Retrato de un héroe. Por Arturo Pérez Reverte

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Hay héroes en la vida real. No sólo en el cine, la tele o la literatura. Usted y yo nos cruzamos con ellos con frecuencia, sin reconocerlos. Es injusto, pero así son las cosas. La gente debería llevar su biografía escrita en la cara. En la mirada. A veces la lleva, pero no todo el mundo sabe leer allí. Pocos lo hacen. De cualquier modo, las biografías visibles no son el caso. Los héroes pasan por nuestro lado sin que reparemos en ellos. Se sientan en la terraza del bar, se sujetan a la barra del metro o hacen cola en la oficina del paro, como tantos. Conozco a uno con pinta de pobre diablo: un emigrante rumano que se busca la vida trabajando de albañil en lo que puede. Es joven, de maneras toscas. Un día, camino de la obra, vio que una anciana, a la que no conocía de nada, quería tirarse por la ventana de un tercer piso. El hombre trepó arriba como pudo y la estuvo sosteniendo, jugándose la vida en el vacío, hasta que llegaron los vecinos y los bomberos. Después se fue a acarrear ladrillos, como cada día, y agachó la cabeza cuando el capataz lo abroncó por llegar tarde.

Sé de otro héroe, entre tantos, con el que se cruzan algunos de ustedes de vez en cuando. Lleva casi treinta años salvando vidas, pero no se le nota. Es un tipo callado. Discreto. Supongo que nunca me perdonaría que diese aquí su nombre, así que ni lo intento. Baste decir que hay quien lo admira y quien lo ama. Quien le lleva la cuenta de los rescates que ha realizado en el mar. Unos cuatro mil, calculan. Primero como buceador y luego en Salvamento Marítimo. De manzanilla man, que dicen allí; porque, como las bolsitas de infusión, lo cuelgan con un cabo desde un helicóptero y lo sumergen en el agua para que trinque a la gente. Duro que te rilas, imagínense. El pavo. Una vez salió su foto en los periódicos, sujetando los intestinos de un fulano al que llevaban en una zodiac camino del buque hospital Esperanza del Mar. Antes de evacuar al herido tuvo que reducir a hostias al tripulante que se paseaba por la cubierta del pesquero con un ataque de delirium tremens, llevando en la mano el cuchillo con el que acababa de rajar a su colega.

Hace un tiempo, el helicóptero donde volaba con tres compañeros cayó al agua frente a la costa de Almería. Cosas de la mala suerte. De que salga tu número. Nuestro héroe es un hombre entrenado para esa clase de situaciones: sabe cosas que el común de los mortales ignoramos. Así que las puso en práctica por instinto de adiestramiento. Se llenó el pecho de aire segundos antes del impacto, hiperventiló mientras se inundaba la cabina, se zafó del arnés que lo ataba al helicóptero que se hundía, y subió a una balsa salvavidas. Allí cogió un cuchillo y una linterna, se quitó el chaleco inflado para poder sumergirse, y tras palpar la carne levantada en su cuero cabelludo y comprobar que pese al golpe y las heridas estaba entero, buceó de nuevo en busca de sus compañeros. No los encontró. Agotado, volvió a la balsa. No usó las bengalas de mano porque sabía que flotaba en una mancha de queroseno. Lanzó una con paracaídas, se tumbó en la balsa y aguardó haciendo señales intermitentes con la linterna. Rescatado por una patrullera de la Guardia Civil, sus palabras en el hospital fueron «¡Cosedme ya, joder!… ¡Tengo que ir a por mis compañeros!». Pero los tres habían muerto en el impacto.

Hubo medallas con distintivo rojo para los cuatro. Los muertos y el superviviente. A menudo queda alguien para contarlo, aunque éste sea poco amigo de contar. Aquel día, el telediario apenas mencionó la noticia: un helicóptero de rescate caído al mar y tres palabras del ministro del ramo. Punto. Nada sobre quiénes eran los tres desaparecidos, qué los llevó a la muerte, cuántas vidas salvaron jugándosela durante años y años. Nada sobre el cuarto hombre. El que seguía vivo. El que se lamía las heridas. Por aquellos días aún lo copaba todo el terremoto de Haití, más espectacular y vistoso. Comparados con las conexiones en directo desde Puerto Príncipe, tres rescatadores muertos eran poca cosa. Para lo que sí hubo espacio fue para que la tele y los periódicos se ocuparan de las andanzas de Brad Pitt y Angelina Jolie. Sus vacaciones solidarias en no sé dónde. También en Haití, me parece. Tan humanitarios ellos. Tan guapos y tan fashion.

