15.Despedida. Por Hana



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

¿Sabes? Llevo días llevando conmigo esta pequeña caja llena de recuerdos nuestros. Un trozo de tela del primer vestido que llevé cuando te conocí, aquel pañuelo que me dejaste para limpiar mis lágrimas, el tacto al sentir tu mano tomando la mía por primera vez o el sabor del primer beso que me robaste, bajo los últimos rayos del sol de Enero.
El otro día volví a recordar cuando nos casamos en aquella, todavía, pequeña parroquia del pueblo. Aquel vestido blanco que guardé luego, con la ilusión de que alguna de nuestras hijas lo vistiera para su propia boda, el traje con aquella corbata roja que tanto me llamó la atención, las sonrisas, tu madre tan mayor, mi padre orgulloso… Y luego de todo, nuestros 4 hijos, los que hemos criado como nuestros padres lo hicieron con nosotros, los trabajadores que ahora me cuidan… ahora que te has ido.
Ahora, con más de 35 años juntos a nuestras espaldas, tú has decidido ir antes que yo, con aquello que siempre decías “déjame hacer el camino para que nunca caigas, María” y yo solo asentía, y sonreía al verte salir a la calle una vez más, una mañana más despidiéndote en la puerta cuando recién daban las 6 de la mañana…
Como ahora, te despido para irme pronto contigo, a las puertas del cielo como todos los días, a las 6 de la mañana… Nos veremos pronto, Rodrigo.

Hana

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Retratos de Marruecos: La vida sencilla. Por Sara Veiras


Instante feliz:
El niño camina a la hora en la que el sol tiene la suavidad de una caricia. Juega con un guijarro que sube y cae al compás de su corazón. Sabe latir en el instante.

La familia recorre el camino:
Mamá, papá, les petits enfants, l` âne. Al borde el oro de las espigas que convertirán en pan.

El agua:
Suda la mujer encorvada. La paciencia de los siglos fluye hacia su bidón. Cargada de vida camina. Cargada de fe. El descanso espera en el hogar.

El amigo y su dromedario:
Recorre la playa a lomos de Sahara. Una alfombra plateada a la derecha. Un tapiz de arena para pisar. La luz atardeciendo. La brisa.

Sara Veiras

14-VEINTE AÑOS, ULISES. Por María del Carmen Guzmán



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

Veinte años son demasiados, Ulises, y ya no puedo esperar más. El tiempo va marchitando mi juventud y se me va acabando la paciencia. El mar me trae rumores de tus aventuras por esos mares de los dioses y me cuentan que vives, pero no sé cómo ni con quién vives.

El tapiz de tu esposa crece de día y mengua de noche, y se burla de los pretendientes como si fueran el ratón y el gato o dos niños que juegan al escondite, pero esas lanas multicolores están perdiendo su brillo y tersura, como mi pelo. Así que, vuelve pronto, Ulises, que si no regresas de inmediato, tu casa y tu familia se convertirán en ruinas.

Penélope te sigue siendo fiel, y quiero que sepas que aún sigue hermosa a pesar del tiempo: teje y desteje para ahuyentar a esos babosos que pretenden quedarse con ella y tus posesiones, pero durante todos estos veinte años, a pesar de ser tan joven, la he defendido con todas mis fuerzas, pues tuve un buen maestro en ti. Yo te veía salir por esas puertas con tu arco y tus flechas y regresar con un venado, un jabalí, o cuando menos, un par de liebres que eran la gloria de tu familia. Al principio se reían de mí, porque me veían pequeño, pero conforme crecía, me fueron respetando más y más, tanto, que los mantuve a raya, hasta ahora.

Telémaco, tu hijo, también hace lo que puede. Trabaja, lleva la contabilidad y cuida de su madre, pero no puede con todo. Y ese es el problema: como no regreses pronto, esto no hay quien lo arregle.

Yo estoy muy viejo, demasiado viejo, Ulises, y si no me he muerto ya es porque sé que de un momento a otro aparecerás triunfante para aplastar a tus enemigos, y cuando me veas echado a la puerta de tu casa, moribundo, yo, Argos, tu perro fiel, moriré feliz mientras me rascas la cabeza.

María del Carmen Guzmán

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La ventana indiscreta. Por Felisa Moreno Ortega


Me gusta espiarla por la ventana, ver como se desnuda, como se va desprendiendo de la ropa, suave, en lenta cadencia. Como si estuviera despojándose de una segunda piel y temiera lastimarse. Poco a poco van cayendo las prendas, hasta dejar su silueta al descubierto, tras unos visillos indecorosos que no logran ocultar la rotundez de sus curvas.

Frente a ella, adivino un espejo, donde se recrea con la mirada, echa el pelo hacia atrás, en un gesto estudiado de seductora y dedica unos minutos a contemplarse. Después recoge la ropa caída a sus pies y la deja sobre una silla. Por último, se pone un camisón ligero y se dirige al salón.

