Como cada tarde, a ella le embriagaba el olor a galletas recién hechas. Cogía un paño para sacar la bandeja del horno, y aquel olor inundaba toda la casa. Era un olor maravilloso. Su marido siempre decía que hacía las mejores galletas del mundo, que se pasaba el día esperando a que llegase el momento de comerlas.
Así que, como cada tarde, ella le preparaba una bandeja. Esperaba todo el día ansiosa a ver su sonrisa ante tan apreciada merienda. Le encantaba verle sonreír. Era una sonrisa pícara y a la vez tierna, y con esa mirada llena de dulzura y concupiscencia. El era una total contradicción. Y sin duda ella era igual, le encantaba que el fuera así y al mismo tiempo no lo soportaba.
Cuando dejaba las galletas enfriando sobre la encimera, salía al porche a esperar impaciente que llegase su amado marido.
El sol empezaba a dirigirse hacia las montañas, y todo quedaba bajo una luz rojiza, que hacía que aquel porche fuese un lugar maravilloso para reencontrarse con la mirada más increíble que había visto.
Como cada tarde, desde hacía veinte años, ella seguía la misma rutina, con el mismo entusiasmo.
Y como cada tarde, su marido no regresaba, así que se acercó al primer hombre que pasó junto a su casa y le invitó a merendar.
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Un poquito de ortografía no le vendría mal. Demasiados errores en tan pocas frases demuestran que no son erratas. En todo caso, si lo revisa, no está mal para enviarlo a un certamen de microrelatos…
buen microrelato. suerte Janlore
Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Los maestrillos de escuela frustrados que pululan por aquí sentando cátedra deberían aprender.
Mucha suerte.