Monika sonríe frente al espejo. Por Maite Nicuesa Guelbenzu


“Monika sonríe frente al espejo” es el título del segundo libro del navarro Iñigo Sota Heras. Pese a su juventud, demuestra en cada una de sus páginas una capacidad literaria sorprendente para construir historias que invitan a pensar sobre temas sociales de actualidad. Historias que muestran pequeños retales de vida, escenas cotidianas cargadas de significado para el lector. Momentos que quedan abiertos a la imaginación. Y es que a veces, aunque parece que el autor no lo dice todo, sí que lo hace en un libro que exalta la importancia del lado positivo de la existencia humana. Quizá por eso, Monika sonríe frente al espejo en un acto metafórico de agradecimiento hacia sí misma. La obra trata temas tan universales como el amor, las relaciones interpersonales, la vejez… El arte de la vida alcanza su máxima expresión cuando se transforma en literatura porque en ese instante el hombre es a la vez sujeto y objeto de la investigación.

El autor muestra una extraordinaria capacidad de introspección a la hora de presentar unos personajes realmente humanos. Aunque el libro toma su título del relato principal, existen otras historias que también transmiten valores, enseñan e invitan a pensar en qué es lo adecuado cuando se trata de ser feliz y de quererse a uno mismo con una autoestima sana. En ocasiones como esta, la literatura es una oportunidad para el aprendizaje vital, la superación personal y el bienestar emocional. Además, conviene destacar que la autora del prólogo es Rosseta Forner que realiza una presentación magistral no sólo del libro (editado por Atlantis) sino también de la calidad literaria y personal del propio autor. Un autor joven y con talento que poco a poco convierte en realidad su sueño de escribir para el gran público desde la humildad y el agradecimiento.

Como buen periodista, Íñigo Sota muestra un gran dominio de la palabra puesto que no sólo escribe en prosa sino que también sorprende con la calidad y la madurez de sus versos. Además, domina el arte de la metáfora. La literatura de Iñigo no está cargada de artificios sino que contiene la elegancia de la sencillez para que la forma no reste protagonismo al fondo. Un fondo que no deja indiferente a un lector que seguramente sonríe al leer el libro igual que Monika cuando se mira en el espejo.

Como dice el propio autor, debemos comenzar a querernos más a nosotros mismos e invertir el camino que tomamos habitualmente de la crítica negativa para potenciar todo lo bueno que hay en nosotros. Un mensaje profundamente esperanzador en una sociedad un tanto dada a la negatividad propia de la tristeza que aflora en forma de adicciones, complejos, depresiones, envidia… Es importante pararse a pensar para iniciar el cambio de rumbo hacia el optimismo que tiene su máxima expresión en la sonrisa que muestra por fuera cómo nos sentimos por dentro.

Iñigo Sota Heras tiene un largo camino por delante, sin embargo, este libro es su presente. Por esta razón, recomiendo la lectura de “Monika sonríe frente al espejo” a todo aquel que tenga algún tipo de inquietud vital, ganas de superación o que simplemente, quiera disfrutar y pasar un buen rato ante un libro de calidad que puede ser un buen regalo de Navidad.

Maite Nicuesa Guelbenzu
Doctora en filosofía
Fuente:www.canal-literatura.com

POEMAS SIN ROSTRO. Por Nebulos


Comentario
Desde hace cuatro años, la asociación Canal Literatura organiza un certamen que lleva el nombre de Poemas en el canal y que en este volumen se han publicado los poemas premiados y finalistas, más uno de los miembros del Jurado de cada año, bajo el nombre de “Poemas sin rostro”, además de un poema premiado con el Premio Especial Salzillo “el arte y la palabra”, convocado para celebrar el III centenario dedicado a la figura del escultor murciano Francisco Salzillo.

Fiel a su idea de que Internet es el medio de comunicación más poderoso para extender y difundir la literatura, y también de reunir en torno a su proyecto a personas con intereses culturales comunes, estén donde estén de este planeta amenazado de muerte, la Asociación Canal Literatura viene recogiendo la creación literaria de escritores más o menos anónimos, ofreciéndoles su plataforma, como elevado pedestal, para expresar su creación literaria.

Y el certamen Poemas en el canal ha reunido a un buen número de poetas, como puede leerse en la relación de autores y autoras más abajo reproducida, además de a José Belmonte Serrano, Raquel Lanseros, Teresa Martín Taffarel, Ana María Tomás, Carlos Marzal y Vicente Gallego, miembros del Jurado, en cada una de las tres ediciones que aquí se recogen a modo de antología.

Poemas, que por esa misma condición, nos llevarán al verso libre, al verso rimado, al soneto, a cualquier forma poética que tal número de autores y autoras pueden ofrecernos en una recopilación de lo mejor de los tres primeros años del certamen. Y, como decía Javier Lostalé hace unas fechas, la precisión en el nombrar, eso es poesía, aquí un ejemplo: “La mirada, en silencio,/ le dicta al corazón sus certidumbres,/ dudas del soy, del fui, medias verdades,/ y se pierde, se pierde inmensamente/ en los brazos alígeros del aire”, de la ganadora del Certamen de 2005, Antonia Álvarez Álvarez.

