31-Landa

“El matrimonio es tratar de solucionar, entre dos,conflictos que nunca hubieran surgido al estar solo”.
Eddy Cantor.

Charo limpió el sudor de su frente con el dorso de la mano mientras recorría las calles del poblado minero cargada con la compra, considerándose afortunada por tener para los suyos, y alguna vez, llevarles un caprichito, aunque no siempre había sido así.
Se había casado con Pedro en la pequeña iglesia de su pueblo, hacía casi cuarenta años. Soñaba con un vestido blanco y llevó un traje de chaqueta negro, porque su boda fue a lo “pobre”, como decían entonces, pues la iglesia donde guardaban su fe de bautismo había quemado durante la guerra y necesitó un permiso especial. No le importó y guardó su ilusión para la vida en común, pero las cosas no fueron como las había imaginado. Pedro se marchaba de casa de noche, apenas las cinco de la madrugada, y regresaba cuando había vuelto a anochecer. Ella se pasaba el día en el huerto, cocinando o en el lavadero tratando de devolver el color a los negros monos de su marido. A veces reñían, pues estaban tan cansados que no querían soportar los problemas que el otro tenía que contarle. Pero los domingos era su día. Ella se arreglaba y él cortaba una rosa del jardín y se la ponía en el pelo. Olvidaban por unos instantes los problemas de la semana y volvían a ser jóvenes. Los años fueron pasando y trajeron con ellos hijos y canas. Charo bajaba cada semana al mercadillo a vender flores y productos del huerto y ganar algún dinero. Pedro seguía trabajando de sol a sol, o mejor dicho, de luna a luna, y entre sacrificios y necesidades fueron criando a sus hijos. Muchas tardes, Charo se sentaba en su huerto para ver llegar a su marido y pensaba que no había sido fácil. A veces él no la había entendido y tampoco ella a él. Ser mujer de minero no era para cualquiera. Aún recordaba el día que el hijo del tendero fue a casa a decirle que había habido una explosión. Había ido corriendo a la entrada del pozo, y unas horas después, para su alivio, Pedro salía. También recordaba que los años posteriores habían sido muy duros, pero habían sobrevivido. Todavía vivían con sus hijos, y los domingos, Pedro seguía cogiendo una rosa para ponérsela en el pelo.

Landa
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La ventana. Por Soledad

Miraba por la ventana de la cocina el cielo denso de hoy, tórrido, los edificios proletarios de aquí enfrente, la torre emblema de la ciudad a lo lejos, mi tazón de café con leche en las manos, calentándomelas esta tarde de manera innecesaria y molesta: mantengo en días de bochorno los vicios invernales de persona de manos frías.

Me fijé en la maceta de calas. Las sembré en diciembre utilizando unas pequeñas plantitas del huerto de un amigo; han crecido y se han multiplicado en la medida que les permite su reducido espacio vital, y prácticamente han llenado la pequeña jardinera de siempre, donde las puse. Es mi jardinera favorita, contuvo los jazmines llamados del príncipe durante muchos años, jazmines rosados y sin olor, hasta que los tuve que arrancar del todo el pasado verano, a mi vuelta de vacaciones, porque se habían secado por completo por falta de riego.
Miraba, digo, las calas ya arrugadas y marrones por los bordes, extrañando sus hojas exuberantes del principio de la primavera. Entonces un pájaro pequeño de plumas grises cayó al lado del tiesto, en el pretil de la ventana. He cerrado la hoja de cristal temblando y procurando que no se oyera el grito que me salió del alma. Los pájaros que caen muertos me producen angustia.

Habrá que limpiar esto algun día. Entretanto, mi maceta de calas tiene un nuevo handicap ¿cuándo me atreveré a abrir de nuevo esa ventana para regarla?

