Efímera. Por Marcelo Galliano

 

Eres la llama rauda de un fósforo en la nieve,
el perfume a fogatas de una tarde otoñal
las huellas de las gotas en mi vidrio si lluevem
el reflejo perdido de la aurora boreal.

El vino derramado, ése que no se bebe,
la fruta desprendida luego del vendaval
un eco lastimoso, reverberancia leve
sobre la piedra herida y el reseco brocal.

Tú pasas por mi cuerpo como el agua en los dedos,
por mi piel murmurando tu adiós en tonos quedos
tu “hasta pronto mi vida, ya es tiempo de partir”

Si es fugaz en la arena cada andar de las olas,
toda noche es muy breve si estoy contigo a solas
y si el reloj te aleja yo comienzo a morir.

Asociación Canal Literatura
Marcelo Galliano
Argentina

No podemos elegir. Por Mirtha Rodríguez

Como el inexorable… y cruel, paso del tiempo

Como el desgaste diario… que ocasiona el viento

En la erosión silenciosa… de agua… al correr

El pasar de los años…en la vida, tiene el mismo poder.

 

Nos vamos poniendo grandes… un día a día, vivir…

Disfrutamos de la vida… pero queda… ese sentir…

De ver, como se llega a viejo… más, no poder elegir…

Frenar…el paso del tiempo… elegir… cuánto seguir.

 

La casa… se va gastando… también, el diario vivir

Los muebles… las paredes… las plantas del jardín

La tristeza… el silencio, se apodera del sentir

Algunos… tienen que irse…no podemos elegir….

Asociación Canal Literatura
Mirtha Rodríguez
Argentina

¿Por qué escribo? Por Santiago Tracón

El próximo 11 de abril viajo a Montréal (Canadá) para asistir a un Encuentro Internacional de Escritores. Me han pedido una breve declaración que defina mi idea de la escritura y la literatura. He enviado este texto, con su correspondiente traducción, revisada por mi amigo Kévin Marçeau.

Escribo porque al hacerlo me olvido de mí mismo. Porque al escribir entro en un estado de conciencia estimulante. Porque me produce un íntimo placer el dejarme llevar por las imágenes y las palabras, por su ritmo, por sus asociaciones inesperadas, por la sorpresa que me producen las nuevas ideas.Porque escribir es para mí un reto, el reto de lograr un texto original, lleno de vida, de fuerza y de interés.
 
Escribo para intensificar mi vida y la vida de los que lean lo que escribo. No escribo para entretenerme ni para pasar el tiempo. No escribo para entretener ni hacer pasar el tiempo a los demás. La literatura para mí no es un adorno ni un añadido a la vida. La literatura es parte de la vida porque ella misma es vida. Escribo para sentir y tomar conciencia de mi existencia y de la existencia del mundo. Escribo para asombrarme del misterio de la vida y de los misterios del mundo. No escribo para reafirmar mi yo, para sostener una imagen idealizada de mí mismo.
 
La literatura transforma la vida porque transforma el pensamiento y modifica nuestra forma de sentir. La literatura no cambia el mundo, no influye directamente en la realidad del mundo, sino en el pensamiento y el sentimiento. No me interesa la literatura política, la que busca efectos políticos o sociales directos. Tampoco me interesa la literatura que se limita a reflejar la realidad de la vida cotidiana, con todas sus rutinas y miserias. La literatura es un arte específico que debe producir en el lector efectos que ningún otro arte pueda producir.

Santiago Tracón
Blog del autor

Me he chutao una nube. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Yolanda Saénz de Tejada Me he chutao una nube.

Sí,

así de claro.

No tenía otra opción.

Necesitaba exprimirla para regar el esternón de mi rosa (aquella que me regaló el principito).

 

Ya me dirás

lo que hubieras hecho

tú…


Así que la esperé en una esquina,

haciéndome

la disimul-hada.

 

 Esperé…

 

Cuando apareció, iba tan mona que sentí un leve arrepentimiento.

Pero pensé en mi rosa,

en las espinas ya canosas

de tanta agua con cloro del grifo,

y en su rojo gastado

que mi rotulador no puede

reponer.

Pensé en su pasión reseca…


 

Y la atrapé (a la nube).

Ella me miró

acuosa,

adivinando su final.


