Naturaleza humana .Por Marcelo Galliano

Es ese segundo, ese instante en que se pierde todo vestigio de dignidad, en que no se es nada más que una rata capaz de negar la mano que hasta horas atrás significaba mendrugo, o palma abierta, o sinónimo de todo lo piadoso.
Cuánto me he forzado por no culpar a Pedro, por decirme que lo que hizo es cosa de la carne, precipicio momentáneo en que toda alma humana cae de vez en cuando para recordarse que el cielo siempre será prometido, prometido pero inalcanzable.
(Sí, Pedro, sabrás las veces que intenté perdonarte en diálogo ficticio, mirándote a los ojos, duplicándolos en un río incesante, en el agua color durazno de la tarde, preguntándote ¿por qué a él?, ¿por qué justamente a ese hombre, Pedro?)
Pero no pienso hablar de él, prefiero evitar frases hechas; quizá deba reconocer con una triste media sonrisa, más penosa que nostálgica, que contar esta historia ya es nombrar a alguien grande, alguien que nos rebozó el pecho, el entendimiento
(¿Lo comprendiste del todo, Pedro? ¿Eras consciente de quién era él?)
Tengo ganas de quedarme con alguna caricia que volando retorne desde ese pasado lejano, con una mirada sepia de ese ayer que cuentan los que lo vieron chiquito, sí, tan divino y tan chiquito entre maderas, jugando a ser dios a escondidas, tan distante al escarnio de los que nada ven, o de los que se cegaron por temor, como Pedro.
(Sé que todavía te duele la venda que te pusiste en los ojos, Pedro, que quisieras rodar el tiempo hacia atrás y gritar su nombre con orgullo aún a costa de una condena, de un castigo en manos de los poderosos.)
Prefiero –ya he dicho- evitar frases hechas, rememorarlo correteando, o charlando como un grande de las cosas que importan, o reflejándose en el río, o ya adulto compartiendo hogazas con los sin nombre, pasándole la mano a los leprosos, a los marginados, a las mujeres apedreadas,
(¡Cuánto habrás deseado tener su hidalguía!, ¿no, Pedro?, honrarlo como él te honraba con su amistad.)
Quisiera verlo lejos del dolor, del perfume a guerra de las lanzas, de las malditas monedas por las cuales alguien que compartió nuestra mesa… Bah, para qué recordar eso. Hoy quiero rememorarlo sonriente, lejos del llanto de su madre, de la carne tallada por riachos de sangre, de los verdugos
(¡Los verdugos, Pedro, jamás pudiste olvidar los verdugos!)
Quiero sentirlo a salvo, sí, lejos de ese que, con la voz metálica de los que no saben amar, preguntó:
-¿Conoce usted, señor Simón Pedro, a este blasfemo que se hace llamar Hijo de Dios?
Y yo, sí, yo, la piedra fundamental de su iglesia, giré mi rostro y contesté:
-No, no lo conozco.

Asociación Canal Literatura
Marcelo Galliano
Argentina

Amores promiscuos y una preferencia exclusiva. Por Dorotea Fulde Benke

Hay una canción de opereta que hace muchísimos años estuvo de moda en Alemania; la cantaban no solo en el teatro sino también en la calle y en reuniones de amigos. El texto, traducido con cierta libertad, dice así:
 
“¿Dónde está escrito que has de tener un solo amor? A veces uno ama a varias, a las más ligeras y a las más pesadas…”*
 
La coplilla, claro está, se refiere a féminas más esbeltas y livianas y a otras de más volumen y peso, pero, vamos a ver, ¿no nos ocurre lo mismo con las lecturas?
 
Tanto en charlas de sobremesa como en entrevistas y encuestas se usa y abusa de la pregunta por el libro preferido. Mi respuesta siempre es: –¿Uno solo? ¿No puedo darte una lista?
 
Yo tengo un libro para viajes largos, otro para escapadas cortas, y en la guantera del coche escondo uno para ese rato que me toca esperar hasta que un familiar salga del dentista; mi lectura ideal para cuando coma sola en casa y quiera complementar los (sin)sabores del plato precocinado es un sufrido libro de bolsillo que suelo apoyar en la jarra de agua; hay otro lo suficientemente ‘pesado’ para que distraiga mi mente y me ofrezca un sendero para la expansión que necesita mi fantasía con el cual me acuesto cuando el día no ha traído más que complicaciones; cuando me apetece afinar mi capacidad de comunicación elijo algún párrafo complicado, escrito a modo de sonata (no tiene que ser de Valle-Inclán) cuya música lingüística me hace vibrar y me pone ‘a tono’ para que luego sepa expresarme con soltura verbal…
 
En fin, para mí hay un gran número de lecturas favoritas, subsiguientes a veces y otras simultáneas, que se acumulan en la estantería hasta que la balda se vaya doblando bajo el peso combinado de esos amores promiscuos por libros más livianos o más pesados como las mujeres de las que habla la canción…
 
Mucho más fácil me resulta confesar mi preferencia por una biblioteca en concreto. Todos la tenemos: la más cercana, la mejor surtida, la del personal amable y competente, la del edificio con solera, la de los medios más modernos, etc. Tal y como pasa con los sabores, cada uno tiene sus gustos y puede que no coincidamos con nadie. ¿Realmente con nadie?
 
“Érase una vez…” No, mucho mejor: todavía es –y que siga siéndolo por mucho tiempo– una preciosa casa cerca de un parque, junto a un arroyo, no de miel, sino de aguas espumosas, ruidosas. En el parque conviven palomas, gaviotas, gallinas, conejos y unos cuantos pavos reales chillones que se suelen asomar a las ventanas de esa bonita casa, y cuando las tertulias y círculos de lectura que ahí se celebran se animan y hay risas e intervenciones aplaudidas, los pavos reales, celosos de no ser el centro de la atención por sus colas fastuosas, participan desde los alfeizares con aleteos torpes y gritos agudos, dicho sea de paso sin haber leído jamás ninguno de los libros.
 
En otras salas de la casa reina una gran tranquilidad interrumpida solo por algún que otro cuchicheo, el sonido de los teclados de ordenadores, por papeles movidos por manos seguras algunas y sudadas y temblorosas otras. Las sillas junto a las grandes mesas están ocupadas por chicas y chicos que preparan o repasan sus temas de estudio, y que trabajan en un creativo silencio compartido.
 
Además, hay unos cuantos visitantes –creo que nos llaman lectores– que acudimos a esa casa no para sacar apuntes ni para comentar o analizar una lectura programada. No, somos personas en busca de diversión, consuelo, estímulo e información y que encontramos todo eso –como por experiencia sabemos– en la biblioteca de nuestros amores situada a orillas del Parque dela Paloma.
 
Además del material impreso, audio y visual, nos asiste un grupo de profesionales competentes y preparados, amables y dispuestos a ayudar a quienes busquemos un título, un autor, una obra en concreto. Sí, por supuesto, tienen nombres de pila y apellidos, pero por temor a que se me olvide alguna/o, voy a llamarlos simplemente bibliotecarias y bibliotecarios, guardianes de los libros, del tesoro que nos ofrece esa biblioteca, la mejor que hay para mí (y para unos cuantos más).
 
Ya lo dijo Cicerón: “Si cerca de tu biblioteca tienes un jardín, nunca te faltará de nada”. ¡Vengan y compruébanlo,la Bibliotecade Arroyo dela Mielles espera!
 
En gratitud,


Dorotea Fulde Benke
Blog de la autora

EN LOS CUÁSARES DEL TIEMPO. Por Ana Muela Sopeña

Dame un beso en los cuásares del tiempo,
para que de mis labios los planetas
te amparen en la niebla del espacio.

Mi piel es en tu estrella tu refugio
y mis ojos de luna te protegen
del caos que emana siempre del derrumbe.

