Mi vecina, la reina del castillo de al lado. Por Coscobil Fernández

Tengo un Castillo a orillas del mar y justo al lado del mío hay otro – exactamente igual, suele estar ocupado por mi vecina que como yo es Reina. Somos. Reinas de nuestro, pasado, presente y con pretensiones de reinar en nuestro futuro. Además gobernamos en un reino donde derrochamos, Buen Hacer, Buena voluntad y mucha comprensión. Esos son nuestros estatutos y procuramos cumplirlos. Las Reinas siempre solemos tener un Castillo para retirarnos o recluirnos para poner en orden nuestras vidas porque es muy duro reinar en un imperio tan grande como el nuestro y de vez en cuando tenemos… Leer más

Sobre el perdón. Por artista desconocida

Creemos en lo mismo. Alfredo lo llama conciencia universal y yo, dios, con minúscula. Hay que saber perdonar, me dice al otro lado del teléfono. A él, dios le pide que ponga la mejilla una y otra vez. A mí, me pide que luche y defienda la vida que me ha dado. Cada vez que Alfredo recibe un golpe- que siempre viene de la misma persona-, en lugar de ponerse a salvo, perdona y pone la otra mejilla. Alfredo lo ve como una estación de su viaje hacia dios. Tú también has perdonado, añade para que comparta su postura. Yo… Leer más

Una hora. Por Cristina García Requena

Cada día a la misma hora la veía salir del portal de enfrente. Una auténtica señorona: moño recogido con red, pestañas y labios marcados, pendientes de perlas. Se paraba en el quiosco de D. Tomás, saludándole con aires de grandeza casi sin levantar la mirada, le dejaba un par de céntimos en el mostrador a cambio del folletín diario y con su mano derecha enguantada le hacía un pequeño movimiento de despedida. Con sus zapatos altos de charol y un elegante baile de caderas paseaba su figura hasta el café “Imperio”, dónde el camarero la esperaba con las manos en… Leer más

En la consulta. Por Maribel Romero Soler

El especialista lo miró por encima de las gafas. —¿Qué le ocurre? —preguntó. —Doctor, llevo varios días con un fuerte dolor en la rodilla —manifestó el escritor contando con los dedos el número de palabras que utilizaba en su explicación. No satisfecho con los once vocablos rectificó: —Doctor, me duele la rodilla. Cinco palabras seguían siendo demasiadas. El paciente, considerado el mejor microrrelatista a nivel mundial, sabía que podía hacerlo mejor. Se llevó ambas manos a la rodilla y finalmente dijo: —Doctor, pupa. Maribel Romero Soler. GANADORA DEL I CONCURSO DE MICRORRELATOS SOBRE MICRORRELATISTAS Blog de la autora. Leer más

BABUSHKA. Por Cristina García Requena

Sé que tú estás ahí, esperándome. Aunque desconozco la forma de tu cara, que se me antoja redonda, y el color de tus ojos, tan pensados como tú, siento que tu corazón late. Es su ritmo el que me hace sentir cada día una fuerza que me empuja hacia lo más alto, levantándome del suelo cuando caigo y saltando para tocar las estrellas. Si las llego a tener en mis manos, las acaricio con la punta de mis dedos para que hasta el sol siguiente velen por ti. Cuando desde allí, desde el inmenso frío que te envuelve, tu llanto… Leer más

Angelotes. Por María Dolores Almeyda

Un coro de angelotes castrados cantan canciones sin estribillos y con desgana. Farinelli languidece de indignación en los sótanos donde duermen las máscaras olvidadas del carnaval. Mozart hace chirriar su estridencia contra los cristales mientras la loca fantasía de sus notas manda esquelas mortuorias a sus enemigos. Es lunes. Todos los lunes de noviembre pertenecen a Don Juan. Los lunes, yo juego al dominó con mis fantasmas. Esta semana Miguel se retrasó y llegó en Viernes. María Dolores Almeyda Puedes leer a esta autora también en la sección Relatos Leer más

Valentina. Por María Dolores Almeyda

–Abuela, ¿sabes qué?  Soy divina y rockera. Está deseando ser mayor, tanto como su hermana, pero tiene muy claro que no puede crecer de prisa ni alcanzarla. Sabe que el proceso es lento, que todo pasará lentamente, pero está mentalizada y sabrá esperar. –Tengo un amigo marrón, abuela, se llama Omar, tiene el pelo rizado y se mete los lápices en el pelo y el dedo en la nariz, pero a mí me gustan más los niños rubios… Imparable, incapaz de estar callada unos minutos, cogida de mi mano, apretando mis dedos, dándome calor, un calor distinto al que llevo… Leer más