La niña bonita. Por Marisol Oviaño

No sé muy bien qué diferencia hay entre fe, esperanza y certeza.
Tampoco la diferencia entre dios, conciencia y energía universal.

Sólo sé que hace quince años yo tenía fe.
A pesar de que quien compartía la carga conmigo intentó arrancarla de raíz, por mi bien, para que la dura realidad no me hiriera. Si decía no te hagas ilusiones, yo intentaba en vano no hacérmelas. Si él decía ya has oído a los médicos: como mucho quince días, yo intentaba convencerme a mí misma de que los médicos sabían de lo que hablaban. Pero mi hija seguía dentro de mí, dándome patadas, como diciéndome: “¡Eh, que estoy viva!”.

Y la voz -eso que para mí es fe, esperanza, certeza, dios, conciencia y energía universal- incordiaba lo suyo. Exigía que desobedeciera.
Y desobedecí.
También mi madre: cuando le dije que la hija que llevaba en mi vientre iba a morir, comenzó a tejer un jersey contra la muerte. Y se prometió a sí misma que, si la niña moría, lo arrojaría al fuego de la chimenea.

Pensaba todo esto el sábado por la noche, mientras me vendaba un dedo con gasa y esparadrapo: me corté troceando pollos para los fastos del quince cumpleaños de mi hija.
Ésa que a lo sumo iba a vivir dos semanas.
Ésa que me preocupa, me abraza y me habla.
Ésa que me hace reír, pensar y cocinar.
Ésa a la que enseño todo lo que sé.
Quince años, la niña bonita.
Mi niña bonita.

Ahora los invitados se han ido, ella y su hermano duermen.
Y yo escribo sobre el orgullo de haberla parido.
Ha sido un domingo de mucho trajín.
El gato y yo estamos cansados.

Marisol Oviaño
proscritosblog.com

A un olivo. Por Juan A Galisteo Luque

Olivo sediento, ¡qué triste tu suerte!
tu raíz de origen de cuajo arrancaron,
y aquí, en esta tierra, después te plantaron,
quién sabe si un día, te encuentre la muerte.

Hoy, cuando lo han dicho, quise protegerte,
y es así, tan cierto que te cercenaron,
tu tronco en un campo verde coronaron,
será muy difícil que ya vuelva a verte.

Cualquiera diría que eso les divierte,
injerto mezquino que en vano lograron;
solo consiguieron con ello, perderte.

En un jardín verde del Norte, dejaron
tus duras raíces y tu cuerpo fuerte;
nada más mirarte, mis ojos lloraron.
———-

Juan A Galisteo Luque
Derechos registrados
blog del autor.

La barra de labios. Por Ana Mª Álvarez Barroso

“En realidad no parece tan desagradable” –pensó Isabel cuando llegó con su pequeña maleta y el neceser en la mano.

Miró la habitación, algo desabrida, con un visillo blanco que tapaba únicamente el hueco de la ventana. Parecía uno de esos hoteles baratos en los cuales, si tiras con brusquedad de las cortinas, te quedas con ellas en las manos. Se asomó y tenía vistas a la zona ajardinada que pertenecía al centro. Dos camas individuales, con sus respectivas mesillas de noche, acondicionaban la estancia; sobre las cuales, unas colchas color verde agua eran el único toque de color en la sala. Isabel, sin decir nada, dejó la maleta en el suelo, y el neceser sobre la cama que estaba junto a la ventana. Tomó su bolso, lo abrió con parsimonia y, tras sacar un libro -como si hubiese hecho un conjuro invocando a todos los dioses- se recostó en la cama a leerlo.

Poco duró su tranquilidad. Empezó a escuchar voces por el pasillo.
-¿Cómo? ¿Sin decírmelo antes? ¿Sin mi permiso siquiera? ¡De ninguna manera pienso aguantarla!

Un huracán entró en la habitación, y con un golpe en la puerta sólo se escuchó la voz chillona de Ana.
-¿Quién narices eres tú, y qué haces en mi cama? ¡Vamos! ¡Levanta el pandero de ahí a la de “YA”!

