Un Siglo de Cenizas. De Martín Cid


El libro
«Un Siglo de Cenizas» es la historia de la familia Fiodorovich, contada desde distintos puntos de vista, según la vieja tradición sureña de cultivadores de «perique» (un tabaco de pipa que sólo crece en el suelo mineralizado del Mississipi).
Stanislaus Fiodorovich vive sus últimos días en Abenarabi. Está enfermo. Desde la melancolía y la mala sangre recuerda los ancestrales pasos de sus antepasados, emigrantes primeros.
Recuerda los tiempos del primer Fiodor Fiodorovich, los tiempos en los que una extraña enfermedad termina con los niños a los pocos días de nacer… Recuerda también los primeros dólares ganados por el primero de los Fiodorovich, gracias a un extraño encuentro con un contable local. Juntos montarán la primera línea del ferrocarril que une el poblado con Nashville, juntos formarán una gran amistad.
Será este primer Fiodorovich quien compre Absalón, futura granja en la que se cultivará el «perique Absalón»
Las generaciones pasan, transcurren. Los Fiodorovich luchan (a su particular manera) en la Segunda Guerra Mundial… otros huyen, mueren, se casan… El fantasma de la enfermedad planea y se refleja en los rostros y las melenas rojizas de los antiguos rusos, cada vez más asimilados entre las gentes de la región. Son temidos en la región por la enfermedad, que los lugareños creen han traído de la tierra de las estepas.Del segundo Fiodor Fiodorovich nacerán Pierre y Cecil, hermanos de Stanislaus. La relación de Fiodor con su esposa (Virginia, hija de un antiguo aristócrata «sureño») es compleja, tirante, debido a las frecuentes infidelidades de ésta.
La obra está narrada a la manera de planos sucesivos que se entremezclan, creando un nudo de conciencia. Los personajes fuman y se funden en los recuerdos, en la ciénaga de Absalón, en el viejo sur, en la leyenda sobre una estatua en la plaza principal del pueblo. Pioneros. A través de los capítulos, Stanislaus recuerda la relación con sus hermanos, la granja, a Mary Maud, a su hija Beatrice, los hijos nacidos, que morían con los ojos abiertos. Es un mundo antiguo, mágico y sempiterno, donde el aire emponzoñado del viejo sur se vicia con los temperamentos fuertes, tan rusos, en contradicción perpetua. Stanislaus prepara su mezcla de tabaco, últimas hebras conservadas del que antaño fue famoso «perique». El tiempo se pliega, finalmente, presente hecho pasado y pasado presente. La tragedia se cierne sobre Absalón.

El autor
Martín Cid nació en Oviedo el veintiséis de junio de 1976. Novelista y autor de dos novelas (“Ariza”, 2008 editorial Alcalá y “Un Siglo de Cenizas”, 2009 editorial Akrón), ha publicado en numerosos medios electrónicos y en papel.
Se dedica a tiempo completo a la literatura, desde la escritura no sólo de novela sino de ensayos y artículos de corte estrictamente literario.
Nunca ha trabajado (ni lo hará) en otra actividad que la estrictamente literaria.
Es director de la revista literario-cultural Yareah (http://www.yareah.com).
Orgulloso fumador de pipa.

Recuerdo del 11-S. Por Brujapiruja

Recuerdo que estábamos conectados en IRC-Hispano, en concreto en el canal #webmaster y el canal #iteratura, eran las tres y veinte aproximadamente y charlábamos de cosas intrascendentes. En casa, en ese momento nadie estaba frente al televisor.

De pronto alguien nos dijo que pusiéramos la televisión, que había habido un accidente en las torres gemelas y que lo estaba retransmitiendo. En principio nos pareció una de las mil bromas que se hacen en un chat, pero puse el programa de TV en el ordenador y vimos la primera torre ardiendo. Estupefactos cada uno fue contando lo que veía, en cada cadena decían una cosa, aún no se sabia bien que estaba pasando, entró al chat mas gente buscando información, de Hispanoamérica y otros países, pero todo eran especulaciones y sorpresa…una terrible sorpresa.

