EL conocimiento del maestro. Por Gaviotas de Azogue

Cuento. Tradición oral universal

Había en un pueblo de la India un hombre de mucha experiencia y de gran sabiduría, un maes-tro. A los aldeanos les parecía una persona notable a la vez que extravagante. La verdad es que ese hombre les llamaba la atención al mismo tiempo que los confundía. El caso es que le pidieron que les hablase. El hombre, que siempre estaba en disponibilidad para los demás, no dudó en aceptar. El día señalado, no obstante, tuvo la intuición de que la actitud de los asisten-tes no era sincera y de que debían recibir una lección. Llegó el momento de la charla y todos los aldeanos se dispusieron a escuchar al hombre confiados en pasar un buen rato a su costa. El maestro se presentó ante ellos. Tras una breve pausa de silencio, preguntó:

–Amigos, ¿saben de qué voy a hablarles?

–No –contestaron.

–En ese caso –dijo–, no voy a decirles nada. En tanto no sepan de qué voy a hablarles, no les dirigiré la palabra.

Los asistentes, desorientados, se fueron a sus casas. Se reunieron al día siguiente y, decididos a divertirse, acordaron reclamar nuevamente las palabras del hombre.

El hombre no dudó en acudir hasta ellos y les preguntó:

–¿Saben de qué voy a hablarles?

–Sí, lo sabemos –repusieron los aldeanos.

–Siendo así –dijo el hombre–, no tengo nada que decirles, porque ya lo saben. Que pasen una buena noche, amigos.

Los aldeanos se sintieron burlados y experimentaron mucha indignación.

No se dieron por vencidos, desde luego, y convocaron de nuevo al hombre. El maestro miró a los asistentes en silencio y calma. Después, preguntó:

–¿Saben, amigos, de qué voy a hablarles?

No queriendo dejarse atrapar de nuevo, los aldeanos ya habían convenido la respuesta:

–Algunos lo sabemos y otros no.

Y el hombre sabio dijo:

–En tal caso, que los que saben transmitan su conocimiento a los que no saben.

Dicho esto, el maestro se marchó de nuevo al bosque.

CIINOE-Gaviotas de Azogue nº 88

la plaza de mi abuela. Por Isidro R. Ayestarán

Sentado bajo el sol de primavera,
firmando ejemplares de mi cabaret
del verso y la imagen, en aquella plaza
que fuera antaño el lugar de encuentro
de mis correrías de niño, frente a la ventana
de la vieja casa donde vivía mi abuela…

Flash-back al pasado: los viernes mi madre
compraba en esa plaza la carne mientras
con mis hermanos íbamos al colmado de
Esteban a comprar un duro de sugus;
los columpios, el tobogán,
la pista de fútbol y el viejo Seat 600 de mi padre,
aparcado junto al portal, las verbenas por el
dos de mayo, las batallas con espadas de plástico,
los polos de leche merengada y los refrescos
con gas que mi tío apilaba en cajas bajo
la mesa de madera de la cocina.

Hoy hace una mañana muy bonita,
con un color agradable a la vista, con
esa tonalidad que proporciona el bienestar
de los recuerdos, y el silencio en la vieja plaza,
donde ancianos se cuentan sus historias cotidianas,
donde los niños juguetean entre los setos y los
viejos bancos de madera.

La vieja casa de mi abuela tiene ahora ventanas nuevas,
su fachada luce un color distinto, pero el olor de aquellas
tardes de juegos y sonrisas permanece perenne, y
la mirada se dirige hacia donde ella tenía el dormitorio,
y hacia la ventana del salón, donde mi padre sintonizaba
la tele para que mi abuela viera el “Un, dos, tres…”.

No sé por qué he elegido esta plaza para dedicar uno
de mis primeros libros publicados… quizá porque al
estar dedicado “a mis estrellas del cielo”, siento que,
de repente, una de las ventanas se va a abrir de golpe,
y que la voz de mi abuela, pronunciando mi nombre,
me avisará de que pronto llegará la hora de la merienda.

