19-A tu lado, siempre. Por Isabel Bennet



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

Le quitó el último rulo del pelo, ya blanco y algo escaso, con la habilidad de un avezado peluquero.
– Ya está, y ahora- dijo cogiendo una barra de labios de un delicado tono rosa- el último toque antes de irnos. Siempre decías que el único día de tu vida que saliste a la calle sin pintarte los labios, te sentiste desnuda delante del mundo, por eso nunca me olvido. Hoy tenemos un plan especial, niña, es el primer día de la primavera. Te pondré este chal, que todavía refresca un poco tan temprano.
La cogió del codo y la condujo suavemente hacia la puerta.
-Vamos a ir a la verbena de las Vistillas. Nos vamos a marcar unos bailes, como cuando nos conocimos en las fiestas de tu pueblo ¡Qué guapa estabas! Sentada entre tus amigas, destacabas entre todas. ¡Cuidado con este escalón, que es traicionero! Tomás, mi querido amigo, también se fijó en ti, pero no tenía nada que hacer. Ya sabes que a las chicas, aunque suene chuleta, siempre les he gustado mucho. Mucho más que el soso de Tomás, o el larguirucho de Antonio. Así me lo dijiste más tarde, cuando ya éramos novios formales. Que lo tuyo también había sido amor a primera vista ¡Y tu padre! Lo que me costó convencerle de que lo nuestro iba en serio. Pensaba que yo era un zangolotino, pero yo por ti fui capaz de comerme el mundo. Y aquí estamos, con nuestro pisito pagado, y aunque la pensión no da para lujos no podemos decir que nos falte de nada. Te voy a comprar unos claveles, tus favoritos. ¿Por qué esperar hasta tu cumpleaños? Tenemos que celebrar cada día que estamos juntos. Vamos a tirar la casa por la ventana, niña. Así me gusta, que me sonrías, tienes la sonrisa más dulce del mundo. Si se enterase tu sobrina Marimar ya sé la cara que iba a poner. Piensa que estoy como una cabra cuando le digo que te enteras de todo lo que te cuento. Se pasa el día diciendo que estamos muy mayores para vivir solos, que un día va a pasar una desgracia y nadie se va a enterar, que estaríamos mucho mejor en una residencia… ¡Bobadas! El día en que te encierren a ti en un sitio de ésos significará que yo ya no estoy en este mundo, y si no ¡al tiempo!

Isabel Bennet

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EL TIEMPO ENTRE COSTURAS. De María Dueñas Vinuesa


El libro.-

EL TIEMPO ENTRE COSTURAS es la historia de una modista empujada por el destino hacia un arriesgado compromiso en el que las telas y los patrones de su oficio se convertirán en la fachada de algo mucho más turbio y trascendente. Bajo esta trama esquemática se tejen, sin embargo, múltiples lecturas trasversales que convierten la obra a un tiempo en una novela de superación personal, una novela colonial, una novela de amor, una novela de conspiraciones históricas y políticas, y una novela de espías. Una novela cargada de encuentros y desencuentros, de quiebros inesperados; de ternura, traiciones y ángeles caídos.

EL TIEMPO ENTRE COSTURAS avanza con ritmo imparable por los mapas, la memoria y la nostalgia, trasportándonos hasta los legendarios enclaves coloniales de Tánger y Tetuán, al Madrid pro-alemán de la inmediata posguerra y a una Lisboa cosmopolita repleta de oportunistas y refugiados sin rumbo. Se trata en definitiva, de una aventura apasionante en la que los ateliers más selectos, el glamour de los grandes hoteles y las oscuras misiones de los servicios secretos se funden con los valores eternos de la lealtad, la amistad y el amor.

La autora
María Dueñas Vinuesa (1964) es doctora en Filología Inglesa y profesora titular de la Universidad de Murcia. Ha impartido docencia en universidades norteamericanas, es autora de numerosos trabajos académicos y ha colaborado en múltiples proyectos educativos, culturales y editoriales.

El día 9 de junio a la venta, publicado por la Editorial Temas de Hoy

18-EL ESPEJO DEL TIEMPO. Por BOGART-BACALL



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

Amada esposa:

Hoy hace cincuenta años que nos conocimos. Y quiero confesarte algo.