Mientras cada uno decía lo que le pasaba por la cabeza, alguna cadena advirtió de la presencia de otro avión, y vimos en directo como se empotraba en la segunda torre. Recuerdo perfectamente Ana Blanco, en TV1, mientras se confirmaba que era un atentado terrorista y se repetían las imágenes de los dos impactos y la caída de la primera y la segunda torre.

Cambiábamos de canal pero, fuera cual fuera el que pusiéramos, de cualquier parte del mundo, era la misma imagen de la CNN: el mundo entero estaba asistiendo en directo al horror más inesperado.
Durante años guardé el log de lo que se dijo en ambos canales, ya no lo tengo, pero si recuerdo que la frase más repetida fue: «Esto cambiará el mundo» y todos éramos conscientes de que algo muy importante estaba pasando sin saber muy bien que representaría en el futuro.

Lo que no alcanzamos a comprender entonces es que ahora, en cualquier momento, puedes encender la televisión y verte inmerso en nuevas catástrofes retransmitidas en directo. Algunas terribles como el atentado de Madrid o Londres donde las lagrimas de impotencia se unían los comentarios tristes y desolados de un espacio virtual. Allí compartimos mucho dolor, rabia y también mucha información que no se daba en los telediarios.
Otras veces te encuentras tragedias cotidianas, montajes e historias deleznables que solo buscan una audiencia fácil.
Solo sé que el 11-S fue el principio de algo importante (aún hoy, no sé decir muy bien de qué) y así lo guardo en el recuerdo.

Brujapiruja

Autorretrato y Reflexiones de Egocéntrico (1). Por Juan Manuel Rodríguez de Sousa

Soy un chico algo raro, algo extraño, algo, no sé. Ah, sí, algo normal, y algo grande. Escribo y estudio a tiempo parcial, y el resto del tiempo lo dedico a leer y escuchar discos parcialmente; Uno o dos capítulos, una docena de canciones. La escritura la inicié hace mucho, pero la seriedad creativa la descubrí en la efervescencia de mis diecinueve años. No es seriedad, es costumbre que se convertirá en disciplina, o eso espero con muy poca esperanza. Rozan mis líneas la prosa y poesía. Todavía no sé si las estrofas que escribo son mejores que los párrafos, dudando de cuales serán mis mejores amigos en un futuro, procuro no discriminar a lo poético, ni apartar deliberadamente a la prosa, mujer u hombre, acaso es lo mismo, acaso importa si son diferentes, si son iguales:
¿Quién dijo que la imparcialidad sólo podía ser matemática?
Me encanta recitar los poemas en voz alta, algunas veces hasta los aprendo de memoria para cantarlos al dios de las pequeñas cosas que me acompaña. No lo hago mal, pero no soy el mejor, existen voces más bonitas y fluidas con las que nunca podré competir. ¡Qué pena! Pero así me quedan el silencio de los versos que escribió Machado <>. Él fue mi mejor maestro cuando las palabras todavía se me tropezaban en la lengua con los cordones de los zapatos desatados y las tristes estrofas que decían: “Se le vio, caminando entre fusiles” Y de allí me llevaron ebrio de placer poético al país lorquiano. Navajas flamencas, venganzas gitanas que iban y venían mientras estaban temblando los tejados, farolillos de hojalata.
Así, ebrio de Antonio, caminando como sonámbulo junto a Federico me aparecían en la manga los cuentos de Chéjov que me espabilaron y las frases largas y magistrales de un Márquez que vencerá al tiempo y al olvido con sus cien años de soledad, por mucho que a él le pese. En el salón se encontraban también Sinué, las novelas románticas y la tragedia shakesperiana. Esperándome con impaciencia las historias de un loco Alonso Quijano y escondiéndome mientras tanto en las aventuras de Galdós o naufragando como Robison Crusoe a su isla desierta. Allí, las disputas familiares, los cargos de conciencias, la decadencia física de mi cuerpo se volatilizaba en mil palabras, mundos y sucesos eternos. El límite no existía, pues aunque dispusiera de todo el tiempo del mundo, éste siempre quedaría insuficiente para leer la cantidad de libros que me gustaría. Una biblioteca es lo más cercano al infinito, y lo más triste.

