El error del adivino. Por Mercedes Martín Alfaya

En unos grandes almacenes encontré un libro que hablaba de “El error del adivino” y me hizo pensar… Os cuento de qué va esto con un ejemplo que me acabo de inventar.

Begoña, una amiga, me invitó a su fiesta de cumpleaños en un famoso restaurante. A última hora se me complicó el día y no puede avisar. Al día siguiente, enseguida busqué su número y la llamé, pero no contestó. Qué raro…, pensé. Volví a intentarlo. Tampoco hubo respuesta. Entonces le mandé un mensaje al móvil para que lo mirara cuando pudiera.
“Bego, siento muxo no habert acompñdo en tu cumple.
Ya t explcaré.
Bss a puñaos”.
A los diez minutos, ya empecé a mosquearme porque no había respuesta. “Seguro que se ha enfadado… Pues, que se enfade, bastante tuve yo con la que se me vino encima. Es que esta mujer no comprende… En fin, que si no me quiere contestar, que se vaya a freír espárragos”. Y lancé el móvil al fondo del bolso.
A las dos horas, volví a mirar el teléfono. Nada. La pantalla de mi móvil como si le hubiera dado un espasmo. “¿Será posible con la gente…? De todas formas, ahora que lo pienso, esta Bego es un poco quisquillosa, y eso que nadie lo diría, con ese derroche de simpatía que transmite… Pero, bueno, la gente es así. Oye, si no pude ir a su fiesta, pues debería esperar a que le explique ¿no?…
En estas andaba cuando veo su numerito en la pantalla de mi móvil. ¿La ignoro?… Bueno, venga, le contesto…: » ¿sí?”

“Hola, Macu, soy Bego. ¿Qué tal estás? Cuando te cuente lo que me ha pasado ni te lo crees”…

La dejo que se explique y me dice que ayer por la mañana, se quedó encerrada en la terraza; en bragas, sin móvil, sin agua, sin nada. Que los cristales son blindados y no pudo romperlos y que, por más que pidió ayuda, nadie la oyó. Que menos mal que la asistenta viene los jueves por la tarde y ha conseguido abrirle, porque estaba a punto de desmayarse por el frío y por deshidratación. Que siente mucho no haber podido avisar, sobre todo porque era su fiesta de cumple y no apareció. Y que intentará explicarle a cada persona lo sucedido.
Mientras la escucho, me dice que espere un momento que tiene un mensaje en el contestador del fijo.
Rebobina y me acerca el móvil para que lo escuche, porque no comprende nada. El mensaje era de Mari Pili, otra amiga invitada a su fiesta:

“Bego, soy Mari Pili; no te perdonaré en la vida el que nos dejaras tirados en la puerta del restaurante donde nos invitaste por tu cumpleaños. Te estuve llamando y ni siquiera contestabas al teléfono. Eso no se hace. Eres una malcriada. Te mandaré el collar que te compré, para que te lo ates al cuello. Está hecho de alambre con púas, pero no temas, es de diseño, como tú”.
FIN.
Ya vemos que el llamado “error del adivino” está presente en nuestras vidas mucho más de lo que pensamos. Y todo porque necesitamos respuestas rápidas, no sabemos esperar.

Seguro que alguna vez hemos padecido esto: “¿Por qué no me llama? ¿Estará enfadada? Seguro que dije algo que le molestó…”. Un sufrimiento que nos montamos nosotros mismos y del que nos reímos cuando todo tiene explicación. Pero, el daño propio y ajeno está servido. Además, si nos hemos despachado a gusto por el cabreo, ¿cómo retirar luego todo lo vertido sobre la persona en cuestión? Porque, a veces, incluso sin esperar a saber lo que ocurre, ya vamos repartiendo descalificativos para justificarnos.
Quiero que este post sirva para no volver a incurrir en este tipo de error.
Empecemos a cambiar el pensamiento negativo y cuando las cosas no salen como queremos, no hagamos de «adivinos». Hay que saber esperar, porque la mayoría de las veces, nada es como parece.

Chiste de “Error de adivino”:

A un tío se le pincha una rueda en medio de un descampado. No lleva gato y está oscureciendo. A lo lejos, ve una casa solitaria. Huy, qué bien. Iré a pedir un gato para cambiar la rueda. Mientras se dirige a la casa, va pensando:
Seguro que me abre un tío malaje y me dice que no tiene gato. O, quizás sí que tiene, pero me dice que lo guarda en el trastero y su mujer se ha llevado la llave. También puede ser que me ponga la excusa de que se lo ha prestado a su vecino, o que se lo dejó olvidado en una gasolinera.
En esto, llega a la casa. Pulsa el timbre y abre un hombre:
-¿Qué desea?
Y el tipo cabreado contesta:
-¿Sabe lo que le digo? Que se puede meter el gato en los cojones.

Texto: Mercedes Martín Alfaya
Foto:Afremov
Blog de la autora.

2-¿RECUERDAS?. Por Ariadna



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

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¿Recuerdas? Teníamos quince años y el mundo en contra. Tú te preocupabas de retorcer con destreza tus largos tirabuzones y yo trataba de ocultar, bajo el chaleco de lana, un impertinente agujero en la camisa. Nos queríamos. Dibujábamos corazones de tiza en las baldosas oscuras de la plaza y, alguna vez, nos rozamos las manos. Qué atrevimiento. Tú, la hija del médico. Yo, el hijo de un pastor de cabras. Un amor imposible en un pequeño pueblo a principios de los años treinta. Inimaginable que ambos caminos pudieran cruzarse. Pero se equivocaban. Nadie supo que entre las cabras y la medicina existía un paraíso en el que tú y yo decidimos perdernos, a pesar de los cañones de las escopetas que amenazaban con destrozar nuestros corazones ardientes. Y salimos ilesos, huyendo como asesinos, perdidos como una brújula sin norte.
Nos instalamos en otra población, lejos de nuestras familias, con la ilusión como único equipaje y la incomprensión como único testigo. Nos teníamos el uno al otro, incondicionales, capaces de desafiar tanta estulticia, preparados para pasear nuestro amor por el camino de las dificultades. Tuvimos que crecer pronto y los tirabuzones dieron paso a una maternidad temprana, a unas obligaciones que asumimos con firmeza. Tú cosías agujeros en otras camisas y yo trabajaba incansable en las labores del campo. Por las noches ambos estudiábamos bajo la luz de un candil. Nos seguíamos queriendo contra todo pronóstico. Y el mundo nos miró de frente y sonrió. Fuimos a vivir a la ciudad, cada vez más lejos de los nuestros y más cerca de un destino. Ya teníamos dos hijos. Tú trabajabas en una botica, yo me empleé en una notaría. Seguimos estudiando por las noches, codo con codo, robándole horas al sueño, alimentando una expectativa. Diez años más tarde tú regentabas tu propia farmacia y yo acabé aprobando las oposiciones de notario.
¿Recuerdas? Nadie apostaba un duro por nosotros y hoy cumplimos cincuenta años juntos. Por eso te he traído flores. Son rosas blancas, tus favoritas. ¿Te gustan? Las pondré aquí, junto a tu foto, para que luzcan a la par de tu hermosura. Y no, no te preocupes porque no les eche agua. Del mismo modo que aquella tarde en que decidimos huir de las garras de la sinrazón, hoy va a llover.

Ariadna

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1-Una historia de viejos. Por Orictolagus



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

Creo que fue por el mes de Enero cuando les vi juntos por última vez. Iban cogidos de la mano, como siempre, y también como siempre discutían en voz alta sobre no sé qué viaje o algo por el estilo. Era enternecedor: tan mayores y aún comportándose como dos críos. Los dos delgados, enjutos, algo encorvados, superando ampliamente los setenta y andando –casi corriendo- hacia su diminuta casa.

Aunque apenas los conocía, ambos me saludaban muy educadamente. Él, levantando un mugriento sombrero de color indefinible. Y ella con un “buenos días tenga usted” que podía oírse a cuatro manzanas de distancia.

Sé que vivían de una magra pensión y sé que nadie les visitaba. Ignoro si tuvieron hijos y nietos, pero siempre estaban solos. Mejor dicho, nunca lo estuvieron porque se tenían el uno al otro. Eran como una misma cosa: el lienzo y la pintura, el marco de la ventana y su cristal. No los imaginaba de otro modo.

Hasta hace unos días. Los dos habían muerto y su casa estaba cerrada a cal y canto. Una vecina, que en vida jamás se preocupó de ellos, me lo contaba con lágrimas en los ojos:

– Ha sido muy triste, ¿sabe usted? Primero él, tan bueno, un ataque al corazón. Y al día siguiente, en medio del velatorio, murió su mujer. Yo creo que fue de pena ¿sabe usted? Pobrecicos, tan buenos eran…

Pero el pueblo anda revolucionado. Matilde, la del estanco, asegura que los vio una noche, dos días después de los entierros, corriendo y gritando por en medio de la era. Y claro, la cosa anda en boca de todos. Hasta el alcalde que es un hombre serio y cabal ha ordenado a los municipales que hagan una batida por la zona a ver qué hay de cierto.

Don Emeterio, el cura, nos soltó el domingo una filípica en el sermón, amenazando con excomulgar a quien creyese esas barbaridades. Tales cosas llegó a decir que la mayoría de los fieles nos santiguamos al oírlo y hasta hubo quien salió discretamente de la iglesia.

Yo no estaba dispuesto a creer semejantes majaderías. Pero hace un rato, en la pared de su diminuta casa, ha aparecido un corazón pintado con hollín. Lo que me ha dejado perplejo es el texto que puede leerse debajo:

“Esta noche, a las doce, te espero en la era, como siempre.”

Orictolagus

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Te cuento mi sueño. Por Bernarda Enriquez


Querido amigo.
Déjame contarte que hoy regreso mi padre,
tras una angustiosa desaparición de varios días.
La enfermedad de mi padre, mantenía a mi madre ocupada
limpiando los descuidos que ella creía intencionados,
además de alimentarlo y darle sus medicinas.
Al siguiente DIA de una discusión, por manías de él,
adquiridas a lo largo de los años,
mi padre desapareció,
llevando solo consigo la macilenta y carcamal ropa de enfermo.
Detrás de un enorme y antiguo trastero azul de lamina,
que dividía la diminuta cocina de la recamara,
atiborrado de vajillas de múltiples materiales y
muñequitas con vestidos de encaje de colores,
sollozaba mi madre, llantos de rabia, preocupación y hastío,
Los fantasmas de la casa, con tácito desconcierto,
pasmados por la trágica situación,
miraban a mi madre sin poder brindarle una palabra de consuelo,
En la antigua casa de mi niñez,
por las destartaladas puertas de madera
con olores de tiempos pasados,
se colaban los días grises, sin rastros de existencia,
Los perros adoptados ladraban a su espectro,
sin perturbar el sosiego que reinaba en el momento,
las horas aburridas deambulaban en silencio,
esperando que algún estridente acontecimiento pasara,
para romper ese tedio,
Así se vivieron varios larguísimos días,
al final de estos, mi madre ya mas repuesta
pero aun ensimismada,
asimilaba la situación he intentaba pensar con claridad,
Mas sus traicioneros sentimientos se agolpaban en su pecho,
expulsando gemidos que de nuevo terminaban,
en llantos desconsolados.
La calurosa tarde de hoy,
mientras todos trajinábamos con sigilo,
a llegado mi hermana con sus ruidosos doscientos hijos y
su perro volador de piel obscura y cabello de resorte,
lo mejor,
Es que trajo a mi padre con ella,
lo ha encontrado, sentado en una desgastada banca
del inolvidable parque central,
chacoteando con un grupo de veteranos de vida,
Que intentando hablar se les caían las dentaduras,
recordando domingos pasados, que igual se juntaban
Para ver pasar partiendo plaza y concediendo sonrisas
a las damas, con sus currita faldas
zapatos de tacón y media obscura,
Hoy a regresado mi padre, pero será fugaz su regreso,
a entrado a casa con gran estruendo,
Con su saco satinado de fondo blanco con figurillas obscuras,
Señido al delgadísimo cuerpo,
Debajo trae una camisa fiucha con las mismas figurillas del saco,
Unos pantalones turquesa de corte moderno y finos acabados en terciopelo negro,
Con su escaso cabello embadurnado con brillantina,
Y en la mano su vetusto sombrero de casanova
Con actitud conquistadora y sonrisa de adolescente
le a traído flores a mi madre,
Su enfermedad se ha extinguido, se mueve liviano y libre,
sus estrepitosas y alegres risotadas
se escuchan en todo el vecindario,
contando anécdotas cada vez mas divertidas,
mi felicidad es tal,
que me arranca una tímida carcajadilla
en mi tardío sueño.

Bernarda Enriquez

Hoy toca limpieza. Por Mercedes Martín Alfaya

Hoy toca limpieza. Se me acumulan telarañas en el alma, aunque ya no pienso en ti. Llegué a este mundo sin tu arrogancia, sin tu altivez, sin tus ganas de revolverme la vida de forma gratuita, y quiero continuar ligera de equipaje. Mi mundo avanza y cuidaré de él. Encontré la forma de pintar mis días sin esperarte y me compré unos zapatos de cristal muy bonitos. Yo soy la princesa de mi cuento y no te necesito para reinar. Las mariposas revolotean en mi ventana, el sol calienta mi almohada y tengo un horizonte de azahar para mí sola. Si pudiera, devolvería a mis ojos todas esas lágrimas que derramé por ti; los suspiros que me robaste; las palabras de amor que te regalé… Ya no me duele tu silencio, al contrario, refuerza mi teoría sobre la importancia de prescindir de lo vacío. Quiero que mi vida suene a cascabeles y sé dónde encontrarlos. Te puedes quedar con mis noches en vela pensando en ti, con las veces que me ignoraste, con las palabras que no llegaron a tiempo, con los dulces que engordan, con tus flores de plástico. Voy a limpiar la casa y desinfectar mi alma; si te has dejado algo por aquí, será mejor que lo busques en la basura.

Texto: Mercedes Martín Alfaya

Blog de la autora.

Relatos alucinógenos. Por Gonzalo Gómez Montoro


“La soledad de los ventrílocuos”. Matías Candeira.
Tropo editores.

Pocos autores hacen su entrada en el mundo de las letras con obras del calado de La soledad de los ventrílocuos. Este libro es una colección de catorce relatos de marcado aliento poético, en su mayoría desarrollados en ambientaciones oníricas o en mundos que podrían considerarse próximos al surrealismo, pero que en realidad son la muestra de que el escritor posee un universo propio. Es el caso de “Flores, señor…” o del cuento que da nombre al volumen, en el cual los dos personajes mantienen una conversación absurda que recuerda a ciertas piezas teatrales de Beckett o Jarry y que, sin embargo, tiene el sello personal de Candeira, con esos diálogos precisos y verosímiles que iremos encontrando a lo largo del libro.