A veces, cuando estás dormida, acerco mis labios a tu frente y te beso, con la esperanza de que ese beso vaya más allá de tu piel, surcada de hondos recuerdos, y se deposite junto a otros que te di. ¿Los recuerdas? El primero, en la última fila de aquel cine de barrio que derribaron hace años. Los de los atardeceres de los domingos, comiendo pipas en el Retiro; en la puerta de tu casa, los apresurados de despedida; los que nos dimos a oscuras entre sábanas claras, empujados por el deseo…

Esta tarde vendrán nuestros hijos, con los suyos; esos enanos ruidosos que nos roban el corazón y las monedas sueltas que encuentran a su paso. Cuando se marchen, volveremos a sentir el vértigo del vacío. Veremos un rato esa serie que te gusta tanto y que yo aborrezco. Pero no me importa. Te miraré de soslayo mientras pienso, como algunas noches en las que la melancolía se prende de la solapa de mi pijama, que lo mejor que he hecho en esta vida es compartir mi tiempo y mi amor contigo, mi Bacall.

Te quiero.

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Esposo amado:

Nos conocimos hace hoy cincuenta años. Y quiero confesarte algo.

A veces, cuando crees que estoy dormida, siento los surcos de tus labios posarse sobre mi frente y entonces imagino que ese beso que me das va a reunirse con otros que me regalaste. ¿Los recuerdas? El primero, en blanco y negro, en la última fila de aquel cine de barrio ya desaparecido; los de sabor a pipas de domingo junto a las barcas del estanque. Los dulces de despedida, a la puerta de casa; los de las noches en las que la pasión abrazaba nuestras sábanas…

Luego vendrán a vernos nuestros nietos, con sus padres. Hay que acordarse de dejar unas monedas donde siempre, para que las hurten esos pillos revoltosos, de la misma forma que nos roban el corazón. Después nos llenaremos de vacío con su ausencia, mirando ese programa que tanto te gusta y que yo detesto. Pero me da igual. Te miraré de reojo mientras pienso, como algunas noches en las que los recuerdos se descuelgan por mi bata, que lo más maravilloso que he hecho en esta vida es compartir mi amor y mi tiempo contigo, mi Bogart.

Te quiero.

BOGART-BACALL

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17-Rincón secreto. Por Hispano



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

La arena quema mis pies, mientras paseo por el borde de la playa, una playa inmensa, inmensa y blanca. El límite de la misma se pierde en el horizonte, como si fuera parte integrante del propio mar. Caminamos los dos por el borde interior de la misma, y desde aquí hasta la orilla aun nos separa casi un kilómetro. A nuestro lado merodean alegremente ardillas de tierra, esperando cualquier chuchería que les queramos dar. Ella se entretiene ofreciéndoles unos trozos de pan que hemos robado en el restaurante del hotel.
“¿Nos acercamos al agua?” -le pregunto- “Veo que te quemas los pies…” Ella responde entre risas y yo asiento con la cabeza. Nos ponemos de camino hacia el borde mismo del mar y, después de un rato andando, nuestros pies se ven bañados por el líquido elemento. Continuamos nuestra marcha de la mano, con el agua a la altura de los tobillos, dejando que el Atlántico nos regale su frescor. No puedo evitar mirarla mientras anda; ella se hace la distraída, pero sabe bien que la observo: su pelo negro compite en brillo con el propio sol, y su piel morena, húmeda por el sudor que brota de sus poros, parece competir en belleza con el entorno.
Nuestro rincón secreto está ya a la vista, es un lugar especial, que en nuestra vida tiene una importancia sublime, pues éste fue ese lugar donde algo nuevo empezó. Aquel día era el primero de nuestro primer viaje a Fuerteventura, y descubrimos esa misma playa y ese mismo lugar; nos tumbamos en la arena al atardecer y la noche vio silenciosa nuestros besos, el mar nos arrulló y nos llamo a su interior; la oscuridad de las aguas nos dio la intimidad necesaria, y fue entonces cuando sentí su piel desnuda a mi alrededor, envolviéndome por completo. Ella sólo me miraba con los ojos muy abiertos, y en ellos se reflejaba claramente la luz de la luna. Su voz ya no era su voz, sino un murmullo que se empastaba con la voz del mar; su cuerpo ya no era su cuerpo, sino parte del mío, tanto como el mío lo fue del suyo…
Cada 20 de agosto intentamos recordar dicho momento, rememorándolo como si fuera el mismo tiempo ya pasado, con intensidad renovada. Lo que aquella vez surgió de tan inmensa pasión, hoy tiene 25 años, y nos llama padres.

Hispano

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Un binomio perfecto. Por Julio Cob Tortajada

Subí al bus urbano para un trayecto largo: el de unos cuarenta minutos más o menos, como es el que acostumbro hacer un par de días a la semana. En estos casos siempre lo hago con un libro en mis manos, que aparte de acortarme el viaje, me aprovecha para avanzar entre las páginas del que en la mesita de noche aguarda mi llegada.
Pero en esta ocasión cogí un libro de relatos cortos que recoge los diez mejores presentados a un Certamen de Narrativa Breve. Libro editado en buen papel cuché y de fácil lectura, gracias al tamaño de su letra que hace irrelevante el traqueteo del bus, siempre molesto para fijar los ojos en la letra de cualquier otro libro de líneas menos espaciadas que como es harto frecuente, suele suceder.
Enfrascado en su lectura, a la primera parada una joven ocupó el asiento a mi lado, por lo que me estreché en el mío. Pasaron unos minutos y recelé que de sus ojos salía una mirada hacia las páginas que mis manos sostenían. No reaccioné; o mejor dicho, seguí en mi lectura inclinando un poco el libro hacía mi diestra haciéndosela fácil en un alarde de gentileza que de inmediato intuí agradecía, pues siguió atenta a sus hojas, al tiempo que yo mismo entorpecía mi lectura ante la extraña sensación del sentir cómo aquella joven participaba de mi libro.
Retuve la página dándole tiempo a su lectura final, sin saber de su ritmo ni de la dirección de su mirada, que me hubiese alertado si estaba arriba de la hoja o ya en su parte final.
Lentamente, pasé a la siguiente y enderecé mi gafa, lo que aproveché para darme cuenta que aquel corto relato le había llamado la atención, pues fijada su mirada, continuaba en su lectura.
Me encontraba a gusto ante aquella experiencia para mi novedosa, por lo que tras un difícil esfuerzo volví a meterme de lleno en el libro, tal y como lo hacía mi vecina de asiento que con seguridad leía más rápido que yo.
Terminado uno de los cortos relatos, cerré unos minutos el libro, lo que aproveché para girar mi cabeza y descubrir en la joven su mirada al frente, seria y con cara de esfinge.
Volví a abrir el libro, y “Un binomio perfecto” era el título del relato que encabezaba la página, lo que de inmediato me causó una cierta gracia y la duda razonable de si me volvería a acompañar interesada en su lectura. Duda, que tras ladear ligeramente mi libro hacia ella, resolví de inmediato al notar cómo su cabeza se giraba nuevamente hacia el papel cuché, tan grato a su interés.
Relato el del binomio que captó mi atención desde el principio, en el que un niño espera a que su madre salga del quirófano dónde la están operando. Fue en ese instante de la lectura cuando en un movimiento rápido, la joven se levantó, apretó el botón de stop a falta de escasos metros para la próxima parada, instante en el que abandonó el bus. Lo que le privó del final de un relato que con seguridad le cautivaba. Y a mí de una decisión ya tomada: de comentarlo con ella a su final y de paso conocerla.
Junio 2009



Julio Cob Tortajada
Colaborador de esta Web en la sección «Mi Bloc de notas»
http://elblocdejota.blogspot.com
Valencia en Blanco y Negro- Blog

16-Aniversario. Por Lara



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

Ha vuelto a hacerlo. Como cada año. Como cada seis de enero. Nostalgia, dice él. Nostalgia de cuando éramos jóvenes. Si pudiera, si él pudiera, volvería atrás, a esos días de rosa y gris, de nubes blancas y negras, de besos y enfados; al principio de los tiempos. Saca un álbum de tapas descoloridas y va pasando las hojas muy despacio, deteniéndose en ésta o aquella fotografía que congeló un instante de vida. “¡Mira, qué guapos!”, dice con un suspiro. Y luego coge otro álbum, y otro, hasta llegar a nuestros días. “¿A ti no te gustaría recuperar aquellos años?”, pregunta. “No”, le contesto. Y a él se le pone la cara larga como si le estuviera negando la vida en común, como si quisiera borrar aquel primero de mayo cuando robó una rosa en un jardín de Cáceres para mí. “Volver a ser joven, sí, pero no repetir lo vivido”, le digo, intentando un acercamiento. Inútil. Porque él quiere girar las manillas del reloj, retroceder en el tiempo, y arrastrarme en ese sueño, y yo no. Entiéndanme. Me gusta esa chica que hay en la pantalla del ordenador con cara de niña, piel de melocotón y un lazo rosa en el pelo, que mira su dedo a punto de ser coronado con un anillo. Me gusta ese chico de media melena y sonrisa a lo Paul Newman que coge mi mano. Pero quiero estar donde estoy. Con mis canas teñidas de rubio, mis gafas de presbicia, las arrugas y la flaccidez de años vividos. Y lo quiero a él más reposado, más tierno, más comprensivo… Treinta y cuatro años como semillas que han ido cayendo sobre la tierra, muy hondo, germinando a pesar del granizo, de las heladas, de los malos aires… Treinta y cuatro años juntos. Y más.

Lara

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Crisis. De Albert Einstein

«No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo», La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura.

Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar «superado». Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El problema de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia.

Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla.

Albert Einstein