La bola de hervir arroz. Por Dorotea Fulde Benke.


La bola de hervir arroz nunca debió acabar en el árbol.
Calcular la velocidad con la que una bola de hervir arroz avanza por el espacio puede resultar complicado. Sobre todo si se ignora la cantidad de arroz que lleva en su vientre bivalvo; más aún si desconocemos la fuerza de quien la impulsó. ¿La lanzaría como advertencia de lo que sería capaz de tirar, incluso por la borda? ¿Descargaría de ese modo una gran tensión interior?
Todos estos factores influyen, sí, pero en el fondo solo modifican detalles. Con apartarme pensé haber solucionado el asunto, por lo que me eché a un lado, y la bola –como un diminuto ovni– pasó perdiendo gotas de agua de arroz a modo de combustible. Atravesó la ventana por donde justo antes se situaba mi cabeza, e impactó en el árbol, abriéndose y sembrando arroz entre las ramas.
Al poco rato, los pájaros volvieron para darse un festín. La bola, bien encajada entre el ramaje, sirvió durante años de armazón de nido para una pareja de jilgueros.
A pesar de todo eso, no he vuelto a guisar para él.

Dorotea Fulde Benke
Blog de la autora

La niña tonta… Por Mercedes Martín Alfaya


He visto que has dejado un bucle de azúcar en el cuaderno de la niña tonta. Yo también quería uno, y que me llevaras de la mano, y que me regalaras nubes con cuerda que vuelan como las cometas; pero nunca lo hiciste. Entonces, me dediqué a tirar piedras al río (para entretenerme, para desprender los tormentos de la memoria) y me hice una experta; soy la que describe las mejores piruetas haciendo rebotar las piedras sobre el agua.

Ahora, ya no te necesito. Te puedes quedar con la niña tonta; y seguir recortando nubes de algodón empalagoso para ella. Ya sólo eres un punto negro en mi memoria. Un punto que voy a sacar frente al espejo, estrujando fuerte, como se hace con las espinillas. Luego, pondré un poco de agua oxigenada y me iré a buscar lagartijas; al menos, ellas no se enredan en los lazos de las niñas tontas.

Mercedes Martín Alfaya
Más entradas de esta autora.

Las gafas de la infancia. Por Ana Mª Tomás Olivares

La casa era tan grande:
excesivo aquel rellano de escalera,
enorme aquel pasillo,
desmesurado el patio
y el trastero,
colosal la cocina.
La niñez tiene gafas de aumento.
Y creces así,
equivocando medidas
y tamaños
-trampas de la vida-.
El espacio
es sólo un parpadeo
en el ojo del águila,
es luz en la memoria
o un espejo de miedo.
Si alguna vez se fue feliz
en un lugar inmenso
-y más si es ya remoto-
jamás se ha de volver.
Los años los encogen,
los contraen, los abrevian:
convierten los palacios
en casas de muñecas.

Ana Mª Tomás Olivares – Dama Literatura 2009

Blog de la autora

Mi campo de botones. Por Julio Cob Tortajada

¿Cómo no recordar los juegos de calle en mis años de la infancia cuando callejeando me encuentro de sopetón entre aquellos lugares donde rompía las medias suelas que de inmediato había que reponer, así como los remiendos en la culera de los pantalones llenos de parches?

Y con ello, la ocasión de rememorar aquellos saltos y escondites por los derribos de las viejas casas entre porrazos y arañazos y algún que otro roto, enganchada la ropa a una reja desvencijada y con medallas de sangre en la cabeza tras la batalla de piedras contra una “banda vecinal”.

Igualmente el juego tras una pelota de trapo en los solares y con alguna que otra gamberrada con las que finalizaban los días a la espera del siguiente, y que tras la salida del cole volveríamos al encuentro callejero donde disfrutar incansables.

Pero no todos eran juegos de correrías, pues también los de estrategia y con tintes de pericia ocupaban nuestro tiempo. Nos bastaba con acudir a la caja de hojalata encima de la mesa de camilla de nuestras madres y hacer acopio de botones para luego presumir de los que para cada uno eran los mejores.

