El Paraíso recuperado. De Róger E. Antón Fabián


El libro.-
Las narracciones de ficción siempre han servido para publicar libros y no el birlar libros para escribir ficciones. Para el joven escritor peruano Róger E. Antón Fabián, esta fórmula le ha valido para enhebrar un fluido e interesante relato, según cuenta Maynor Freire. Nos entretiene con una especie de manual de cómo robar libros sin que a uno lo pesquen como vulgar anchoveta, solo que este ladronzuelo no anda en cardúmenes listos para las redes sino que es un solitario raterillo dispuesto a cargar en su mochila no solo con los siete tomos de En busca del tiempo perdido; también se siente capaz de hacerlo con toda la Enciclopedia británica.

A la par de sus aventuras delincuenciales librescas, el personaje narrador de la historia nos cuenta acerca de sus amores con una mujer, María, al parecer ninfómana pero que en realidad lo ama, quien a su vez demuestra ser muy lerda como compañera birlalibros. Aristóteles, un perro fiel, es lo que más une a la pareja en sus continuas desavenencias. Relato para aprender a amar cada vez más a los libros.

El autor
Licenciado en Filosofía por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (Perú). Obtuvo el Primer Premio de los Juegos Florales Jorge Basadre Grohmann de la UNMSM en 2003, la primera distinción en la III Cuentatón de Lima en ese mismo año, entre otros premios. Es miembro honorario del Grupo Literario El Universalismo. Sus artículos periodísticos se publican en revistas y diarios de Perú y otros países.


Alfaqueque Ediciones

27-Acacio y Tomasa. Por Alfredo



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

-¿Te traigo un zumo?
Ella parpadea una vez.
– ¿Quieres que te levante?
Parpadea dos veces.
-Vamos allá -le dice, Acacio, su marido, que la ciñe con sus aún recios brazos-. Arriba, moza. –Levantada, sus piernas tiemblan. Al poco, un leve ruido sale de su garganta-. De acuerdo, te siento. -La baja con cuidado-. Voy a por agua fresca.
Tomasa se queda en el sillón del salón. Una mosca se posa en su cara. Hace visajes; el insecto salta y se posa en la nariz. Vuelve a hacer muecas; la mosca vuela a la mesa, pero pronto regresa a comer en su cara.
Acacio entra, deja el vaso de agua, agarra la paleta matamoscas y la espanta. La mosca vuela a la pared. Él alza la paleta y la arrea; la mosca cae al suelo.
-Ésta ya no te molestará más.
Ella lo mira agradecida.
Coge el vaso y le da a beber pequeños sorbos.
Luego, a él le viene un golpe de tos. Tomasa lo mira preocupada.
-Tranquila, que si llevamos bregando 57 años juntos, me cuidaré para que acabemos juntos la carrera. Hoy sólo he fumado dos… Dicen que el Gobierno va a dar ayudas si necesitamos a una persona.
Ella pone cara de preocupación.
-Si es así, yo te seguiré levantando de la cama mientras tenga fuerzas. ¿Te parece bien?
Ella asiente y esboza una sonrisa.
Otra mosca ha entrado. Él la persigue con el matamoscas.
-Pensaba que en la ciudad no había moscas. ¿Crees que hemos hecho bien en dejar el pueblo y venir aquí?
Ella lo mira y levanta las cejas.
-Dices que a donde yo vaya allí vas, ¿no?
Ella parpadea dos veces.
-Será mejor que nos quedemos; tenemos a los médicos más a mano. ¿Te parece bien?
Ella asiente.
-Van a salir por la televisión esos amigos tuyos de Amar en tiempos revueltos. Mientras pasas un rato con ellos, bajo al bar a tomar un café y a echar una parlada.
Ella, sin dejar de mirarlo, parpadea dos veces.
-¡Malditas enfermedades! Pero la estás llevando con mucha dignidad, Tomasita. Te debo mucho. Has sido muy sacrificada. A los hombres nos enseñaron desde pequeños a ser atendidos, y tú lo has hecho de manera tan callada…
Le atusa el cabello gris con su tosca mano.
Cuando sale, a ella le brotan dos lágrimas, que se secarán en sus mejillas.