Me traslado a la terraza para ver la puesta de sol ya cercana, la luz es tan aguda que me tengo que poner gafas oscuras; pienso que el vuelo de golondrinas vivas delante del balcón me hará olvidar al pequeño pájaro gris muerto que tengo en la cocina. He acercado una butaca a la baranda y me siento algo más reconcialada con el día de hoy, tan arisco. El baile de
las golondrinas es desquiciado: chillando como locas, revolotean en círculos oscuros y vertiginosos a pocos palmos de mi cara y de mi inestable taza caliente. A veces algunas enfilan disparadas en mi dirección, y justo antes de llegar hacen un viraje para desviarse varios metros hacia arriba.

Yo las miro absorta, esas figuras tan nítidamente recortadas sobre los rosas y naranjas del fondo, y se me ocurre pensar que una de ellas, en su despiste y su atolondramiento, podría colisionar conmigo allí: imagino la escena de mi cadáver en el suelo de la terraza, con una golondrina clavada en el corazón y rodeada de trocitos de loza azul. Debe ser una muerte poco usual.

Se hace tarde. Mejor entro y empiezo a preparar la cena.

Soledad

30-Nuestro matrimonio. Por Paquita

Bernardo, nuestro matrimonio es una mierda porque no tuvimos hijos, ni ganas de amarnos, ni tuvimos estímulos comunicativos porque la mayor parte del tiempo estuvimos sin hablarnos. Sólo hacemos algo juntos con mucha frecuencia: enchufarnos a la tele para solazarnos en esa falta absoluta de poesía y detenernos frente a la pantalla a pura carcajada, imagen a imagen y semana tras semana. De hecho, nos gusta sobremanera agotarnos frente a esos paisajes desolados de la existencia para caer después extenuados sobre la cama. Si al menos hubiésemos formado una familia, si al menos hubiésemos sentido amor libresco, si al menos nos hubiésemos tirado desde un puente de París, pero, para desconsuelo de propios y extraños, jamás hemos salido de nuestro pueblo de mierda, de la humilde casa en la que vivimos, de nuestra modesta habitación donde se enmohece la madera y el cerebro se vuelve resina; ni se nos ha pasado por la cabeza estudiar a qué sabe un ladrillo, un oasis, una iglesia, o a qué un miserable palmo del terreno; ni siquiera pretendemos instruirnos en el aprendizaje de a quiénes recuerdan las losas de los monasterios o las antiguas lápidas de los cementerios; ni qué sentir ante un cuadro de Goya o ante un museo entero; tampoco nos aplicamos del mismo modo en el que cualquier familia de nuestro siglo cepilla su tedio frente al espejo, porque nuestra tarea sublime es mantener nuestra esencia pegada a las paredes de nuestra casa, paredes vacías de numen creativo pero rebosantes de paja pura. Como muertos en vida. Aunque es de rigor reconocer, llegado este momento, que el verdadero culpable de nuestro triste matrimonio se debe al encuentro que tuvimos siendo niños, pues debió ser ya por aquel entonces, en los cálidos días de la niñez, cuando yo sostuve arrebolada tus manos y en ese instante en el que nos miramos directamente a los ojos brotó en ti como por ensalmo una admiración, “jo, qué buena estás”, por lo que hechizados ambos dos por tal candorosa percepción que nos obnubiló los sentidos nos quedamos sin crecer lo más mínimo. Y nos casamos. De ahí surge la necesidad imperiosa de contar una historia natural de bucólico recuerdo, como ésta: “Estamos en el año dos mil nueve después de Cristo. Y tú eres un completo anormal, Bernardo: un asesino del amor que mata de forma cruel y despiadada. Y yo soy tu víctima.”

Paquita
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Compañias. Por Soledad

Sus pasos afelpados me siguen por la casa.

Se oculta tras la aspidistra del pasillo o bajo el vuelo de la cortina, siempre alerta.

Me salta al codo cuando paso cerca de la mesa del comedor, y a los bajos del pantalón si está de guardia detrás de la puerta del salón. Yo simulo siempre un sobresalto y él se aferra fieramente al dobladillo duro de los vaqueros y mordisquea, gozoso y triunfador, alrededor de los tobillos protegidos.