Hágase un favor, estimado lector. A usted mismo. Cuando vaya hoy a tomar un café, una caña o lo que sea, preste atención al apoyarse en la barra del bar o la cafetería.

Tal vez haya a su lado un hombre o una mujer, solos o acompañados, mojando un churro en la taza, despachando un pincho de tortilla o tomándose una aspirina. Tipos normales, como usted o como yo. Gente de infantería. Obsérvelos de reojo y con respeto, porque nunca se sabe. Quizá esté mirando a un héroe.

?Arturo Pérez Reverte
Página del autor
Fuente: XL Semanal

El camino a medio hacer. Por María Nieves Sánchez del Río.

Me comí rascacielos de orgullo, intenté alcanzar la amnesia pasajera, dejé de cuidar de mí misma, luché contra las lenguas inconscientes, hice oídos sordos a los rumores, caminé por sendas oscuras, cambié de hábitos, pacté un acuerdo con Morfeo para que no te dejara visitarme en sueños, le pedí consuelo a Mayo porque Abril me vaciló, abandoné mis obligaciones, me cambió la mirada y sonreía por costumbre, dejé de comer y en definitiva, dejé de ser yo. Al fin y al cabo, mi «yo» se potenciaba a tu lado, era el motor de mi persona.
Hice todo eso por ti. Eso y más.
Pero entonces, volviste. Y luego no tuve más remedio que beberme mi sensatez y dejar a un lado lo que me pedía mi cabeza. Ignoré los comentarios de mis amigos y fui a buscarte, aparté mis libros, mis escritos y mis reglas morales. Vacié la maleta de piedras, abandoné otros labios que me prometían no sólo la Luna, sino la Vía Lactea, intenté alejarte y simplemente, no pude. Ni pude ni quise, porque yo te quiero a ti.
Dejé abierto el camino de mi recuperación, sin cerrarlo, pues ahora sé, que en cualquier momento puedo volver a él. Eso sí, no empezarlo, sino continuarlo, porque como dice una buena amiga…»Ya tenías medio camino hecho, no debe ser muy complejo a partir de ahora».

María Nieves Sánchez del Río

Blog de la autora

Raíces e ideas. Por Julio Cob Tortajada


Las raíces, como las ideas, avanzan por caminos cuyos límites son infinitos. Aquellas, igual lo hacen por empedrados recodos gracias a su tenacidad, que más fácilmente se extienden por la maleable tierra que las alimenta sin más escollo que cualquier dureza que les sale al paso y logran vencer. Mientras tanto, las ideas nos fluyen en su nebulosa con ansias de libertad, aunque tantas veces se pierden como pavesas dejando tras de si la nada.

Las raíces se ofrecen desprendidas y dan lo mejor de si mismas: su brote en cuerpo y volumen decoran el paisaje, como también nos dan sus frutos desde los comienzos de aquel primer día, hace millones de años. Y en su diversidad, en ocasiones, afloran y dejan sobre el sendero su rúbrica que las identifica. Discurren a flor de tierra por donde paso a paso transitamos, ora ligeros, ora muy rápidos: demasiado a veces. Como también hay quienes disfrutamos del paso lento, tranquilo y seguro, gozando del paisaje que tantas ideas nos sugiere la frondosidad del bosque.

Las ideas revueltas en nosotros, cual tela de araña, nos embaucan en el camino, afloran y marcan ilusiones. Extienden sus tentáculos hacía rumbos imaginarios que en ocasiones se alcanzan, aunque no siempre; más bien por falta, como las raíces, del necesario nutriente que necesitan.

Todo sucedió en un instante: una raíz prominente me hizo perder el equilibrio y a punto estuve de dar con mis ideas en el suelo. Jamás hubieran estado tan unidas; en este caso en el dolor, absorta mi mente al no prestar atención al camino, embelesado por la belleza en rededor.

Las ideas, pues, como las raíces, tienen mucho en común. Tanto, que están condenadas a encontrarse algún día bajo la tierra en el final de una vida.

Julio Cob Tortajada

Colaborador de esta Web en la sección «Mi Bloc de notas»
http://elblocdejota.blogspot.com
Valencia en Blanco y Negro- Blog

El monje del manantial. Por Miguel Pérez de Lema

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A la salida del pueblo de Fresno de Cantespino -103 habitantes censados-, un anciano cuida su huerto milenario, al costado de un manantial que lo refresca y riega.

