II Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura
Concurso Caravaca
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Bases del concurso, premios y jurado


3/3/2005

118. Flamante camino
117. Que poco dura la felicidad eterna
119. El rumor de Adan
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Biiip-biiip-biiip

Mmm, ¿quién será el imbécil que llama a estas horas? Y qué sonido tan estúpido para un móvil. Ah, es la alarma. Pero si son las seis y media. El mundo no existe a estas horas. ¿Por qué puse una tan rara? Ya recuerdo. Me revuelvo y toco suavemente a Rosa, a mi lado, recordando que sus despertares no son precisamente muy alegres. Me levanto y, como de costumbre, miro por la ventana: luna llena, el termómetro de enfrente marca -3º y en los coches, veinte pisos más abajo, observo una finísima capa blanca: la noche más fría del invierno y ha nevado en Madrid. Me hubiera gustado verlo. Tal vez sea una señal para este día tan especial, aunque ignoro lo que puede significar. Ayudo a Rosa a incorporarse y, mientras ella se dirige lenta y torpemente al baño, voy a prepararme un café, que buena falta me hace.
¿Por qué me toca? Con lo que me cuesta conciliar el sueño y me desvela. Peor todavía, tengo que levantarme. Pero ¿por qué se queda pasmado mirando por la ventana? Ven a ayudarme, hombre, que casi no puedo moverme. Con los ojos semicerrados intento clarificar mis pensamientos. Pronto vuelven los nervios y los miedos. Todo el mundo dice que no pasa nada, que estas cosas ahora son un puro trámite, pero yo tengo miedo. Mi esperanza de que el agua caliente de la ducha me ayude a relajarme resulta vana: sigo con miedo.
¿Quiénes serán lo que salen a estas horas? Me van a pisar el portal que acabo de fregar. Los del 20-15, los padres del crío de dos años, que me saluda todas las mañanas. ¿Dónde irán? Claro, con esas bolsas supongo que a ella le toca ya. La verdad es que la pobre arrastraba una tripa que casi no podía andar. A ver si les sale una niña tan maja como su hermanito. Sigo a lo mío, a ver si consigo terminar de fregar la escalera antes de las nueve.
Pues sí que hace frío. Menos mal que está cerca; como estuviera lejos, al paso de Rosa tardaríamos una eternidad. Un copo. Tendría gracia que empezara a nevar. Hago una foto del momento previo a llegar al hospital. Al otro lado de la calle están regalando el periódico. Quiero conservar uno con la fecha. Es el ABC: pues vale, y un euro que me ahorro. ¿Será verdad que vienen con un pan debajo del brazo? Empieza a nevar en serio y en el breve trayecto que recorremos las calles empiezan a cubrirse de nieve. Hago otra foto a Rosa con el pelo blanco. Me gustaría que viera esto Diego, hacer con él un muñeco y una guerra de bolas.
Uff, no puedo dar un paso y éste me deja para coger el periódico. ¿Otra foto? Qué pesado. Pero no se dará cuenta que estoy nerviosa y con miedo. Tengo que reconocer que la nieve lo está poniendo todo muy bonito.
Llega un celador y se lleva a Rosa en camilla. Sólo me dejan acompañarla hasta el ascensor. La veo marchar con los calcetines puestos. La pobre tiene miedo hasta de resfriarse en el quirófano. Podían haberme dejado entrar con ella, pero no hubo manera. Espero que tarden poco. ¿Cómo será? Todavía no pongo cara a la niña. Poco importa: apenas queda tiempo para verla. Voy a la habitación y escribo para tranquilizarme.
Qué pena que no venga Rafa; me siento sola. ¿Notaré el corte? ¿Y si la anestesia no hace efecto? ¿Saldrá bien la niña? Por Dios, que salga bien ¿Y si se le enreda el cordón? No, con las cesáreas no pasa. Me quitan los calcetines. Si me constipo y contagio luego a la niña me van a oír. Este debe ser el anestesista. Parece simpático. Se parece al de «Hospital Central». A falta de Rafa necesito una cara amiga. Va a ser él. Un cosquilleo en las piernas me anuncia que la anestesia está haciendo efecto. Qué miedo. Qué salga bien la niña.
Vaya día. Qué frío hacía en la calle. Esta es esa mujer cuyo marido me insistía en que quería estar presente durante la cesárea. Menudas ideas tienen algunos: para que se me desmaye. Ella es la paciente que me manda Díaz Iglesias que ya no hace partos. Buena idea. Tendría que pensar en dejarlo yo también. ¿Cuántos niños habré traído ya? Algún día debería contarlos, si puedo. Creo que éste va a ser rápido. Ahora que me fijo, cómo se parece Carlos al Vílchez ese de «Hospital Central». Concentrémonos un momento: cortamos por esta línea… ahora por esta… y aquí tenemos a la niña.
Oscuridad. Calorcito. Tranquilidad. Empiezo a oír ruido. Demasiado. Voces que no conozco. ¿Qué pasa, qué es eso? Entra luz, muchísima luz. Me arrastran. ¿Dónde iré? Noto que me caigo. Y frío. Me muero de frío. Y me ahogo. Tengo que gritar, voy a gritar. Oigo llorar.
¡Ay, mi niña, que bonita es! Veo como se la llevan, recordando angustiada como a Diego se lo llevaron y estuvo varios días en la incubadora. Respiro aliviada cuando me la traen de nuevo y me fijo en su carita redonda y en su nariz con los indiscutibles rasgos de su padre. Suspiro resignándome a no tener un hijo que se me parezca; me importa muy poco porque la encuentro guapísima. Noto como las lágrimas recorren mi cara.
Miro por enésima vez el reloj: sólo hace media hora que se han marchado. Se abre la puerta de la habitación ¡pero si es mi niña! ¡Qué bonita! ¡Qué redondita! La acuestan en la cuna y nos dejan solos. Deliciosamente solos. ¿Podré cogerla? Pues claro que sí. Recuerdo que a Diego no pude tenerle en brazos hasta pasados tres días y decido tomarme la revancha. Qué caliente; qué pequeña. Mi princesa, mi niña. No te dejaré. Soy tu papá. Por mi mente pasa fugazmente la lista de personas a las que Rosa me había encomendado que llamara. La olvido pronto. Tiempo habrá para eso. Ahora quiero disfrutarla.
Vuelve por fin la tranquilidad. Y el calor. Noto que alguien me sujeta y escucho una voz familiar. Estoy a gusto. Creo que me voy a dormir.
Qué pesados los «abus» con eso de Camino. Menos mal que dicen que también están aquí Papá y Mamá. Este paquete que me han dado creo que es un regalito para Mamá. ¿Estarán detrás de esa puerta? Sííí. ¿Será Camino eso que está ahí?. Vaya una cosa. Si sólo es un nene pequeño. ¿Me llevará luego Papá al parque?
Por fin estamos los cuatro juntos. Dicen que los recién nacidos pierden mucho calor ¿Estará bien abrigada Camino? Creo que sí ¿Y Diego? No parece que sienta celos. Siempre ha sido buen niño. Pobrecito mi príncipe destronado. ¿Y Rosa? Se le está pasando la anestesia. Se nota que le duele. ¿Qué puedo hacer?. Y mañana al Registro. Y al trabajo de Rosa. No se me debe pasar el seguro médico de la niña. Tengo que llamar a la guardería de Diego… Dios, me convertido en un padre de familia; me he convertido en… mi padre. ¡Y qué más da! Hay cosas peores. Es más, creo que hay pocas cosas mejores. Vamos a hacer la primera foto de la familia. Vamos, Diego, mira a la cámara. Y Camino está abriendo los ojos. ¡Pero qué bonita que eres!

 

117. Que poco dura la felicidad eterna
119. El rumor de Adan