Márcame. Por hijadecristalero

marcar

En la vida hay gente que te marca.
Cada vez menos, porque cada vez eres más viejo y te impresionan menos las personalidades únicas, como la tuya. Además, te vas volviendo más tolerante y, al mismo tiempo, más egoísta.
Ahora te paras a charlar con Fulanito, incluso dejas que te invite a una caña cuando hace años no querías ni saludarle. Ahora te parece un tío genial, pero que le aguanten en su casa.

Cuando pasadas ciertas edades conoces a alguien que podría marcarte, rara vez hay tiempo para desarrollar una relación profunda y enriquecedora. Como si en nuestra piel cada vez hubiera menos espacio para una nueva marca. Cuando era joven, alguna vez tuve la sensación de llegar demasiado tarde a la vida de alguien, de estar perdiendo extraordinarias oportunidades de aprender. Hoy soy yo quien piensa “si nos hubiéramos conocido diez años antes, cuánto habría podido enseñarle”. Después, me río: si le hubiera conocido diez años antes, yo no sería yo.

Todos estamos cargados de responsabilidades: los hijos que están en una edad rara, la asociación de padres de familia, los abuelos que andan mayores, el trabajo que va de mal en peor, la compra, que ahora lleva mucho más tiempo porque hay que mirar los precios de todo… Quienes no tengan hijos ni pareja, andarán igual de enredados en sus rutinas vitales. Nos volvemos comodones, nos cansamos de conocer gente porque ya hemos aprendido que estamos vivos de milagro, y que cualquier mal viento puede llevar lejos de ti a ese amigo que ahora parece necesitar verte todas las semanas.
Vivimos a la defensiva: nos conformamos con que no nos jodan ya más.
Sabemos que, incluso cuando más acompañados nos sentíamos, siempre hemos estado solos.

Y, sin embargo, algunas noches nos sorprendemos buscando un sitio para una nueva marca en nuestra vieja piel.

hijadecristalero
Proscritosblog
Fotografía en contexto original: parentseyes

Maniquí. Por Ignacio Lacuesta

Giré la esquina y te ví por vez primera,
erguida, elegante, silenciosa.

El ceñido vestido realzaba tu figura
y la sensual curva de tu cuello
se ocultaba tras un collar de abalorios.

Me presenté por mi nombre
y no obtuve respuesta.

Desee estrechar tus manos y habían huido.

¿Quién te mutiló así, querida mía?
¿Quién te privó de mirada?
¿Quién secuestró tus abrazos?
¿Quién enmudeció tus labios?

 

Ignacio Lacuesta

Bolg del autor

El balance. Por Miguel Giner

¿Y el dolor? – replicó Morrison.

También estamos en ello, Jim. La puesta en el mercado del nuevo fármaco B/345567014F para ser suministrado al feto durante el tercer mes del embarazo es inminente. Posteriormente todo se reduciría a cuatro «pinzamientos» leves en lo físco y en lo mental, anecdóticos. Los nuevos seres humanos perderán para siempre el concepto de dolor.

De repente, el jefe del consejo reclamó : – No tiene sentido, Mr. Ford. Diríjase al menú desplegable y elija la opción D : «Extinción de la especie». Acto seguido, pulse «aceptar».

¿Cómo puedo hacer eso, sr. presidente? – exclamó Ford. Habíamos acordado la variante C: «Mutación avanzada». ¿Pero qué locura es ésta? ¿Acaso es Vd. Dios?

¿Cómo lo ha podido adivinar? – respondió el mandatario.

Los asistentes al acto giraron sus cabezas de inmediato para comprobar si el apreciado líder había perdido el juicio. Pero el individuo no se hallaba presente en la sala.

Miguel Giner – El balance

Idioma Español. Por Mario Ruiz Gutiérrez

DECÍA NUESTRO CÉSAR CARLOS, I DE ESPAÑA Y V DE ALEMANIA:

«CUANDO HABLO CON MI BURRO, HABLO ALEMÁN; CUANDO HABLO CON MI CABALLO, EN INGLÉS; CUANDO LO HAGO CON UN HOMBRE, EN FRANCÉS; SI HABLO CON UNA DAMA, EN ITALIANO …. PERO SI HABLO CON DIOS, LO HAGO EN ESPAÑOL ….»

 

MARIO RUIZ GUTIÉRREZ

Fuente:¿A QUE EN 7 DÍAS NOS JUNTAMOS 1.000.000 PERSONAS QUE HABLAMOS ESPAÑOL?

Cuento de Navidad. Por María José Moreno

Cuentan que aquel año el desapacible otoño dio paso a un adelantado y gélido invierno. Durante semanas los algodonosos copos cubrieron las calles y adornaron los sucios tejados con blancas lanas. El frío entraba furtivo en los hogares por huecos y rendijas, menos en casa de María. Allí, reinaba el invierno desde que cinco años atrás, una infausta tarde de diciembre, recibiera la trágica noticia de la muerte de su única hija en un accidente de tráfico. Se le heló el corazón y el pelo se volvió del color de la nieve. Ni los esfuerzos de su marido para que volviera a la vida, ni las risas de su nieto, ajeno a lo que ella sufría, sirvieron de nada. Desde entonces vagaba como una zombi en un desangelado mundo, huera de sentimientos que compartir.
La Navidad, como cada año, se acercaba codiciosa de anidar en los corazones y a María le aterraba pensar en la parafernalia que acompañaba a estas fechas. Se esforzaba con sonrisas artificiales, gestos estudiados y palabras automáticas que le ayudaban a exhibir una alegría que no sentía.
—Abuela, ¿este año comeremos pavo?
—Claro, Miguelito, como todos los años.
—Abuela, ¿a ti te gusta la Navidad?
Un silencio.
—En casa de los abuelos de Alejandro —continuó diciendo el niño— ponen un árbol muy grande y debajo Papá Noel deja los regalos. Aquí nunca hay un árbol, ni regalos.
A María se le encogió el estómago y no supo qué responder.
—Miguelito, no seas pesado y deja a la abuela.
—Abuelo, ¿pondremos este año un árbol muy grande como el de mi amigo Alejandro?
—Puede que sí —dijo llevándose al niño de la cocina.
Las lágrimas corrían como riachuelos por sus mejillas, sin que pudiera detenerlas en su camino de tristeza. Se culpaba de no tener la entereza y resignación que todos esperaban y se martirizaba con la opresiva rememoración de la desgracia que le había acaecido. Atrás quedaban la negación, la ira, la depresión, las preguntas sin respuesta; pero no conseguía aceptar aquella terrible pérdida.
En su nieto la veía a ella. Sus mismos grandes ojos de largas pestañas, el remolino de la coronilla imposible de peinar, el hoyuelo de la barbilla…Un suplicio que debía ocultar.
—¡Abuela, que dice el abuelo que vengas al salón! —gritó el niño.
María secó sus manos y lágrimas en el paño que llevaba a la cintura y se dirigió con disimulada serenidad al encuentro de su marido.
—Mira, cariño, dijo acercándose a su esposa. Tenemos visita. Esta chica quiere hablar con nosotros.
Una joven bien parecida y de agradable presencia esperaba de pie a su llegada. Nada más verla sintió una punzada en sus entrañas que no acertó a interpretar. Le resultaba tan familiar…
—Perdonen el atrevimiento de presentarme en su casa. Llevo tiempo queriendo hacerles una visita. Estas fechas son muy familiares y supongo que echaran en falta a su hija…
—Mi mujer aún no se ha repuesto. Por favor, preferiría que no sacara ese tema a relucir —le interrumpió.
—Perdónenme. No sé cómo decirlo —hizo una pausa—. Quería darles las gracias porque los pulmones y el corazón de su hija que ustedes donaron me salvaron la vida. Llevaba muchos años enferma y mi resistencia estaba al límite. Los médicos no encontraban donantes compatibles. Hasta que su hija…
Al escuchar aquello, María notó un pequeño crujido en el pecho. Parecía como si un viento cálido entrara por la rendija de la puerta envolviéndola. Algo se deshelaba en su interior. Le pareció distinguir un traslúcido halo blanco dibujarse alrededor de la joven que mostraba una amplia sonrisa. Se sentó, en silencio, a su lado. Su respiración se acompasó a la de su visitante y al poco se dirigió a ella, cogiéndole la mano:
—Ahora conozco el porqué. No fue una muerte gratuita. Gracias por venir.
Miguelito abrió muchos los ojos y la boca. No entendía lo que decía aquella simpática desconocida; aunque intuía que era algo bueno porque nunca había visto a su abuela con esa cara de contenta.
Se acercó y le tiró de la manga.
—Dime, cariño.
—Alejandro dice que su árbol de Navidad llega hasta el techo.
—Este año pondremos un árbol que llegará a las nubes —respondió ella riendo.
—¡Viva! Eres la mejor abuela del mundo —dijo abrazándola—. Pero, si es tan alto, ¿cómo podremos colocar la estrella en la punta?
—No te apures, mi niño. Tu mamá la colocará desde el cielo.

María José Moreno

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Trovador de madrugada. Por Isidro R. Ayestarán


Segundo fragmento del pequeño espectáculo poético teatral realizado el pasado 13 de noviembre en la Sala de Exposiciones del Gran Casino del Sardinero (Santander).
Para este número, los versos de «Trovador de madrugada» sirvieron como punto de inflexión del show, pasando a la parte dramática y profunda, homenaje a los personajes solitarios y románticos del cine de los años cuarenta y cincuenta.

«Vemos a nuestro amante
alejarse cuesta abajo,
mientras el nudo en la garganta
hace que nos aferremos a la butaca de la vida,
para, lentamente, con pasos derrumbados,
acercarnos a nuestro camarero favorito
para entonarle el himno del trovador de la madrugada:
aquél que se canta al acabar la música,
al apagar las luces, al cerrar la verja…
y no tener a quien dar un beso de buenas noches».

 
© Isidro R. Ayestarán, 2009

El Cabaret de los Sueños