Portland, 4 de julio. Por Juan Hoppichler

Tengo muy presente el libro de Luis Racionero Memorias de California, donde recuerda sus años de estudiante en la Costa Oeste. Hay un momento glorioso en el que cuenta que nota algo raro en sus relaciones con los estadounidenses. Es al subir al autobús, dice, al conversar en los bares o en clase, no sabe bien qué es, pero está ahí. Al cabo de un mes o así tiene una epifanía y lo verbaliza: “los americanos no tienen mala leche”. No son como los españoles, con su bilis y esas conversaciones en las que parecen esperar que les des pie para hacer una burla zafia a tu costa, no, aquí hay un respeto casi infantil por el otro.
(-Me gusta el civismo de esta gente- me dice una señora italiana que ya lleva años viviendo aquí- limpian las mierdas de los perros aunque no haya un policía sancionador cerca.
Es otra manera de decirlo.)

Me doy cuenta de que he estado deambulando por esta ciudad vencido por el sueño, el hambre y cierto miedo a hacer nada por estar sin un céntimo. Ahora que duermo y como, empiezo a ser consciente y a moverme más. Me he matriculado en un curso para sacarme los títulos necesarios para estudiar un postgrado aquí – just in case. También estoy saliendo del downtown y me he aventurado en autobús por los suburbios (que allí llamaríamos urbanizaciones): más allá de la comida barata me han horrorizado esos territorios hostiles al peatón donde todo es igual y no hay absolutamente nada que hacer o ver.

Mi primer 4 de Julio ha sido interesante. Cientos de miles de personas nos reunimos en los parques y paseos que hay en torno al río Willamette; vimos los fuegos artificiales y antes de la medianoche, nos volvimos ordenadamente a nuestras casas. Vi cómo quedó la zona una vez la masa se hubo retirado. No había basura, desperfecto alguno, ni ríos de orín por doquier. Curioso pueblo este.

Juan Hoppichler
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El vigía de la torre. Por Dorotea Fulde Benke


Juro que la vigilé con todas mis fuerzas. Desde que el Rey me encargó el cuidado de su bella y única hija, sumida en el más profundo de los sueños salvo la muerte, mis días y mis noches tuvieron un solo objetivo: que nadie indigno rompiera el hechizo porque si la princesa se despertara sin que el caballero, príncipe o campesino que lograse llegar a ella, se lo mereciera, se convertiría en una paloma para volar siempre jamás sin descanso posible.

Vigilé, pues, y aceché a los que vinieron para salvarla, así al menos lo llamaban ellos, ya que desconocían el alcance total del malvado conjuro. Sin remordimientos maté a los desprevenidos, arranqué los corazones a quienes juraban luchar por amores, y el fuego inextinguible de mis fauces acabó con guerreros y soldados que pretendían acceder a la torre en la que el tiempo se hallaba detenido.

Afuera pasaban las temporadas: la nieve rescataba la campiña de la sequedad del otoño; brotaban las hojas en primavera, y llegaba el calor del estío. Mi solitaria vigilia continuaba y sin desfallecer rondaba las entradas al castillo, sobrevolaba los lagos y bosques cercanos, y a veces –unas pocas veces– me acercaba al ventanal de la torre para comprobar que ella seguía durmiendo plácidamente sobre su cama de princesa, envuelta en vestidos de seda y mantas de brocado.

Al cabo de años, muchos años para los humanos, se presentó ante mí un joven aldeano. Se había abierto camino a través del bosque de robles centenarios y no llevaba armas. Sin mostrar miedo ni odio entabló conversación conmigo, y yo, sediento de compañía y harto de subsistir rodeado de muerte, consentí que me hablara; le escuché y le creí.

Me contó que desde que nació estaba viendo a la princesa en sus sueños, y que a partir del momento en que se hizo hombre, empezó a desearla como a ninguna otra muchacha. Supo describir el cuarto de la torre que nadie había pisado en cien años, y conocía la postura de sus manos y los gestos de su cara cuando se movía prisionera del sueño encantado.

Embelesado por su profunda voz y límpida mirada, permití que me brindara una cierva joven, apenas cazada, que había traído consigo, y cuya sangre dulce y temible hizo que yo sucumbiera al cansancio de mi vigilia interminable. Vi cómo sacaba una gran lanza de entre la maleza, pero no conseguí moverme ni sentí el hierro atravesar mi garganta. Aun así, tuvo que prender fuego a mi cuerpo inerte que solo convertido en cenizas le franqueó la entrada.

Y mientras mi alma de guardián burlado emprendió el vuelo hacia sus orígenes, él se vistió con los ropajes del último príncipe matado por mí y, convertido en cortesano, subió raudo las escaleras a la torre.

Dorotea Fulde Benke
Blog de la autora

Publicidad por Mail. Por Brisne

Ésta mañana al abrir el correo me he encontrado, como todos los días, por cuatro o cinco mails publicitarios. Me ha llamado uno la atención «Elimina el bello y la celulitis». Confieso que he leído su contenido pensando cual era el bello que debía eliminar. Una normalmente no quiere eliminar nada bello de su cuerpo, es más, pensamos en eliminar lo que no es bello. Y es que no te venden productos para eliminar el vello, no el bello… lo que hace una letra, ¿verdad? Casi he pensado mandarles un mail respuesta recomendándoles la lectura de un libro intersantísimo en éstos menesteres, el diccionario de la academia de la lengua.

