GARBIÑE INSAUSTI. Por Francisco Garzón Céspedes

GARBIÑE INSAUSTI Y SUS EXCELENCIAS AL TRASMITIR SENTIMIENTOS Y RAZONES

Quien ha tenido la fortuna de ver y escuchar sobre un escenario a Garbiñe Insausti no la olvida. Ella sólo deja de ser presente porque pasa a formar parte atesorable del pasado. Tal es su autenticidad, sus multifacéticos saberes, sus poderes creadores. Y tales son sus excelencias. Escuchar cantar a Garbiñe en su disco Ibilia, o en el potente contexto del grupo Lantz y de su mágico folk contemporáneo; escucharla cantar, sea en euskera, francés o inglés, es compartir la fuerza o la ternura, la emoción o la vitalidad de una cantante verdadera que canta para sorprender y quedarse, expresar y quedarse, deslumbrar y quedarse, irradiar y quedarse por sus caudales humanos, musicales, artísticos. Cuando Garbiñe canta el presente es suyo y es imposible no emocionarse. Cuando Garbiñe canta el futuro es para sus creaciones y sus permanencias
.
Ahora Garbiñe Insausti me vuelve a impresionar cuando veo y escucho en YouTube su creación de La vie en rose. La letra original, en francés, durante un minuto y treinta y nueve segundos. Blanco y negro. Vestuario negro riguroso. Afirmo que como totalidad artística el suyo es el mejor video de La vie en rose que puede verse en este momento en Internet. Como canción, las tres mejores creaciones, en mi criterio y sin discusión, la original de Edith Piaf, la de Louis Armstrong y la de Garbiñe Insausti.

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Francisco Garzón Céspedes

11-Feliz cumpleaños. Por Abu



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

Querido Ernesto:

Creerás que enloquecí, pero hace un rato, cuando entraste y me miraste como hacía tiempo no me mirabas me pareció que una claridad casi olvidada se instalaba con furia en mis ojos oscuros. Sentí que los colores hacían estragos en mi cara recién maquillada y que mil planetas explotaban dentro de mi pequeño universo.
Te imaginarás que, en medio de semejante terremoto emocional, apenas pude hilvanar ideas. De todos modos, en segundos, entendí que todavía había tiempo para nosotros. Tiempo para refregarnos las narices, para raspar mis pechos contra tu pecho, para apretar las pinzas de mis manos en tu piel, para repasarrnos, para besarnos la paz borroneada de los brazos, para rescatar la memoria de tus dedos.
¿Por qué no, Ernesto? ¿Por qué no abandonar la aridez de esta meseta marrón y redescubrir el camino de los terrenos abruptos? ¿Por qué no barrer el tiempo y dibujar en el aire, con las piernas, garabatos invisibles, tan ilustres y desenfrenados como antes?
Entonces lo decidí, no había motivos para esperar. Era el momento. Estabas ahí, estábamos ahí, los dos. Era el lugar. El mismo lugar donde tantas veces, durante tantos años. Eran los mismos sentimientos y la misma complicidad. Quería volver a pegar mi mirada caliente con la tuya, quería escarbar en la humedad de tu boca. No me importaba estafar la noche de tu pantalón nuevo con mis manos sucias de harina, ni arrugar tu pelo blanco, estirado, ni siquiera que alguien abriera la puerta y viera cómo tus manos se ufanaban en ondear sobre la prolijidad de mi pollera. Nada me importaba. Sólo quería acercarme y que me respondieras, sin palabras.

Menos mal que seguís siendo el mismo, Ernesto, tan formal y precavido.
¡Si nos hubieran visto los nietos, así, en la cocina!
¡Felices setenta años, mi amor!

Abu

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Desde Alemania para Carmen Posadas. Por Susana García de Arriba

He tenido la suerte de que el nombre «Carmen Posadas» para mi está sólo relacionado con una escritora de libros que esta muy amenudo formando parte de los certámenes literarios del canal Literatura. Lo siento pero no conocia ni sus matrimonios ni su relacion con la «alta» sociedad, ni me interesa. De echo ni tengo idea de su amistad con Isabel Presley ni tampoco me interesa. Me dedico a la ciencia y realmente lo máximo que recibo de la sociedad española es lo que muestran los telediarios. Por ello he podido leer «Hoy caviar y mañana sardinas» sin predisposición ni prejuicios. El libro me ha fascinado porque he vivido en varios paises y yo mejor que nadie sé lo que ello conlleva. Ademas es que desde fuera parece que lo que se consigue ha sido gratis, porque una cae bien. Es difícil incluso comunicar lo que ha supuesto sobrevivir y ademas tener éxito en otro país. El dinero no lo compra todo y las influencias de tener padres conocidos pueden ayudar o no. Las vivencias de la madre de Carmen Posadas son un análisis inteligente que cada directivo haría para luego establecer estrategias que le ayuden a alcanzar los objetivos que se haya propuesto. No todas las persona tienen esa capacidad de análisis. El punto de vista de una esposa y madre, con sus oblicaciones y responsabilidades, y su parte crítica, que no tonta, de entender lo que ocurre a su alrededor. Lo que ocurre en esta familia lo podríamos extrapolar a cualquier otra familia de clase media. Porque la esencia no está en las realezas sino en las vivencias.
Me ha gustado mucho. Especialmente lo ameno que está redactado y con tanto detalle. Aquel que no entienda el libro o crea que es de «tias marias» es porque no le ha dedicado suficiente tiempo a su madre o abuela. Esas son la vivencias de mujeres que … creo ya no existen. En muchas partes me acordaba de mi madre, mucho… en otras de mi amiga Xi.. . He conseguido amenizar a mi familia y a mi madre con las aventuras de la familia Posadas. Riendonos de vivencias similares y de la capacidad de supervivencia de algunas madres.
Carmen, enhorabuena, he dejado de leer las 4 últimas páginas porque no quiero cerrar el libro. Me animaré a leer otro de tus libros, en cuanto vuelva a España busco el siguiente.



Susana García de Arriba
Braunschweig – 17/05/2009

10-Fachada nada mas. Por m minúscula



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

¿Has visto Manuel?, ¡otra vez una mujer muerta!. ¡No sé adónde vamos a ir a parar! Que anda que nosotros no hemos tenido discusiones y no se te ha ocurrido ir a la cocina a buscar el cuchillo, ni echar la llave, ni prohibirme salir, y mira que todavía me conservo la mar de guapa.
Pero claro, a nosotros se nos ha dado bien hablar. ¿Te acuerdas cómo se nos reían porque cada día salíamos un ratito a pasear, como cuándo novios? Pues mira, algo de eso falta ahora, que a la gente con tanta televisión, tanto ordenador y tanta cita virtual se le ha reblandecido el seso. Porque mira, dirán lo que digan los jóvenes pero tienen mil adelantos que nosotros no teníamos y, encima, se quejan de que les falta tiempo y de ese maldito estrés que parece disculpar cualquier otra cosa. ¿Cuántas veces no dejaste tú los tornillos a medio apretar por marchar a hablar con Paco? ¿O cuántas no dejé yo la ropa a medio planchar para atender a alguna amiga? Pero no, ahora cunde el egoísmo, las sesiones de aeróbic y esas cosas que tienen las chicas modernas. Que no digo yo que esté mal, ya me entiendes, Manuel, pero ¡anda que no hemos sido nosotros felices con un trozo de pan y cebolla! Ya, que en algún sitio tiene que estar el truco, ¿verdad? ¡faltaba más! Porque cuándo a ti te daba por algo, cabezota como el que más. ¡Si no nos hubieramos querido, para ratos nos aguantábamos! Y ahora, a la primera vez que no se ponen de acuerdo, parten peras y cada uno por su lado. Mil veces nos habríamos separado nosotros ¿verdad cariño? La vez que te empeñaste en cambiar de coche. Tres días sin hablarnos y otros tantos durmiendo en el sillón. Sin embargo, ¡anda que no eran bonitas las reconciliaciones! El no lo haré más, el mira que me he puesto burro. El pues anda que tú. Yo, Manuel, no lo entiendo, tanta vida en común para irse conociendo, tanta libertad y tanto bombo a la hora de casarse y, total, para durar lo que dura un suspiro. Y sabes que pienso de todo eso, fachada nada más. Por eso te ruego no te enfades si celebramos nuestros cincuenta años en la intimidad, total, nos basta con sabernos queridos.

m minúscula

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9-Un vestido vaporoso



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

Bajando con rapidez las escaleras del portal, a través de la reja del portalón de acceso al edificio señorial, el joven vislumbra el autobús que gira desde la calle Altamirano hasta la parada del Paseo del Pintor Rosales. Acelera el paso, sale precipitadamente del portal, e inicia el cruce en diagonal de la calle semidesierta a esa hora de la tarde de verano

La sorpresa por la caída supera al dolor cuando se encuentra tendido en el borde la calzada. Poco a poco se intenta incorporar y observa con rabia el agujero en la acera fruto de estas obras veraniegas que asolan la ciudad. ¡Malditos perforadores de aceras!. Su intento de recobrar una postura digna es inútil, descubre que el tobillo ha dejado de prestar su función. Dispuesto a recorrer a la pata coja la escasa distancia que le separa de su portal, constata que a pesar de su aspecto impecable de joven ejecutivo, los pocos transeúntes que se han cruzado con él, le han evitado, acentuando su sensación de ridículo y desamparo.

La joven se acerca y le coge del brazo. Es tan hermosa que de momento la sorpresa suspende el dolor. Le ayuda a sentarse en el banco frente al portal de su casa. Intercambian unas cuantas frases banales fruto de la tensión que le provoca la belleza de esta mujer. Rechaza el ofrecimiento de asistencia justificando la extrema proximidad de su casa y al rato asiste al caminar de la joven alejándose por el paseo. Sigue con la mirada la imagen del movimiento del vestido vaporoso.

Tras una incómoda operación y meses de rehabilitación, sólo el recuerdo diario de la imagen de esa hermosa mujer caminando altera su rutina.

El anciano baja cuidadosamente la escalera el portal agarrándose con precaución a la barandilla de latón. Sale del portal y se dispone a cruzar la calle para dar su paseo diario por el parque.

La joven tropieza al poner el pie en la acera y cae casi delante del anciano. Caballerosamente el hombre ayuda a la mujer a reincorporarse y sentarse en el banco frente al portal de su casa. La visión de la joven sentada en el banco le hace enmudecer. Tras un rato durante el que él permanece inmóvil de pie delante de la mujer, ella se levanta y se aleja por el paseo mientras el anciano contempla el movimiento del vestido vaporoso.

Un vestido vaporoso

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8-Añoranzas. Por Ana Doris



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

Como cada ocho de abril, acudió puntual, vestido con su traje, impecable, recién afeitado y oliendo a “Varón Dandy”. Le acomodó en su mesa habitual, en una esquina junto a la ventana, y sirvió las dos copas de champán, detalle de la casa. Como cada año, encargó Vichyssoise y Lenguado Merniere para dos, así como una botella de Verdejo. Tal como había hecho los últimos cuatro años, sirvió la cena en dos platos y, cuando él terminaba el suyo, recogía el otro intacto. Desde que se hizo cargo del restaurante, veintidós años atrás, les había atendido, gustoso, el día de su aniversario. Por eso entendía a la perfección que él no pudiese faltar a su cita.

Ana Doris

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