 

Llegué a casa con las manos mojadas.

Y mi rosa,

que es un poco sibarita,

me preguntó el PH de la nube.

No llega a 7, mi flor,

le contesté nerviosa.

 

Demasiado ácida,prefiero seguir envejeciendo con dignidad.

 

 Jodidas mujeresflor,

pensé.

Y no me quedó más remedio

que chutarme

yo misma

la nube.

 

Ahora,

dentro de mis venas

tengo

un

gol.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

La llave premonitoria de Kharkov. Por José Fernández Belmonte

Dormía, plácidamente, bajo un edredón que olía a nuevo, en aquel apartamento ucraniano después de una paliza de tren de más de seis horas, que es lo que tarda el recorrido desde Kiev hasta la ciudad de Kharkov. Ese tren es conocido como el Expresso de Kharkov y el billete cuesta menos de diez euros. Como iba diciendo, yo roncaba a pata suelta, necesitado de descanso y calor, cuando en lo mejor del asunto escuché un fuerte golpe metálico proveniente del balcón.

Me desperté, súbitamente, como si el mundo se acabara por un ataque alienígena o de rubias ucranianas, que en ese momento de desconcierto, y haber tenido opción a elegir, hubiese preferido sucumbir bajo el ataque de las rubias -aunque fueran de bote- que en manos de unos adefesios mocosos y fétidos de color verde esmeralda.
Ni una cosa ni otra. Corrí la cortina, sobresaltado, sin encontrar a nada ni a nadie en aquel diminuto balcón. Ni una maceta con geranios, ni un bicho verdoso, ni una rubia despampanante, ni Papá Noel que se hubiese equivocado de fecha.
Muy confundido corrí de nuevo la cortina buscando evitar la claridad que entraba de la calle e intenté recobrar el sueño y el calor perdido.
Me molestó el tic-tac incansable de un reloj de pared que curiosamente marcaba la hora de Moscú y de Nueva York. Me pregunté: ¿Para qué querrían saber los dueños de ese apartamento la hora que hay en esas dos ciudades al mismo tiempo? ¿Acaso serán antiguos espías del KGB?
Decidí, para evitar el ruidoso tic-tac, descolgar el reloj y guardarlo en el armario ropero con espejos que había frente a la cama. Mientras, caí en la cuenta que Artur dormía en la habitación de al lado y ni se había inmutado, lo que me hizo pensar que aquel estruendo metálico, que casi me provoca un infarto, había sido sólo fruto de una terrible pesadilla.
A la mañana siguiente me despertó, a la limón, el odioso sonido del despertador de mi BlackBerry, y el trajín que Artur producía haciendo gárgaras en el baño. Me levanté y corrí la cortina para favorecer la entrada al cuarto de luz natural y me quedé congelado, no por el hecho de que hiciese cuatro grados bajo cero, tras aquel cristal, no. No fue ese el motivo de mi soponcio mañanero. Lo que me dejó petrificado como un fósil del jurásico inferior fue el encontrar una enorme llave de hierro sobre un felpudo de goma en aquel balcón.
Tan sólo ataviado con una camiseta de dormir y un braslip abrí la puerta que me separaba de Siberia y de aquella enigmática llave. Tonto de mí, intenté coger la oxidada herramienta con una mano y casi se me quedó pegada en ella. Lo intenté de nuevo con ambas manos, soportando estoicamente su glaciar temperatura, de tal modo que, pude calcular, no sé para qué, que aquella herramienta de la época comunista debía de pesar, por lo menos, tres o cuatro kilos.
Con ella en las manos, como si llevara una brasa ardiente, me dirigí al cuarto de baño, justo en el preciso momento en el que Artur abría la puerta. El grito que pegó fue impresionante. Yo me asusté tanto como él y la llave me cayó sobre un pie, por lo que solté otro alarido que entraba en competencia directa con el que Artur acababa de emitir.
– ¡Hostias, Pepe, que susto me has pegado! pensé que me ibas a atizar con la llave -dijo Artur.
-¿Tú viste anoche esta llave en la terraza? -le pregunté a mi compañero polaco.
-Juraría que tan sólo había un felpudo de color gris -respondió Artur.
-Pues yo creo que esta llave cayó anoche sobre el balcón. Me despertó el ruidazo tremendo que provocó al caer. Creo que eran las cuatro de la madrugada, ya que, al levantarme, aproveché para quitar el reloj de la pared que me estaba amargando la noche con su dichoso tic-tac y lo metí en el armario.
-Pepe, yo creo que eso es imposible, estamos en el quinto y último piso. Debes de haberlo soñado. Date prisa, si quieres desayunar, que se nos hace tarde para la primera visita. Leer más

