Agradecer. Por Yolanda Sáenz de Tejada


Según el diccionario, gratitud, significa reconocimiento…
Es sencillo, tú me ayudas y yo, sonriendo, te lo agradezco con una preciosa palabra: gracias…
Entonces: ¿por qué vamos tan rápido que no valoramos el tiempo que los adultos y los niños nos dedican para ayudarnos?

a Noemí, la niña grande que me recordó que a veces se nos olvida agradecer las cosas.

 
Candela
se escapó de mis
brazos y
se llevó su
pequeño corazón
arrastrando
entre las piedras.

¡Ten cuidado!
le grité cuando
ví su órgano
rodar calle
abajo.

No entendí
porqué la niña
se había enfadado,
ni siquiera
porqué su
corazón saltó
en mitad de
mi respuesta.
Con lo que me
había gustado
su dibujo…

Decidí ir tras
de ella y antes
de estrellarme
contra la puerta del
ascensor,
una señora lo impidió
abriéndome la
puerta.

¡menos mal!
le dije,
esta niña
me trae loca.

Y entonces,
atónita,
vi como,
el corazón
de la
señora,
se abrió como
un canal en
su piel
y se estrelló
contra mis palabras.

Me quedé
con la boca llena
de miradas hostiles y
quieta,
sumergida en mi
vergüenza,
cuando,
recordé
que ni a la niña
ni a la señora,
les había
dado las gracias…

Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

El perro cortés. Por Dorotea Fulde Benke

Aquel día mi marido y mi hijo se fueron a la cárcel. No como presos, porque en ese supuesto yo hubiera organizado el día mejor, sino invitados por un alto funcionario. Cuando hablamos sobre dónde yo pensaba dejarlos, resultó que no querían presentarse en el trullo de pie como familiares de cualquier recluso, y por no discutir les cedí mi coche.

Me bajé en un cruce cerca del local en el que más tarde nos íbamos a reunir para comer. Sin embargo cuando me acerqué, me di cuenta de que el restaurante estaba cerrado, de modo que me tocaría esperar en el patio hasta que me recogieran. Encontré un banco revestido de azulejos rotos y excrementos de pájaros bajo un enorme ficus cuyos hojas brillantes espiaban mis movimientos, y me acomodé como pude para pintar. En mis oídos, Paco de Lucía acariciaba su guitarra; tenía calor, una botella de agua, mi mp3, bloc y acuarelas y mucho tiempo.

Al rato una furgoneta blanca reventó la composición de la escena. Apareció arrastrando una nube de polvo y se acercó con lentitud al segundo banco de azulejos azules junto a un poste oxidado. Un hombre calvo se bajó llevando en brazos un perro, lo depositó en el banco y se fue a sacar algo del coche. Regresó con una botella de agua llena de suciedad, vertió un poco de líquido turbio en un plato de plástico y se lo aproximó al chucho. Luego cerró la furgoneta y se fue cojeando en dirección a una casa junto a la carretera.

El perro miró el plato con infinito asco, levantó la cabeza y dijo:
—¿No tendría agua limpia, señora, por casualidad?

Entre los desperdicios que el viento había acumulado junto al árbol, encontré una fuentecilla, la limpié con mi trapo de pintar y le puse agua de mi propia botella. La bebió emitiendo pequeños gruñidos de satisfacción y me dio las gracias. Después escogió un lugar a la sombra y se tumbó cerrando los ojos.

Volví a mi apunte y añadí un perro blanco con manchas marrones que dormía la siesta. Me hubiera gustado enseñárselo, pero parecía estar descansando y no quise molestarlo. Poco después regresó su dueño con la barbilla manchada de aceite y la camiseta llena de chorreones de vino. Se sentó junto al perro y se quitó sus pesadas botas, una mucho más grande que la otra. Sin mirarme se acostó en el banco azul y se durmió.

Intenté ignorarlos y terminar la pintura, pero me sentí como una intrusa en alcoba ajena. Y cuando quise resaltar las sombras, estropeé la acuarela. Fastidiada recogí mis bártulos y me fui hacia la carretera. A mi espalda roncaban dueño y perro. El viento había virado las hojas del ficus que seguían observándome.

Finalmente llegaron los míos. Cogí el volante y pisé el acelerador. Durante la comida, me contaron con todo detalle el horror contenido de la cárcel modélica, pero yo en cambio no les dije nada de mi encuentro con el perro cortés.