Juan Manuel Rodríguez de Sousa
Blog del autor

Concierto para nadie. Por María Elena López González


Las notas comienzan a fluir con total soltura del piano. Mis manos, máquinas perfectas, caen con garra sobre las teclas marfil, intentando encontrar una temperatura acorde a ellas, y creando, a la vez, una melodía melancólica, triste quizás, impropia de una noche de sábado.

Sin duda alguna, me gusta mi trabajo. Puede que me haya sumado a la monotonía de tocar para amenizar reuniones de trabajo, citas románticas u otros eventos de poca importancia, cada noche. Puede que me esté rindiendo ante la rutina, pero tocar el piano es mi forma de evadirme de la realidad. De escapar del amor nunca vivido, y, a la vez, tan temido. Cuando toco, me convierto en un gato negro, solitario, que deambula por los tejados nocturnos sin seguir una dirección definida. Como perdido.

Las notas van corriendo, pero sólo yo sé que hago algo más que acatar las órdenes de una partitura compuesta por un extraño. Todos ignoran que, cada noche, voy entretejiendo mis sentimientos entre las notas impresas en este pentagrama pautado de líneas que resbalan lánguidas sobre un papel desgastado por el tiempo. Son primero las fusas las que, al emanar de mi piano, van anegando con su alegría el cosmos que es aquel restaurante. Por momentos, mis ojos, buscan una cabeza afable, unos ojos centelleantes, o, aunque solo sea un leve cruce de miradas. Buscan un asomo de interés entre un público glacial.

A medida que avanza la noche, me relajo. Voy introduciendo cada vez más silencios, blancas? mi rastreo entre el público se desvanece. No hay un final para esta pieza. Obra que yo dirijo. Yo decido si quiero correr o descansar. Si mi deseo es hablar o callar. En mi música, va disuelta una parte de mí. Nadie lo sabe. Ninguno de los comensales dispuestos en mesas colocadas en perfecta cuadratura, conoce el verdadero significado de este arte.

No son sonidos, son hechos.

No son silencios, son secretos.

No es música, soy yo.

Mientras esta reflexión cruza mi cabeza, jóvenes y no tan jóvenes, se disponen a engullir sus platos. Yo, sigo pensando? Nunca encontrarán belleza en el chirriar de una puerta. No alcanzarán la felicidad cuando las yemas de sus dedos rocen suavemente los troncos labrados de las vides. Sus pulsaciones no aumentarán cuando pequeñas gotitas de agua rocen sus manos. Y así, según van discurriendo los minutos y las notas, muy poco a poco, uno a uno, van cogiendo sus gabardinas oscuras y gastadas por el uso, atravesando el marco de la puerta para abrir sus coches y dirigirse a sus hogares, sumiéndose, realmente, en la verdadera monotonía.

María Elena López González
Ganadora del Concurso Coca-Cola Jóvenes talentos de relato corto 2009.
Publicado en EL CULTURAL.ES

Todos locos. Por Dorotea Fulde Benke

Todos, locos; loca yo que me encontré en la calle, y madre no hay más que una. Me saludé amablemente, sin embargo –como soy miope- me miré sin reconocer el rostro borroso, el bulto del cuerpo, la mismísima ropa que suelo llevar. La voz me pareció conocida, pero una moto sobrealimentada vomitó a mi lado ruido y gases, por lo que perdí ese tenue hilo que podría haberme llevado al ovillo de mi propia existencia. Como no me respondí, quise pasar de prisa, sin escudriñar a esa señora cincuentona, cuya cara redonda se arrugó en un gesto de rebuscar en la memoria. No supe quién era yo, y esa duda me molestó.
-¿A dónde vas? -me dije- La comida está hecha, la mesa puesta… en cuanto lleguen, todos a comer.
-Se me ha quemado un poco el pescado, -respondí a ver si conseguía sorprenderme.
Tiré la primera tanda y puse aceite nuevo,-me sonreí complacida- nadie se va a enterar.
Me pareció bien y no hubo nada más que decir. Me fui a casa; en el ascensor -donde me puse de espaldas al espejo por si acaso- ya me sentí casi fusionada y cuando tocaron el timbre los que iban a venir a comer, no hubo más que una, la de la copla, que les abrió la puerta.
¿Loca, yo? De eso, nada.