Un arquetipo humano, el de este hombre que no se cambia a sí mismo por ningún otro hombre, este monje de la tierra, consagrado a resonar en su huerto, en su manantial. Heredero de otro hombre.

Nos cuenta que la huerta fue mucho mayor y estaba repartida entre varias familias. Hoy sólo baja él. Es el último de una estirpe.

Aunque, casi con seguridad, el manantial, el sitio propicio, el lugar de poder, seguirá ejerciendo su influencia para que, más tarde o mas temprano, otro hombre encuentre a su costado su lugar en el mundo.

Verdea la ropa del contacto intenso con la verdura. Nadie diga que este hombre va sucio. Va hermanado, santificado y en flor.

Y lleva como tesoro una cebolla blanca y grande, fruta de hoy. Cenar esa cebolla, con buen aceite y pan. Y nada mas.

El monje del manantial.

Miguel Pérez de Lema
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Algunas veces.(A Raúl González, 1972-1991, in memoriam) Por Luis Oroz

Luis Oroz

Vuelvo a cruzar la línea
y clavo mi bandera en la cima más alta
de la fosa más alta.

Puedo ser invencible algunas veces.

La vida es una opción, por eso elijo
exponerme a las bombas de una guerra doméstica.

Aquí silban las balas igual que algunos labios,
y pasan, enigmáticas,
sobre la ubicuidad de mi cabeza.

Cruzo ciego y valiente, derrotado
tan solo por aquellos que me aman.

Agito mi cerveza,
veo cuerpos que arrastran con la boca
el himno del adiós,
pero no estoy aquí;
la realidad tropieza con mi ejército
y se queda a las puertas de su propio designio.

Puedo ser invencible algunas veces.

Y aunque tú me dispares
desde la oscuridad de las trincheras,
voy a seguir cruzando.

Puede parecer triste
y sin embargo
ha salvado mi vida tantas veces.

Hace tiempo que nadie puede verme
reptando hacia la luz,
como un soldado exánime,
con la bandera oscura-mente blanca
que pone entre mis sienes tu recuerdo.

?
Luis Oroz
Blog del autor

Anillo de compromiso. Por Salvador Pliego

 

?Entonces, acontecerá:
brillará la luna cual pájaro encendido;
todos los cristales de la arena
circundarán su forma en una argolla;
la constelación mayor y las nebulosas
hablarán su firmamento por mi boca.

Me beberás en una copa,
en un clamor espiritual de cielo,
en un jardín celeste hacia tus párpados trenzados.
Y un anillo te desposará
como a una lila en la grana descubierta.
Pediré el agua, el reposo, la fragancia.
Te daré mis polvos, las fibras, los metales,
la desencadenada tundra de la altura.
Hablaremos juntos por encima de la noche,
tú y yo como verdugos de la tierra,
arrasando cráteres con labios en racimos,
trepándonos en ríos volátiles
que iremos seduciendo con nuestras maravillas.

Entre las hojas, la hoguera nuestra
levitará intempestivamente.
Juntos, los nudos de un árbol nos apiñarán
para ser su fruto al día.
Y tú serás mi esposa: nueva, inconfundible,
la luz en minería.

Un mapa lleno de ojos te clavará la vista;
y los míos, a tus ojos, le pedirán tu vida
para entregarte, a cambio, mi escala de alegría.

Te llamaré: mi esposa, sollozo y agonía.
Y un beso nuestro, irrepetible,
será el cuerpo dándonos la vida.

En la nieve, el blanco, golpeará el cobre
con nuevas campanillas,
y tú verterás las copas cruzando biografías
para que yo te nombre el sol de galería.

Mí ojos, a tus ojos, le pedirán tu vida.
Y te llamaré: mi esposa… mujer de mi alegría.

Salvador Pliego
Blog del Autor

Borrador. Por Marisol Oviaño

El hombre que pudo reinar me dijo una vez que yo escribo para pasar la vida a limpio.
Y creo que dio en el clavo.
La vida para mí no es sino un borrador. Y hasta que no lo paso a limpio, no aprendo de mis errores.
Ni de los vuestros.

¿Acaso no es la juventud el borrador de la vejez?
¿Acaso no es la vida el borrador de lo que dejaremos tras la muerte?


Marisol Oviaño
Proscritosblog