Texto: Dorotea Fulde Benke
Blog de la autora

Mi vecina, la reina del castillo de al lado. Por Coscobil Fernández

Tengo un Castillo a orillas del mar y justo al lado del mío hay otro – exactamente igual, suele estar ocupado por mi vecina que como yo es Reina. Somos. Reinas de nuestro, pasado, presente y con pretensiones de reinar en nuestro futuro. Además gobernamos en un reino donde derrochamos, Buen Hacer, Buena voluntad y mucha comprensión. Esos son nuestros estatutos y procuramos cumplirlos.

Las Reinas siempre solemos tener un Castillo para retirarnos o recluirnos para poner en orden nuestras vidas porque es muy duro reinar en un imperio tan grande como el nuestro y de vez en cuando tenemos que aislarnos.

Para recorrer ese extenso reino para realizar nuestras funciones siempre nos solemos poner el mismo traje un traje confeccionado con mucho cuidado y con mucha meticulosidad porque nos tiene que servir para todas las ocasiones y siempre acorde en todas las circunstancias.

El mes pasado un mensajero me trajo la noticia que la Reina del Castillo de al lado estaba ahí desde hacía unos días. Engalané mi coche preferido el de los caballos de ilusión y partí veloz a verla, para que me contara el porqué de éste retiro.

Nos saludamos con un fuerte abrazo y como presente de bienvenida nos entregamos un trocito de nuestro corazón anudado con un gran lazo rosa, Eso lo cuidamos mucho. Elegimos siempre ese color por ser muy femenino y por ser el símbolo del amor.

Le pregunté cual era el motivo de éste retiro, como he comentado solemos retirarnos por motivos diferente. Ella me dijo que tenía que recomponer su traje de reinado. Me explico con todo detalle todas sus peripecias y comprendí perfectamente como se le habia hecho trizas. Estaba un tanto preocupada pues era una tarea muy laboriosa la que tenía que realizar para recomponerlo, además me comentó que quería añadirle algún detalle ya que se había sentido incómoda en algún momento por no estar vestida a la altura de las circunstancias. Muy interesada le pregunté como quería desarrollar todo aquél trabajo, pues me quedé muy intrigada, quería saber. Que era lo que le quería añadir a su vestido, su vestido era de los más ricos y bonitos de todas las Reinas que yo conocía.

Entramos a su sala de costura repleta de botones para abrochar amores perdidos y de cintas de mil colores para atar a todos sus seres queridos y ahí en medio de la habitación estaba su hermoso y esplendido traje. Noté que ya lo tenía bastante reconstruido, tenía algún zurcido hecho con la seda que había sacado de su alma. Solo Las Reinas podemos apreciar ese tipo de composturas Para mí estaba perfecto y no entendía donde había fallado con el ¿Qué le añadiría? Ese vestido estaba repleto de un brocado y pedrería estupenda

Ella me explico que después de mucho meditar había notado que a su traje le faltaba un diamante de amor por cada cinco sinsabores, tres zafiros de buen oficio por cada día del año, le bordaría una hoja de inspiración y otra a su lado de locura, le pondría un zafiro de risas acompañado de otro de ironía, Le cosería doce perlas de emociones junto a dos granates uno de penas y otro de olvido, también le bordaría una flor de recuerdos y otra de realidad , tenía pensado rematar todo el escote con perlas de emociones, fantasía y de razón y por último lo refrescaría con un perfume especial hecho con dos litros de lágrimas.

Me quedé toda convencida y segura de que lo haría despacio pero eso sí le quedaría perfecto. La próxima visita que le haga lo tendrá totalmente terminado y lucirá con él radiante como siempre.

Me costó mucho separarme de ella, pero ya sabéis que Las Reinas tenemos muchas cosas que hacer y yo me tengo que poner mi traje para hacer un viaje a un pueblo que está empeñado en renegar y olvidar mi reino. Por escabroso y difícil que es el camino y lo dura que será la batalla para convencerlo de que es imprescindible que no se separe de éste territorio de amor. Tengo la certeza de que mi traje quedará destrozado .Pero estoy tranquila. Tengo el consuelo de que mi vecina “La Reina del Castillo de al lado” siempre me dejará su aguja de ilusión y su hilo de constancia para poder repararlo y me aconsejará que pedrería o bordados tengo que añadirle para poder vencer mejor mis batallas.