El portero era el de gabardina: amplio y gibado; luego estaban los de chaqueta, siempre eficaces tanto para el ataque como en sus funciones defensivas. Y el de gabán, negro y de pasta que nos servía para impulsar a los botones rasgando cima de ellos, atinando al que hacia de balón: uno pequeño y regordete con el que se lograba el tanto metiéndolo entre las dos chapas reforzadas de plomo que formaban la portería.

No era la acera de mi calle, ruda por sus losetas, con canalillos entre ellas, el mejor sitio donde emplazar el juego. ¡Ni falta qué nos hacía! Porque a lo largo de ella existían unas claraboyas de cemento satinado en las que embutidos unos ojos de cristal, daban luz a los sótanos, y sobre las que con un trozo de tiza marcábamos las líneas del campo necesarias para el juego, donde situar a nuestros botones que se deslizaban veloces.

Y todo me ha venido al recuerdo al encontrarme paseando por mi calle de infancia en la que sus viejos solares navegan por mi mente, mientras al caminar por las aceras de mis juegos, hoy amplias y lustrosas tras el plan E de rehabilitación llevado a cabo, me lleno de nostalgia.

Pues al buscar y no encontrar las claraboyas cubiertas por losas de moderno diseño, veo zozobrado que lo poco que nos quedaba de aquellos años de juegos ha desaparecido para siempre.

Y es cuando me pregunto el por qué nos tienen que quitar lo poquito de aquello, que como tantas y tantas otras cosas se pierden en el tiempo.

Julio Cob Tortajada

Colaborador de esta Web en la sección «Mi Bloc de notas»
http://elblocdejota.blogspot.com
Valencia en Blanco y Negro- Blog

Sin poderlo evitar. Por María Dolores Almeyda


–¿Y tú a´onde va, quiyo?

–ayá voy, an car’er gordo, que sa sacao un coche er tío, no vea, tío, la mar de chulo, er nota…

Elvira hoy no tiene ganas de escuchar a nadie, pero se le pega al oído la conversación de los dos chicos como si fueran las palabras más necesarias, las más útiles que pudiera escuchar después de todo, aquélla mañana.

Acaba de salir del ambulatorio. Normalmente ella también volvería a casa como aquellas mujeres, hablando de sus cosas, riendo a carcajadas de las ocurrencias que cuentan de sus jefes, –sobre todo de sus jefas– y sin prestar atención a lo que van diciendo dos chicos de una generación que no tiene nada que ver con ella.

–Po vaya tela, tío, ¿y de donde se saca er dinero er nota?

–¡Qué sé yo! Trapicheos… venderá argo… ¡cualquiera sabe!

–Pues tú sabrás, éhamigo tuyo… ¿diesel? –pregunta sin transición

–¡qué va! De gasofa, tío, de gasofa, er nota.

–¡qué cara!

Elvira se mueve inquieta en el asiento. No presta atención y sin embargo se va enterando de todo. Le incomoda estar enterada de lo que van diciendo los chicos pero no puede evitarlo. Ella lleva una inquietud mayor que saber con qué medios cuenta el “Gordo” para comprarse un coche o si es de gasolina o diesel, pero aquello la saca de su propio pensamiento. Acaba de salir del ambulatorio y el médico le ha dado malas noticias. No es que sean tan malas; preocupantes, si, aun a falta de otros exámenes y análisis, pero no puede evitar estar preocupada y sobre todo, se plantea cómo decirlo en casa, de qué forma decirlo para que ellos no teman ni piensen en lo peor, tal como está haciendo ella.

–¡Ya te digo!

–¿Pero eh´nuevo o de segunda mano?

–Nuevo, nuevo… estrenando er tío, ¡que jeta!

–¡De donde se habrá sacao er dinero, er nota!

–Imahínate!

“Imagínate”, es lo último que oye Elvira antes de bajar del autobús.

Se encamina a su casa, pero retrasa el momento de llegar dando un rodeo. Entra en la panadería a comprar el pan y le pide a un ciego que le pague un cupón premiado con el reintegro, y el ciego le dice que si no prefiere cambiarlo por otro cupón.

–No, quiero el dinero, no quiero más cupones…

–Pero si solo es un euro…

–¡Como si fuese un millón! –Cuando se ha dado cuenta está gritando en la calle a un ciego que le tiende un cupón que ella no acepta.

–Esto es lo más raro que yo he visto en mi vida… –dice el ciego.

Y Elvira lo mira sonriendo sin poderlo evitar.

