Lloviendo la alegría. Por Salvador Pliego

Encuentro un arco iris auto pintándose en medio de la lluvia,
el paso ligero de una eléctrica sonrisa,
los violines corriendo con sus melodías de levante;
más cerca de ti, una perfecta sincronía de ilusiones.

Encuentro que estás, que llueves tus sonrisas,
y yo chapoteo con los ojos la humedad del entusiasmo.
Encuentro que has caído en aguaceros a mi vida
y te quedas salpicando, gota a gota, todavía.

Encuentro que repartes tus caricias con las mías,
y que te amo…
Y un diluvio interminable me remoja de alegría.

Salvador Pliego
Blog del Autor

Mulligan. Por José María Araus

El zumbido del timbre le sonó como un escopetazo dentro de su cabeza, y por un momento se quedó quieto en la cama sin atreverse a realizar ningún movimiento. De pronto el pie de Rosa buscó el suyo y le dio una ligera patada.

—Mariano cariño, mira a ver quién llama a la puerta ¡Anda!

— ¿A la puerta? ¿Qué puerta? —dijo Mariano sobresaltado.

—La de la calle hombre ¿No has oído que ha sonado el timbre?

—Voy a ver —dijo con parsimonia?. Pero a estas horas… Son las tres de la mañana —rezongó, mientras se dirigía a la puerta del piso.

— ¿Quién es?

— ¿Mariano Longares? —preguntó una voz áspera a través del telefonillo del portero automático.

—Sí. Pero, ¿quién es? Contestó con tono de fastidio.

— ¡Abra, policía!

—¿Policía? —preguntó Mariano alarmado, mientras pulsaba el botón que abría la puerta de la calle.

Mientras el ruido del ascensor se oía cada vez más cerca, Rosa llegaba atándose el cinturón de la bata.

—¿Qué pasa? —preguntó

—No sé, la policía.

—¿La Policía?

—Sí, la policía…

En unos momentos tocaron con los nudillos en la puerta del piso, y Mariano abrió despacio, y miró hacia fuera con prevención. Leer más

El baúl de mi abuela. Por Mirtha Rodríguez

Tristemente… en un rincón

De una habitación, sombría

Se veía… un gran baúl…

En aquella época…de gran valía.

El tiempo… lo conservó…

Su belleza… un poco…tardía…

Pregunté…de quién será?

Qué cosas… en él guardaría?

 

Fue… el baúl…de mi abuela

Sus recuerdos… allí, permanecían…

Fotos… de sus afectos…

Flores secas… de algún día…

Hasta… su vestido de bodas!

Mi abuela… allí tenía…

Mi curiosidad…pasó a emoción

Al ver… lo que contenía…

Se podía leer…como, ella sentía…

Grandes sentimientos…que atesoró…

En el transcurrir…de su vida.

Asociación Canal Literatura
Mirtha Rodríguez
Argentina

Estrofas tristes. Por Marcelo Galliano

Fue el calor de un instante, la dulce melodía
cuyo acorde postrero ni yo lo suponía;
y fue, cómo explicarlo, el agua entre los dedos
o una canción de cuna que muere en tonos quedos.

Y así, tempranamente, supe lo que es perderla
mas sin poder, acaso, llegar a conocerla;
porque fue entre mis manos una brasa encendida:
era quemarme vivo… o darla por perdida.

¿Era ajena? ¿Era mía? Ya llegará el mañana
donde una voz responda cada pregunta vana;
o quizá simplemente se pierda en el olvido
esto que ni vivimos mas dimos por vivido.

Adiós nos dirá el tiempo, tal vez una sonrisa
borre el llanto que nunca pudo secar la brisa.
Y lo poco que fuimos… por más que el alma tema…
será una frase torpe perdida en un poema.

Asociación Canal Literatura
Marcelo Galliano
Argentina

De amar y por amar. Por Marcos Arrats

 

Nada pienso, todo surge.

Como amarte para que me entiendas,

Como besarte para que te explique,

Como escribir para que me oigas,

Como nadar para encontrar tu isla.

Quisiera engullir y no engullo

Nada más que salientes de mis venas.

Exasperante amargura me cobija.

De amar y por amar me encojo.

 

Marcos Arrats

Llanto. Por Pilar Fernández Bravo

hay un enigma en el llanto

un ancestro  de inmensidad

una herencia hecha de gotas

de cuando las palabras eran piedra

sin pulir

 

y un día el arcano se vuelve lluvia

entelequia de charcos incipientes

donde danzan los suspiros

venidos con el viento

de lejanas gargantas

 

en un punto, a lo lejos

un ciervo parece flotar en la dehesa

recordando la timidez del agua

 y de la vida

 

 

©Pilar Fernández Bravo

Tanto que no se da. Por Verónica Victoria Romero Reyes

Verónica Victoria Romero Reyes

Notar dos yemas, ajenas,
pequeñas,
entre mi corazón y mi anular
y volver la cara,
en giro sucinto y torpe,
para comprobar que tus pestañas
no muestran miedo
al avance de mi mano en tu cintura
buscando tanto que no se ve.

Y no tiene fin en una carne ni en un deseo,
ni en una vida que se nos irá, lento, sin ver.

Tanto que no se da,
tanto que espero,
tanto que es música
que en tu oído
no deja son ni tronar.

Tengo yo esa valentía tan tonta,
que es vergüenza en mi ética,
de buscar en tus caderas
la paz que me hace dormir,
en turbio desvelo, sin percance,
cuando no soy más que eclipse de tiempo.

Aún no sabes cuánto de eterno
escribiste en un pergamino sin papel.

Y aunque no estés, porque te vas en trenes de ausencia,
tan tibia como el nosequé que te busca,
es tu abrazo de piel y alma
el sueño que yo quiero perseguir, que yo toco,
que yo tomo sin consentimiento tuyo.

Tú te das al cansancio
mientras yo recojo
ese testigo de Vida
que sólo en mis sienes
llego a apaciguar.

Y que siendo muerte, es aire de mi vivir.

Y tú, algún día,
no tan tarde,
conocerás.


Verónica Victoria Romero Reyes
Atramentun
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