Son muchas las influencias ilustres que pueden rastrearse en estos cuentos, tanto literarias como cinematográficas (extraordinaria esa mano de “Un trozo de otra mujer”), aunque ninguna llega a ser tan manifiesta como para ahogar la voz del autor. Así pues, el magisterio de Cortázar o Eloy Tizón sobrevuela relatos tan intensos y originales como “Insectos” o “Al final de Sara”, éste último uno de los mejores del conjunto, y en el que Candeira logra que un agujero en el vientre de una mujer cante boleros y nos emocione igual que al narrador. Con todo, y a pesar de la imaginación que rebosan los textos, quizá sea la capacidad de crear imágenes el rasgo más destacado del libro. “Fuegos en la oscuridad”, por citar un ejemplo, es una concatenación de metáforas de una potencia visual realmente impactante, igual que sucede con la descripción física del comprador de cabezas de “Los que esperan”, un cuento de atmósfera muy conseguida.

La colección alterna cuentos de extensión mediana, un relato que podría considerarse una novela corta (“La segunda vida”) y otros de apenas dos páginas, pero ni siquiera en los textos más breves desciende el nivel, como demuestran esas dos piezas magníficas de humor tituladas “Jugar” y “Todas las posibilidades”. Por cierto, el libro no podía tener mejor cierre que “El hombre en el barreño”, un relato de una sensibilidad extraordinaria. Apunten el nombre de Matías Candeira para un futuro inmediato.

Gonzalo Gómez Montoro
Semanario Ababol

Los burofax del banco BBVA. Por Brujapiruja


Nadie obligó a los bancos ni al BBVA a dar hipotecas por encima del valor de las viviendas, ni prestamos al consumo sin garantía alguna. Muchos no entendimos el acoso a que nos sometieron para pedir prestamos, tener mil tarjetas que nunca usaríamos ni a convertirse en tiendas de todo a 18 meses vendiendo desde muebles, electrodomésticos, hasta joyas y automóviles.
Todos recordamos como con una sonrisa de oreja a oreja, nos llamaban por nuestro nombre en tono más que amigable y nos intentaron vender inversiones “para cubrir objetivos” que les devengarían personalmente buenos beneficios.
– No, no y no, no necesito más dinero ¿cómo tengo que decírselo?
Era igual, siempre a la hora de la siesta una señorita te preguntaba por teléfono cuanto querías y cuantas ventajas tenía y bla, bla, bla…
Su comportamiento no ha sido de ninguna forma ajustado a la buena práctica financiera, muy al contrario, han abusado del desconocimiento de mucha gente, que al igual que confía en su medico o abogado, tiene que confiar en esa persona que está detrás de la mesa y que se supone que vela por tus intereses.
Lo cierto es que han hecho mal su trabajo, han intentado engañar conscientemente, y ahora están pasando una situación difícil.
Ya no se acuerdan de tu nombre, ni sonríen, ni llaman a todas horas, porque, aunque parezca imposible, son ellos los que están en crisis y los que arrastran a todos los demás.
Ahora no te dan un duro, ni aunque tengas garantías y propiedades libres de cargas, pagues religiosamente, seas un cliente de toda la vida y no hayas devuelto un recibo en toda tu vida. Y si te lo dan es a un interés desorbitado, cuando ellos lo compran al 1%. Da igual si se hunde tu empresa, o si te hundes tú y si te importa un pimiento lo que hagan. Ya no eres una persona, eres un número de cuenta y los objetivos son otros. Desde luego no son dinamizar la economía ni apoyar a la pequeña empresa, ni ajustarse a la buena práctica financiera. Consiste en salvarse ellos, con el dinero de todos, el que les da este gobierno que repite cada día “que esta vez la crisis no la pagaran los mismos de siempre”. ¡JA!
Esa persona que antes te preguntaba por tus hijos, ahora no tiene la categoría ni la vergüenza para llamarte por teléfono o sentarte contigo y contarte lo que pasa, darte alternativas y cumplir su función social con la que se ganan la vida y los beneficios. No, ahora te mandaran un burofax para cancelarte las cuentas y dejarte claro que según la cláusula X, has dejado de existir.
Y el gobierno sigue legislando para que puedan seguir cometiendo tropelías a destajo en vez de dejar que se hundan en su propia miseria financiera, humana y personal.

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Brujapiruja