7-Nada especial. Por Evaluna



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

La encontré con la mirada perdida frente a la ventana entreabierta al mar. Encima de la cama un precioso vestido negro de encaje, los zapatos negros de charol, un delicado y sencillo tocado blanco y todos los complementos para un día de celebración. Sin embargo, no noté en ella la alegría esperada; más bien me saludó balbuceante escondiendo un pañuelo entre las manos
Yo la abracé mientras la saludaba, nunca fue una mujer optimista y los cambios, fueran del signo que fueren, la perturbaban; y este día, de algún modo, lo hacía especialmente.
-¿Crees que me quedará bien? No termino de verme con el tocado. No sé muy bien qué celebramos ni para qué, han sido cincuenta años, si, pero ¿qué tiene de particular? No sé siquiera si esto puede llamarse un matrimonio, desde luego no ha sido como yo esperaba, nada especial.
El teléfono no dejaba de sonar, las idas y venidas de los hijos y los nietos, primos, hermanos, todo un bullicio para ella exagerado
Si embargo, él atendía a todos con esmero dando las últimas instrucciones, feliz y exultante sabiendo que habría pequeñas sorpresas que ella no atisbaría a intuir.

Consciente del esfuerzo que el camino recorrido juntos había supuesto, se había asegurado de que todo fuera un perfecto homenaje en torno a su reina. Él se sentía plenamente satisfecho con el objetivo cumplido que tantos años antes habían planteado ilusionadamente. Todo había sido perfecto y si no lo había sido del todo, hoy era día de olvidar tristezas y recuperar los buenos momentos.
Finalmente, ella se vistió y del brazo de sus padrinos ambos acudieron a la iglesia y, entre un centenar de familiares y amigos, se escucharon palabras de elogio, reconocimiento, admiración y sobre todo cariño.
Al salir de la iglesia, la imagen que contemplaron no dejó lugar a dudas a ninguno de los dos. El aplauso les aturdía confundido con los pétalos de rosa y el arroz que sus nietos les lanzaban, las lágrimas de sus hijas mayores, los abrazos de sus ahijados y amigos, un ramillete de seres queridos entregados a la emoción de un momento entrañable. Se miraron algo cohibidos y apretaron sus manos fuertemente. Ahora tenían la certeza de que el sacrificio y el cariño puesto en ese empeño habían merecido la pena y ahí, enfrente, en todas esas personas, habían dejado un trocito de si mismos y de su amor.

Evaluna

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Muñecas de cristal – el poema de Arrabal. Por Isidro R. Ayestarán

Vídeo que recoge el momento en que Isidro R. Ayestarán interpreta el segundo número de su último espectáculo de teatro, música y poesía, MUÑECAS DE CRISTAL, realizado el pasado 12 de mayo en el pub Colilla Queens de Santander. Un show con el tema de la mujer como leit-motiv, de noventa y cinco minutos de duración, cuatro cambios de vestuario, tres números musicales intercalados entre los poemas, una coreografía que iba desde el baile de las «chicas de la calle» arrabaleras hasta una danza oriental a la luz de las velas…
«Arrabal» es el título de este número, el monólogo de un hombre rudo que acaba de pasar la noche con una prostituta decadente de mala vida.

Ahora, mientras la luz del amanecer se filtra a través de la persiana de nuestra habitación, y tras haberte vestido, respiras el aroma de las caricias y los besos que te di horas antes. Y asientes tristemente con la mirada. Todos olemos igual, piensas. Todos llevamos el mismo aroma de fracaso impregnado en nuestra piel…
Vídeo ARRABAL.

