
La playa duerme
en su mundo tejido por el tiempo
más allá de la herida melancólica.
Atraviesa el instinto de la sangre
y seduce a la bruma
con su quietud preñada de horizontes.

Ana Muela Sopeña
Blog de la autora

La playa duerme
en su mundo tejido por el tiempo
más allá de la herida melancólica.
Atraviesa el instinto de la sangre
y seduce a la bruma
con su quietud preñada de horizontes.

Ana Muela Sopeña
Blog de la autora

La casa estaba abandonada. El césped crecido sin control, los cristales sucios y rotos, la puerta oxidada y la decena de gatos que se paseaban por sus dependencias así lo indicaban. Los niños tenían miedo de aquel lugar y contaban historias terribles sobre la familia que un día habitó la mansión. Las mujeres, sin embargo, se inventaron otra leyenda, la de un apuesto millonario que muchos años atrás se había enamorado locamente de una joven del pueblo. Y los hombres, sentados en la plaza, no hablaban de otra cosa que no fuera esa vieja casa, un nido de porquería. Una mañana llegaron las máquinas y procedieron a su derribo. En un día la casa había desaparecido del pueblo. Solo entonces sus habitantes se dieron cuenta de lo vacíos que estaban. Ya no tenían nada que comentar, ni un mínimo aliciente que llenara sus vidas.

Maribel Romero Soler
Blog de la autora

Cómo puedo decírtelo,
si nombrarlo es romperlo,
si no existe raíz para lo no sembrado todavía,
si buscarle un lugar es destrozar su vocación de dios
sobre los hombres.
Yo sé que puedes verlo,
que sonríes
cuando escuchas callar lo que te cuenta,
que pisas tú también cada una de esas huellas
que no podrás pisar
(es lo que pasa).
No, yo no puedo decírtelo
ni tú preguntarás cómo ha llegado,
porque tan solo aquello que se sabe inconsciente,
como un acto reflejo,
puede vivir sin nombre y sin origen.
Porque, después de todo,
cuando todo esté cerca, de tan lejos,
tal vez será la única
e indescifrable forma de esperanza.

Luis Oroz
Blog del autor

La luz palidece
ante la oscuridad suprema.
La noche despierta y yo,
entré la realidad y el sueño,
sigo la flecha.
La noche lanza
sus primeros bostezos
y yo sigo andando,
entre nieblas espesas
la noche calma su sed,
yo enmudecido, bebo su miel.
La noche sacia su provecho,
y yo, hambriento, tomo sus desechos.
La noche se duerme
mi cuerpo se desvanece en el amanecer.
La noche está muriendo y mi alma se va tambien.
El día aparece, yo desaparezco con él.
Julián Marcos Coello

“En esta comarca no existen reyes, aficionados o vasallos de las letras; sólo la magia de los artesanos de la palabra que intentan comunicar”.
Hace unos treinta y nueve años aprendí a leer y a escribir. Creo que fue entonces cuando me encontré por primera vez, frente a frente, con un gran tesoro. Las letras, auspiciadas por las rayitas de mis recién estrenados cuadernos de caligrafía, se movían de mi mano al compás de una danza mágica. Les gustaba bailar en grupitos y así nacían muchas palabras que, ávidas, se buscaban unas a otras para enseñarme los vericuetos de fantasía de muchas historias. En aquella época descubrí los sentimientos cálidos de intimidad que provoca la literatura, de forma incondicional, como el abrazo de una madre el primer día de colegio o en tu primer desengaño amoroso. Devoré libros de cuentos y de aventuras y soñé, soñé muchísimo. La caligrafía era uno de mis juegos preferidos, podía estar horas en mi pupitre redondeando y puliendo, como un alfarero, aquellos tímidos trazos que se convertían en vasijas repletas de palabras, palabras que bailaban para mí todo lo que yo quisiera. Comprobé como yo también podía jugar con ellas y escribí mis primeros diarios, cambié el abrazo de una madre por la complicidad de un amigo invisible.
Siempre existen profundas razones para empezar a escribir; además del disfrute de jugar con las palabras para inventar cuentos, en mi caso fue una necesidad acuciante, como el café de la mañana que espabila las legañas o aquel pitillo que ata de nuevo el manojo desbocado de nervios y los templa, como las cuerdas de una guitarra. Un día intuí, como un amante exigente, que no me bastaba con las palabras cotidianas, con la conversación. Mis anhelos de comunicar precisaban de un tubo de escape mayor. Era una auténtica esponja, absorbía mucho más de lo que expulsaba, me empapaba del mundo y luego urgía escurrirme antes de echar más jabón, ¡no podía seguir con tanta agua encima! Y comprobé que de la misma forma que mi cuerpo necesitaba alimentos para nutrirse y sobrevivir, mi alma pedía palabras, historias, y el engarce de unas y otras, perlita a perlita. Leer más

