Ana Mª Tomás, Dama Literatura 2009. Por Sextavoce

Ana Mª Tomás Olivares
Sus ojos irradian un brillo intenso, electrizante, inteligencia en estado puro, perspicacia, sutileza y, al mismo tiempo, la profundidad de un alma soñadora. Aún impresionado por sus ojos, el impacto de su sonrisa franca, adornando una voz melodiosa y entonada, te atraen como un imán en busca de tesoros personales que oculta discretamente tras un impecable sentido del humor y un acompasado baile de manos. Uno va intuyendo en la conversación el bagaje cultural de una dilatada experiencia, la calidez humana, la sencillez de quien se conoce y comprende dulcemente los rasgos de otros ojos y otras sonrisas.

Doña Ana, es una mujer de “cuerpo entero”, hermosa por fuera, por dentro y de arriba abajo, sencilla y elegante, no importa el ángulo de visión de enfoque. Trabajadora incansable, inquieta, emprendedora, sensible, poeta, amiga incondicional, detallista.

Ana María Tomás es nuestra DAMA LITERATURA 2009 porque un caballero se siente abocado a hincar su rodilla ante tan impresionante dama, convencido de que, al alzar los ojos, se encontrará una mano tendida en la que depositar su admiración con un delicado beso que deje impreso en la memoria el encanto de cada momento a su lado.

Dios la guarde, señora mía.


Sextavoce.
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APOCALIPSIS. Por Isidro R. Ayestarán

Dos hombres enamorados en esta historia, inspirada en el libro del Apocalipsis, que cuenta cómo Dios arroja al infierno a uno de sus ángeles para probar su fidelidad a cambio de la vida eterna. Allí será tentado por el Oráculo del diablo, quien en un principio le someterá a vejaciones hasta que el sentimiento y la ternura aparecen en sus vidas aún a sabiendas de que su amor prohibido les llevará a un desenlace amargo.


© Isidro R. Ayestarán, 2009

Breve crónica murciana. Por Ramón Alcaraz García

Y estuvimos en Murcia…

Con 9 finalistas en dos certámenes, este año ya íbamos premiados; pero el mejor de los premios es para mí haber conocido personalmente a los que no aún conocía y reencontrarme con quienes ya es habitual compartir tan buenos momentos. Y en Murcia, en mi tierra, con la maravillosa gente de Canal-Literatura. Hemos disfrutado horas muy intensas, emocionantes y divertidas, que recordaremos siempre y que nos animarán a que se produzca un nuevo encuentro.

Quizá ahora toque asumir realmente lo que los finalistas habéis logrado, que es mucho. Es un privilegio estar ahí, y felicito de nuevo y debo decir que me siento muy orgulloso de Felisa, Pablo, Paco, José Manuel, Jesús, Lola, Lupe, María José y Mercedes. Igual que me siento orgulloso de todos los que participaron, algunos de los cuales, sin ser finalistas, se desplazaron hasta Murcia y vivieron la entrega como si también hubieran sido ganadores (se sentían ganadores, todos nos sentíamos ganadores por estar ahí). Y también mi agradecimiento para todos los acompañantes y a todos los que, desde lejos, estabais con nosotros.

Sé que «no ganar» siempre crea esa cierta decepción del «qué hubiera pasado..» o «he estado tan cerca…»; pero por eso mismo es importante seguir intentándolo. No es el premio de un certamen en sí lo que ha de movernos a escribir -siempre lo digo-, sino la propia satisfacción de hacer algo que nos gusta. Y si además eso nos permite pasarlo bien y nos regala premios, reconocimiento, y momentos como los que hemos vivido este fin se semana y la oportunidad de conocer gente tan maja, creo que no se puede pedir más.

Esta es la gran familia del Desván. Y mientras tanto, hasta que volvamos a encontrarnos, seguiremos avanzando en este hermoso camino que compartimos.

Ah, y lo olvidaba…, de la gente del Desván: María José Gancedo recibió el premio del público, Felisa Moreno obtuvo una Mención Especial en el certamen «Amor en el tiempo» y Pablo de Aguilar ganó el tercer premio en el certamen de narrativa.
Un gran abrazo a todos, y gracias por estar ahí y ser como sois,

Ramón Alcaraz García
http://desvaneros.blogspot.com/

Foto:Finalistas del Premio Especial «Amor en el tiempo» junto al jurado compuesto por Carmen Posadas y Carlos Marzal. En el centro, María Luisa Nuñez, directora del Canal Literatura, junto a su marido Salvatore Branchina, que celebraron sus bodas de plata el 27 de junio pasado.

42-Un aire familiar. Por Lis

La primera vez que los vi en el barrio tuve la sensación de que ya los conocía. Tenían sus rostros un aire familiar, desgastado por el tiempo. Me llamó la atención su forma de mirarse, descubriéndose a cada parpadeo, y la manera de enredar sus manos, como un racimo de uvas pasas, arrugadas pero dulces.