–¿Ver? –dice por fin, venciendo la tentación de hacer el chiste cruel que recogió a toda prisa –¡Que más quisieras tú!

Coge su euro por fin sin mirar al ciego, segura de que él sí la está mirando aunque no la vea y segura de que le ha hecho daño. Casi ni le importa.

Se siente mal y no puede evitarlo. Le ha hecho daño a aquél hombre y le da lo mismo. Lleva en la cabeza un enjambre de abejorros zumbando como locos que le perforan los oídos y las sienes con aquel ruido ensordecedor. “He salido del ambulatorio hace una hora y desde entonces no he hecho otra cosa que no hacer ni sentir nada”, va pensando. “Sólo escuchar conversaciones ajenas y herir la sensibilidad de un pobre hombre”.

Da vuelta alrededor de la manzana con las llaves de la casa en la mano, bailándolas en el aire, haciéndolas chocar, oyendo su sonido y mientras, sin poderlo evitar, su mente sigue en una actividad frenética.

“Cómo lo diré en casa, de qué forma les diré que el médico… jo, tío, er nota, de gasofa, quiyo, de gasofa… infinidad de pequeños tumores en el pecho… puede que no sea grave aunque parece serio… ¿ver? ¡qué vas a ver tú! pequeños tumores… como la cabeza de un alfiler, cientos, infinidad… ¿Qué fue lo que dijo? an ca´er gordo, a por tumores, de donde se sacará el dinero er nota… ¡La madre que lo parió! ¿Ver? ¿Pero qué vas a ver tú, ciego? ¿Cómo les diré que me he comprado un coche?… de gasofa, tío, de gasofa…”

Por fin entra en su casa, pero aun no ha llegado nadie. Le queda tiempo hasta las ocho más o menos para pensar en qué forma les dirá que debe someterse a tratamiento. Se sienta en el sofá y se queda dormida y casi de inmediato comienza a oler a gasolina y sigue viendo al ciego, que la mira, sin verla, con sus ojos de ciego y su boca abierta en un gesto de incrédula sorpresa.

Hace el gesto de arrojar algo al aire y recogerlo al vuelo. Mete la mano en el bolsillo y sonríe, sin poderlo evitar, dormida y triunfante.

María Dolores Almeyda
Puedes leer a esta autora también en la sección Relatos

Domingo de resurrección. Por Carlos Gargallo

La mañana es un cuerpo radiante.
La luz cae como manantiales
sobre las aceras y un niño juega.

Su risa inocente
es un sonido abierto al mundo.

Hay pájaros asomados a sus balcones
en una algarabía desenfadada de trinos
de árbol en árbol, de rama en rama.

La vida se acomoda en su sofá de espuma
volviendo a sentir asombro en cada minuto.

Las azoteas
son campamento de cientos de colores
ondeando sus sábanas al viento
mientras una tropa de antenas
posan firmes mirando para el mismo lado.

Un coche pasa, en su interior,
una voz anuncia desde la radio
algo de 40 que parecen ser principales
mientras, en la orilla de la acera un perro
lo ve pasar con ojos abiertos
y rabo siguiendo el ritmo.

Es domingo,
comentan que alguien muy conocido
ha resucitado.

Seguiremos informando.

(c)Carlos Gargallo
Blog del autor

Penélope y Humphry. Por Mari Cruz Agüera

Yo no llevaba abrigo y sin embargo
hacía mucho frío aquella tarde;
los poemas se helaban en las bocas
de los metros de todas las ciudades,
los barcos se amarraban en los puertos
temiendo naufragar entre glaciares;
vomitaban carámbanos las gárgolas
que culminan las viejas catedrales.
No saltaba la chispa entre los cuerpos,
no calentaba el sol ni los amantes,
tiritaban las tristes chimeneas
frente al motín de leña en los hogares.
Una nevada intensa en los diarios
presagiaba tu gélido mensaje:
“Lo siento, me entretuve, no me esperes.
Te llamaré mañana, ya es muy tarde”.
Y yo quedé tejiendo, como siempre,
tu silueta de sueño en los cristales.
Y encendí el pensamiento de los necios
por no llorar mis ganas de abrazarte.
En la Dos reponían Casablanca
y una neblina gris cubrió mi calle.


Mari Cruz Agüera