Desorden. Por Luis Oroz

A Raúl G.R. (In memoriam)
1972-1991

Prefiero su desorden a mi cuadriculada autonomía,
su forma de mentir y de arrojar luciérnagas
a una noche invernal del mes de julio,
el látigo de plata que restalla en sus labios
o el infierno que quema las palabras
cuando ascienden, proscritas, de su nada repleta a mi todo vacío.

Prefiero su desorden porque clava un alfiler de risas sobre el tiempo,
porque deja colgada en la memoria la acupuntura de la eternidad.

“Y coloco sus cartas en mis libros,
su voz indefinida en la conversación
que tienen a mi espalda los teléfonos,
su caricia de sol junto a esta sombra
que, chinesca, se come los horarios,
su arena del reloj junto a mis lágrimas
para llenar de barro el agujero de la inspiración.”

Prefiero su desorden,
                                           su violencia,
la imprevisible paz con que golpea
la espalda de mis años.

Él revuelve la mesa,
empuja las botellas
y estrella contra el suelo nuestras copas
en un brindis de pura inexistencia.

Yo doblo realidades
y recojo los hielos,
                                     la ginebra,
                                                         la tónica
de bebernos el mundo.

Y limpio de emoción la casa entera,
los pequeños cristales que se incrustan en la madera de su juventud.

-Si todo está en su sitio no hay nada en su lugar.

“y separo sus cartas de mis libros…


Luis Oroz
Blog del autor

La Lectura. Por Brisne

Ando leyendo estos días, entre otros, El maestro de Petersburgo del sudáfricano J.M. Coetzee. Me está gustando muchísimo, llevo como la mitad del libro y es de esos libros en los que a veces hay que parar y pensar sobre lo que se está leyendo. Ayer, sin ir más lejos, apunté en el cuaderno de notas que siempre me acompaña, lo que sigue; » ¿Qué es lo que tanto miedo le da, consejero Maximov?. Mientras leía la historia de Karamazin, o Karamazov, o como se llame, cuando el cráneo de Karamazin se parte en dos igual que un hueso, dígame la verdad: ¿sufre usted con él o se siente exultante, aunque en secreto, como si fuera suyo el brazo que empuñaba el hacha?. Y permítame que le conteste por usted: la lectura consiste en ser el brazo y el hacha, ser el cráneo que se parte; la lectura es entregarse, rendirse no mantenerse distante ni burlón»

Y me ha hecho pensar, claro está. ¿Yo como leo? esa es la pregunta acuciante que nos asalta cuando leemos la forma en que piensa Coetzee en boca de Dostoievski que hay que leer. Entregarse, rendirse… que bello modo de leer, sintiéndose hacha, muerto, vivo aunque no entiendas nada… sobre todo rendirse. ¡Qué maravilloso ha de ser atacar así la lectura!. No crean, yo a veces lo consigo. Otras no, otras mantengo la distancia buscando lo que el autor quiere decirme y algunas, las menos, me burlo directamente de las letras. Aunque en mi defensa he de decirles que éstos libros, los de las burlas, casi siempre acaban inconclusos en un rincón de la librería esperando ser abducidos, no se de que manera ni modo, por el olvido y la pérdida.

Supongo que ustedes, amigos lectores, recordarán más de un libro que les haya emocionado hasta sentirse hacha y cráneo. Yo por mi parte, no quiero poner nombres, abierta a sugerencias espero mientras termino El maestro de Petersburgo y me planteo volver a leer los hermanos Karamazov, Karamazin o como se llamen.


Brisne
Blog de la autora.

El inventor de palabras, de Gerald Donovan. Por Librería de Javier

Era feliz, sentía una placidez que no había experimentado desde cuando mi padre estaba con vida. Echado a su lado, pensé una vez más en cuanto me envolvía en la oscuridad. una vida frugal, un colchón sobre unas cajas, la butaca con el cojín de terciopelo encarnado en el que mi padre leía a Shakespeare -sí, el mejor mueble de la casa-, y una bella porcelana Rosenthal para tomar el té, dos tazas y dos platillos. Era muy afortunado. (pag. 76)

Una obra que retrata la casi monástica vida de un ermitaño en los bosques de Maine. Julius Winsome, un hombre solitario de cincuenta años perdió a su abuelo, que luchó en la Primera Guerra Mundial, hace ya bastante tiempo y del que heredó su rifle. Hace pocos años perdió a su padre y quedó solo.