Desde entonces me dedico a espiarlos. Deben de sobrepasar los ochenta, pero aún se mueven con cierta agilidad. A ella le cuesta subir los escalones y él suele ayudarle mientras que, con disimulo, le da un pellizquito en el trasero y se ríe travieso, como si los años no hubieran sido capaces de destruir sus ganas de vivir, de estar juntos.

Conforme descubro más cosas sobre ellos, más familiares se me hacen. Un día los sorprendí dándose un beso en el rellano; yo salía de mi piso, bajé la vista y pasé sin saludarlos, muerta de vergüenza; escuché unas risas nerviosas, de chiquillos pillados en falta.

Lo más extraño del asunto es que nadie más en el edificio parece haberlos visto. Sólo yo los escucho cuando suben por las escaleras dedicándose palabras de amor. Se lo he comentado a mi marido; no ha parecido extrañarse, dice que tengo la cabeza llena de historias, que debería hacerme escritora. Sólo son un par de ancianos, no te obsesiones, dijo antes de darme un beso y marcharse a trabajar. Mientras lo veía alejarse, pensaba, ¿llegaremos nosotros a ser como ellos, nuestro amor permanecerá intacto hasta el final?

Hoy he decidido pasar a la acción. Voy a subir a su piso para invitarlos a tomar café, así calmaré mi curiosidad. Llego un poco ahogada y me encuentro la puerta abierta. Pulso el timbre, nerviosa e impaciente. Nadie responde a mis llamadas. Entro. Recorro la casa. Me sorprenden los muebles de diseño futurista, me recuerdan a un reportaje que echaron hace poco por televisión, trataba sobre el aspecto de las casas en las próximas décadas. Sobre una mesa, abandonado, descubro un sobre de color crema. Dudo. Por fin lo abro. Es una carta, una carta de amor. Me falta el aire. No es por el nombre que leo arriba, mi nombre. Ni por la firma inconfundible del que la ha escrito, la de mi marido. Lo que me ha dejado trastornada, fuera de mí, es la fecha, esa fecha; 14 de febrero de 2039.

Lis

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Diario íntimo de una nevera. Por Vivian Rodríguez Dorgia (Casss).

Querido Diario:

Comienzo este diálogo íntimo contigo. Inicio una nueva vida y quiero dejar mi pasado atrás. Antes de eso, necesito dejarlo escrito, para no olvidar de donde vengo.

Tuve un buen origen en la casa de una reconocida familia de fina estirpe. Gente educada, llena de glamour y de vida social intensa, en la que colaboré con placer prestando buenos servicios. Gustaban llamarme señora Frigidaire, por lo que tuve rango y apellido desde mis inicios. Fueron años de felicidad, de nacimientos, bautismos, comuniones, cumpleaños, reuniones de amigos, grandes y chicos, de momentos íntimos, brindis a la madrugada o noches de insomnios largas y silenciosas, donde mi luz y mi frescor, fueron los únicos consuelos de algún noctámbulo.

Finalmente, como sucede, la picota fatal del progreso, el consumismo, las nuevas olas, y la tecnología asechando, hicieron de mi algo pasado de moda que había que renovar. Tal era la dignidad de esta familia, que en lugar de pedir dinero a cambio por mí, tuvieron a bien regalarme y si algo tengo que reprocharles es que no prestaran especial atención a quienes serían sus beneficiarios, mis nuevos propietarios.

Ahí comenzó mi sufrimiento y peregrinar entre descuidos y portazos. Nadie tuvo en cuenta que el trato hacia mi tenía que ser delicado, para que yo siguiera prestando utilidad, dada mi calidad y origen. Por primera vez, supe lo que era el odio, la rabia, cada vez que alguno de los habitantes de la nueva casa se asomaba a mi puerta.

Él, un hombre descuidado que solo tomaba cerveza, aparecía con frecuencia y me obligaba al espectáculo de su distendido abdomen apenas cubierto por una desprolija camiseta, luego de varios días de no afeitarse. Ella, una mujer desvencijada, de día pintarrajeada y de noche en ruleros, embadurnada en cremas que ya no daban resultado, comiendo a deshoras cualquier tipo de embutidos y dulces, canalizando ansiedades mal resueltas. Mujer de doble discurso, a su hijo lo rezongaba por tomar del pico de la botella, cuando ella, apenas advertía que no había nadie a su alrededor, hacía lo mismo con absoluta desidia. El hijo, al fin de cuentas me parecía el más auténtico. Barbudo, pelilargo y mal hablado, resultaba el más coherente de todos, por lo menos era como decía ser aunque su sola presencia me ponía los hielos de punta!!!! Mi único momento de ternura lo vivía cuando la pequeña de la casa buscaba la leche para su gatito blanco y marrón.

Pero al fin y al cabo caí en una depresión tremenda, habiendo dejado de ser la señora Frigidaire, para pasar a ser la nevera, la heladera, o el refrigerador, cambiándome de sexo así como así. En esta situación me fui desmejorando vertiginosamente, y ya no pude servir para nada. Los muy rumbosos personajes, ni siquiera averiguaron si tenía algún arreglo, y me abandonaron en la calle, a la espera de una nueva donación, que segura e injustamente volverían a recibir.