Alfredo

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La dama del tul rosado. Por Anden18

Ahí está, puntual como cada noche. Deleitándonos con sus movimientos simétricos y perfectos, bajo un tul rosa adosado a su delicada cintura, como un guante a una mano. Gira y gira al compás de esa música celestial que ya perturba mis sueños cada noche.
Cómo un huracán, sonriendo. Sabe perfectamente que a las 00:00 es el centro de atención, todos abandonan sus cajas, baúles, estanterías para ver como baila “la dama del tul rosado”. Me siento afortunado de ser el único que puede ver a todas horas la cajita de madera, adornada con tallado delicado y clásico, en la que duerme y se esconde después de cada actuación, hasta la próxima noche.
Pero ella nunca me mira, ni se fija en mí. No sonríe al pobre soldadito que a cada segundo se enamora de sus movimientos. Y que, después de cada acto, sigue de pie, mirando la cajita, esperanzado de que en algún momento romperá su rutina, saldrá de su escondrijo y mirará al soldad enamorado encima del armario, abandonado por faltarle una pierna, como a ella. Pero ella… sabe bailar.
Otra noche que pasó y otro suspiro que se mezcla con el aire de la habitación. Otro suspiro porque sigue sin mirar. Ya se esconde y, bajo la luz de la luna llena, junto a la ventana, se ve más linda que nunca, mientras se marcha, como una estrella de Hollywood a la que no dejan de envidiar.
Las 4:00 y, junto a la luna, debo de ser el único ser inerte que espera que ocurra un milagro. Sale el sol, que rasga mis ojos, veo a la señora Olivia, la cama de la casa. Coge una silla y se alza hasta la parte de arriba del armario. “Limpieza gorda del año”. Me coge. Yo ya se que significa esa frase, sobre todo cuando estás encima del viejo armario de roble. No volverás a ver salir a tu bailarina de su cajita. Ya no sabrás si algún día romperá su rutina. Se acabó, soldadito, ha llegado el adiós.

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El reloj de cuco de la habitación de David marcaba las 00:00, todos los juguetes expectante corrían de un lado para otro, armando una algarabía descomunal, como cada noche. Tomaban los mejores puestos para ver como bailaba “la dama del tul rosado”. Todos, al final del espectáculo, coincidían en que había sido su mejor actuación hasta ahora.

Dos horas más tarde después de que la bailarina finalizara su obra y se ocultara en la cajita de madera, en medio del silencio de la noche, sin hacer ruido y sin su melodía habitual, ésta se volvió a abrir. La delicada danzarina asomó la cabeza y miró por encima del armario, “Esta noche no estuviste mirando mi actuación soldadito”, pero el soldadito no contestó. La bailarina, triste, estiró sus finas piernas de porcelana todo lo que pudo para alcanzar a ver a su soldadito, pero no pudo ver nada, sus piernas sólo servían para bailar, no para mirar altillos. Con lágrimas en los ojos se escondió en su cajita. “Si el único espectador para quien me gustaba bailar ya no me mirará más, ¿Para qué bailar?”. Se dijo la apenada bailarina que, resguardada en
su cueva de madera tallada, caería en un sueño eterno del que jamás despertaría.

Anden18

26- NUNCA ME HAS DICHO POR QUÉ TE GUSTABAN TANTO LAS RANAS. Por Eloísa



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

Los recuerdos se diluyen como la tinta fresca con las lágrimas, como el rimel. Hoy tu nieto, llevado por su curiosidad infantil, ha encontrado una caja de cartón llena de figuritas con forma de rana, de todos los tamaños y materiales posibles, ranas verdes, de peluche, de barro, de metal, sonrientes, serias, o cantarinas y con boca de buzón. Ya estaban contigo cuando te conocí. Son casi treinta años y no soy capaz de recordar si alguna vez me dijiste por qué las guardabas. Pensarás que soy tonta por no hablarte de ello abiertamente, a estas alturas, después de tantas cosas que vivimos juntos, después de tantos años sin secreto alguno entre nosotros, de tantas conversaciones interminables, de tantos silencios compartidos, de besos y caricias cómplices, de enfados absurdos que invariablemente acababan en risas, de nuestros hijos y ahora de nuestros nietos, de todos esos retos superados y de todas las alegrías. Pero no me atrevo a preguntarte por miedo a que me cuentes que fue alguna otra la protagonista de ese cuento de ranas verdes, blanditas, viscosas y de boca de buzón. Las miro mientras el niño las va sacando una a una, feliz de haber encontrado ese tesoro escondido y no puedo evitar imaginarte deseando a otra antes que a mí, o mirándola como a mí me miras. Ya sé que suena a novelita rosa o a cartita de adolescente, ya sé que hace más de treinta años que estás a mi lado y que no me puede caber ya ninguna duda de lo que sientes por mí, y a pesar de todo y de mis años, unas ranitas antiguas me han trasformado por unos momentos en esta niña celosa que quiere ser la única princesa de tu cuento. Aún hoy, sigo sintiendo cosquillas en el estómago cada vez que te oigo llegar a casa, y vienes a besarme, y entonces vuelvo a ser tu princesa, y se van todos mis fantasmas, como siempre que estás a mi lado, y una lágrima de emoción diluye mi rimel, y me hace olvidar de nuevo que aún no sé por qué te gustaban tanto las ranas.

Eloísa

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ETERNIDAD. Por Noemí Benito Sánchez-Monge

Él la mira tejiendo hilos de universos y el tiempo se detiene porque ella lo mira fabricando arena
de sueños el tiempo se detiene porque él la mira tejiendo…


Noemí Benito Sánchez-Monge(España, Toledo)
Premio Extraordinario de Cuento de Nunca Acabar
Concurso Internacional de Microtextos “Garzón Céspedes” 2008

25-Toda una vida, Por Lolailolo



Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009

Tú y yo solos, como tantas otras veces. Sentada en el borde de la cama donde descansas, mientras coges mi mano con ternura, vuelo hacia atrás en el tiempo.
Yo llevaba trenzas y aún iba al colegio, ¿recuerdas? Tú me llevabas muchos años y tenías fama de ser un mujeriego empedernido. Una preciosa niña criada al vacío frente a un asiduo de la noche; la noticia se propagó como un incendio avivado por el viento.
Mis padres, aterrorizados, te vieron como a un depredador al acecho. Y con tan sólo 16 años pasé de ser la niña mimada al objeto frágil que debían esconder. Así, fui dando tumbos de un internado a otro. El intento por separarnos no sirvió de mucho; tú me seguías la pista como un buen sabueso, sin cejar en el empeño.
Dos años de lucha, intentando que te aceptaran, finalizaron el día en que pudimos ver cumplido nuestro sueño. De nada sirvieron, afortunadamente, las advertencias de mi padre sobre tus aficiones o los inconvenientes de una gran diferencia de edad que, según él, me llevarían a convertirme en tu enfermera. Celebramos nuestra boda en la intimidad; sólo tu familia y la mía.
Y desde aquel día nuestra vidas se alinearon en una. Nos hemos querido más allá de todo lo razonable, con ansia, como si la vida fuera a acabarse al día siguiente. A veces da hasta vértigo comprobar la intensidad de nuestros sentimientos. Discutimos, claro. Con la misma fuerza con la que amamos. Pero respetándonos, sin hacer daño.
El ruido de la puerta al abrirse me devuelve al presente. Ahora, un torbellino de recuerdos se agolpa oscilando entre mi impotencia y tu resignación, entre mi desesperación y tu consuelo.
Inquieta, clavo la mirada en los médicos, que entran con semblantes cadavéricos. Sus caras reflejan la preocupación que confirma nuestro temor: el cáncer se ha extendido por todo tu cuerpo. Dos o tres meses a lo sumo, dicen. Las palabras se pierden, me resultan vagas y confusas.
Un error. Sí, tiene que ser eso, mi amor. En más de cuarenta años nunca hemos ido a ningún sitio el uno sin el otro. Y no vamos a empezar a hacerlo ahora.

Lolailolo

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Aquella fría mañana. Por Iris

Aquella mañana me levanté helada, era la primera semana de febrero y el frío amenazaba gran parte de la ciudad. El día habia empezado extraño, me habia despertado porque alguien habia dejado abierto el ventanal del fondo, el que daba al jardín de atrás.
Me extrañó el hecho de que Carlos aún no me habia traído el desayuno a la cama, como hacía cada sábado y se habia convertido ya en costumbre.
Hice ademán de levantarme cuando un escalofrío me recorrió el cuerpo, seguido de un sudor frío, como me sucedía cada vez que me pasaba algo fuera de lo habitual, algo horrible que yo muy bien sabia… Solo se me vino una palabra a la cabeza: Carlos.
Corriendo salté y aparté de mí el edredón como si me quemara la piel, ahíta de esa horrible sensación de angustia que últimamente se repetía una y otra vez. Bajé corriendo la gran escalera de mármol que daba al vestíbulo principal, me quedé inmóvil ante la puerta cerrada del salón, reflexionando, algo inusual hasta en mí… Con miedo giré el pomo, y abrí cuidadosamente el portón derecho… Mis peores pesadillas se hicieron reales cuando vi una figura inmóvil e inerte en el centro de la estancia… El pánico me invadió y en un intento desesperado de escapar de mi realidad, me lancé sobre el frío y ya sin vida cuerpo de Carlos, como pretendiendo que alguna fuerza extraña de algún lugar lejano me lo devolviera, algo irreal de lo que era perfectamente consciente.
No parecía una muerte violenta… ni cortes, ni heridas, simplemente habia una pequeña botellita de cristal volcada en el suelo… Seguramente el causante de la tragedia.
Había muerto como merecía… Sin mancharse, sin derramar una gota de sangre, como la persona y el hombre que había sido, que había demostrado en vida.
En ese momento me derrumbé. Sentí que el ardiente y arduo deseo de felicidad vital que habia seguido desde que asomé la cabeza al mundo, se desvaneció como por arte de magia y con un dolor agudo en el pecho, caí muerta, rendida y con la boca seca del sabor amargo de mi triste destino.

Iris