Texto: Dorotea Fulde Benke
Blog de la autora

Acaricia el alma. Por Inmaculada Sánchez Ramos


Durante los veranos, todos aprovechamos para leer un poco más y… ¡cómo no!, yo, como medio mundo, este verano, he leído la trilogía de Milenium, al lo que, si nos os importa, dedicaremos otro espacio. Adelanto, no obstante, que no me gustó.

Sin embargo, tuve la oportunidad y el placer de leer, la novela “La hija del ministro” de Miguel Aranguren que, como es obvio, ha sido menos bombazo. Pero les aseguro que es mucho más profunda.

Es una novela romántica, que con la “excusa” de contar una bellísima historia de amor, nos relata una serie de vidas, entreveradas unas con otras, encajadas y desgranadas a través de la vida de Elvira, protagonista principal, hija de un ministro de Alfonso XIII.

El autor dibuja los personajes con magistral precisión, eso sí, utilizando rasgos sutiles, frescos, sin histrionismo. El autor se sirve de esta historia, ya hemos indicado que es una excusa, para presentarnos el verdadero tema de la novela que no es otro que el perdón, la austeridad y la templanza.

Aranguren nos muestra, a través de los personajes, el bálsamo que representa vivir en la paz de perdonar y ser perdonado. Nos presenta la austeridad como valor y la importancia de dejar al lado el rencor y la venganza. Nos presenta la Templanza con mayúsculas del Duque de Paraná -padre de Elvira-.

En definitiva, nos pasea por todo lo bueno y todo lo malo de lo que el ser humano es capaz de hacer, sentir y pensar. Paseo que trasiega, con placidez, con sosiego, sin estridencias, pese a lo dramático de muchas de las historias que allí se relatan.

Léanla, no se arrepentirán. Es una novela que acaricia el alma.


Inmaculada Sánchez Ramos
Colaboradora de esta Web en la sección «Con sentido Critico».

¿Dónde viven?. Por Mercedes Martín Alfaya

 El cepillo vive aquí, en el vasito de muñecos del cuarto de baño. Cuando termino de lavarme los dientes, lo ´guarro´ en su casa.

Tengo una tortuga que se llama Cheli y vive en un plato con agua. Mamá dice que le compraremos una casa nueva, porque los platos son para comer. Mis juguetes viven en el baúl y las zapatillas en el armario; hoy las dejé tiradas en el salón y mi perro se las llevó en la boca, por eso han pasado la noche en la terraza y se ´ponieron’ tristes.

Estuve una semana en casa de los abuelos de Córdoba. Hacía mucho calor y nos fuimos al campo, donde había una piscina y campo. Allí, las hormigas viven en su agujero y el Becan en su caja de perro. Mamá llamó para preguntar si me porto bien y le dije que no, que no le hago caso a la abuela y que me hice pipí en la cama. Ella dijo que si no soy buena ya no me voy más a Córdoba, entonces le ayudé a la abuela a guardar las cosas en sus casas: el cuaderno de pintar vive en el cajón de la cocina, las pinzas de la ropa en el tendedero y la leche en la nevera. Encontré una pelota que vivía debajo de la cama y estuve jugando con ella en el patio.

 He vuelto a casa en el coche de papá, que él le llama ‘El huevo’, con la sillita de paseo, la maleta, las bolsas, el cajón de mi perro y unos dulces para mamá. Guardamos el coche en su casa, que es el garaje. El Becan se quedó en Córdoba porque tiene este ojo malo: es que le arañó la Chispi.  Le dije a mamá que la abuela me había dado muchos besos y que me dijo que los guardara hasta la próxima vez que nos veamos. ¡Anda! ¿Y los besos dónde viven?

Texto y foto: Mercedes Martín Alfaya
Blog de la autora.