Mi cabello se enlaza con la luz
de las galaxias híbridas
de un universo paralelo.

Me abrazas en un viaje
hacia las nebulosas más lejanas,
partiendo desde Orión.

Tus caricias de hidrógeno y de helio
me llevan a fusiones.

Mirada en el vacío,
en la penumbra.

Indeciso en la rosa,
en la cartografía de los púlsares.

Mis manos son tus manos creadoras.
Tus manos son mis manos del Aleph.

En agujeros negros
nuestras antimaterias sólo existen
en espejos de clones ya vencidos.

Pero en esta galaxia
nuestra materia existe desde eones
en el cristal del vórtice triunfante.

 

 Ana Muela Sopeña
Blog de la autora

La que fue mi calle. Por Julio Cob Tortajada

Fue una vuelta atrás en el tiempo. Sesenta años; toda una vida.

Era la primera vez que desde un autobús urbano recorría las calles de mi infancia. Ignoraba su trayecto, tan solo que me trasladaría al centro de la ciudad atravesando las grandes vías que en el último decenio han transformado sus arrabales, y lo que antes era huerta ahora es una zona urbana de grandes edificios diseñados desde la modernidad.

Mas de repente, el bus, dio un giro a la izquierda y avanzó por una calle no olvidada en la que aún existían pequeñas casas de una altura. Planta baja con vivienda y escalera a la de arriba con su repique de aldaba. Mis recuerdos manaban según avanzaba por aquel lugar llenos de nostalgias en el que igualmente existían las vías por las que antaño pasaba el ferrocarril de vía estrecha sustituido por el moderno tranvía cuya ruta compartía el bus donde pegado a la ventana me llegaban cada vez más vivas mis primeras correrías.

 

Lo presagié. De repente giró a la derecha y me encontré de lleno en “la que fue mi calle” donde mis ojos vieron la luz por vez primera. Mis años de infancia transcurrieron en ella, pero, de la misma sólo queda su nombre. El lado izquierda era todo de huerta y el de la derecha un bordón de casas que si algo tenía en común es que eran viviendas. A su principio, tres o cuatro casas tipo chalet con un pequeño jardín a su entrada a las que continuaban seis de una altura: una de ellas habitada por mis padres en cuya planta baja nací. Continuaba el lado derecho con un trozo de huerta que lindaba a un nuevo edificio de más alturas; cuatro o cinco, no lo recuerdo bien. Luego más huerta y otra vez una par de casas que daban fin a la calle.

En la calzada, que era de bajada, no había asfalto. Sólo tierra dura en las que mis rodillas y brazos sufrieron sus primeros arañazos como fruto de los juegos. Y no era plana, pues junto a las casas, su altura más elevada formaba un desnivel que más plano y ancho era cuando lindaba también a la derecha con un trozo de huerta. Allí, en aquella planicie dábamos patadas al balón de trapos intentando meter el gol entre unas porterías indicadas con piedras.

El bus pasó veloz la ahora pequeña calle, que en aquellos años era como un campo abierto, enorme, sin puertas, por cuyos ribazos nos perdíamos buscando algún frutal.

El margen izquierdo, les decía, era de huerta, pero en bajada; por lo que se iba formando una ladera cada vez más empinada que daba fin en una trasera: la casa de mis abuelos junto a la carretera.

Si aquel paso en el bus duró segundos, mi mente se paró en el tiempo: pero en aquel.

Un sinfín de sensaciones acudieron a mí como no buscadas, en “la que fue mi calle” como si en ellas mismo disfrutara de aquellos años felices en los que con un balón de trapo destrozaba mis zapatos, o cuando desde la parte mas alta del ribazo subía el “cachirulo” que al hacer “fil trencat” me obligaba a correr por la huerta a su encuentro. Muchos, muchos juegos de calles pasaron a velocidad de crucero, al igual que de aquellos primeros amigos que desde entonces apenas he visto, pero que se aparecieron en mi recuerdo.

Fue mi calle.

Julio Cob Tortajada

Colaborador de esta Web en la sección «Mi Bloc de notas»
http://elblocdejota.blogspot.com
Valencia en Blanco y Negro- Blog

La posada de los vientos. De Rocío de Juan Romero


El libro
Once relatos conforman este libro, algunos de ellos galardonados con premios literarios. Historias donde lo mágico, lo maldito, los espíritus o los sueños forman parte de nuestra realidad y la determinan. Bienvenido al Otro Lado.

La autora

Rocío de Juan Romero  nació en 1977 y se crió en ese territorio de narradores llamado León. Ha vivido en varias ciudades españolas y una belga, y ahora reside en Madrid. Licenciada en ADE y especialista en Comercio Exterior, ha seguido la carrera oculta de la literatura. Lee y escribe desde que aprendió las primeras letras y ha dedicado el mayor tiempo posible a ambas tareas.

Ganadora de varios certámenes de relato y microrrelato, posee publicaciones en revistas literarias y ha impartido Talleres de Escritura para jóvenes y adultos. Recibió la Ayuda Jóvenes Excelentes en 2009 para su proyecto literario y fue finalista en un certamen internacional de libros de cuentos organizado por Alfaguara y la UNAM ese mismo año. En 2011 publicó su primer libro, una antología de relatos en versión bilingüe español-francés, con la editorial Equi-librio.

Tiene muchos proyectos en mente, pero espera que el siguiente sea la novela juvenil. Si es posible, antes de terminar 2012.

Rocío de Juan Romero
Su página web: www.rociodejuan.com

A la venta en Literanda por 1,65 euros.

Viento en las hojas. Por Marcos Arrats

terraza

Viento del norte
que vienes a desgarrarme.
Recuerdo de un canal
envuelto en luz,
llameante de brisa,
tierno de día,
melancólico de noche.
Nostálgica pasión.
Delicadas caricias,
rayos de sol
tapizando el puente,
vistiendo mis ojos de frenesí.
Vivaz los sentidos,
recorriendo mi piel
germinando en mi alma
manifestándose en mi mente,
brotando por mis manos
descansando en mi pluma.
Posándose la tinta.
yaciendo en el papel
¿Viento del norte que vienes a mostrar?

Con el mar del norte como sueño
ser ola y ser parados por dunas dulces
con la mirada en la bruma
y como techo el cielo.
Tumbado en la espesura del pensamiento,
discurren rostros estrellados
dulzura del entendimiento.
Acostado en el deleite del viento
deseo del sentimiento,
aflorando versos
instantáneas, sin color.
Sin detenerse en rostros.
Leves con imágenes.
Entremezcladas, sin movimiento.
Dulcificamos al engullir.
Nostálgicas, sin sabor.
Halados recuerdos, veloz descenso.
Emotivas en tus ojos,
sin mojar tu piel.
Enraizados puños pero sin vida.
Acongojada mente
pero un rayo de librepensamiento.
Veloz tu cabeza,
cansado tu cuerpo.
Adornados de color.
Blanco y negro en tus ojos.

Marcos Arrats

Señales. Por Luis Oroz

"Fotografía

(Fotografía de Miguel A. Navarro)

 

  Nunca entendimos bien el porqué de las muescas,
 
el temor a lo efímero,
 
esa oscura obsesión de permanencia
 
que tienen los amantes cuando ya todo importa.
 
 
 
  Doblábamos las hojas de los libros
 
que hablaban, sin saberlo, de nosotros,
 
marcábamos las fechas,
 
señalábamos
 
el instante final de los orígenes.
 
 
  La vida era un espejo repetido mil veces,
 
una sola verdad,
 
un solo tiempo sucesivo
 
donde mirarse cada vez más lejos.
 
 
 
  ¡Sólo puede fallar lo que no existe!
 
repetíamos.
 
 
  Después supimos que el amor se acaba
 
quedando
 
para siempre
 
tallado en la corteza de los sueños.


Luis Oroz
Blog del autor