de los organizadores, ninguno de ellos hubiese imaginado una presencia de público tan grande. Leer más