El fin de una porción de tarta. Por Agustín Serrano Serrano


Creo recordar haberte contado ya esa historia, pequeña. En el avión no dejaba de oír la voz de tu abuela…’’Te vas al culo del mundo. Al país más pobre de todos. ¿Es que no hay chicas en los chat de España?’’…Y yo respondí que ninguna como ella. Ninguna como Theresa, mi negrita de Puerto Príncipe.
Llegué al hotel Montana al anochecer. En la cena, el camarero era cubano, con lo que, gracias al idioma, supe cosas para poder orientarme al día siguiente. Ricardo, que así se llamaba y que no olvido, me invitó a una porción de tarta de vainilla. Y con ella en el estómago me fui a la habitación. Me eché en la cama, y debió de ser la tarta u otra cosa, que no pude conciliar el sueño. Fui al baño y me tomé dosis doble de pastillas para dormir. Pero aun pasados los años, no consigo entender cómo no pude enterarme de nada.
Desperté sobre y bajo montones de cascotes; de piedras, de paredes y cristales del hotel. Tenía el colchón encima de las piernas y la cabeza sobre los brazos, los dos partidos, colocados a su libre albedrío. Caí sobre más y más escombros, dando con la cara sobre el vestíbulo. Como pude, salí al exterior sin ver nada más que luces y gente que, como yo, corría como un pollo sin cabeza. Me atendió uno de los de Médicos Sin Fronteras y caí abatido cuando desde la altura del hotel, vi que la ciudad había sido destruida por un terremoto.
Días después, en uno de los hospitales habilitados por las ayudas internacionales, una chica con la cabeza vendada se acercó a mí. Y sólo supe que era Theresa en el abrazo. Los dos sobrevivimos y hoy ella es tu mamá, pero allí, en su país, yo, tras una mala digestión de tarta, vi el fin del mundo. Ahora toma tu chupete y duerme…

En memoria de los desaparecidos por el terremoto de Haití.

Agustín Serrano Serrano

El Manifiesto, los derechos y el mercado (I). Por David Soler Freixas

Convirtiendo un «problema» en una oportunidad.

Este post forma parte de una serie sobre los cambios que Internet, las redes y el Social Media están ejerciendo sobre los hábitos de consumo y los modelos de negocio y especialmente sobre los que tienen que ver con creación cultural. Tengo que agradecer  a Benet M. Marcos que me invitó, a partir de una discusión abierta en Facebook, a reflexionar y a escribir sobre este tema que a ambos nos apasiona. 

He dejado pasar un tiempo para hablar sobre el asunto del Manifiesto, los internautas y los derechos de autor. Aunque creo que se ya se ha dicho casi todo voy a dejar aquí mis reflexiones.

Se enfrenta dos posturas: el legítimo derecho a ver retribuido su trabajo de los creadores contra el derecho de los internautas, y la gente en general, al acceso e intercambio de cultura. Y entre unos y otros encontramos a los representantes de la industria (basicamente la editorial y la de la música) que temen perder su modelo de negocio, su modo de vida. Pero quizás podríamos cambiar la discusión por esta: como conjugamos el derecho a ganarse la vida de unos con el inevitable e implacable avance de una tecnología que, entre otras cosas, facilita el intercambio de archivos digitales. En ese caso todo se reduciría a un problema de volumen.

Hace 25 años nos intercambiábamos cintas de casete entre 15 amigos. Ahora son archivos pero entre miles de personas. Antes nadie, o casi nadie, decía nada. Ahora sí. Y antes, de esos 15 amigos, 3 ó 4 (un 20-25%) acababan comprándose el LP de un grupo que de otro modo no hubiéramos sabido ni que existía. Ahora lo pueden conocer miles de personas. ¿No es eso una oportunidad para muchos creadores? Y es una oportunidad doble: más mercado y más difusión de tu trabajo.

Porque no nos engañemos, “piratas” habrá siempre. Y el que no quiere pagar por algo no paga y listo. Pero contra eso está un mercado mucho más grande y, en la mayoría de casos, más barato de alcanzar que nunca. Y eso es lo que representa Internet.

Y por ello creo que el gran olvidado de toda esta discusión es el mercado, son los consumidores. ¿Alguien se ha parado a pensar que quieren los 26 millones de internautas? Podemos cambiar “que quieren” por “que podemos obtener de” y entonces ¿qué pasará cuando sean 35 millones de internautas? Para mí eso es falta de visión estratégica. Quizás si todos los actores focalizasen sus esfuerzos en retener ese 25% de posibles nuevos clientes y convertirlos en nuevos consumidores se acabaría el problema porque todo el mundo ganaría más y, tal vez, la cadena de valor no cambiaría tanto. Además ya se ha demostrado que muchos negocios en la red funcionan con la regla Freemium: el 10% pagan la fiesta.

Y os dejo, por el momendo, con dos citas:

“Y si crees que éste es un post sobre el negocio editorial, espero que lo vuelvas a leer y pienses en cómo lo digital va a cambiar tu industria también” Seth Godin dixit (podéis leer aquí una versión traducida).

Bigas Luna: “Pondría una alfombra roja a quienes se descargan mis películas. Yo sólo quiero que la gente las vea. Ir contra las personas que se las descargan es una hipocresía brutal”.

David Soler Freixas
Blog del autor

La perla entre la ropa sucia… Por Mercedes Martín Alfaya

Todavía no sabe en qué océano o desierto aterrizará y, sin embargo, Samuel quiere vivir.