Siento hoy la cuesta más pronunciada que nunca. Mis piernas están destrozadas por los últimos días tan duros de trabajo que me he pegado. La bicicleta parece no avanzar. Unas negras nubes ya comienzan a descargar sus primeras gotas de lluvia, mientras que un ensordecedor trueno se adelanta a un rayo tan poderoso que ilumina todo el horizonte.
Efrén, mi hijo pequeño, llora asustado y su madre le tapa la cabecita con su rebozo, a la par que sujeta fuertemente mi cintura para sentirse más segura. Paco, mi otro hijo, por el contrario, va sentado en el manillar, contento de ver como las primeras gotas de lluvia impactan en su rostro y su playera del Cruz Azul comienza a empaparse.
Al pasar junto al viejo y abandonado palenque, desde que acaeciera la última balasera, otro enorme rayo ruge furioso y el agua comienza a caer más intensamente. Tengo serias dudas de que sea capaz de llevar a mi familia a nuestro jacalito sin que estemos todos bien calados hasta los huesos.
Cada pedalada me cuesta más. El agua corre por el piso, haciendo imposible nuestro avance. Apenas si consigo mantener la bici en pie. Paco ríe histéricamente mientras Efrén llora desconsolado. Mi esposa me pide, por favor, que me orille bajo un gran tule para intentar protegernos, aunque ya es demasiado tarde.
Una vez que bajamos de la bicicleta totalmente empapados, nos sentamos bajo el árbol, al borde del camino. Comprobamos, amargamente, como la bolsa de las tortillas que llevábamos para la cena se encuentra totalmente encharcada.
El agua sigue cayendo sin piedad. Todo el paisaje se ha convertido en una inmensa laguna. El camino es algo así como un río de aguas bravas que casi nos arrastra los pies.
Sentados en las piedras donde, habitualmente, la gente espera el autobús, destartalado y mugriento, que cubre el trayecto Chiapa de Corzo-Tuxtla, nos mojamos resignados a nuestra suerte, mientras mi esposa comienza a rezar entre dientes, pidiendo la Altísimo que cese la lluvia. Sé que lo hace porque sabe que en nuestro jacalito, como ha sucedido ya en otras ocasiones, no se salvará apenas nada de los estragos del agua. Nos tocará de nuevo empezar de cero, pero debiendo dinero en la tiendita, donde seguro que ya no nos darán fiado, y al padre de mi esposa, al que me cuesta mucho más llamar suegro, que pinche buey cabrón.
Mi esposa Ludy protege a nuestros hijos entre sus brazos. Tiritan de frío, de miedo y de pobres. Me pregunto en mis adentros:
-¿Los hijos de los ricos tiemblan?
-¡Yo creo que ni saben, buey!…
Al menos, ella atina a rezar, pero yo ni eso. No sé que hacer. No sé dónde ir. Me siento impotente. Tan sólo atino a estar sentado aquí, como un fantasma, como un alma en pena, como un pendejo -que es lo que soy- como un pendejo…
A lo lejos descubro una luces que se acercan y decido salir a pedir ayuda. Al acercarse compruebo que se trata de un lujoso carro, que hace caso omiso de mis peticiones. Al voltearme, decepcionado y abatido, una gran manta de agua, provocada por el paso del vehículo, me cubre totalmente, cayendo, también, encima de mi familia. Encabronado, corro tras el carro, lanzando todo tipo de insultos y maleficios contra el desconocido chófer, hasta que, ya sin fuerzas, me dejo caer derrotado.
Con el agua cubriendo casi todo mi cuerpo, con mi cara a ras del piso, lleno de barro, tomo la decisión que quizás debería haber tomado mucho antes: mañana saldré de aquí, sea donde sea, por mucho que me pidan los coyotes. Si he de morir humillado, prefiero que sea donde mis hijos nunca puedan verlo.

José Fernández Belmonte
Blog del autor
NOTA:
Este relato pertenece a mi primer libro Vidas Ordinarias, que escribí y publiqué en el año 2007. Quizás este año, con un poco de suerte y esfuerzo, lo vuelva a reeditar.

Mi padre, un venerable anciano de ochenta y seis años, entró apresuradamente en la habitación compartida del hospital. No pareció ver a nadie salvo a su mujer, al menos obvió todo saludo reglamentario hasta después de haber cubierto de besos la cara postrada de mi madre. Sólo entonces reparó en mí y en los acompañantes de la otra enferma que compartía habitáculo y saludó amablemente tras excusar sus modales. Los “acompañantes” no sólo sonrieron, sino que quedaron… ¿sorprendidos? del amoroso gesto de mi padre. A él acababan de darle el alta médica tras haber pasado toda la noche en urgencias estabilizándole sus problemas pulmonares y cardiacos. Mi madre seguía ingresada en planta en un sinvivir continuo de pensar que no podía estar cuidando de su marido como lleva haciendo más de sesenta años.
Mi padre había recibido el alta médica, pero ese trámite sólo se hizo efectivo tras llenarse la retina con la débil sonrisa de su mujer al verle.
Mirarles cómo se miraban con las manos enlazadas mientras sus hijas se repartían sus cuidados era una de las escenas más tiernas y amorosas de las muchas que a lo largo de toda su vida han regalado a su familia.
Dicen que la pasión, científicamente, dura dieciocho meses, que el amor no es eterno, que los príncipes se convierten en ranas, que los rollitos de primavera se convierten en cerdos agridulces, que los cuentos con final feliz sólo son cuentos chinos, que nada es para siempre y que las relaciones humanas son como los pañuelos de papel: de usar y tirar… pero el espejo en que yo me miro cada día son mis padres y ellos me demuestran que una cosa es la teoría que llena páginas y páginas de enfrentamientos entre matrimonios, y otra cosa es la práctica. O… puede que también sea la práctica habitual las desavenencias matrimoniales y que ellos -como otros muchos- sean la excepción que confirma la regla, pero yo me pido ser también la excepción. Me pido que jamás se conviertan en gusanos las mariposas que siento en el estómago cada vez que miro a mi marido. Me pido seguir haciéndoles creer a mis hijos que el amor es eterno e indestructible y que puede con todo porque “todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo perdona, todo lo espera… porque es amor es paciente, servicial, no se irrita…” Por pedir me pido ser, para mis hijos, el ejemplo que han sido mis padres para mí.
“El yayo se ha puesto enfermo porque no sabe ni puede ni quiere estar sin la yaya” dijo una de mis hijas como si me hubiera leído el pensamiento, aunque yo me aventuré a ir un poco más lejos: mi padre no deseaba el alta, sino una cama en el hospital junto a la de mi madre. Leer más