©Isidro R. Ayestarán, 2008
El Cabaret de los Sueños

6-Con freno y marcha atrás. Por Ricardo Cifuentes



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

Valentina, en el fondo me alegro de lo que sucedió aquella remota tarde de hace ya once décadas, cuando Ceferino nos dio a beber las sales que habrían de proporcionarnos la eterna juventud. Reconócelo, el doctor Bremón es un genio, pero ninguno de los otros cuatro que participamos de aquello creíamos en la eficacia de su revolucionario descubrimiento. Pero ya lo ves, aquí seguimos con ciento y pico años a nuestras espaldas y tan frescos.
¡Los médicos! Tantas vidas se han llevado por delante y sin embargo uno de ellos ha prolongado la nuestra hasta casi el infinito. Qué chasco se llevaría mi tío, desde el otro mundo, al saber que por fin cobramos la imposible herencia al cabo de 60 años; y aún puedo ver la cara que puso el pobre agente de seguros cuando nos presentamos los cinco a reclamar lo que nos correspondía por la bendita póliza aquélla.
Pasamos unas décadas de hastío, lo reconozco, porque saberse inmortal pesa mucho; fueron momentos muy duros y hubo un cierto distanciamiento entre ambos; gracias que nuestro querido Bremón supo dar una vez más con la fórmula para rejuvenecer y con ello recobramos las ganas de vivir.
¿Te acuerdas? Nos tuvimos que esconder de nuestros propios hijos, cada vez más mayores, para que no nos reprendieran por nuestras correrías nocturnas y para que no se volvieran locos al ver a sus padres cada día más jóvenes mientras ellos se encaminaban indefectiblemente hacia la madurez. Ahora parecemos sus hijos, y pronto pareceremos sus nietos…
Cuántas noches de amor, Valentina, cuántos besos, cuantos poemas recitados a la luz de las incontables lunas que han desfilado ante nuestros ojos. Cuánto ha evolucionado el mundo: el automóvil, la televisión, los ordenadores…, y lo hemos ido disfrutando con savia nueva en las venas… Aparentar de nuevo veinte años pero haber apagado cientos de velas de cumpleaños; beberse trago a trago cada amanecer, cada primavera, cada hoja del calendario… Saber que nuestros relojes recorren de nuevo momentos que ya disfrutamos antaño, hace quién sabe si ochenta o noventa años, y tener la esperanza de que cuando seamos dos niños, nuestros hijos nos llevarán al mismo colegio, y más tarde a la misma guardería, y que quizá en el último segundo de esta cuenta atrás los relojes cambien de signo y volvamos a vivir esto una vez más, unidos para siempre, Valentina.

Ricardo Cifuentes

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5-Mesa para dos. Por Valentina



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

Como cada ocho de abril, acudió puntual, vestido con su traje, impecable, recién afeitado y oliendo a “Varón Dandy”. Le acomodó en su mesa habitual, en una esquina junto a la ventana, y sirvió las dos copas de champán, detalle de la casa. Como cada año, encargó Vichyssoise y Lenguado Merniere para dos, así como una botella de Verdejo. Tal como había hecho los últimos cuatro años, sirvió la cena en dos platos y, cuando él terminaba el suyo, recogía el otro intacto. Desde que se hizo cargo del restaurante, veintidós años atrás, les había atendido, gustoso, el día de su aniversario. Por eso entendía a la perfección que él no pudiese faltar a su cita.

Valentina

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El color de tu voz. Por Blanca Quesada

Me llamaron a casa a las cinco y media. Era la primera vez que hacía un servicio de este tipo, por teléfono me dieron las pautas: debía hacer algo superficial, no era necesario utilizar pigmentos fuertes, ésta sería su última exposición y la discreción era el marco más adecuado.
Mis compañeros me recogieron a las ocho de la noche y quisieron darme unos últimos consejos; que no me asustara, que aunque al principio impone, con el tiempo se hace más sencillo. Siempre entramos por la puerta de atrás, vete acostumbrándote, – dijo Miguel, y riendo añadió – aquí encontramos a los que quieren esconderse.
Recorrimos un corto pasillo estrecho y oscuro. Entramos a un cuarto, que parecía excesivamente limpio, higiénico. Saludé diciendo buenas noches y me senté junto a ella. Mis compañeros cerraron la puerta, yo les había pedido que esperaran fuera. Nos quedamos solas. Estaba allí, a pesar del frío, completamente descubierta, era blanca, su blanco extremo estaba teñido ligeramente con unas gotas de azul, lo atribuí a una piel fina, que dejaba transparentar el azul de sus venas. No tenía nada que ver con lo que había imaginado. Me sentía tranquila y esta tranquilidad se acentuó cuando rocé su piel sedosa y fría.
Pondría unas gotas de rosa en sus labios, daría luminosidad con algún toque de blanco a sus preciosos ojos color miel que cerré.
Su voz, ¿Cómo sería el color de su voz?, ¿quizás fue impulsiva?, ¿levantaría la ceja izquierda de vez en cuando? Sí, con el rabillo del labio, estoy segura, aprobaría las buenas faenas de sus hijos.
Limpié su cuello, peiné el pelo serenamente ondulado. Me despedí de la misma manera que entre, buenas noches dije. Abrí la puerta y mis compañeros entraron con el ataúd.
Una de las mujeres que había visto en la escalera, al entrar, se acercó despacio, la miró y dijo: -ha quedado muy bien, gracias.
Tal vez era su hermana, Tenía su misma voz: verde. Una voz verde; triste y melosa, una mezcla de verde lima y marrón miel, una voz a la que se le rompen las sílabas en las últimas palabras.