Isabel, estupefacta, no podía articular palabra. Se levantó de la cama sin soltar el libro, se retiró hacia la ventana y preguntó con voz muy baja si ella era su compañera de cuarto. Y esa era la realidad, ese torbellino con voz de grillo sería la acompañante de sus días estivales. Mas la cosa pintaba fea, y esto sólo había hecho empezar. Así que retiró todo lo suyo y lo dispuso en la otra cama. Ana, aunque más joven, era la veterana y tenía derechos que ella no tenía, así que, de momento sólo podía “hacer mutis por el foro”.

Conforme pasaban los días, Isabel se iba adaptando al calor veraniego, a los nuevos compañeros, a Ana y sus berrinches. Le encantaba, sobre todo, la hora de gimnasia porque estaba notando que hacer ejercicio era algo que le sentaba muy bien, y nunca había cuidado demasiado su aspecto físico. De hecho, si estaba empezando a hacerlo era debido al fisioterapeuta que controlaba toda la tabla de actividades, un muchacho muy atractivo que las tenía a todas “locas”. Evidentemente, Isabel y Ana no iban a ser menos. Pero siendo compañeras de habitación, la probabilidad de disonancia entre estas dos bellas notas musicales era realmente alta. Tan alta que, de un día para otro, comenzó una guerra campal.

-“¿Dónde la has puesto? Has sido tú, seguro. Nadie ha podido entrar en la habitación más que tú. ¡Eres una víbora!” –increpa Isabel, con tono dolido y lloroso a su compañera.
-“¿Yo? No sé de qué me hablas. ¡Y no me insultes!”
-“¡Que me la des! ¡Quiero mi barrita de labios color coral! Me hace juego con la cinta del pelo…” –casi llorando- “¡Devuélvemela, es mía! ¡Ladrona!”
-“¿Robarte yo esa barra de labios? ¡Pero si tiene un color espantoso! Eso no conjunta ni con mi pijama viejo… Además, estás horrorosa con ella; Isabel, mejor que la hayas perdido.”
-“De horrorosa nada, que a Eloy le encanta como me queda. Siempre me lo dice cuando llegamos al gimnasio.”
-“Isabelita, hija, qué ilusa eres, te lo crees todo. ¿Pero todavía no te has dado cuenta que tú no le gustas?”
-“¿Cómo que no le gusto? Pero si es un primor conmigo, y es tan atento…”
-“Por eso mismo no le gustas, porque es atento; sólo te adula por cortesía. Quien le gusto soy yo”
-“Ni hablar, le gusto yo, ¿cómo le vas a gustar tú, delgaducha?”
-“¡Ja! Le gusto yo, desengáñate”
-“¡No, no, y no! ¡Le gusto yo!”

Le gusto yo, le gusto yo, le gusto yo… y así los gritos fueron aumentando, y ensordeciendo todo el pabellón, hasta que momentáneamente irrumpió un responsable del centro en la habitación de ambas.

-“Buenas tardes, ¿se puede saber a qué se debe esta algarabía?”
-“Muy sencillo, Ana me ha robado mi barra de labios, y …”
-El responsable interrumpe a Isabel “¿Pero os parece bonito a vuestra edad? Señoras mayores, ochentonas, pasando el verano en una residencia ¿y peleando por una mísera barra de labios? Vamos, Ana, si la tienes, devuélvesela, y si no, dejaos de bobadas, que parecéis quinceañeras. ¡Por Dios! Que ya sois mayorcitas, os la prestáis, y santas pascuas. No es tan difícil convivir y llevarse bien, ¡vamos, digo yo! Espero que una situación como esta no vuelva a repetirse más.”

