Petición. Por Ana Mª Alvarez Barroso

Prométeme que siempre habrás de estar conmigo
y que serás el árbol que habrá de darme sombra,
dime que serás siempre almohada y alfombra
de mi casa vacía, mi amor, mi paz, mi amigo.

Que tu boca será mi flor, mi pan, mi trigo,
el agua donde beba como sedienta alondra,
que tu voz será faro que me guíe en la sombra
que me ciega en la noche; que tú serás mi abrigo.

Prométeme que nunca habrás de abandonarme,
que nunca has de mentirme, que nunca habrá un secreto,
que todo será dulce cuando hayas de abrazarme;

y que si soy ingrata, yo también te prometo
pedir perdón, pues nunca dejaré de adorarte
ni de darte mi vida, por siempre y por completo.


Ana Mª Álvarez ©
Blog de la autora

Errante… Por Isidro R. Ayestarán

Lluvia y soledad,
silencio y crepúsculo,
el verso yace dormido sobre el atril,
sobre el recuerdo del poeta errante
que camina hacia la vida sin meta alguna.

Humedad que cala hasta los huesos,
que se autoinvita a instalarse
a pensión completa,
como aquella mirada que no se olvida,
como el cuerpo solitario y desalojado
sobre una cama de hotel barato,
todo recto, torciendo en la esquina.

Poema sin hilvanar,
alcohol perenne en las venas,
sabor que no se olvida y caricia
que se precisa antes de un punto final.

Y qué lejos…
Cuán lejos tu sonrisa y tu mirada,
aquella hoja en blanco donde trasladar
en palabras errantes lo que no se dijo
en el preciso instante de tu abandono.

Y ya es tarde…
Y el reloj, implacable tic tac,
baja el telón y apaga las bambalinas,
las candilejas de estos mis ojos,
húmedos de lágrimas,
ávidos de tu cuerpo…

Y yo, poeta marchito,
sabedor de un destino incierto,
vagando por el recuerdo de tu cuerpo,
añorando aquella noche de pasión
bajo la luz de la luna y tus palabras…

Tus suspiros, tus anhelos,
tuyos y míos,
tuya la vida entonces,
mío el abandono ahora,

nuestra… aquella historia de amor
que yace en el olvido del asfalto
iluminado tenuemente
por luces de neón.

Y a lo lejos…
El maullido del gato que le
canta a la luna,
como un poeta callejero,
como un amante herido,

como mi reflejo en el espejo
de cada mañana.

(c) Isidro R. Ayestarán
EL CABARET DE LOS SUEÑOS
http://cabaretdeisidro.blogspot.com/

El debate del estado de la nación. Por Julio Cob Tortajada

El recién terminado debate sobre el estado de la Nación sirve mejor para conocer el verdadero talante de quien nos gobierna que para saber lo de cierto que hay en la situación que su propio enunciado advierte. Cuestión por otra parte baladí, toda vez que la realidad la conocemos todos. Lo que escuchar en estas cuitas al actual Presidente de la Nación nos produce cierto bochorno.

La crueldad del bochorno-que ya está demasiado tiempo conviviendo entre nosotros- contrasta con la docilidad de la frágil brisa. Basta con su agradable y tenue presencia para que la sensación de agobio se apacigüe, el bienestar se acomode y el regreso a lo placentero haya sido cual encuentro de un atajo con el que no contabas, liberándonos de la pesadilla.

La brisa pues, es como el plan Zapatero que nos anuncian en los telediarios, pero que a su final, el pronosticador del tiempo con sus juegos de isobaras y cálculos de probabilidades cuestiona de su presencia, lo que nos retorna a la razonable duda de que el margen de esperanza está en mínimos.

Don Miguel de Cervantes no tenía duda alguna de la existencia de los molinos de viento como enemigos amenazantes; cuando vio el peligro que encerraban, en lugar de ignorarlo, lanza en ristre trató de liberarse de su agobio. Era todo un intelectual.

Su único error, el de Cervantes, resulta en que no es él quién cabalga al lomo de Rocinante, sino un personaje creado a si mismo en su locura, a caballo de un mundo feliz, pero que en su afán de protagonista, lo único que nos ha mostrado en su equipaje tras un largo viaje de seis años, ya demasiados, han sido las mentiras de sus alforjas, el descrédito de su escudo y la torpeza de su lanza, todo ello camino hacia la inutilidad y con la sonrisa en sus mofletes, tanto hacia los que le siguen en manada, como de quienes conociéndole, de él desconfiamos.