Desencuentros. Por Francisco Gragera

Quiero ser como el amanecer
Con el silencio en las espaldas

quiero ser como el anochecer
Acurrucado en el hueco del mañana.

Quiero querer, sin pedir permiso a nadie
Quiero sufrir porque es el reto del que piensa
Cada día en levantarse.

Prefiero camino y final, que no puente
Subir a lo más alto de la montaña infinita,
En donde el hablar suena a torrente, que ilumina el alma
Caerme y levantarme a cada paso

 

Francisco Gragera, año 2011

El forense.Por Rafael Borrás Aviñó

      Los análisis de ADN habían resultado concluyentes. «Aunque maldita la falta que hacían», se dijo el hombre del pijama blanco. Firmó las hojas del resultado con un brioso garabato en el que había algo de fervor. «Dr. Darío Atienza Pardo. Médico Forense». Mañana a primera hora un conserje las llevaría en mano al juez. Se puso la ropa de calle. Por la puerta trasera del Hospital Universitario salió al bulevar del campus, con las farolas iluminando la soledad honda de la noche. Tuvo que subirse las solapas del abrigo y ajustarse la bufanda; cielo húmedo, invernal, desapacible, temperatura de cámara frigorífica. No obstante, comenzó a tararear un estribillo y, aunque no tenía ninguna prisa, fue caminando con zancadas enérgicas hacia el aparcamiento. Enseguida entró en calor; se sentía satisfecho y muy contento.

      Hubiera pagado bien por realizar ese trabajo; por suerte, lo obtuvo gratis tras descubrir en la prensa digital una discreta reseña encabezada por la foto del antiguo catedrático don Gervasio Fuentes. En el texto se leía que un joven reclamaba parte de la jugosa herencia del profesor Fuentes, por ser el fruto de una relación de éste con su madre. La mujer se había ocupado de limpiar la vivienda que el catedrático habitó, solo y soltero, en el barrio noble de la ciudad. El juzgado había admitido la demanda e iniciado el procedimiento. Inmediatamente, Darío se puso en contacto con el juez y solicitó, como forense con plaza en el mismo distrito, que se le adjudicara el caso, asistir a la exhumación del cadáver, realizarle los análisis genéticos y cotejarlos con muestras del presunto hijo.

     Después de tanto tiempo, la noticia de esa demanda era la última que Darío hubiera querido leer sobre su mentor. Y encima con la deslucida fotografía sepia de las orlas. Sin embargo, no pudo reprimir un rictus irónico al evocar mentalmente algunas escenas remotas, pero todavía lúcidas en su memoria.

     Don Gervasio había fallecido veintiséis años atrás, a punto de jubilarse como catedrático de Medicina Forense. Un infarto se lo llevó mientras dormía en su cama. La fortuna no era, obviamente, el resultado del salario como profesor, sino de herencias confluidas en su persona desde familiares directos enriquecidos medio siglo antes en Santo Domingo. A pesar de su patrimonio, desde que obtuvo la licenciatura trabajó siempre en la Universidad hasta convertirse en una eminencia. De vida austera y recogida, sin parientes cercanos e inmerso en su rutina de sabio científico, sólo su gusto por acicalarse y por la indumentaria de calidad rompían tal ascetismo. Aspecto barbilampiño y filudo, con un surco trazado a tiralíneas dividiendo el pelo gris engominado y la mirada miope tras unas gafas de carey valleinclanescas. Vestía siempre de traje oscuro impoluto, con la corbata prendida en su sitio por un alfiler dorado y la raya del pantalón firme. El envoltorio que cabría esperar de un galán otoñal bien conservado.

     En aquella época algunos estudiantes de Medicina solían permitirse un alto en los libros a última hora de la tarde; se reunían en el céntrico café Balanzá para tomar algo y despejarse. Don Gervasio era asiduo. Se sentaba pierna sobre pierna a escuchar al pianista cerca de la estanquera, los ojos entornados, dibujando compases en el aire con la punta del botín. Fumaba calmosamente cigarrillos turcos emboquillados, a base de grandes bocanadas que envolvían su cabeza en un humo que después ascendía en largos y finos estratos, para ir difuminándose en la luminosidad ambigua de las arañas. Pese al desnivel de edades y estatus, le gustaba formar tertulia con los alumnos, e incluso, si le cogían de buenas, llamaba al camarero para que trajera un panecillo de leche o un cruasán y –no sin antes aplastar el cigarrillo en el cenicero- les impartía una improvisada lección magistral, con un cuchillo de postre a modo de bisturí en sus dedos de cigüeña. Sobre, por ejemplo, la técnica de diseccionar un tejido humano hasta filetearlo.

      —Fíjense, amigos míos…, es menester que presten mucha atención —explicaba ceremonioso trinchando el sucedáneo de cadáver—, fíjense en el ángulo que debe formar el anular con el índice al empuñar el instrumento. ¡Nunca menos de treinta grados! —Y remataba, vehemente, la voz atiplada—: ¡Son estos pequeños detalles los que revelan de un vistazo al buen cirujano forense!

      A continuación blandía el cubierto para ofrecerlo a quien quisiera imitarle y demostrar que lo había captado. Un alboroto de manos y una lluvia de «¡yo, yo!» le respondían.

      —¡Señores alumnos, formalidad…! Hum… Veamos…, usted mismo, Atienza, proceda, proceda…

      Y entonces se recostaba en el asiento y permitía que Atienza destrozara sañudamente el bollo. Mientras, él los miraba complacido uno a uno, como el pastor que observa a sus ovejas y calcula la lana que cada una puede dar de sí. Al cabo, solía emplazarles para una próxima lección.

      —Caballeros —sonreía igual que un padre bondadoso, guardando el reloj de plata en el bolsillo del chaleco—, es hora de levantar la sesión. Si ustedes me prometen comportarse, el jueves continuaremos la clase aquí mismo.

      El día que don Gervasio murió entendieron como un mal presentimiento que fuera la asistenta -recién descubierto el cuerpo sin vida-, la que cogiera el teléfono para responder a la llamada desde la cátedra de la facultad, donde un escogido grupo de ayudantes llevaba un buen rato extrañado por el retraso. Los ya doctores Darío Atienza y Carlos Luján solicitaron el honor de realizarle la autopsia y emitir el certificado de defunción antes de enterrarlo, al día siguiente, ante una nutrida concurrencia de amigos y alumnos. El testamento indicó que los cuantiosos bienes del difunto se destinarían a una fundación dedicada a investigaciones médicas

      Nada más salir del aparcamiento Darío telefoneó desde el coche a su antiguo compañero.

      —Hecho, Carlos.

      —¿Cuándo lo va a tener el juez?

      —Como muy tarde, mañana a mediodía.

      —Estupendo. ¿Qué te parece si comemos juntos el viernes y brindamos por su recuerdo?

      —Me parece muy buena idea. A las dos y media, donde siempre.

      Llegado al despacho de su casa Darío releyó la copia del informe. En los términos profesionales pertinentes certificaba que, tras confrontar las muestras de ADN extraídas al cadáver de don Gervasio Fuentes Rodrigo -exhumado días atrás en presencia del juez y en la suya propia– con las del demandante, procedía descartar con el cien por cien de fiabilidad la relación paterno-filial del primero respecto al segundo.

      Luego sacó una carpeta de fotos guardada en el fondo de su caja fuerte. Tal vez fuera un buen momento para repasarlas. Conservaba en ella las Polaroid que su colega y amigo Carlos Luján hizo en la morgue del hospital una lejana tarde cuando, entre alguna que otra lágrima, ambos realizaron la autopsia al cuerpo de su querido profesor. En alguna de las fotos correspondientes al tren inferior podía distinguirse a la perfección, bajo el poblado y canoso monte de Venus, un clítoris aún levemente sonrosado.

 

Rafael Borrás Aviñó
Colaborador de Canal Literatura en la sección « Desde mi sillín»