Y corriendo, aporreo el timbre de la puerta mientras
ella, con una gran sonrisa, me alcanza un trozo de pan
con dos onzas de chocolate. Y viniendo de ella…
no existe mejor aplauso para mis versos.


© Isidro R. Ayestarán, 2009
El Cabaret de los Sueños

LA mujer más fea del mundo. Por Felisa Moreno Ortega


El día que conocí a la mujer más fea del mundo entendí que jamás podría olvidarla. Fue una atracción tan intensa, tan brutal que me supuso una conmoción durante meses. Cuando la vi, yo aún no sabía que era la mujer más fea del mundo, eso me lo dijo después, mientras la invitaba a una cerveza. Aquella tarde me sentía desgraciada, pasé por ese barrio buscando perderme, allí siempre encuentras quien te venda una dosis de irrealidad.

Me contó que había participado en un concurso de belleza, pero al revés. Como yo no veo la tele no me había enterado de nada, así que la escuchaba con atención mientras repasaba su cara. Apenas tenía frente, el pelo le nacía no más de tres centímetros por encima de las cejas, que se unían formando un arco sobre la nariz, larga y huesuda, decorada con una verruga, el centro de atracción de aquella cara desgraciada. Los ojos pequeños y demasiado juntos eran de un color gris sucio, como el abrigo raído que llevaba ese día. No tenía labios, sólo dos líneas delgadas que al despegarse descubrían una sonrisa ajedrezada.

Era tan fea que no podía dejar de mirarla, buscaba un atisbo de belleza, sin hallarlo. Debajo del pelo, escaso y engreñado había un par de orejas enormes y despegadas. Indiferente a mi estado de estupefacción ella seguía hablando. Me contó como había ganado el concurso, la china y la búlgara no se lo pusieron fácil pero al final se alzó con la victoria. El premio consistía en seis mil euros en operaciones de cirugía estética. Aún no había decido por donde empezar.

No es fácil ser fea y pobre, me dijo por fin. Apuró la cerveza y se secó sus labios inexistentes con una servilleta de papel. Con los ojos llenos de niebla me preguntó que hacía yo allí. Esquivé la pregunta dando un manotazo a una mosca que se había posado sobre el mostrador. Me dio las gracias y se marchó. Un par de tipos la señalaron con el dedo y se echaron a reír. Me dieron ganas de darles un puñetazo. No lo hice. Me marché del bar, del barrio. Llegué a mi apartamento del centro, me miré al espejo y comprendí que yo no era la mujer más fea del mundo, ni la más desgraciada, si acaso la más estúpida.

BLOG de Felisa Moreno

Vuelos cortos. Por Salvatore Branchina

Lo que quiero contar es la historia de un martillo de acero con mango recubierto de piel, llamado Marti.
Su dueño no podía ser otro que Pedro, el carpintero del pueblo. El único carpintero. El que se reunía en la única taberna del pueblo y, allí con los amigos, contaba mil batallas que libró a lo largo de su vida blandiendo su fiel arma, contra miles de tablas de madera.