Isabel, consternada, cogió su libro, miró a Ana fijamente a los ojos como si quisiese atravesarla, con el expreso deseo de leer su pensamiento intentando adivinar el escondite secreto donde tenía su mayor tesoro: su lapiz labial. Mas como no cabía esa posibilidad, no tuvo otra alternativa que salir del habitáculo que compartían, ya que sólo podría sentir alivio estrangulándola, y sus manos de anciana no poseían la fuerza suficiente para ello.

Mientras tanto, Ana quedó en silencio. Tras ver salir a Isabel de la habitación, se asomó a la ventana y la vio leyendo en uno de los bancos de hierro del jardín. Segura de su soledad se sentó en la cama, abrió el cajón de la mesilla, cogió un espejito de bolso y, escondida debajo de las sábanas, estaba el lápiz labial de Isabel. Se miró al espejo, se pintó los labios, y en su rostro lleno de arrugas se dibujó una pícara sonrisa.

Ana Mª Álvarez Barroso © 2009
Blog de la autora

No merece poema. Por Verónica Victoria Romero Reyes

Verónica Victoria Romero Reyes

“En sangre y en tesoro, la amargura
de los días se paga
imperceptiblemente.
En gotas no se cuenta, ni en monedas.
En palabras tampoco.
La fábula difícil de mis días
no merece poema”.

(Juan Antonio González Iglesias).


Qué pena no haber legitimado mi promesa en un beso
ni haber dicho “hasta luego” en lugar de “adiós”.
Qué pena no ser en él lo que él – puro y cristal- es en mí
y no ser el verbo de la oración que no se pronuncia.
No se hace canto, no se hace eterna…

Qué pena no ser el bautizo de alma y sí el sacramento renovado.
Qué pena no haber enjugado aquella última lágrima,
no haber visto aquella alma partir a Cielos desconocidos
ni escuchar mi nombre a bramidos en esa hora de esa noche.

Qué pena las distancias, los reproches, las nostalgias
y las melancolías que mecen las hipnosis menos cicatrizadas.
Qué pena no saber si tú te pierdes en mil acordes de recuerdo
cuando yo lloro buscando los detalles más desgajados de mi memoria.

Qué pena descubrir un nuevo sol cuando el secreto tú no lo compartes,
qué pena respirar un aire que no es mío cuando tú no lo respiras,
qué pena buscarte en las mejillas que secan mis llantos de ojera cansada
y en los brazos que me calientan las tiriteras de ti cada día por cumplir.

Despertar es una batalla, siempre perdida, nueva llaga
y marcada cicatriz, renovado suplicio para encontrar lo perdido.
profanar lo sagrado, sacralizar lo vacuo e inane y despojarme de superstición.

No merece poema el trote inadecuado de niña que no sabe dónde va
aunque resista el vencimiento de las tierras que le dan cobijo,
ni la ilusión pasajera de la mujer inocente que se piensa corazón
en un pecho ajeno incrustado que ama y canta y cuida y adora
cuando duda es la aguja del reloj marchito de cada tiento y cada hora.

Qué pena no merecer de poema ni lance ni canto
ni ajusticiar un nudo con una sextilla de doble sentido.
Qué pena latirse, secamente, y sin estridencia alguna,
para saberse pulsación una vez más de un esporádico latido.

Sin ruta, con mancha y sin sentido.


Verónica Victoria Romero Reyes
Blog de la autora
“A perro hambriento, todo le son magdalenas”.
Derechos registrados
.

Violetas en el cielo. Por Betty Badaui

16 DE FEBREO
                           (a la memoria de Miguel)

Consternación,
rituales de februas.
Misterio por el misterio mismo
tu predilección por las violetas.
Y febrero llega,
paso exacto del tiempo
-y mis asombros-.
Sincronía de dios que acerca
aromas y arpegios.
Una guarania, en la lejanía,
       coquetea
con Asunción Flores
y el misterio, de nuevo,
me dibuja sonrisas.

Perfecta sincronía, mi amor;
febreros y lunas
recorrieron años,
¡y hay niños en la casa!

BETTY BADAUI
Rosario-Argentina
BLOG de la autora