Hay cosas que llaman la atención en mails, instrucciones, todo lleno de erratas, que casi no son erratas que casi son chistes.

Como el día es divertido, no hace excesivo calor y alguien igual tiene ganas de reir…. ahí les dejo….. Sonrían.


Brisne
Blog de la autora.

A mí no me pintes girasoles. Por Francisco Garzón Céspedes

Como saludo a los 35 Años de La Peña de Los Juglares
y a los 63 de su cofundador y autor del texto que se convirtió en uno de sus emblemas,
en su Colección “Gaviotas de azogue” / 112, Julio de 2010, Madrid, España.

a mí no me pintes girasoles
ni los arranques de su tallo para dármelos
a mí no me pintes girasoles
si en tu pecho no giran hacia el sol sus pétalos dorados
si el naranja no brota cuando el amor
se desgarra de tristeza o de espera
a mí no me pintes girasoles
si no sabes cubrir mi desamparo
ni los arranques para dármelos
que llegan muertos
y no me sirven
amor
y no me sirven

Francisco Garzón Cespedes
Fundador de CIINOE / CELCIT
Gaviotas de Azogue 112

gafasparaverelamor. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Yolanda Sáenz de Tejada

Me gusta tu
cuerpo
maduro;
como una
fruta que ha
envejecido
entre mis dedos
-tus kilos
devorando los
años que
llevamos juntos-.

Me gusta que
ronques
(aunque no
me guste)
porque sé
que tu laringe
se colapsa con
la edad y
que no
podemos
evitarlo.

Y me gusta
arroparte si
te quedas
dormido después
de comer,
con el peso
de la vida en
tus pestañas y
de los cumpleaños
en tus canas.

Me gusta
vivir contigo,
aunque a
veces
no me guste;
sobre todo
cuando me
insinúas
que he ganado
peso,
que ronco
como un
hombre y
que siempre,
siempre,
siempre,
me duermo
antes de que
termine la
película.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

No pertenecemos a este lugar. Por Rodrigo Conde

No pertenecemos al lugar
del efímero presente del silencio

No pertenecemos al tiempo
del melancólico espacio del recuerdo

No, no somos los dueños de este encierro

Nosotros no creemos en los engranajes,
no viviremos entonces bajo el compás de los relojes
en esta hora gris de la falsa libertad
y la falsa seguridad de las repeticiones

Nosotros somos el futuro,
no el horizonte que admiran los ancianos en su reposada enfermedad
Nosotros somos el futuro incierto en la oscuridad
la duda que se cierne sobre el futuro de los dictadores

Pertenecemos al no reino del devenir
ahí no hay reyes que dirijan los cielos
Sin embargo, en nuestro futuro,
el sueño es el emperador de nuestros pensamientos

y se ha abolido la razón de plástico y dominación
y se ha abolido la esperanza añeja de temor

En la laguna que forman las constelaciones
que vagabundean hacia nuestro futuro,
los ánsares de cristal elevan su aserrín diabólico con cada aleteo
y en la imaginación de un niño se ha redactado la carta magna
que reafirma la inutilidad de las leyes
y los inventarios

En la laguna donde desaguan los orgasmos de los excelsos
existe un futuro
que ha abolido el raciocinio
existe el sueño
que ha abolido la lógica del pensamiento

Rodrigo Conde

Presentación del autor:
Soy un escritor y periodista argentino viviendo en Zaragoza desde hace dos años. Trabajo para una revista de economía internacional (www.empresaexterior.com) y he trabajado de muchas cosas en mi vida, pero mi secreta pasión siempre ha sido la literatura. Desde muy joven me he dedicado a la poesía y tengo escrito un poemario titulado II, sin embargo, abandoné el arte poético hace un poco más de un año y ahora dedico toda mi energía a la prosa, especialmente a ensayos de tono filosófico y existencial.

Blog del Autor

Turno de palabra. Por Juan A Galisteo (Galeote)

Ahora que estamos reunidos,
meditando en el silencio,
el significado vivo
que encierran en sí, los versos,
quiero expresaros a todos
y al sincero pensamiento,
el sentir de la palabra,
porque me sale de dentro.
A los que aquí me escucháis,
con el debido respeto
a poetisas y poetas,
rapsodas de labio inquieto,
comentaristas de grupo,
y en fin, a todos, hoy quiero,
dejar a la poesía
en su lugar y por eso,
recitaré con soltura,
con arte y con sentimiento.
Y después de haberlo dicho,
y después de haberlo hecho
sin afán protagonista,
con humildad, con misterio,
finalizaré mi turno,
no sin antes concederos,
a los hombres un abrazo
y a las mujeres un beso.
———


Try Poeta
Autor: Juan A Galisteo (Galeote)
Del blog del autor.