Un día contaba como su hijo le regaló por sus cumpleaños uno de esos cinturones de piel que los carpinteros llevan a la cintura y que tiene una trabilla para el martillo y una pequeña bolsa para los clavos. Pedro lo llevaba siempre puesto, como si fuese un centurión de una legión romana. Creo que tuvo hasta un disgusto con su mujer, porque incluso quería dormir con él. Pero un día, no se sabe cómo, el cinturón desapareció. Menudo disgusto se llevó Pedro, que tuvo que resignarse y volver al viejo sistema.
Pero ya entrado en años lo primero que empezó a fallarle fue la memoria y siempre le pasaba lo mismo. Cada vez que tenia que reparar el tejado de algún cliente, después de prepararlo todo y haberse subido hasta lo más alto, era cuando se daba cuenta que se había olvidado su preciosa herramienta. Así que, cuando por fin conseguía tenerlo todo, ya estaba agotado. Fue por eso que pensó en darle solución a este engorroso problema. Le habían hablado de un hombre que vivía en el pueblo de al lado, que se dedicaba a enseñar a volar a los martillos.
Cualquiera se hubiera reído del tema, cualquiera menos Pedro. Le pareció una idea excelente así que, ni corto ni perezoso se encaminó hacia el aeródromo martillero.
Allí aguardaba un hombre muy peculiar y hasta divertido. Parecía sacado de esos cuentos de guerra, muy anticuado con gorro de piel y gafas de plástico y hasta tenía un pequeño avión, que más bien parecía una jaula para perros. Bueno, pues allí dejó al estudiante, y se encaminó hacia su casa.

Para nuestra herramienta, fue un entrenamiento muy duro, y no era para menos. Había nacido para enfrentarse a cualquier tipo de clavo, con su cabeza y no para imitar a los pájaros. A punto estuvo de dejarlo. Cada vez que lo subían al andamio de prueba y le pegaban la patada de rigor, su destino era siempre el mismo, de cabeza contra el suelo. Así un día y otro.
Cuatro meses tardó en aprender los primeros movimientos, pero por fin consiguió acabar el curso y conseguir el diploma. Entonces, para Pedro, llego el día más feliz de su vida y fue a recogerlo, como el que va a recoger a su hijo el primer día de cole y juntos se fueron hasta casa.
Estaba tan impaciente por probarlo que nada más amanecer se levantó y se fue hacia su trabajo. Esta vez no se le olvidó subir el martillo, sino que lo dejó abajo a propósito y cuando subió el último peldaño le llamó.
Tal y como un reactor, el martillo arrancó sus motores y despegó del suelo. Pedro, estaba preparado con la mano abierta, para agarrarlo, pero se quedó de piedra cuando vio que se pasaba y que su mano se quedaba vacía.
Media hora tardó en aterrizar ya cansado de dar tantas vueltas. ¡Por fin Pedro pudo cogerlo!, y cuando lo tuvo en sus manos, lo miró y le dijo: “Tenía que haberte llevado a una escuela, en la que te enseñasen sólo vuelos cortos”.

Salvatore Branchina

Una madre. Por Mercedes Martín Alfaya

Una madre es aquella que nunca está atenta cuando te metes en la ducha y se te apaga el gas.

Una madre es aquella que no comprende lo poco que te gusta la crema de espinacas, el que te llame “tesoro” y el que te bese delante de los amigos.

Una madre es aquella que te fastidia el día pidiéndote que pongas la mesa cuando estabas a punto de pasar pantalla en tu juego virtual.

Una madre es aquella que nunca está en casa para ayudarte cuando vas de fiesta y se te rompe la cremallera del pantalón.

Una madre, desde luego, es la única persona del mundo que no dudaría en renunciar a su vida y aparcar sus sueños por nosotros. Pero, claro, para eso es una madre ¿no?

Texto: Mercedes Martín Alfaya

Blog de la autora.

Al final del mar. De Gabriel Sofer

El libro.-

Una joven irlandesa se involucra en la lucha contra la ocupación británica de Irlanda en la primera década del siglo XX, viéndose arrastrada a una serie de viajes, guerras e infortunios que quizá no sean sino una huída de sí misma; un anciano permanece encerrado en su piso junto a su perro mientras su ciudad está sitiada; un asombrado comerciante intenta huir de la multitud durante el pogromo que arrasó la judería de Sevilla; un superviviente de la Armada Invencible se convierte en un hombre feliz en Gales o en Irlanda…

Los relatos de Al final del mar llevarán al lector, después de hacerle transitar por una geografía variada e incierta, al centro del laberinto, a un lugar donde se reconoce la condición humana desnuda de vestidos y de máscaras.

El autor
Gabriel Sofer nace en Madrid, de padre norteamericano y madre española, en 1973. Además de en su ciudad natal, pasará su infancia en Londres, Nueva York y Haifa. De estos años le han quedado una serie de hábitos: hablar y soñar en varios idiomas, la lectura diaria y una tendencia incontrolable a mudarse de casa y a cambiar de nombre cada dos años.
Estudia Ciencias Matemáticas en Oxford y otras universidades donde deambula como becario e insomne. Aunque suela residir en Brooklyn desde 1998, ejerce su oficio de escritor en su lengua materna.
Al final del mar es el primer libro que se publica en España.

“ Sus cuentos son bombas de relojería narrativa que explotan en el momento preciso, ni una milésima de segundo antes, y están enhebrados con una sabiduría digna de Saki, de Villiers, de O´Henry, de Maupassant, de Bierce (…) La singladura lectora que nos propone su autor se parece a una vuelta al mundo en un puñado de páginas: tan ambiciosa es la propuesta.” Luis Alberto de Cuenca, del prólogo.


Editorial Olivo Azul

Los lectores pueden descargarse gratuitamente un fragmento de la novela pinchando en este enlace.

Como la vida misma. Por Julio Cob Tortajada


Sentado en el parque junto a una zona de juegos me llamó la atención ver una niña arriba de un balancín que con gran maña lanzaba su cuerpo adelante aventurada en su deseo inalcanzable de tocar con la punta de su zapato la rama de un árbol que daba sombra al columpio. Con sus cabellos al aire y las manos en las cadenas disfrutaba sobre un suelo de goma bajo un rectángulo de madera. A su lado, en otro columpio y sentada, una niña muy tranquila que apenas se movía; no así su imaginación envuelta en fantasías -pensaba yo- que por su mirada al cielo, debía de huir hacia algún lugar quizá lejano.

Encima de un caballo de madera anclado al suelo, un niño cabalgaba contento ante la mirada atenta de su madre preocupada no fuera a dar con su cabeza a tierra por los pocos años del zagal.

Pero no todos los niños jugaban felices pues la dicha nunca está al alcance de todos. Una niña de pelo corto, apoyando su cuerpo a uno de los palos que sustentaba el columpio, esperaba impaciente a que alguna de las niñas los dejara libres. Después de un buen rato, con su cara triste y de rabia contenida, miraba tanto a la niña que volaba al árbol, como a la otra tranquila y sentada en el columpio en el que mostrando cierta dulzura se mecía tenuemente.

Y como ninguna de las dos niñas lo cedía, la niña de pelo corto cada vez más triste alzó la voz reclamando su turno, sin quienes los ocupaban hicieran caso al reclamo ignorando su presencia.

Unas mamás, algo alejadas, debían hablar de vestidos, de los problemas con sus jefes, de las rarezas de sus maridos o de cualquier cosa de las que a diario acontecen ignorando la lucha de miradas por los columpios sin enterarse de nada.

Me fijé en la niña de pelo largo nada dispuesta a soltarlo dándole cada vez mayor impulso, convencida de su dominio, dueña de su fortaleza, irrenunciable a abandonar lo que consideraba de su propiedad. Si su rostro denotaba poderío, la alegría que desprendía al mismo tiempo era un insulto a la rabia contenida en la niña de pelo corto que se sentía afligida, débil e incapaz.

La niña tranquila allí cerca debía de estar lejos, muy lejos del parque, quién sabe, ensimismada en cualquier sueño y sin importarle nada de lo que ocurría a su alrededor, como tantas veces sucede.

Instantes después me levanté y seguí mi camino. ¡La vida misma!, pensé.

La brisa suave del atardecer, ya en plena primavera y vía al estío: como una y otra vez, como tantas otras veces.



Julio Cob Tortajada
Colaborador de esta Web en la sección «Mi Bloc de notas»
http://elblocdejota.blogspot.com
Valencia en Blanco y Negro- Blog