Aúlla más que maúlla, desde el brazo del sofá donde dormita, mirando el paso de abejarucos por la ventana, y caza con deliciosa elasticidad el simulacro de pájaro de plumas azules que lanzo al aire.

Mirándolo vivir, quedo plenamente convencida de que la imaginación no es patrimonio exclusivo de la humanidad.

Soledad

29-Nuestro colchón. Por Seda

 Microtextos a concurso en el Premio Especial 2009 

Postrado sobre el mullido colchón de plumas de nuestros últimos veinticinco años guardado con cariño, observaba el bordoncillo perimetral aún sujeto pese a las sacudidas que ha sufrido en todo este tiempo.

Fue entonces cuando me di cuenta del brote inconsciente del ombliguillo de un cálamo sobre la urdimbre del fuerte paño, lugar de nuestro descanso.

Y al tirar de él -como las cerezas- las plumas, unas tras otras, empezaron a salir unidas, testigos de un pasado, a la luz de nuestra alcoba. Nadie mejor que ellas saben de él, de nuestras noches vividas, en cuyo interior han asistido silenciosas.

Y si una pluma aflora y habla de dichas, otra lo hace de silencios, algunas de tibios aprietos, y las más de obstáculos ante una carrera vibrante que unidos supimos vencer.

Una pluma rojiza, señal de alerta, nos cuenta de las dudas escuchadas tantas veces consultadas al calor de la almohada, que si ésta, inconexa al tálamo, supo de él gracias al calor de nuestros cuerpos unidos tal vasos comunicadores que se complementan.

Una pluma de verde pájaro, alegre, coqueta y volandera, recuerda amaneceres ilusionados, mientras otra amarillenta, habla, sin embargo, de una luz mortecina que avivándola con dulzura supimos mantener.

Al tirar de ellas y recogerlas en los cuencos de nuestras manos, al soltarlas merced al soplido a dos bocas, bailan por la alcoba, siguen risueñas y desperezan sus mostachos de seda, estrangulados por nuestros cuerpos durante tantos años, pero mostrando al mismo tiempo cierta complicidad, como si quisieran recordar unos susurros y unos gemidos, que, retorciéndose bajo ellos, con seguridad los conocían al escucharlos una vez tras otra.

Algunas de aquellas plumas, cotillas y provocadoras, airean rencillas sutiles, lloros arrepentidos, quejas igualmente oídas, pero que ultimados entre besos al calor de las sabanas ahora los recuerdan con agrado.

Hasta que apareció la última pluma, la más grande de todas, la que cogí al vuelo con mis manos y sin intención de soltarla nunca. Su cálamo lleno de tinta es la fuerza que nos anima a seguir juntos escribiendo sobre el ya raido, pero mullido colchón otros veinticinco años más.

O quizá más de ellos, al menos mientras quede en el centro de su alma una gota de tinta, que si fresca lo haremos con ilusión, si está seca, la fluiremos con el aliento, unidos en nuestro colchón.

Seda

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Problema de confianza. Por Brujapiruja


Tiene 27 años, está sentado tras una mesa en una sucursal bancaria, con corbata –claro- y cara de buen chico, yo no dudo de que lo sea, pero tampoco creo que tenga capacidad para ser expendedor de productos financieros y tratar con clientes que le doblan o triplican la edad sin que el muchacho tenga ardor de estomago muy a menudo. Su jefe, no más de 35 años, lleva traje completo con corbata –claro- y se mueve con paso firme, sin embargo tampoco decide nada, es otro expendedor, solo que este te recibe en su propio despacho.

Uno oye y cree estar recibiendo el eco de la conversación anterior, porque se repiten como un disco rallado. Ellos no pueden hacer nada, pobres chicos, porque todo les viene dictado de algún lugar dónde se decide, allá en una galaxia financiera blindada para que nadie se mire a los ojos directamente. El que decide se llama Enrique y lleva corbata- claro- y no está cara al público, pensándolo bien es comprensible que así sea, porque alguien podría rompérsela por inútil y arbitrario.