Esta mañana, mientras disfrutaba de la alfombra de edificios y jardines que va desde mi terraza al mar, me acordé de las sabias palabras de un amigo: “Hay que levantarse cada día buscando la perla que la vida nos regala, escondida entre la ropa sucia”.
Hoy, encontré esta imagen en mi carpeta. La descubrí un día por casualidad; cuando la casualidad me lanzó una cuerda inesperada, mostrándome el milagro de la vida.

Venimos al mundo solos, provistos de un equipaje tan complejo como mágico. Y luego, todo se complica hasta romperlo.
Me acabo de tomar una taza de café con leche mirando el horizonte; ha dejado de llover. Y he pensado que los milagros se parecen mucho a las palabras de un amigo, a las imágenes que nos hacen pensar y a quemarte la lengua con el café hirviendo mientras eres feliz (sin causa).


Mercedes Martín Alfaya
Blog de la autora.

La soledad. Por Almudena Aibar Hidalgo

La soledad es una sed que no se puede saciar con cualquier agua. No sirve de nada intentar distraerla o engañarla.
La soledad no se deja manipular, no está dispuesta a aceptar sucedáneos, ni compromisos a medias, ni soluciones desesperadas, ni mentiras piadosas, o amantes enmascarados.

Puedes engañarte a ti mismo o incluso a los demás, por un breve lapsus de tiempo, pero ella volverá a presionar tu pecho. Al amanecer, un nudo en la garganta no te permitirá gritar a los cuatro vientos que necesitas a alguien en quien creer, en quien poder confiar, en quien refugiarte, a alguien a quien pedirle que nunca te abandone hasta el ocaso de los tiempos.

Te lavas la cara. Sales al mundo y miras a las miles de caras anónimas que se te cruzan por laberintos de calles comerciales, pero al llegar a tu destino no recuerdas ninguna. Ya en tu cama cierras los ojos y no ves a nadie, no tocas a nadie, no besas a nadie, no abrazas a nadie, no tienes a nadie. Entonces recuerdas que, por ahora, te sigues teniendo a ti mismo y que has de procurar no perderte.

Almudena Aibar Hidalgo
Escritora

Las cuentas de la memoria. Por María Dolores Almeyda

Me quedan algunas cartas que escribir
y hacer algunas confesiones que retuve por miedo
o avaricia de no dar estando a tiempo.

Puede ser que solicite algún perdón, que espere una disculpa
o que haga alguna que otra aclaración
Para dejar todas mis cuentas claras.

A mí tal vez me tengan que justificar algún olvido,
razonarme los motivos de todos los silencios
o seguir con prudencia silenciando el descuido, la omisión.

Pero todo cuanto deben lo borré de mis libros
Y no queda constancia de la deuda.
Que nadie tenga prisa por devolver los besos,
Por llenar el vacío que se adivina eterno
Por llamar a mi puerta
Y sentarse conmigo a proyectar el tiempo
Y tomarme las manos
Y platicar del día infinitamente lento que se aleja…

María Dolores Almeyda

Leer a esta autora en la sección RELATOS

Orlando. Por Brisne

Qué es el amor, qué la amistad, qué la verdad?

Orlando nos cuenta la historia de una persona durante mucho tiempo, cuatrocientos años. Orlando nace varón y se trasmuta de modo milagroso en mujer viviendo muchisimo tiempo. Pero eso nada importa, los siglos, la trasmutación nada hacen mella en Orlando. Eso hace que su lectura sea complicado. Son El/Ella y sus pensamientos. No se decir si me gustó o no. Sé que en ha dejado alguna huella en mí. Sobre todo en el alma literaria que lo impregna todo. La fama no importa tanto como el hecho de escribir y eso me ha gustado. Y las disquisiciones finales sobre algo así que en cada uno de nosotros hay mil yos. Tampoco se ver cual es mi yo final. Ni creo haber entendido cual es el yo de Orlando. Sin duda he de releer de modo más pausado esa parte.

Es un libro complicado pero creo que ha de leerse para entender la historia de la literatura. Ahora a ver que joyitas nos depara el futuro.

Por cierto, hay también una película de Orlando que refleja bastante bien la novela. La vi hace tiempo. Creo que es momento de recuperarla.

El paraguas y la señora. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Llueve.
No mucho, pero no tengo paraguas,
llueve bastante…

Mi pelo (a veces infranqueable), comienza a inundarse y veo a una señora con un precioso paraguas rojo delante de mí.
Calculo lo que me queda por terminar la calle y,
decido alcanzarla.

Perdone señora,
¿le importa que viva durante el trayecto de esta calle
bajo su paraguas,
es decir,
a su lado y compartiendo
el mismo aire
sin lluvia?

Ella grita.

Y yo,
asustada,
miro para detrás
pensando que alguien
nos quiere robar
el bolso.

No hay nadie.

Como no habla
(la señora)
insisto:

si quiere,
puedo llevar yo el paraguas
que soy más
alta.

Y ella,
abre sus ojos
y me empuja fuera
de su hombro.
(Si pudiera, me
habría escupido)

¡niñata, debería de
darte vergüenza
asustar así a
las mujeres mayores!
¡Como vea a un policía
te denuncio por acoso!

No me lo creo.

Con el empeño que puso mi madre
en educarme como una
señorita y
con lo que le costó a
mi abuela domar mi
tono de voz.

No es justo,
le digo a la señora,
(ahora ya
arpía)
¿sabe lo que le digo?
que le voy a
gritar ahora que mi abuela no me ve.
Y que se merece usted
mojarse.

Y,
riéndome como una
loca,
le robo el
paraguas y
salgo corriendo.

Ahora ya no me mojo.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora