En la lejanía. Por José M. Araus

?

… y nadie ya sentirá deseos de ti
porque no participarás de las rosas de Pieria…
Safo

.

Oíamos, allá a lo lejos, el galopar del rio.
Desde la casa, lo veíamos pasar. Corría
con una indiferencia que parecía alegre, y sin embargo
iba hacia su fin. Y con qué alegría habría de llegar
a ese mar que es el morir, según dice Manrique.
Pero eso tú, en tu inconsciencia, no acababas de creerlo.
Para alguien menor de veinticinco, la muerte es un invento
de viejos. Y contigo no iba. Seguiste tú, el camino
del sol, como las flores que llenan el jardín
al comienzo de cada primavera.
Yo te contemplaba oyendo reír tu juventud.
Te movías ligera, como las golondrinas que cabalgan el aire.
Ellas también se fueron, como harías tú luego.
Ahora que ya te has ido
hacia el este, a la deslumbrante luz mediterránea
a esperar a la aurora, yo me he quedado solo
y desde lo alto de las cumbres, me contemplan
asomando sus blancas cabelleras, las nieves.
Como los niños traviesos, se asoman por las tapias,
y se ríen de mis sienes tan grises y de mis ilusiones
tan vanas e insensatas. Y no me consuela ¡Ay!
oír el viejo verso “…y jamás nadie ya sentirá deseos de ti
porque no participarás de las rosas de Pieria…”

José M. Araus
De “ La vida sin Lilith”

Dicen por ahí. Por Verónica Victoria Romero Reyes

Verónica Victoria Romero Reyes

Sólo yo tengo potestad para hacer de las historias
tres mil cuentos de dudosa eternidad triste
o ciento dos indecorosas fábulas con sana memoria.

No te voy a consentir el decoro a mi madre muerta
que me viene a visitar en mil razones cada día
ni el recuerdo de un padre que tú jamás viste
y te supuso argumento de retirada con algarabía.

Sólo yo tengo el cetro de pretendida justicia
y no me arengo ante bastonazos de desesperación.
Pudiste ser rosa quedándote en cardo borriquero.
Y ahora es viraje inusitado el ruido de una ilusión.

Poco sabes o supiste del camino de perfumado romero
que los reyes sembraron a su paso despistado
y poco quisiste ver de la benevolecia de cetros
que pudieron condenarte con razón y argumento.

Sólo yo tengo el testigo de rumor tan lastimero
para decirte que acercarte a mi sangre
puede ser en tu vida…
el último y más mortal aguacero.


Verónica Victoria Romero Reyes
A perro flaco todo le son magdalenas
Derechos registrados
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Blog de la autora

Soneto triste. Por Marcelo Galliano

Seremos en un rato ya dos desconocidos,
nos paseará el olvido por su amargo sitial
y quedarán los sueños tal vez desvanecidos
como un hombre sediento tendido en un brocal.

No nos darán señales los más nobles espejos
(ni el metal, ni los vidrios, ni las aguas de ayer),
y cada uno del otro se machará bien lejos
y hasta la misma lluvia parecerá doler.

Pero luego de un tiempo los relojes cansados
ya no darán las horas de los enamorados,
de este fuego tan mutuo que sin luz se extinguió .

Y quizá una campana nos duela en cada pecho
llenado los silencios del ya desierto lecho,
doblando por la suerte de lo que se murió.

Asociación Canal Literatura
Marcelo Galliano
Blog del autor.

Vuelve. Por Ana Mª Álvarez Barroso

Vuelve a mi lado, vuelve, amor de primavera,
con el suave murmullo de tu voz de soneto,
deja que nuevamente me entregue por completo
y cure tus heridas, como la vez primera.

Déjame que te abrace ¡que acabe esta quimera!
que llene el calendario que olvidé, mudo y quieto,
con días de ternura, con mil tardes de asueto,
con besos en tus manos y caricias certeras.

Nada puedo ofrecerte, mi casa está vacía,
vacía está la mano que se extiende postrera
para colmar tu vida de amor y de alegría.

Mi corazón te habla, mi palabra es sincera,
ante tí me arrodillo mostrando el alma mía:
¡Vuelve a mi lado, vuelve, amor de primavera


Blog de la autora

Ana Mª Álvarez Barroso © 2011

La cosa es sencilla. Por Javier de Hoyos Martinez

Él,
un mesías borracho
ebrio de promesas y
alcohol.

Ella,
una muñeca
una puta
un ángel,
siempre vestida de azul,
con las medias rotas,
el alma rota
y una gran sonrisa.

Hay una barra.
Hay quince taburetes,
dos ocupados
son los mismos tipos de siempre.
Hay un suave jazz,
que lo envuelve todo
a base de bombo y platillo;
Hay un camarero,
sirviendo respuestas
entre hielo y limón.
Hay un pobre loco
que aúlla en alguna parte.
Hay una pareja
follando en los baños.
Hay dos tipos
peleándose en la calle
por una mirada encontrada.
Hay todo un mundo
escondido
al final del vaso
y en definitiva
tú,
yo
     y
        una sola pregunta.

Javier de Hoyos Martinez
Blog del autor

Esperando. Por Miguel Pérez de Lema


Esperando. Todo el mundo parece últimamente estar esperando. Pero esperando qué. ¿Esperando nada? ¿Nada concreto? ¿Un desenlace imprevisto de todas las calamidades? ¿La paz en el mundo? Qué se yo, ¿la lluvia? ¿Una bíblica lluvia de plomo fundido, y lava, acaso?

Parece que están esperando nada. O quizá sí, si pasas muy cerca de ellos, si te detienes para ver cómo se queda a veces su mirada absorta, cómo se pasan la mano por el cabello muy lentamente, si los calculas, te parece comprender que están esperando algo muy concreto.

Sí, mirándolos cara a cara, estás casi seguro de comprender a cada cual cargando con su íntima obsesión, su caries de alma, puedes imaginar su obstinada larva royéndole la conciencia, te parece incluso que puedes escuchar un ruidito levísimo y constante como de oruga masticando celulosa, con un ansia tenue pero muy viva, un rescoldo de deseo. Y esa ligera incomodidad al respirar.

Míralos. Están en todas partes. Esperando. Esperando qué.

¿Están esperando la nave que se los lleve a Plutón? ¿Esperando una verdadera oportunidad de amar? ¿Esperando, simplemente, ese pequeño aumento del salario tan necesario? ¿Esperando vivir?

¿Esperando que avance la cola de la sopa de beneficencia? ¿Esperando ver agonizar a su enemigo de un horrible cáncer de piel, y morir a su anciano padre de cualquier mal para disponer por fin de su codiciada herencia? ¿Esperando al esquivo vendedor de drogas? ¿Esperando para cometer la traición largamente acariciada?

La esperanza es lo último que se pierde, sí. Fé, esperanza y caridad, sí, míralos, son tus hermanos, tus hijos, tus razonables vecinos, a los que saludas sin mirar, tus amados depredadores y tus aseadas víctimas.

Miguel Pérez de Lema
proscritosblog.com

Conocerás el amor (III y IV). Por María del Mar Hermoso

Yukio Mishima (Tokio, Japón, 14-1-1925; 25-11-1970)

Las noticias del terremoto seguido del terrible tsunami que asolaron Japón no la destrozaron tanto como saber que Yuto nunca cogió el avión rumbo a Berlín. Él seguía en Japón. ¿Pero por qué? Sus compañeros alemanes la llamaron por teléfono al no encontrarlo en la terminal de Berlín. Tampoco habían podido ponerse en contacto con Yuto. Su móvil aseguraba estar fuera de servicio. La costa noreste japonesa estaba asolada, la central nuclear de Fukushima había sido dañada seriamente, varios trenes bala habían desaparecido, miles de viviendas resultaron dañadas, otros miles de ciudadanos desaparecidos, y de cadáveres y de evacuados. El mundo parecía estar acabando. No había lugar donde esconderse y estar a salvo del destino. ¿Pero por qué?, ¿por qué ahora, que  por fin estamos juntos, después de tantos obstáculos, después de tanto?… 

Irene estaba paralizada ante el televisor. Ni siquiera se acordó de llamar al trabajo para avisar de que no iría. Sus ojos, abiertos por completo, esperaban verle en cada imagen del televisor, en cada rostro, en cada nombre.

Permaneció así hasta el día siguiente, cuando su hermana entró en la casa con su llave de emergencia, preocupada porque no le había contestado ninguna de sus llamadas al móvil.

No encontró más que su sombra.
Nada más abrir la puerta, notó una bocanada de aire rancio; la sensación de oscuridad llegaba desde el fondo del pasillo. Allí estaba Irene, con los  ojos hinchados, la cara sonrosada. Sentada en el sofá del salón, rodeada de la agenda de contactos laborales ganada año a año, de pañuelos de papel usados y tirados al azar, formando bolas arrugadas, todas del mismo tamaño. El sonido de la tele no parecía afectarla lo más mínimo, como tampoco la voz de su hermana. No era más que su sombra.
-Irene, Irene. Por Dios.
Nada la importaba más que el sonido del televisor, abierto en el canal 24 Horas.
-Irene, cariño, mírame. Ayer no fuiste a trabajar. Me encontré con tu jefe en el garaje.
El locutor no ampliaba la información. No daban nombres, sólo cifras.
Su hermana se agachó y la abrazó.
-Seguro que estará bien. Yuto estará a salvo.
– No me contesta al móvil.
Era lo primero que había podido articular desde las numerosas llamadas telefónicas a Japón. Casi todas, con su receptor fuera de cobertura.
-No te pongas en lo peor, Irene. Ten fe.
Gimió y gimió durante casi una hora, con las lágrimas cayendo por las mejillas, mezclándose con sus guedejas rubias. No había tomado más que café en las últimas 24 horas.
-¿Por qué no te duchas? Tú siempre has dicho que una ducha cura el mayor de los males.
Irene se levantó a duras penas. Su hermana siempre había tenido un extraño poder sobre ella: el de hacerla levantarse tras la caída. Fue lentamente hasta el cuarto de baño, sacó varias toallas limpias, de colores cálidos (Me recuerdan a mi madre, cuando me abrazaba con sus batas de estos colores; me siento protegida, había dicho al comprarlas en Tokio Midtown unas semanas antes, mientras Yuto la observaba riéndose, Tú crees en el karma, Irene, ja, ja, ja). El agua empezó a caer sobre sus hombros cansados  a la vez que una brisa fresca entraba por las ventanas de todas las habitaciones, inundado la casa de la luz radiante de Málaga. En la cocina, su hermana encendía la radio mientras preparaba algo de comer.

Al salir de la ducha, notó el olor a sal  marina entrando por la ventana del pasillo. Mmmmmmmm. Pero no tuvo más que un minuto de descanso. De nuevo, el dolor. Yuto, Yuto… 

Irene, ven. Te he preparado una tortilla de queso Philadelphia. Te sentará bien.

Irene se arrastró como pudo hasta la cocina.

-Todo saldrá bien, ya lo verás. Nos pondremos en contacto con la embajada y con la universidad de Tokio.

Comió lentamente, intentando valorar cada bocado como el último de su vida, como si retrasar el final de su tortilla conllevara evitar una gran tragedia. Iba a levantar el  vaso de zumo de mango recién exprimido, su favorito, cuando el móvil sonó desde el salón. La melodía de Paul Carrack, Behind those eyes of blue, la avisaba de que al otro lado de la línea la esperaba Yuto.
(continuará)

María del Mar Hermoso
Derechos registrados
Foto: Yukio Mishima (Tokio, Japón, 14-1-1925; 25-11-1970)