Amor. Por Germán Gorraiz

Me escondí de ti ignorando tanto años llorándote en sueños;

con no enturbiar tus ojos con la cuenta de mis huellas tras tu brisa;

para no estallarte el corazón de colores pintados en la aurora;

al no borrar un mundo al que hace tanto me encumbré hasta su olvido;

con no leer en tus manos estigmas de mi vida pasada;

tras no intuir que pudieras volar conmigo hasta el azul

y por no decirte lo que te estoy amando en estas horas tocadas de noche sin ti…

– desde la alta noche de mi corazón desolado va mi sueño hasta tus labios-

Germán Gorraiz

Nada. Por Javier Úbeda Ibáñez


Alberto se levantaba todos los días a las siete de la mañana, desayunada y se duchaba, durante diez minutos exactos, ni uno más ni uno menos.

Antes de salir de casa llamaba a su gato y lo acariciaba tres veces seguidas, a continuación cerraba la llave del gas y la del agua. Tranquilo, salía a la calle.

Cogía el metro a las siete y cuarenta y cinco, en plena hora punta matinal. Casi siempre coincidía con los mismos rostros desganados; Alberto les pasaba revista con empeño. No los conocía de nada, pero formaban parte de su rutina.

Javier Úbeda Ibáñez

Sinceridades. Por Pablo Romero Velasco

Sinceridades

Sinceramente, le tengo aversión

(que no miedo)
a los laberintos poco intrincados,
a los camino con pocos árboles,
a las noches con muchas farolas,
a los días demasiado cortos,
a las vacaciones demasiado largas.

Aversión
(y sigue sin ser miedo)
a superar tu ausencia,
a reconocer mi presencia,
a acostumbrarme a respirar
este aire empobrecido.

Aversión
(y sí, quizás un poquito de miedo)
a seguir palpando mi espalda y no encontrar alas,
a cerrar los ojos cuando aún no es tan tarde,
a abrirlos cuando aún es temprano;
a estas pinturas tan falsas, a estas palabras vacías,
a que estas canciones ya no me hagan caso.

Sigo teniendo temor a llegar a viejo
y no hallar más luz que la luz del día.

Pablo Romero Velasco

Blog del autor

Pauland. Por Paula Muñoz

-Descríbeme todo lo que veas- dijo el ciego.

-Aquí hay una casa, un coche, un perro…

-¡No! Así no. Describe la casa, si tiene jardín o no, el color del coche, que raza es el perro -¿cruza la calle o roe un hueso?- quiero saber todo acerca de donde paseamos. Hazlo como a ti te gustaría que lo hicieran si no pudieses ver más la belleza de la Naturaleza. Como si yo te dijera el nombre de un lugar que no conoces: Pauland. No tienes ni idea de cómo es, pero te encantaría saberlo, ¿verdad?

-Sí.

-De acuerdo, pero si yo no te lo describo –o lo hago como tú al inicio, es decir, muy superficialmente- jamás llegarías a conocerlo, ¿no es cierto?

-Sí, tiene toda la razón. Pero, por favor, dígame cómo es ese lugar.

-Está bien. Pero primero hazlo tú, quiero ver cómo lo haces, si realmente has entendido qué es describir.

-Allá voy. Hemos llegado a un puente que cruza el río del pueblo. Es de madera, bastante largo pero parece muy macizo, sólido, resistente. Está adornado con flores de todos los colores, geranios, margaritas… al final hay un ensanche en una plaza adoquinada que rodea la estatua de una paloma –creo que alcanzo a leer su nombre, Plaza de la Libertad-.

-Así me gusta, chico. Es mi turno: el lugar de que te hablo es enorme, infinito, pero no ocupa ni un centímetro cuadrado.

-Perdone, pero no lo entiendo.

-¡Tu calla! Escúchame bien. Allí hay un sol cien veces más grande que aquí, una luna mágica que no deja lugar a las sombras angustiosas de la noche, un cielo tan azul que se pueden crear nubes en él tan sólo surfeándolo. Los pájaros aquí no molestan a nadie con su canto, pues pían muy dulcemente. Los animales no se matan entre sí para alimentarse, pues les sirve el aroma de las flores y del salitre del mar como sustento. La lluvia es bienvenida por todos, un refrescante baño en primavera; tampoco existe aquí el sofocante calor del verano ni el frío del invierno, pero sí encuentras oasis en los desiertos y cientos de icebergs en los polos. Las flores hablan sin miedo a ser cortadas, alejadas del césped. La plaza que me describes está en todos los lugares de Pauland.

-¿Cómo es posible todo eso? ¿Cómo es que no hay contaminación en el aire ni los ríos, que no existe destrucción, caos ni tristeza?

-Todo esto es posible porque aquí, en Pauland, no existe el hombre.

Paula Muñoz

Blog de la autora

Preámbulo. Por Miguel Pérez de Lema

A veces visito la página de un perturbado que cree firmemente en la existencia de un Plan Mundial para someter a la humanidad a su tiranía. Y no sólo lo cree sino que además afirma que conoce sus planes y pone nombre a los responsables de ese gobierno en la sombra que sólo él y unospocos visionarios se atreven a desenmascarar

Yo no me creo, claro, una palabra de todo esto, pero reconozco que todas sus paranoias tienen coherencia interna -literariamente, al menos-. Y tienen para mí el gran interés de enfocar asuntos borrosos, poniéndoles fantasía, que es lo único que se le puede poner a lo desconocido. Lo más preocupante es que esos asuntos borrosos parecen estar muy claros para la mayoría de la gente. Por ejemplo, qué es y quién está detrás del terrorismo, qué dimensiones tiene y qué objetivos busca la guerra en Oriente Medio, por qué en el año 2007 seguimos dependiendo absurdamente de unas fuentes de energía del siglo XIX.

He dedicado algo de mi tiempo a escarbar en esos asuntos hasta deducir que estaba equivocado, que no sabía. Y eso es todo lo que sé. A partir de ahí puedo acabar como mi amigo el perturbado que está seguro de que los sionistas son la clave de todas las claves, o creer que estamos en manos de perversos extraterrestres, o que todo esto es un sofisticado holograma que alguien proyecta en mi mente. Da lo mismo. Y de eso es de lo que me interesa hablar, de que en estos asuntos cruciales, para mí, tiene a estas alturas tanto valor un editorial del New York Times, una sesión parlamentaria, o la página del perturbado.

Me cuesta el mismo esfuerzo creer en que un malvado truchimán escondido en una cueva dirige la Tercera Guerra Mundial que creer en el Doctor No. Acepto que no hay evidencias de un plan –algún tipo de plan- para Oriente Medio, que son sólo hechos aislados (dos países invadidos: Irak, y Afganistán; otros dos en Guerra Civil: Líbano y Palestina; tres más con conflictos en sus fronteras: Turquía, Pakistán e Irán), y lo acepto con la misma sonrisa con que podría aceptar que tal vez haya un bunker en algún desierto de Nevada donde se reúnen los Masters del Universo.

No dudo de la comunidad científica cuando me han dicho durante décadas que no hay alternativa a los combustibles fósiles, que en materia de energía no hemos avanzado nada desde los tiempos de la Revolución Industrial, ni se podrá avanzar; que es lógico que en el año 68 pudiéramos ir a jugar al golf a la luna y que hoy sea casi misión imposible; que la neumonía atípica era una intoxicación alimentaria; que el Sida vino de un mono rijoso; que la gripe del pollo me debería haber matado ya, al menos, dos veces en los dos últimos años.

No pongo ninguna objeción a que se pueda desatar el pánico del país más poderoso de la tierra con unos polvos de ántrax y luego no detener a nadie; a que las cajas negras de los aviones del WTC se volatilizaran pero no así el pasaporte de un malvado secuestrador que apareció sobre las ruinas; a que la Torre 7 se cayera por un incendio que afectaba al 2% del edificio; a que la Torre Windsor fuera el desastre causado por la negligencia de una odiosa fumadora y a que las imágenes de los fantasmas –búscalas en la red, yo no las he encontrado- fueran una curiosa ilusión óptica, igual que los butrones de los sótanos; a que el Estado pueda imponer un sistema feudal haciendo que un sector privado pague impuestos a otro sector privado –esa SGAE-, intervenir en un mercado para obligar a vender mercancía que nadie quiere comprar –esa Ley del cine-, pero sea totalmente incapaz de velar porque sus ciudadanos tengan acceso al bien más esencial para la vida humana tras el oxígeno, el agua y la comida.

Me parece razonable creer que los hermanos Kennedy tenían una extraña cualidad para atraer a asesinos solitarios; que al presidente Carrero Blanco lo volaron los gudaris sin que nadie se oliera nada; que el 23 de febrero fue una verdadera sorpresa; que “se sabe todo del 11M” como dijo ¡dos años antes del juicio! nuestro amado presidente; que es una casualidad de lo más trivial que hubiera planes de simulacros de atentados en el mismo día y en los mismos lugares en que explotaron las bombas de Londres; que nuestros soldados están en misiones de paz y por eso cuando palman hay que darles la misma condecoración que si murieran en un accidente de tráfico; que es del todo necesario dejar de fumar en el trabajo mientras nos convertimos en el mayor consumidor de cocaína del mundo; que es inevitable que el voto de un madrileño cuente tres veces menos que el de un ciudadano de una aldea de Vizcaya, y que Izquierda Unida tenga muchos más votos pero la tercera parte de escaños que CIU; que es normal tardar más en darse de baja de una compañía telefónica que en conseguir los papeles del divorcio; que la liberación femenina ha logrado, efectivamente, liberar a la mujer en lugar de atarla doblemente y ha sido un fenómeno espontáneo; que una Ley que propone penas más severas ante el mismo delito dependiendo del sexo del que la infringe es una Ley progresista; que los jueces son independientes; que los periodistas son independientes; que los políticos son independientes; que yo soy libre.

No, no tengo dudas, ni objeciones, creo que todo esto puede y debe ser efectivamente así. Pero al menos déjenme decir que lo creo con la misma firmeza que creo que todo esto puede tener cualquier otra explicación. Las pruebas, en uno u otro caso, son las mismas.

Miguel Pérez de Lema

Blog del autor

Viriato. Por Brisne

Supongo que todos conocen la frase «Roma no paga traidores», frase de Escipión que espetó a los asesinos a traición de Viriato.

Viriato no era un cabrero más, la leyenda de hispania desconoce todo. Ahora que he leído la novela Viriato, Hispania contra Roma, entiendo un poco más de lo sucedido y la larga lucha que béticos y lusitanos enfrentaron frente al invasor romano.

Nada que ver con la serie, de hecho las bandas de saqueadores eran comunes en la lusitania, ya que existía el heredero que era el primer hijo y el resto habían de unirse a una banda que acosaban por igual a romanos o a otros pueblos. La guerrilla era un modo de vida.

Y de esa guerrilla es de la que nace Viriato. Lo bueno que tiene Viriato es que logra unir bajo su mando varias de las tribus lusitanas y béticas contra Roma, en gran parte debido a la actuación de Galva, pero enfrenta batallas con otros Pretores. Logra incluso un acuerdo de paz con Serviliano, acuerdo que una vez más romperá Roma encargando a sus amigos, a los jefes de tribus asesinarlo.

La novela de Joao Aguiar sobre Viriato me ha entretenido mucho y pese a saber que es una novela creo que está bastante bien documentada. Busquen en sus letras una versión histórica mucho más rigurosa que la serie sobre una Leyenda que para nada habla de de la historia.

Brisne
Blog de la autora.

El zumo del juego. Por Betty Badaui

Fenia, vino Adelón. Comimos, bebimos, nos bañamos, hicimos el amor…

Y tengo deseos de llorar.

¿Recuerdas, Fenia?, nos disputábamos sus cerezas, hicimos un pacto…, y te gané, Fenia. Al menos, eso creímos.

Adelón hacía escala en tus ojos de fuego, con ellos marcaste su cuerpo que fulguraba de placer; yo también era de fuego, hermana, buscaba los frutos del bosque y los ordenaba primorosamente para levantar castillos jugosos, palpitantes; con verdes pisos y maduras ventanas.

¡Cuántos castillos pisoteé mientras contemplaba, furiosa, cómo chorreaban los jugos azules, granates, naranjas, verdes…

Me acostaba ardorosa sobre los ácidos o dulces zumos mientras tú, mi hermana, recostabas tu piel en el bosque y consumías en el fuego de los placeres a Adelón.

Cayeron muchos frutos y brotaron otros tantos en el bosque hasta el instante en que, Adelón, con sus pies descalzos, también quiso pisar uno de mis castillos.

Y te gané hermana. Al menos, eso creímos…

Fenia, vino Adelón, hicimos el amor y percibí, en cada estremecimiento de su cuerpo, la marca de fuego de tus ojos.

Tengo deseos de llorar, Fenia, mientras arranco los frutos del bosque para armar el castillo más jugoso que nadie haya osado mirar.

En él harás el amor con Adelón y con tus ojos de fuego marcarás su placer para que ninguna otra se atreva, hermana, a disputártelo.

BETTY BADAUI
Rosario-Argentina
BLOG de la autora