Su vida transcurre plácidamente en una pequeña cabaña cuyas paredes están rodeadas de estanterías y preciosos libros. Libros que heredó de su padre, un amante de Shakespeare y de la buena literatura. Ello le salva de una vida gris. Con el tiempo aparece Claire, su amor, de entre los troncos del bosque.

Y después Hobbes, su querido perro, aquel que no le abandonará y le dará todo su cariño el día en el que Claire le traiciona. Pero una mañana su fiel amigo no acude a la llamada. Al poco lo encontrará moribundo. Y tras su pérdida el vacío y la desesperación.

El inventor de palabras es una extraña obra que rebosa violencia y poesía a partes iguales. Con un estilo críptico, redundante de descripciones y belleza, nos da constancia de los parajes, de sus colores y aromas, sus amaneceres y puestas de sol, sus luces y sombras, sus alegrías y tristezas. Una obra que nos habla del amor a la literatura, de la pervivencia de las palabras, de la necesidad de buscar otras que expliquen nuestros pensamientos y del valor de nuestros actos. Una obra que indaga en la inmolación del personaje en aras del recuerdo y honra de aquel que le dio cariño sin pedir nada a cambio. Pero, ¿es justificable esa revancha sin sentido para saldar unas cuentas sin asegurarse de la certeza del culpable?

Sin contar al perro, vivía solo, porque nunca me casé, aunque yo creo que una vez a punto estuve, así que aquí míos eran hasta los silencios. (pag.23)

Quizás la apuesta del autor, la audaz apuesta, sea la de plantear la necesidad de una justicia sin basarse en lógicas leyes o en autorías comprobadas. Nuestro personaje salda deudas sin pararse a leer la letra pequeña. El dolor nubla su mente y Julius necesita justificar a los ojos de su amigo, enterrado a pocos metros de la cabaña, esa conducta reprobable que la sociedad ha tenido con él. Y al igual que Macbeth recuerda, Sea nuestra venganza medicina / que este dolor mortal alivie, nuestro hombre sigue los dictados de su corazón y de su razón. Sólo un último acto, un acto de piedad, será el redentor de su vida, su salvación y su condena.

Una belleza inusual recorre todas las páginas de esta obra. Una prosa poética con un claro dominio de todos y cada uno de los resortes literarios. Con una demostrada contención y agilidad surca el escritor cada una de las páginas de una obra difícil de clasificar. Una crudeza inusitada descrita sin morbo alguno como un texto florido de palabras de ternura con los animales del bosque. Un texto de calidad irreprochable y un desarrollo tan calmado como tensas son las escenas en él descritas.

Si quieres saber cómo es un hombre, fíjate en su perro.

Gerard Donovan nació en 1959 en Wexford (Irlanda) y ha vivido en Alemania y en Nueva York. En la actualidad imparte clases en el Southampton College de la Universidad de Long Island. Autor de libros de poesía, género en el que ha obtenido diversos galardones, fue la publicación de El telescopio de Schopenhauer (Andanzas 566), su primera novela, ganadora del premio Kerry Group Irish Fiction Award 2004 y finalista, en España, del Premi Llibreter 2005, lo que lo reveló como uno de los narradores más prometedores de la nueva literatura irlandesa.

Además de El telescopio de Schopenhauer, novela con la que Donovan se acercó al escenario de los conflictos bélicos en Europa del Este, Tusquets Editores ha publicado El doctor Salt (Andanzas 675), en torno a los peligros de la búsqueda de la identidad. Con El inventor de palabras, Donovan nos ofrece una bellísima novela que trata del amor y la soledad, calificada por autores como Colum McCann de «pequeña obra maestra».

Una obra de alta calidad para lectores que buscan algo diferente en el panorama de la literatura actual.

Traducción de Enrique Fernández Vernet
Tusquets Editores

Librería de Javier

Blog de Felix Maocho

Soledad y silencios. Por Salvador Pliego

 

… porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos…
Lope de Vega

Llevo en el alma un niño
donde llevara yo el pecho,
y llevo el secreto del tiempo
tan viejo como el latido.

Mas tienen postigo los años
abriéndose en el olvido,
de lo que un rezo en la mano
dejó en la carne omitido.

Baste en mi mente el silencio
y el trajinar de mí mismo,
que para sentirme niño
me niego y relego vivo.

Sólo suspiros arrojan
las llamas de lo vivido
y las crueldades nos dejan
las llagas como de un Cristo.

Parto de mis dominios,
a mis olvidos convido,
y sólo con ellos rubrico
lo que mi cuerpo es testigo.

Y ya en la voz de mi alma
me vuelvo sobre mí mismo,
donde el amparo implora
y suena a chillido de niño.