Fue así que mi nuevo amo y señor me recogió de un desguazadero, me palpó, me acarició con amor y descubrió en mí una belleza de líneas, que hacía tiempo nadie elogiaba, y aun quedaban vivas, pese a los años transcurridos. Me transformó en una obra de arte, que hoy se exhibe en un Museo de reconocida vanguardia, donde por suerte he vuelto a convivir con la intelectualidad más recalcitrante, señoras de buenos perfumes y pieles ecológicas y caballeros cuyos ojos, expertos en la belleza y el arte, me llenan de elogios y me quieren llevar con ellos…


Vivian Rodríguez Dorgia (Casss).

40- Galletas de fresa y miel. Por Venecia Kerr

La enfermera dejó el pequeño vasito con tres pastillas verdes y amarillas. Mirían lo cogió y lo lleno de agua en el lavabo que tenía adosado a la pared en una esquina de la luminosa habitación 204 del Hospital, y se giró hacia la cama donde reposaba Eloy,su octogenario marido, quien con mirada pícara aun, la miró al verla inclinarse sobre elsusodicho lavabo. Llevaban casados mas de cincuenta años y jamás habían dejado de amarse, lo suyo había sido uno de esos claros ejemplos de lucha constante. Diez minutos más tarde, dejaronsobre la mesilla auxiliar, la bandeja térmica con la cena. Mirían retiró la tapa y un aromaexquisito se expandió por la habitación. La cena se componía de sopa, carne guisada y natillas.

Mirían sacó del bolso una pequeña bolsa transparente y un plato de plástico, echó en el plato una pequeña ración de cada cosa que rápidamente comió. Eloy digería más despacio la cena, de vez en cuando ambos miraban hacia la puerta, vigilaban silenciosos, no les gustaría

que en aquellos momentos, entrara nadie. A continuación, Mirían saco de la bolsa transparente, un par de galletas de miel y con sabor a fresas y las mojaron en las natillas. Aquello sabía a Gloria bendita.

-¡Que buenas están las natillas con esa galleta!.

– Cuando te vayas para casa, te haré yo también natillas y compraré galletas de estas

que tanto te gustan.

Mirían pensaba que cuando Eloy fuera para su casa, sería difícil que ella le pudiera comprar aquellas galletas tan ricas, pero ¡ya sé las compondría como solía hacer siempre! Su pensión era tan escueta que apenas les alcanzaba para otra cosa que no fuera pagar humilde casa y los

gastos de la misma, y comer cada día era una “aventura”, ir de “super en super” tratando de buscar lo más barato para poder llevarse algo a la boca. El teléfono móvil de Mirían sonaba insistente. Era su hijo mayor, quería saber cuando iría su padre para casa. Pronto, le contestó, aunque ella estaba contenta de que Eloy estuviera algo más en el hospital, le cuidaban bien y podían comer los dos. Mañana le compraría mas galletas de fresa y miel, le llevaría medio kilo, porque era su cumpleaños. Cenarían juntos , había que celebrarlo.

Amatista

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Mi testamento. Por Carmen Andujar Zorrilla

1.- Dejo a mis hijas y a mi marido algo que no es tangible, que no se puede pesar; pero que si lo tienes, eres la persona más feliz de éste mundo; mi “amor” para que esté con ellos hasta el último día de sus vidas.

2.- Lego a mi familia mis obras de arte, (un poco rimbombante, quiero decir mis cuadros) que es lo más preciado para mí, espero que lo sepan valorar.

3.- Dejo a mis hijas, mis caricias; para que sientan mi tacto cuando se encuentren deprimidas y piensen que siempre estaré con ellas. Espero que les ayude a fortalecerse frente a las adversidades.

4.- Dejo a mis amigas un reloj muy especial, con el que puedan parar el tiempo en el momento que quieran, y entonces, se acuerden de todos los instantes felices que hemos pasado juntas.

5.- Regalo a mis amigas un cuadro a cada una, para que tengan un pedacito de mí en su corazón.

6.- Dejo a mis sobrinos- que aunque políticos- los quiero igual como si fueran de verdad, un cuento a cada uno, para que encuentren a su tía reflejada en cada una de las palabras del mismo.

7.- Regalo a cada miembro de mi familia, una frase dedicada, en la que les transmito mis sentimientos más especiales hacia ellos.

8.- Regalo a mis amigas una máscara sonriente, para que se la pongan cuando les invada la tristeza.

9.- Dejo a mi marido una cinta con los viajes que hemos realizado juntos, y se acuerde; -pero no con tristeza, sino con alegría- de esos días tan bonitos

10.- Dejo a mis hijas un libro con todos los consejos que les he dado a lo largo de su vida, y lo conserven, como algo que les pueda ser útil alguna vez.


Carmen Andujar Zorrilla