Blanca Quesada
Foto:Portada del libro «El color de tu voz»

4- La herencia custodiada. Por Midiva



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

Mi historia va sobre una llave, una llave muy especial con alma y vida propias.
Mi bisabuela siempre se defendió sola y nadie pudo sonsacarla jamás lo que pasó con su marido, novio o amante, nunca soltó prenda al respecto.
Mi tío tenía ocho años cuando se perdió en el bosque. Pasó una noche entera a la intemperie, enfermando primero y muriendo al cabo de un par de años. Durante ese tiempo de padecimiento, mi tío, el hermano de mi abuela, fue recopilando devocionarios y en su interior guardaba montones y montones de estampitas de santos, que ahora yo poseo. Siempre pensé que sabía cual sería su final y que se estaba preparando para ello.
Mi abuela se encontró esa llave siendo muy niña y la llevó pegada al pecho durante muchos años. Se colgó esa llave alrededor del cuello porque su hermano no tuvo tiempo para amar ni ser amado y su madre jamás lo hizo, al menos de una forma sana para el ánima. Era la llave que custodiaba su corazón, al menos así se sentiría segura.
Cuando conoció a Julián, mi abuelo, todo cambió y su regalo de bodas fue precisamente aquella llave que le entregaría sin miramientos. Continuaron los tiempos de hambruna y de miseria, pero a mi abuelo le gustaba el buen beber, tal vez demasiado y de vez en cuando se le iba la mano hacia aquella mujer que le había entregado su don más preciado sin pedir nada a cambio, tal vez un mínimo de respeto. Aun así el amor reinó en sus vidas hasta que mi abuelo murió de cáncer de piel a los 74 años. Entonces, a Vicenta se la partió el corazón en dos, y volvió a tomar posesión de su llave, que curiosamente aún tiene colgada en el pecho. Digo curiosamente porque a raíz de ese fatídico día, donde “Muerte” vino a visitarnos, la diagnosticaron Alzheimer. Creo que aquella llave tuvo algo que ver, la ayudó a olvidar y no recordar, pues aquello resultaba muy doloroso de soportar.
Ahora tiene 94 años, sólo espero que el día que haga las maletas para su último viaje, me entreguen aquel amuleto que posee parte de su alma, yo también quiero poder amar así algún día. ¿Y porque yo?, se preguntarán, porque nadie ha sabido entenderla tanto como su nieta, porque somos las únicas bohemias que han existido en la familia “Marchena”.

Midiva

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3-Y TÚ TE IRÁS .



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

Mi hombre de mirada seria, ya estás en camino; aquí te aguardo. No soy como tú, de verbo ágil y verso colorido, y aunque mi palabra es clara, tú pones sobre todas las cosas tu propio acento.
Hasta con mi madre lo hiciste, que no sentía aprecio alguno por ti. No le gustabas. ¿Lo recuerdas? Se hacía cruces imaginándome con un hombre que se ganaba la vida escribiendo versos, un hombre de pueblo, ¡qué horror! Ella que incluso me había buscado pretendiente…
Tú no desistías. Me rondabas haciendo que tu rostro siempre estuviese presente en mi pensamiento. Y entre estudios, idas y venidas, nuestro amor fue más fuerte que todos los berrinches de mi madre y todas las adversidades; y tu tesón pudo más que mi nulo afán de protagonismo. Además, Tagore fue el culpable, ¡bendita culpa!, de hacerse pública nuestra relación. Yo traducía, tú ponías lirismo a mis palabras, y desde entonces se enlazaron nuestras letras, nuestras vidas, nuestras almas…
Mi hombre de mirada seria… ya no sólo era compartir las mismas inquietudes, también las mismas pasiones, y los mismos latidos de dos cuerpos en un solo corazón. Mas tu corazón también ama profundamente las raíces y el pueblo que te vio nacer: Moguer. Me enseñaste a quererlo, a verte en cada calle empedrada, en cada esquina serpenteante, en cada balcón, hasta en los muros de la vieja iglesia… ¿Recuerdas la primera vez que lo visité? Tanto me involucré en ese mágico entorno, que viendo que no había escuela, improvisé una y estuve haciendo de maestra. ¡Qué recuerdos, amor mío! ¡Y qué jóvenes éramos! Nos ha pasado media vida por encima, y a ti un centenar de libros y poemas.
Pero me aflige ver tanta melancolía, tanta tristeza pernoctando en tu corazón. Advierto en tus ojos un vacío que no acierto a comprender ni a descifrar. ¿Qué te apena? Esos últimos versos escritos son cenicientos, mortecinos, con la desesperanza de vivir una vida que no deseas, y con la esperanza de un final cercano y breve. ¡Si pudiese hacer algo por ti! ¡Pero estamos demasiado lejos!… Sólo me queda esperarte como te espero, porque estás en camino, y no lo sabes.
En breve partirás, y estaremos otra vez juntos, mi hombre de mirada seria; de nuevo cuerpo con cuerpo. Aunque -ahora sí- se queden solos los pájaros cantando, con el pozo blanco y con el verde árbol.

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