Ello no es óbice para que se considere un iluminado navegando en soledad, abandonado por su séquito de notables, convencido, no obstante, en ser el llamado a desfacer unos entuertos de los que no se siente responsable, pese haberlos alimentado y engordado en su propia imaginación con aderezos de maligna.

Julio Cob Tortajada

Colaborador de esta Web en la sección «Mi Bloc de notas»
http://elblocdejota.blogspot.com
Valencia en Blanco y Negro- Blog

Me están pasando cosas. Por Juan Ballester

Me están pasando cosas.
A pesar de mi aspecto marmóreo y blanquecino
y esta cara arrugada que parece
que nunca he roto un plato,
lo cierto es que a menudo me están pasando cosas.

Me pasa que los perros me saludan,
que la flor del dinero se marchita en mis manos,
que me duermo en el metro,
que mis venas parecen coladores
de tanto degustar medicamentos.

Me pasa que el comer no me alimenta,
que la memoria, esto… la memoria…,
que tengo un don extraño para atraer las multas,
que voy últimamente mucho a los tanatorios.

Me pasa de repente que soy viejo
y que al comer me mancho la corbata,
que me ceden su asiento los muchachos
y pierdo muchas tardes jugando al solitario.

Me pasan muchas cosas de algún tiempo a esta parte,
los días, las semanas, los meses se apresuran
y no me quedan horas para el ocio.
Me cuesta un gran trabajo ir al trabajo
y la lista de asuntos que están por resolver
aumenta al mismo ritmo que mis deudas.

Me pasa que los trenes ya no paran
en mi andén polvoriento,
que no quedan gaviotas para decirme adiós,
que en los supermercados
ya leo hasta la letra chica de los productos,
-aunque me importa un pito qué son los triglicéridos-.

Me están pasando cosas aunque no lo parezca.
Y cada vez hay menos tramo por recorrer,
y cada vez hay más piedras en el camino,
y cada cena puede ser ya mi última cena,
y cada noche ser
la que esperó inmutable a Sherezade.

© Juan Ballester

El apartamento. Por Dorotea Fulde Benke


Se dio cuenta de que su apartamento resultaba cada vez más pequeño cuando quiso ponerse unas sandalias del zapatero. No las había tocado desde el verano anterior, y por más que tirase de ellas, no pudo sacarlas del mueble. Cuando se agachó, con mucho trabajo, creyó ver que la parte de atrás de las sandalias estaba empotrada en el muro. Algo mareada, se enderezó jurándose que no volvería a tocar la botella del pacharán durante el día. Fue a limpiar escaleras en zapatillas de andar por casa, y al regresar se entretuvo observando la espalda y nuca de su marido que estaba frente al televisor, callado e inmóvil como siempre. Barajó la posibilidad de comentarle lo de las sandalias, pero desistió enseguida. ¿De qué iba a servir?

A la mañana siguiente se armó de valor y una linterna, e inspeccionó el interior del armario. Lo encontró bastante revuelto; había cuatro pares de mocasines amontonados y ninguna sandalia. Pensó aliviada que se había equivocado y no le dio mayor importancia, hasta que a media tarde escuchó un ruido en el dormitorio. Al abrir la puerta, se topó con dos figuritas de porcelana en el suelo. La repisa, sobre la que habían estado acumulando polvo durante años, apenas ya sobresalía de la pared. Las piernas le temblaron y se sentó en la cama mirando a través del pequeño pasillo hacia el salón. Su marido estaba junto a la mesa escribiendo con rotulador en el hule.

Preparó una pequeña maleta con lo más importante: los medicamentos de él, un álbum de fotos de su vida antes del accidente, ropa interior, algo de abrigo, los documentos de identidad. La llevó hasta la puerta de la vivienda y señaló a su marido para que le siguiera. Él avanzó apenas medio metro y se paró en seco. Impaciente se acercó para ayudarle y suponiendo que estarían atascadas por una mala postura, agarró las ruedas con fuerza hasta hacerse daño en la espalda; también tiró de los apoyabrazos, había empezado a sudar y sus manos resbalaron una y otra vez. La silla ya no cabía por el pasillo. Él, como siempre, negaba el sentido de este esfuerzo como de cualquier otro, incluso empezó a mover la silla hacia atrás y solo se detuvo cuando chocó contra un mueble.