Parece la vida es camino
y nunca miramos lo fino.
Sólo un recodo dejamos
y a él volvemos perdidos.

Padecen los que tuvieron,
los que evocaron su sino,
los que en sentencia de un paso
hablaban a su apellido.

Llevo en el alma un niño
y lo llevo para mi arbitrio,
donde me abruma el sonido
que asfixia el silencio mío.

Padezco y siempre platico
al ser que habita conmigo,
al otro sólo lo siento
y él siente lo que le digo.

Para decirme lo mío,
entiendo y soy entendido:
me escucho, platico y miro,
como me mira mi niño.

Salvo mirada baja,
a veces busco en mi adentro;
cuando se calla el destino
clamor a suplicio dicto.

Más allá y tan cerca
de todo lo que es vivido,
me sobran años vencidos,
me falta un cielo vivirlos.

Porque en el pecho llevo
lo que callo y respiro,
respiro mi alma de niño
y en mis silencios le avivo.

Salvador Pliego
Blog del Autor

Poema típico. Yolanda Sáenz de Tejada

Yolanda Sáenz de TejadaEste poema
es típico por
las olas que
muerden la
tarde y
por tu pelo
que riza
la espuma.

Por el sol
que se cae
de viejo
mientras se
esconde
entre tus
vértebras y
por tus piernas
en la arena.
Ambas revueltas y
tú manchada
(cómo me gustas
cuando te sientas
en la orilla y
el barro te
navega los
muslos).

Este poema
es típico
porque describe
el atardecer
maravilloso
de un enamorado.

Entonces:
¿Qué es lo que
lo aparta de
lo común y a mí
de tu lado?…
Que mientras te
hago una
foto y te
deseo,
tú no dejas de
mirar al
mulato de
gimnasio que
se pasea
glorioso
por
la
orilla.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

El hombre que comía diez espárragos. De Leandro Fernández de Moratín


El libro.-
Cuando Moratín asistió en Londres a una representación de Shakespeare, ocurrió algo inesperado: se anunció la aparición de un arlequín al final de la obra e, impaciente por este espectáculo, el vulgo que abarrotaba las localidades baratas prorrumpió en irrefrenables gritos y burlas. Fue imposible escuchar ni un verso. Ésta es una de las muchas anotaciones de los cuadernos que componen El hombre que comía diez espárragos.
Este es un libro de crónicas de viajes y prosas inéditas selectas rebosantes de ironía, buen humor y perplejidad: un viaje por la Italia fragmentada de finales del Siglo XVIII, otro al estrambótico Londres de Jorge III, un retrato de la España que pudo ser y no fue… Moratín abrió con sus prosas una senda en nuestras letras que aún en nuestros días sigue inexplorada.
La selección y presentación de esta antología han sido realizadas por Alberto Santamaría, Doctor en Filosofía y profesor en la Universidad de Salamanca.
«Me alegré de ver con un microscopio, hecho de su mano, los animalillos del agua corrompida, capaz de confundir nuestro orgullo y persuadirnos de nuestra pequeñez y nuestra ignorancia.» Leandro Fernández de Moratín

Autor
Leandro Fernández de Moratín nació en 1760 en Madrid. Su vida estuvo dedicada principalmente
al teatro y al estudio de la lengua, pese a que no pudo realizar estudios universitarios ante la negativa de su
padre. Sin embargo, los poderosos protegieron su carrera literaria: primero Jovellanos, después Godoy. Durante
la Guerra de la Independencia, tomó partido por José Bonaparte, por lo que lo tacharían de afrancesado.
Además de sus obras dramáticas, como El sí de las niñas o La derrota de los pedantes, fue uno de los fundadores
de la historiografía teatral y, como demuestran estas notas, un brillante y desaprovechado prosista.
Murió en París en 1828.


Editorial Olivo Azul

Adivina…adivinanza… Por Juan A Galisteo Luque

 

Bajo la fresca mata – el adivino-
lanza estridentes notas hacia el viento;
es su techo y su luz, el firmamento,
lo acompañan los sapos del camino.

No tiene instinto cruel, ni es traicionero,
vigila sigiloso en su maraña;
al mínimo sonido, él siempre extraña,
y es su vestido tinte carbonero.

Pequeño cantarín, que sin colores,
alegras los senderos… ¡Quién pudiera
lanzarlos como tú, de mil amores!

Si por siempre tu canto enmudeciera,
¡qué sería del campo y de las flores!
cuando empiece a brotar la primavera.
——–

Autor: Juan A Galisteo Luque 
Blog del autor.