Ayer le mandaron un crédito preconcedido de 18.000 euros a mi ahijado de 19 años que está estudiando FP y no tiene oficio ni beneficio, sin embargo a una amiga diseñadora que tiene en su haber multitud de reconocimientos, tiene su pequeña empresa y paga religiosamente, le han denegado 8.000 euros para poder seguir trabajando, a menos que firme su marido, avale su padre y deje muestras del ADN de su bebe de 9 meses (lo del niño es por exagerar).
Y luego en la web corporativa del banco hablan y hablan de “la buena práctica financiera.”

¡Claro que es un problema de confianza! Vaya descubrimiento, ese proceder puede ser cualquier cosa, menos una buena práctica financiera.
Demasiados sapos tragan estos chicos detrás del mostrador, tener que reconocer que es todo un sinsentido, pero que ellos sólo siguen instrucciones sin derecho a pensar ni a decidir. Y lo hacen, además, sin saber que es muy probable que el próximo año será otro jovenzuelo con corbata- claro- el que ocupe su lugar, una vez que ya no les quede bilis para seguir engañando sin pestañear y comprendan que su cara empieza a correr peligro.

No sé como no se ahogan enredados en tanta corbata y en tan poca vergüenza.

Brujapiruja

28-Mis padres. Por Juan Benito

 

Mi madre reposaba en la misma cama donde había dormido los últimos cincuenta o cincuenta y cinco años, ya no recuerdo, a medida que pasa el tiempo la memoria me va abandonando igual que se hunde un piedra en un río para no salir jamás, y ser 27 años más joven que ella, no implica que no haya comenzado a contar mi quinta década en esta vida que tan pronto nos es grata como se convierte en la piedra en nuestro zapato.
¡Como hubiera deseado que mi amada Antonia estuviera aún con nosotros. ¡Ella sabía manejar esta situación como nadie…! Pero yo…
Mi padre acaba de despertar de su siesta y como todas las tardes necesita que lo aseen, y hoy Luci, tarda más de lo normal… ¡Cómo no va a tardar! Sus escasos veintidós años la atan tan firmemente a la calle, que seguro que venir a esta casa todos los días debe de ser un tremendo suplicio. ¡Pero, qué caray! ¡Es su trabajo…! Vaya trabajo…
-Tranquilo papá ya no debe de tardar.
El olor a orín es tan penetrante que se me hace difícil respirar, ¡y soy su hijo!
– ¡Voy mamá!
La pobre no tiene la culpa, pues cierto es que no sabrá el motivo, pero hoy está más inquieta que de costumbre. Tanto movimiento añadido está haciendo que las llagas de su espalda se froten innecesariamente sobre la sábana.
Pero mi padre no está menos raro, incluso me ha pedido un cigarrillo, ¡cosa que no hacía desde catorce años atrás cuando dejó el tabaco, tras su segundo ataque al corazón!
– ¡Cielos, no! ¿Papá que haces? ¡Sabes que no debes levantarte tú sólo…! Ven siéntate aquí en esta mecedora junto a mamá. ¡Luciiii! ¿Dónde estás hoy cuando más te necesito?
Si el reuma me lo permitiera saldría corriendo, pero deberé de conformarme con llegar al teléfono para llamar a los servicios sociales.
– ¡No os mováis de aquí! ¿Vale? Y… ¿A dónde van a ir? Estoy empezando yo también a perder la cabeza…
– Amada María, estoy junto a tu cabecera. ¿Me reconoces?
– ¡Caro tonto! ¡Cómo no voy a reconocer al único amor de mi vida! Dame la mano…
– ¡Cómo siento tu calor…! dijeron ambos al unísono… ¡Te quiero como siempre te he querido y como nunca jamás volví a querer! ¿Estás preparada/o? ¡Es el día!
– Papas Luci ya no tardará en… ¡Papaaaaaaaaaas!

Juan Benito

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