Quiso seguirle pero sus caderas rozaron la pared y sintió miedo. Si iba al salón quizá ya no podría salir. Su mirada buscó la de su marido, pero él se había vuelto hacia la mesa y seguía garabateando en el hule.

Casi no pudo abrir la puerta de la vivienda, encajonada como estaba en el marco. Cuando lo logró se fue, llevándose la maletita y sin hacer caso de los ruidos confusos que escuchaba detrás de sí. En la calle pensó en llamar a Servicios Sociales…, no recordaba el número, y entonces se subió al primer autobús que pasó.


Dorotea Fulde Benke
Blog de la autora

AMOR ¿TE HE DICHO…? Por Ana Mª Tomás

Amor, ¿te he dicho alguna vez
que tus besos me saben a huerto y a naranja,
a sol de atardecer,
a caricia suave y trémula,
a tumulto, a desorden, a rincones,
a plazas y calles viejas,
a la calina de agosto, a noches de primavera?
¿Te lo he dicho? Tal vez sí y no me acuerdo.
Tengo siempre tanto que decirte…
y siempre tengo tan poco tiempo.
Cuando llegan tus labios presurosos
y abren mis silencios con sus besos
yo callo y no te digo nunca
lo que quiero, lo que pienso, lo que siento.

«Las estaciones de la locura»
Verano.

Ana Mª Tomás Olivares – Dama Literatura 2009
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Los cuarenta días de Musa Dagh. Por Brisne

«No habían caído en manos de un enemigo que se sintiera en el deber de considerar el derecho humano por razones de reciprocidad. Habían caído en mano sde un enemigo mucho más terrible, de ese enemigo que no estaba impedido por ningún escrúpulo: Su propio estado»

Los cuarenta días de Musa Dagh, el famoso y estupendo libro de Franz Werfel narra el holocausto armenio a manos del Imperio Otomano en 1915. No solo narra el holocausto sino también la resistencia que las aldeas alrededor de la montaña del Musa Dagh organizan para resistir al turco. Narra también como se organiza la vida en la resistencia, aislados y sin comida. Y también los vanos intentos de un pastor alemán Lepsius por ayudar al pueblo armenio. Hay un diálogo muy interesante entre este personaje y Ever Pachá en el que el comandante Turco revela el por qué de la deportación masiva de armenios, los piojos según él del estado otomano.

En el Musa Dagh, 1500 hombres mujeres y niños resistieron el embate del imperio Turco durante cuarenta días hasta que fueron salvados por la armada francesa. Resitieron con organización la falta de comida porque preferían morir matando a morir en las carreteras que les llevaban a la deportación. Y fue un hombre, criado en Europa Gabriel Bragadian capitaneó a los habitantes de la falda del Musa Dagh, y fue su hijo Esteban quien propició alguna de las victorias conquistando dos cañones, victoria que no fue reconocida por su padre… Pero además de todas esas visicitudes se narran otras, las relaciones sociales en el aislamiento pasan factura en la organización de la resistencia.

Me ha gustado mucho, tanto por la prosa impecable de Werfel como por la historia que narra y todas las reflexiones que entorno a la nacionalidad me he planteado. ¿Tengo yo ese sentimiento de pertenecer a una etnia? Evidentemente no. El sentimiento que los protagonistas tienen de pertenecer a la nación armenia no es el que yo tengo. Ha coincidido mi lectura con el Mundial de Fútbol. Me ha sorprendido que esta nación nuestra, España, tan poco dada a identificarse con la bandera se vertebre entorno a 23 jugadores y el sentimiento nacional nazca del fútbol. Quizá sea eso, en tiempos de paz ninguno nos identificamos con los colores de la nación salvo para acontecimientos deportivos. ¡Qué diferentes son las cosas en tiempos de guerra! Gabriel Bragadian necesitó de organizar una resistencia para sentirse armenio. Es tan bonito que aquí baste un partido de fútbol para sentir lo mismo….En fin, leanlo si gustan, creo que no les decepcionará.


Brisne
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