Enfoco mis prismáticos hacia la otra habitación. De perfil, un hombre reposa sobre el sofá, en su mano aprieta una lata de cerveza, con la otra domina el mando. Ella ha entrado con su cuerpo de diosa, pero él ni siquiera le dedica una mirada. La cabeza quieta, los ojos fijos en la pantalla.

Me desespero mientras pienso lo afortunado que es,… y lo estúpido. Bajo las persianas de golpe, no quiero ver más. Voy a la nevera, cojo una cerveza y me siento frente al televisor con el mando en la mano. A veces vuelvo la cabeza por si la veo entrar, pero no, María se ha marchado para siempre. Lo único que me queda de ella es su silueta, apenas entrevista con los anteojos. Aún así me siento feliz por poder contemplarla, no importa el carísimo alquiler que tengo que pagar por vivir enfrente de ella, de María, de mi ex esposa.

Felisa Moreno Ortega

BLOG de Felisa Moreno

13-LA PUERTA ROSADA. Por María del Carmen Guzmán



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

Esas cortinas recogidas con primor, esa puerta cerrada, pintada de un rosa desvaído sólo pueden pertenecer a una vieja dama venida a menos que se refugia en su pasado teñido de rosa para no ver el presente gris, la soledad, el desamor y la pobreza, para no ver las grietas de la pared formando conjunto con los surcos de su cara. Sus manos delicadas cortaron rosas del jardín, ahora descuidado. La dama cierra los ojos porque no quiere ver la sombra que traspasó la puerta, no quiere escuchar la voz que la llama, ni oler el perfume de nardos, tan familiar, pero su piel siente el roce de unos dedos y abre los ojos.

Entonces lo ve. Es él, él, su amor que la esperaba desde hacía veinte años y le sonríe. La dama se levanta del ajado sillón donde dormitaba y una nube rosada los envuelve a los dos.

María del Carmen Guzmán

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Buenas novelas. Por Brisne

Al hilo de la interesante discusión con Ángela Labordeta, me asaltó la duda de lo que es una buena novela. ¿Quién distingue entre lo bueno y lo malo, quién le pone el cascabel al gato de la buena o mala literatura?. No seré yo quién juzgue. No sé que es buena o mala literatura. Sé de mis gustos, simplemente. Pero mis gustos no tienen porque tener el sabor de la buena o mala literatura. Creo tener buen gusto, pero quién sabe. En el marco del club de lectura algunas de mis elecciones han horrorizado al resto. ¿Será que elijo mala literatura?. No me vale la visión academicista, muchos de los libros alabados por la critica son unos bodrios tremendos. Y los que reciben pésimas criticas, a veces, son muy leídos. ¿Quién distingue pues la buena de la mala literatura? ¿los críticos o los lectores?. Yo creo que una buena criba es el tiempo. Hagan la prueba, dentro de 100 años ¿cuales de los libros que año tras año salen a la luz pública se seguirán editando?. No sabría decirles.

Brisne

Blog de la autora

12-MOLINOS DE VIENTO. Por libélula



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

Toda su vida había transcurrido allí; en el pequeño pueblo de calles empinadas y casas blancas,bajo la eterna vigilancia de sus majestuosos molinos de viento.
Carmen y Rafael pasaron por la infancia sin apenas tocarla. La guerra civil se encargó de ello. Sollozaban con el sonido de la metralla y corría a refugiarse en alguna cueva.
Se conocieron más tarde mientras hacían cola para recibir la porción de pan que les estaba asignada.
Llegaron al matrimonio con una carga virtual de esperanzas mientras la realidad les ofrecía penurias y escasez.
Poco a poco la vida mejoró y consiguieron comprarse una pequeña casita. Carmen alumbró a dos miñas y un niño. Mientras ella en casa se ocupaba de criarlos, Rafael salía todos los días al asomarse el alba a labrar los campos de su amo. Soportando los tórridos veranos y las picaduras de los tábanos y,los crudos inviernos donde los dedos de los pies se le paralizaban.
Así eran felices; veían crecer a sus hijos y no le pedían nada más a la vida.
Un día, sentados uno frente al otro,se asombraron del transcurrir del tiempo. La ley de la vida los había vuelto a dejar solos, igual que cuando empezaron. Solo que ahora, el futuro había menguado considerablemente.
Llegaron años apacibles donde se acentuaron las caricias, las miradas amorosas y la ternura. Años en que la soledad les hacía refugiarse con nostalgia en los recuerdos preservados como piedras preciosas dentro de sus almas.
El deterioro físico de Carmen decidió a los hijos para llevarlos a una cómoda y bonita residencia; más la escasez de plazas los obligó a separarlos. Cuando llegó el momento y Rafael y Carmen fueron conscientes de ello, se abrazaron tan fuertemente que sólo a través de la fuerza pudieron desprenderlos.
Carmen veía marcharse al hombre que había compartido 60 años de su vida; y ahora que ésta se terminaba, se lo arrebataban.
Pocas veces habían salido del pueblo; allí sufrieron pero amaron en mayor medida. Los molinos de viento pueden dar testimonio de ello.

libélula

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