253- Músico bohemio. Por La raiz del ajenjo
La luz de los neones dando un velo que deja, por rincones del subsuelo, su palidez sobre la tapia abúlica,
La luz de los neones dando un velo que deja, por rincones del subsuelo, su palidez sobre la tapia abúlica,
La noche en mis pupilas escribe con las letras de tu nombre un abanico extenso de ansiedades, una incipiente masa de caricias bañadas de jazmín y madreselva.
I La luz resbala en el silencio de estos edificios, se te escapa como un pez de las manos de un niño,
No quiero más este cartel en las espaldas que dice: usted, métase conmigo. Ni ser la piedra con la cual dos veces tropiezan al pasar los distraídos.
Animal, hermano mío, tú. (Lou Andreas-Salomé) Es un día cualquiera. No hace frío. Las nubes no se mueven. Huele a lluvia.
Si acaso toco el torso desnudo del mancebo, convoco a mi silencio su estallido de mareas erectas; doblego mi inocencia a sus coartadas lúdicas, ¿Qué dirán del instinto?
Te recuerdo infinita. Tibia y breve como gélida escarcha en los balcones. En tus ojos bailaban los aviones y roncaba el invierno envuelto en nieve.
Déjame que recorra la breve geografía de tu cuerpo, la esbeltez de tu cuello, el pesar de tus párpados, la muda boca que se enfrasca en besar las palabras que no digo.
Cuando no esperas de la tarde que apenas te alivie con su tenue luz este vaivén de tiempos hilvanados;
Quién inventó esa historia, quién dijo que te has ido. Acaso te aparezcas disfrazada de noche, temblando en la ventana o en los pliegues del río, de luna amarillenta tan fatalmente triste, de sombra que acaricia la calle del olvido.