Coscobil Fernández

Superinternete. Por Cristina García Requena


Desde que era un niño apostaba lo que fuera para conseguir un cómic de “Los tres Mosqueteros” o “El Capitán América”. Se pasaba las horas embobado pensando en tantas y tantas aventuras de las que le gustaría ser el protagonista. Fueron los primeros pasos que dio en el mundo de la literatura, cuyo dominio demostró a lo largo de su vida. Pero con los años, llegaron el matrimonio, los hijos y la vida laboral, interrumpiendo en cierta manera su actividad preferida.
Tras su jubilación, todo había cambiado bastante. Se había impuesto la era digital y la necesidad de introducirse en el mundo de la informática para ser alguien con quién poder mantener una conversación. Así, comenzó cursando módulos de iniciación al Word, al Windows, al Excel y poco a poco se fue soltando por la red. Era todo un experto al que acudían incluso sus nietos cuando necesitaban ayuda.
Descubrió el chateo y las redes sociales y se enganchó lo suficiente como para dejar de lado la lectura en papel. Este hecho le sirvió además para recuperar el ego que había perdido al verse destronado de una belleza y una juventud que siempre se le había antojado eterna. Podía conocer a señoras más jóvenes y más guapas de lo que a su edad correspondía sin necesidad de pasar por el cirujano y eso, quieras o no, te hace sentir joven de nuevo.
Como con la edad se aprende y veinticuatro horas al día son muchas horas, empezó a percatarse del peligro que esta actividad en principio inocente y sana podría llevar implícito, especialmente para chicas jóvenes. Sólo pensaba en su nieta Diana, tan enganchada al chateo como su abuelo, que llegó a pensar que podía ser incluso genético. Tras obsesionarse con este tema, siguió sus pistas por toda la red y se inscribió con otro nombre y otros datos personales para estar seguro de que Diana estaría a salvo. Así, se haría su amigo, le sacaría información y podría defenderla en caso de que alguien intentara engañarla o hacerle daño.
Y así fue. Por medio de un par de redes sociales para jóvenes, empezó a conocer a su nieta mejor de lo que se conocía a sí mismo. Sabía que ella de vez en cuando quedaba a solas con chicos que conocía de esta forma, porque era tímida y no había tenido suerte en el amor. Y con una peluca, un bigote postizo, una grabadora y una navajilla multiusos en el bolsillo, por si acaso, acudía a las citas para proteger a la tímida joven.
Pasaron unos meses de actividad y la verdad es que las citas de Diana eran más que aburridas: conversaciones sin interés, miradas al suelo, medio metro entre ella y su pretendiente…en fin, ni en sus tiempos había tan poco entusiasmo. El peligro de un tocamiento fuera de lugar, un manotazo o un grito más alto que otro en este caso quedaba descartado. A pesar de quedarse tranquilo en lo que a su nieta se refiere, es cierto que la adrenalina que rezumaba por los poros cada vez que hacía de policía camuflado le hacía sentir muy bien y tomó la decisión de continuar trabajando para otras jóvenes en la misma situación.
Seguía a los participantes de las citas, se sentaba en la mesa de al lado o detrás del banco o árbol del parque dónde al final todos iban. Incluso, había llegado a hacerse el borracho vagabundo tirado en el suelo si los enamorados se paraban en un callejón intransitado. Grababa las conversaciones más interesantes según su parecer.
– Bueno, la verdad es que no me llamo Candi, sino María y no tengo veintiún años, tengo dieciocho. Pero espero que eso no te importe, porque ya estoy tan preparada como una de veintiuno y después de ponernos tan cachondos por el chat, tenía que verte en persona.
– Pues llámate como quieras que mientras te lo piensas, te voy a dar yo un candy con un sabor especial que te va a encantar.
Esta fue una de las que más le sorprendió porque no entendió nada, a pesar de rebobinar y escuchar la conversación cientos de veces, cuán Sherlock Holmes. En su época no se estudiaba inglés ni de lejos y hasta que no descubrió el juego de palabras, lo que le costó muchas investigaciones por la red y preguntas en distintos foros no se percató de lo avanzado de la juventud, menos su nieta, en materia sexual. “¡Que juventud más desvergonzada, si Franco levantara la cabeza, a un reformatorio los llevaba yo si fueran mis hijos!”.
Cada día se tomaba con más interés su trabajo e iba acumulando en casa para su posterior estudio material gráfico, auditivo, además de una variada colección de pelucas, bigotes, gafas y bufandas. Andaba tras la pista de un depravado que, por las conversaciones que había mantenido en el chat, consideraba de lo más peligroso. Y acudió a su cita con una morenaza de toma y daca con la que él también había chateado por la red y con la que había soñado varias noches. “A esta que no me la toquen, no se lo merece”- pensaba en voz alta antes de salir de casa.
Una vez sentados en el banco del parque y cuando parecía que su chica no corría peligro, el depravado se rasgó la camisa, se bajó los pantalones e hizo amago de hacer lo que él se había imaginado tantas veces. Los gritos de ella parecían de espanto y se vio obligado a intervenir saliendo del arbusto sin pensarlo dos veces. Entonces la morenaza se tiró encima del abuelo y mientras éste pensaba que aquello era otro de sus mejores sueños, creyó oír:
– Policía, queda usted detenido por presunto homicidio en segundo grado con premeditación, alevosía y nocturnidad.

Lo que empezó como un sueño acabó siendo una pesadilla. Llevaban varios meses observándolo, tras los dos asesinatos de dos chicos jóvenes que se habían citado a través de Twiter en el parque, sucesos de los que ni se había enterado porque estaba muy ocupado en su investigación. No tenía coartada, no tenía escapatoria. Entre las fotos y grabaciones que guardaba como material de investigación, se encontraban las de los dos asesinados con una navaja multiusos.

Cristina García Requena

Como ser mujer y no morir en el intento. Por Brisne


Ayer me llegaba por agencia contra reembolso el libro de Carmen Rico Godoy, «Como ser mujer y no morir en el intento». Hace años vi la película que recuerdo me despertó la vena feminista y me eché unas risas con ella. Recién recibido el libro comencé a leerlo, las sonrisas está vez surgieron tras las palabras. El libro es del 88. No hemos cambiado tanto. Todavía hay una ingente cantidad de mujeres que nos dedicamos a hacer también de madres de nuestros maridos. Y me incluyo porque aunque no son de esas que recogen la ropa de su cónyuge, si que le hago la comida y friego los platos.

Es tan complicado trabajar fuera de casa y encontrar tiempo para no hacer de esposa y madre a tiempo completo que me he sentido bastante identificada con la protagonista. Tanto en casa como fuera. Yo también estoy harta de pedir un café solo y un cortado con un tío y que siempre acaben colocándole a él el solo. No importa que lo haya pedido yo. O que las vueltas invariablemente se coloquen en el lado del varón, aunque el billete de 20 euros fuese mío cuando lo saqué.

No, apenas hemos cambiado. Los roles, pese al esfuerzo de muchas mujeres independientes, con trabajo fuera de casa, siguen siendo los mismos. Y no digamos ya eso de pedir un wisky y un café y que el wisky vaya a parar a manos del hombre que quería un cafecito a eso de las 12.

Trabajo de titanes parece «Ser mujer y no morir en el intento».


Brisne
Blog de la autora.

Algunas cosas perdidas. Por María Dolores Almeyda

Suelo perder la vergüenza, la memoria, el autobús…
Perdí el tacón de un zapato bajando por la escalera;
perdí la sombra, una muela, un premio en la lotería,
una amistad que tenía, una apuesta, una abuela y un botón.
Voy perdiendo las consignas, las insignias,
los estigmas y las ganas de vivir.
(O las pierdo o se me olvidan)
También he perdido un pelo
que engordó como un fideo en el plato de la sopa.
Perdí un perro que tenía al que no le puse nombre;
un día pierdo las llaves, otro el rumbo y otro el norte,
la raíz del pensamiento

y el tanto de porcentaje que me dejaron los sueños.
Pierdo el tiempo, la ocasión, la cita con el dentista,
unos textos de Guevara, la colección de tebeos
y el álbum de los artistas.

Todavía ando buscando lo último que perdí.
Y como al perro, lo busco; y como a él, no lo veo.

Es un tranvía perezoso, informal, pesado y lento,
sin paradas ni estaciones, ni ambulantes vendedores
ni estafetas de correos.
Más que tren es un tranvía fantasma que puedes tomar al paso
y que se llama Deseo…


María Dolores Almeyda
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Ostalinda,la niña gitana. Por Yolanda Sáenz de Tejada

A mi amiga Isabel, que lucha además de con sus manos,
con sus entrañas.

Ostalinda tiene
ocho años y
saca notables
en la escuela.
—Teoremas
hinchados de
ilusión.—

Vuelve a casa
corriendo
cada día
y entra a borbotones
en la estancia
(así, como acunando
con sus rizos
el aire de la
atmósfera).

Después de comer,
ayuda a
sus hermanos
a descargar la
furgoneta
del mercado
—que cada día
va peor—.

Ostalinda tiene el
pelo negro
y los ojos
ensortijados.
Y asoma entre
su piel
—de golosinas
y café con leche—
un brillo de
jardín de infancia.
(Las niñas gitanas
también quieren
ser princesas.)

Y cada noche
—a escondidas—
enciende sus
ojos
para abrir un libro
de viajes
(sueña con ser
azafata.)

Si su padre
la descubre
le gritará colérico:
Las gitanas
no estudian…

Al cumplir
los dieciséis
la obligarán
a dejar la escuela.
—Teoremas
hinchados de lágrimas.—

Ojalá mi amiga
Isabel (esa gitana
moderna)
pudiera
cincelarle a su
padre en las
venas
—a fuego hirviendo
pero no lento—
que se puede
hacer
sin dejar de ser.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora