Camino o rendición. Por Ketsya

Mirada Eterna
El camino gira, da vueltas, sube y baja, vuelve a girar y se para. Piensas en la felicidad, ganas de reír, gritar, abrir los brazos y abrazar el aire, besar las nubes, cerrar los ojos y soñar. ¿Soñar? Para nada, mejor vivir, abrir los ojos y vivir, abrazar el aire, besar las nubes, sentir el sol aquí en tu piel.
El camino se para, te mareas y escondes entre los árboles ¿Esconderse? Jamás, mejor sentir, sonreír, dar la cara, comenzar a caminar y girar. El camino para y ahora quien gira eres tu. Rosas, margaritas, gladiolos, hasta un girasol perdido y tu, una rosa más en el jardín de la vida. La flor más rara, la más fea y a la vez la más especial, pero ¿Qué importa? Si lo mejor de la vida es ser diferente y que los demás averigüen que eres.
Pero que más da si el camino gira, se para, sigue su curso o cambia el rumbo. Si no es más que una vía de escape a algún lugar exótico, algún mundo desconocido. Ese lugar donde acabarás, pues es tuya la decisión de elegir el camino fácil, el difícil o aquel olvidado que nadie optar por tomar… ¿Seguir? Claro! ¿Caer? No, no levantarse ¿Vivir? Disfrutar!

Ketsya

Los caprichos del defensor del pueblo. Por Carmen María

Mugica
GRANADA (agencias)

Los caprichos de Defensor del Pueblo Enrique Múgica protagonizó durante su visita a Granada una serie de anécdotas y situaciones desconcertantes que evidenciaron una mala educación y su desinterés por la realidad social actual.
Cada uno se suicida como quiere y yo prefiero hacerlo así». Con esta expresión tan rotunda contestó el Defensor del Pueblo Enrique Múgica Herzog a un comensal durante la cena coloquio en el club de Opinión que organiza la Asociación de la Prensa de Granada que le había preguntado su opinión sobre la Ley Antitabaco. Y lo dijo con un gran puro en la mano en una zona del comedor del hotel donde se celebraba la cena y que improvisadamente se tuvo que habilitar para fumadores. Pero esa no fue la única anécdota desconcertante que el Defensor del Pueblo protagonizó durante su estancia en Granada. Su visita estuvo sembrada de actuaciones en las que era difícil entender que esa persona había sido nombrada por el Parlamento español para defender a los ciudadanos de sus posibles problemas con la administración pública. Otro de los comensales le hizo otra pregunta: « ¿Está haciendo algo el Defensor del Pueblo sobre el dramático expediente de regulación de empleo en la Radio y Televisión Española?
« No sé los términos de esa regulación, así que no puedo opinar». «Pero es que hay en peligro 3.000 puestos de trabajo y algo tendrá que decir el Defensor del Pueblo. Y más sabiendo que han acudido a usted para que intervenga en este conflicto», le contestó el moderador del debate y presidente de la Asociación de la Prensa de Granada Antonio Mora. «Le repito que no conozco los términos de esa regulación. Y yo nunca opino si no conozco algo. Además… yo que sé», dijo encogiéndose de hombros y pidiendo otra pregunta. Lo que si parece que dejó claro durante el coloquio es que tiene 74 años, que le quedan cuatro para su mandato como Defensor del Pueblo y que ya hay pocas cosas que le interesen.

En el restaurante
Y es que Enrique Múgica no se portó como esa persona cargada de experiencia y sabiduría que todo el mundo esperaba, sino como alguien caprichoso y maleducado dispuesto a coger una rabieta si alguien le llevaba la contraria. A mediodía, en un conocido y afamado restaurante de la capital, el Defensor del Pueblo llegó a rechazar hasta tres platos que los camareros le ofrecían. Dijo que nada de la carta le gustaba y que prefería dos huevos fritos. Para el vino fue más exquisito ya que pidió vino Viña Ardanza reserva. Los cocineros y camareros sentían tal afrenta que estuvieron a punto de acudir al Defensor del Pueblo para defender su dignidad. El único problema es que el Defensor del Pueblo era precisamente el cliente.

Para buscarle un hotel fue toda otra odisea. Prefería uno que tuviera alfombra roja o moqueta. «Bueno, para una noche… Después de haber pasado tres años en la cárcel estoy acostumbrado a dormir donde sea», dijo tras rechazar también el segundo hotel y cuando ya se le estaba buscando un tercero. En cuanto a los puros, varias personas tuvieron que movilizarse para encontrar aquellos que él quería.

El Defensor del Pueblo había sido invitado por la Asociación de la Prensa de Granada para intervenir en su Club de Opinión. Varios directivos lo acompañaron en todo momento en su estancia en la ciudad y procuraron hacérsela lo más agradable posible. Pero no lo consiguieron.

Despotricó de la exposición escultórica de Igor Mitoraj y ante un comentario del presidente de la Asociación de la Prensa sobre el tradicional conservadurismo granadino y sobre un pequeño sector de la población que había rechazado la ubicación de la muestra frente a la Basílica de las Angustias, manifestó no extrañarse de que esta ciudad hubiera matado a García Lorca.

Los despropósitos verbales del Defensor del Pueblo culminaron cuando se le hizo entrega de la reproducción de una de las columnas de la Alhambra que representa la unión de las culturas árabe y cristiana. «Este regalo irá a parar a mi museo particular de los horrores», le oyó decir uno de los comensales, haciendo gala reiteradamente de su ascendencia judía.

Carmen María
http://es.geocities.com/relatoscarmen/

La cabeza del monstruo. Por Ángeles Morales

Cabeza del mostruo
Se empecina en acercar su boca grandiosa a mí y escupir en mi oído millones de gérmenes que al cabo de un rato comienzan a declararme la guerra en mi interior.
Tiene los ojos chiquitos, de aceituna aún por madurar, y de su mandíbula cuelga a todas horas un hilo de incertidumbre donde se columpian sus pensamientos.
Me mira y retrocede, fingiendo enojo. Y entonces sacude su cabeza magna despojándose de intenciones.
Yo lo contemplo clavada al suelo, con los brazos en alto para agarrar su furia.
La cabeza del monstruo se desenrosca sola; eso me lo enseñó mi madre, a oscuras, mientras invocaba el sueño.
Por eso espero, con el aliento suspendido, su claudicación que no ha de llegar.
Por mi ventana se cuela un viento chillón, de doncella mancillada, que parece advertirme de un peligro que conozco.
Sus ojos chiquitos me enfocan obstinadamente. Aprieto los párpados y me dejo capturar por su insignificancia.
La cabeza del monstruo es idéntica a la mía. Eso me lo enseñó mi madre, a oscuras, mientras yo desenroscaba la suya.
EL CONTINENTE AFRICANO
“Mamá, quiero ser negra”. Eso le he dicho nada más levantarme de mi lecho blanco.
“Mamá, quiero pasar hambre”. Eso le he dicho desayunándome dos huevos fritos con chorizo.
“Mamá, quiero que las moscas funestas ronden con impertinencia mi cabeza descomunal, de muerto recién nacido”. Eso le he dicho deshaciendo el lazo de mi trenza.
“Mamá, quiero ser olvidada por la memoria tanguista de los hombres”. Eso le he dicho recordando el mapa del continente africano.
“Mamá, quiero ser negra”. He insistido alisando mi falda azul.
Mi madre me ha dado la espalda. En ella he podido ver la indiferencia tatuada, un trazo obsceno de pinceladas negras y lejanas.


Ángeles Morales

La sobrina de Bin Laden . Por Carmen María

Sobrina de BIn Laden
La sobrina de Bin Laden hace un ‘reality show’

(Agencias).- La llamada alianza de civilizaciones tiene un nuevo activo: Wafah Dufour bin Laden, la joven que, además de sobrina del líder de Al Qaeda, es aspirante a cantante y ahora protagonista de un reality show en EEUU. En el programa, además de explicar sus inquietudes (desde el amor hasta la celulitis), tenderá «un puente entre las dos culturas» en las que ha vivido.
La chica nació en EEUU, de pequeña vivió en Arabia Saudí y luego regresó a norteamérica.
Wafah es hija de Yeslama bin Laden, hermanastro de Osama, y de Carmen Dufour, quien en el 2004, tras su divorcio, también exprimió el árbol familiar con el libro Dentro del reino: mi vida en Arabia Saudí.
La chica, no obstante, prefiere descolgarse del apellido Bin Laden para sacar adelante una carrera artística que inició el año pasado posando con escasa ropa en una revista. Allí anunció que quería ser cantante.
Ahora, sus aspiraciones se centran en este reality de la productora Reganmedia. La portavoz de la compañía vende las bondades de su producto:
«Wafa es guapa, tiene talento y sueña con una carrera en el mundo artístico. Es una joven que, como tantas otras, se enamora y sufre desengaños».

Carmen María
http://es.geocities.com/relatoscarmen/

La vida de un feriante: Por Ketsya

Mirada Eterna
Para mi la vida ha estado condicionada desde el principio. En primer lugar, nací en el seno de una familia de feriantes, eso ya me privaba de muchas cosas que otros tenía y yo no podía tener. Cuando era un niño, ese tipo de detalles no se apreciaban demasiado. De hecho estaba feliz por poder montar cada día y a las horas que quisiera donde otros tenían que pagar.
Pero a medida que fui creciendo, esa realidad se veía cada vez más clara. Aunque no prohibido, si que no podías tener amigos. Nunca sabias cuando cambiarias de ciudad y de ahí, cambiar una vez más de amigos. Por otro lado, si había algunas ventajas. Siempre veías caras nuevas, los viajes, los pueblos y las ciudades que eran nuevas para ti. Ello me ayudaba a llenar mi libro de viajes, que cada página abarcaba un lugar diferente. Algunas veces, incluso repetíamos destino, bien porque nos habían tratado perfectamente, o porque el trabajo allí era fructífero. Siendo feriante nunca sabes cuando y donde ganarás más o menos. Es algo a lo que tienes que arriesgarte, si parar en Valencia, Madrid, Cuenca….
Aunque no había prohibiciones estrictas, si había algo que desde que cumplí los 15 años mi padre no paraba de repetir, cada vez que parábamos en un lugar nuevo. Y es que jamás olvidaré sus palabras cuando nos reunió a mi y a mi hermana; «No os podéis enamorar» siempre fue algo que no me causo problema. Bueno rectifico, no fue un problema hasta que llegue a… quizá prefiero no nombrar la ciudad, por si algún día esto se leyera.
Había pasado un semana desde que llegamos a esta pequeña ciudad, la feria se había colocado casi a las afueras. Aún así, se ganaba más dinero del esperado. Un día, mientras limpiaba la colchoneta hinchable y la extendía vi una chica acercarse con una cartera y una carpeta en la mano. Pasó de cerca y me miro unos segundos a los ojos. Cuando vi su rostro pude ver lo preciosa que era y cuando se alejaba seguí observando como se contoneaba su esbelto cuerpo. Los días pasaron y yo la seguía viendo, cada día, a la misma hora. Algunos días la veía también a deshora, pero eran escasos. Muchas veces me quede con ganas de decirle algo, pero nunca me atreví. Las palabras de mi padre se marcaban en mi mente cada vez que su mirada se cruzaba con la mía.
Pasamos tres semanas allí, y el lunes de la cuarta semanas comenzamos a desmontar las atracciones. Ya nos íbamos y yo no le había dicho nada. Pensé en hacerlo el primer día, así si recibía alguna contestación negativa no pasaba nada, yo me iría. Estuve esperando ese día antes del tiempo en el que ella apareciera, y también, cuando el tiempo pasó yo la seguía esperando. Pero no pasó, ese día se olvidó de pasar junto a la feria.
Cada día la rutina de casa al instituto y del instituto a casa se hacía más monótona y pesada. Al menos, la mitad del trayecto la hacía con un compañero de clase que amenizaba el camino con sus chistes, y preguntas. Una día cuando iba a mi diaria máquina de cultura vi que montaban una feria en el camino hacia el centro. Lo cual me alegró, ya que ahora estaría más entretenida ese otro trozo del trayecto, porque podría ver las atracciones y meditar en como montarían todos aquellos hierros tan rápido, y de una forma tan segura.
Pero como siempre he pensado, la vida da muchas vueltas, y lo que hoy es una rosa mañana puede ser una margarita. Y, efectivamente todo cambio cuando volviendo hacia casa vi un chico, que supuse sería de mi edad, trabajando en las tracciones. Al pasar por su lado cruce la mirada unos instantes y me la devolvió. Para mi era bastante mono, ni guapo ni feo, pero tenía algo que lo hacía especial y me cautivó.
Todos los días al pasar, lo veía haciendo algo. Aunque otros días simplemente estaba apoyado en una valla cruzando de brazos y mirando a ambos lados. Siempre que pasaba nuestras miradas se cruzaban, y cada día la mirada era más duradera. Un día entreabrió los labios, pensé que diría algo, pero según los abrió los volvió a cerrar.
Las semanas transcurrían, y aunque con lluvia y nieve los feriantes seguían allí. Yo veía al chico cada día, hasta la cuarta semana. Cuando me levanté dispuesta a cruzar una mirada más intensa y larga y para mi sorpresa la feria ya no estaba. La caravana había desaparecido, de las atracciones no quedaba ni rastro, el puesto del algodón de azúcar ya no impregnaba la calle con su olor dulce, pero, sobre todo, el feriante ya no estaba apoyado en la valla esperando, o no, a cruzar miradas.
Una semana después de volver a mi rutina aburrida, volvía a ver una feria en el mismo lugar. La caravana era la misma, con su lavadora cubierta con una funda de puntos, y sus tres atracciones. Pero ahora había algunos niños pequeños nuevos y no había visto al feriante. Al segundo día, lo vi. Barría cuidadosamente la pista de los coches de choques y, una vez más, nuestras miradas jugaron entre ellas. Esa misma tarde volví a pasar para comprar unas cosas, pero no estaba solo. Ahora su mirada se entrelazaba con la de una chica morena, bastante guapa. Pasé a su lado, intentando ser lo más discreta posible. Pero mis ojos buscaban los suyos y se volvieron a encontrar, pero aparté rápido la mirada.
Ese día es el día de hoy, y no se como terminará la historia, sea como sea… solo tengo una idea en mente, volver a cruzar miradas antes de que se marche de nuevo. Porque las mejores miradas se intercambian con desconocidos.

Ketsya

EL SOMBRERITO BEIGE. Por Ángeles Morales

Sombrerito
Viene trotando a lomos del silencio, carganda de interrogantes.
Sus ojos claros, de pantano, me enfocan brevemente, dejandome a oscuras al marcharse
subida a dos rebuznos.
Lleva un sombrerito beige que la oculta del mundo, mientras una radio sin dial
sintoniza sus pesares.
Camina presto, arrancándole zancadas al aire, haciendo volar con aburrimiento sus faldas
de hojalata.
A lo lejos alquien pronuncia su nombre, después se sacude, despacio, como
queriendo
convertirse en nadie.
Yo me quedo plantado en la acera, aguardando su llegada, con las piernas muy juntas,
de soldado muerto.
Al llegar a mi altura gira el rostro. El sombrerito beige tiembla de un amor que se avecina.
Yo cierro la boca, de golpe, igual que la puerta de un castillo que ahora parece abrirse en mi pensamiento
y que engulle a la muchacha.
Cuando vuelvo en mí sólo me queda de ella
su sombrerito beige.
En el interior de mi pecho la siento trotar, con la incertidumbre a cuestas, sentada con las piernas cruzadas
en un suspiro fenomenal.


Ángeles Morales

Cambio de aires. Por Luis Tamargo.

Cambio de aires

«Además, me daba placer imaginar
todo lo que no conocía de aquella ciudad».
Felisberto Hernández.

Fue una mala caída. Su madre ya le había advertido más de cien veces que tuviera cuidado con los árboles y, precisamente, había tenido que ocurrir ese día y allí, en la arboleda que rodea el internado del colegio Saint Paul. Ahora su madre y la familia quedaban lejos y desde luego que aquel verano se presentaba con un comienzo poco o nada halagüeño.
El profesor Tycho fue quien se hizo cargo de su convalecencia, un viejo catedrático casi a punto de jubilarse, más ocupado en pasear los libros que en dar clases que despertasen el de por sí distraído interés de algún alumno. El profesor vivía en un ático de la barriada nueva, frente al colegio, aunque desde su amplia balconada se podía contemplar la parte sur de la ciudad e incluso el puente que cruza sobre el río Delaware. Al menos aquella panorámica compensaría la monotonía de la claustrofobia que preveía para todo el tiempo que durase su obligada estancia allí. Sin embargo, enseguida comenzó a cambiar su concepto del profesor Tycho, apenas le hubo tratado un poco o, mejor dicho, en cuanto se dejó tratar. Bajo aquella apariencia de viejo serio y malhumorado se hallaba una vitalidad jovial y un espíritu simpático, desbordante de ternura. La primera sorpresa fue al deshacerse de sus hábitos de profesor al llegar a la casa; sin la toga y el sombrero de borla hasta el semblante del señor Tycho parecía sufrir una transformación. Sus bigotes canosos le daban un aspecto cómico, no resultaba difícil imaginárselo en sus años mozos preparando alguna que otra travesura. Su fama de hombre metódico y riguroso le había servido para espolear su conocimiento más allá de los libros o las aulas y, gratamente, sorprendía verle manejar los utensilios de cocina con la maestría de un experto al mismo tiempo que cantaba La Traviatta o declamaba sus versos griegos preferidos. Para todo pedía consejo o consentimiento, ya fuera para el menú del día o para la lectura de la tarde, incluso dejaba elegir qué tipo de música escucharían para aquel u otro momento. Era innegable que le sentaba bien sentirse ocupado en alguien, debió haberse encontrado demasiado sólo anteriormente, pero ahora en presencia de compañía recuperó con rapidez los resortes que mueven la convivencia. Aprovechaba para volcar toda la responsabilidad de la que era capaz cada vez que revisaba la cura; la herida pronto adquirió forma de cicatriz gracias a sus desvelos y ya había conseguido aventurar unos primeros pasos, titubeantes, cuando el profesor marchaba en las mañanas a sus quehaceres en el colegio. Así, los avances fueron notables y, en menos tiempo del previsto en un principio, se sintió con fuerzas y ánimo para continuar por sí sólo su interrumpida andadura.
A medida que se iba aproximando el tan ansiado instante de su salida, también por desgracia, ya empezaba a lamentar el inevitable hecho que ambos debían afrontar. Sin duda el señor Tycho lo extrañaría todavía más que él; se había preocupado en hacer agradable su permanencia en la casa y ahora resultaba más que probable que aún padeciese más esa sensación de abandono después de su ausencia. Aquella noche era la última, preveía que al día siguiente sería ya capaz de saltar, además no había parado quieto en toda la mañana, mientras el profesor asistió a la ceremonia festiva de la clausura del curso.
El señor Tycho llegó con gesto preocupado por la tardanza, repartiendo disculpas, pero sin poder ocultar su ilusión casi infantil de felicidad… Esa noche celebraron la fiesta a su modo, su despedida particular; había traído el postre que sobró del colegio y que había pedido a tal efecto a la encargada de la cocina que, algo extrañada por la caprichosa osadía del viejo profesor, se lo preparó y envolvió con mimo. Durante la cena el señor Tycho cantó y lloró de risa al recordar los primeros chistes de estudiante y alguna de las traviesas novatadas de las que fue objeto al llegar a la universidad. Luego, como no podía faltar, declamó a Platón y a Aristóteles, se deleitó con algunos pasajes de La Odisea y de La Guerra de las Galias, conjeturando hipótesis acerca de la indolencia de la vida en aquel tiempo. A veces se quedaba sólo, perdido en la pura elucubración y hasta se reía de sus propias ocurrencias… No cabía duda de que disfrutaba, se lo estaba pasando en grande. Sí, era un hombre excepcional, no podía tener queja del trato dispensado. A pocas personas había llegado a conocer tan de cerca y tan bien, gracias a aquellas circunstancias especiales.
A la mañana siguiente, puntual como de costumbre, el profesor marchó pronto al colegio. Salió sin meter ruido, con cuidado de no despertarlo. Pero él llevaba en vela largo rato, desde que el alba se anunció en las rendijas de la ventana. Había llegado el momento de su partida, pero antes echó una rápida ojeada al lugar que hasta entonces había sido su refugio. Luego se acercó a la balconada y saltó… Los primeros aleteos sobre los tejados le supieron a gloria, estaba en plena forma. Remontó cielo arriba, siguiendo el curso del río, contento. A su madre, además, iba a parecerle mentira todo lo que había aprendido con aquella experiencia.