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Al final del camino, un hombre de aspecto tranquilo pero cansado se detuvo. Sólo un momento. Dejó caer en el suelo la maleta que le acompañaba, muy pesada a tenor del polvo levantado al golpear el suelo. Agarró con tibieza la punta sobresaliente de su pañuelo de bolsillo y se secó el sudor de la frente. Lo volvió a guardar, esta vez sin preocuparse por la rectitud de las dobleces, y reanudó su marcha procesional, girándose y mirando un instante atrás, al moribundo que dejaba. (más…)
