
El primer efecto positivo del movimiento del 15-M es que nos obliga a pensar. ¿Por qué? Porque no es fácil analizarlo, ni clasificarlo, ni valorarlo. Se resiste al encasillamiento, no encaja en los conceptos políticos y sociales al uso, invalida el prejuicio y el tópico. Pone en evidencia que las valoraciones políticas habituales se han vuelto inútiles, inservibles: ni explican ni aclaran nada.
Los cambios sociales van necesariamente unidos a una transformación de las ideas, las palabras y las actitudes. Todo junto. Por eso se necesitan ahora nuevas palabras, dar un sentido nuevo a las viejas palabras o revitalizar su sentido originario.
Lo más necio es el acudir a prejuicios y descalificaciones globales, o, por el contrario, dejarse llevar por viejos esquemas, euforias o sueños revolucionarios de tiempos pasados. De lo uno y lo otro tratan de huir quienes han promovido esta rebelión pacífica y que acertadamente han denominado “democracia real”.
Con lo de “democracia” se han quitado de encima la acusación más fácil: no se trata de un movimiento “antisistema”, “anticapitalista”, “antidemocrático”, “antiglobalización”, etc., sino DEMOCRÁTICO. Así que no proclama ninguna utopía inicial, no pretende acabar con el sistema ni la sociedad en que vivimos, un objetivo tan irreal como imposible.
Como la democracia, además, se basa en los partidos políticos, tampoco es una reacción contra la política ni contra la existencia de los partidos políticos. Así que los que van de apolíticos o antipolíticos no están dentro de este movimiento. Pero dado que los partidos actuales han perdido gran parte de su sentido y no responden a las necesidades de la mayoría, el movimiento se proclama apartidista y asindicalista. O sea, que ningún partido ni sindicato actual puede apropiarse de él ni intentar representarlo ni manipularlo.
Se añade lo de REAL. “Real” es un adjetivo impreciso, pero no tanto como para que no lo podamos entender en su sentido más evidente: se pide una democracia real porque la actual no es real; o lo que es lo mismo: es en gran parte irreal, falsa, aparente.
Al exigir que la democracia sea real lo que se está poniendo de manifiesto es:
-Que la democracia actual se ha convertido en un engaño.
-Que los mecanismos básicos en los que se decide la organización social y el poder no son realmente democráticos porque están fuera del control de la mayoría.
-Que la democracia actual, tal y como está organizada, no responde a los intereses de la mayoría y carece de mecanismos eficaces para canalizar, expresar y hacer efectiva la voluntad y la opinión de la mayoría.
-Que es necesario reformar el actual sistema representativo para hacerlo más democrático.
Hemos de analizar, por tanto, cómo funciona hoy la democracia, cuáles son sus límites, sus errores, sus vicios, sus corruptelas, falsedades y manipulaciones. La discusión debe llevar a revisar y cambiar todo lo que no funciona: Leer más