Poemas que nos llevarán al sentimiento, al amor, a la pasión, pero también a la desesperanza, a la pérdida de la ilusión, al desamor, al abandono, a la soledad “Este andén/ -sin número y con nombre-/ en el que aún espero/ no sé qué partida/ ya no recibe trenes con los brazos abiertos”, de María del Rosario González Domínguez. Y todo ello aunque Luis Oroz, ganador del certamen de 2006, nos diga que ya no volverá a morir: “Pensaba que la muerte eran tus labios/ oficiando metáforas de olvido,/ pensaba que la muerte/ era escribir sin alma los capítulos/ de una inmortalidad enamorada,/ creía que morir era dejarse/ dos ventanas abiertas y algún libro,/ eternamente prólogo,/ en la casa sin piel de la conciencia”.

Íñigo de la Guardia Rey, ganador del certamen de 2006, nos propone llevar un diario, un diario perpetuo, de lo que importa, y de lo que no: “Quizá esta noche lo has perdido todo/ en las casas de juego de San Remo,/ se cierne sobre ti otra mala racha,/ igual que la anterior, igual que muchas,/ mas eso no lo sientes, ni te importa.”

Poesía sin rostro, con rostros muy conocidos.

LOS AUTORES Y AUTORAS.
Mª Cruz Agüera Sánchez, Antonia Álvarez Álvarez, Ana María Álvarez Barroso, Emilio Aparicio Díaz, Francisco Ballester Palazón, José Belmonte Serrano, Alba Cid Fernández, Íniño de la Guardiana Rey, Silvia Dioverti, María del Rosario Fernando Magarzo, Vicente Gallego, Manuel Galliano, David García Herrero, María del Rosario González Domínguez, Carlos Guerrero Gallego, Antonio Jerez Expósito, Raquel Lanseros, María del Mar Odoñez Castro, José Manuel González Rodríguez, Ada Isabel Machín Sánchez, Teresa Martín Taffarel, Carlos Marzal, María Candelaria Más Ortuño, Salvador Moreno Pérez, Manuel Orero Galán, Luis Oroz Rodríguez, Ricardo Pérez Fernández, Francisco Pérez Hernández, Santiago Redondo Vega, Ángel Luis Romo, Rafael Sarmentero, Carlos Téllez Espino, Ana María Tomás.


Francisco Javier Illán Vivas ( Nebulos)

Fuentes: VegaMediaPress
Foro Literario de P.L.B

Pepe y los piratas. Por Arturo Perez Reverte

A ver qué novelista que no sea un demagogo o un cretino se resiste a que lo lean más, en lugares donde el libro de papel no llega por diversas razones.

En fin. Para redondear lo que quiero contarles, debo añadir que un tío estupendo -de Valencia, me parece- que se llama Enrique y honra El club Dumas usando gentilmente el nick de Corso, montó por su cuenta y con dos o tres amigos, hace un par de años, una página soberbia en la que se ocupa de mis libros, y tiene un correo del lector, y un foro libre de discusión; y el fulano ha conseguido montar una pajarraca extraoficial magnífica, donde amigos a los que no conozco, pero que tienen la gentileza de leer mis libros y mis cosas, como El Conde, Carlota, Celso, El Marino y muchos otros, envían colaboraciones, opinan y, en resumen, intercambian cromos. Y fíjense si será buena la página, que hasta mi editorial, a la hora de hacer la suya -estupenda, las cosas como son-, puso un enlace con ésta para aprovechar todo ese caudal de información. A esa página privada me asomo de vez en cuando a ver por dónde van los tiros, los que me dan leña y los que me defienden. Nunca intervengo, pero observo, me divierto, aprendo, me familiarizo con amigos y adversarios desconocidos. Y así fue durante todo este mes, en que al abrir la página de Enrique encontraba allí todo un foro de mensajes reclamando que alguien piratease El oro del rey y lo pusiera a circular: algunos oponiendo reparos morales y otros diciendo qué carajo, las cosas en la red están para piratearlas, y no estoy dispuesto a soltar quinientas pelas, no ya por la pasta, sino por principios. Por estricta moral de internauta.

Y debo reconocerlo aquí públicamente: asistir a todo ese guirigay, propio de las tabernas de filibusteros de los viejos libros, me ha calentado el corazón. El día que alguien que usa el nick de Pepe dijo «ya lo tengo, aquí lo tenéis», y en el acto recibió una lluvia de peticiones y agradecimientos, sentí el éxito casi como propio. Porque uno cree que todo está ya dicho, escrito y reglamentado, y de pronto resulta que no; que ante cada nuevo desafío surgen en cualquier rincón espíritus libres que se pasan por el forro de los cojones los reglamentos y los copyrights y las estipulaciones de tres euros y letra pequeña. Corsarios resueltos a ir al abordaje de sus sueños. Y lo que es más importante: solidarios, dispuestos a compartir. A ir a la taberna de los Hermanos de la Costa, de los colegas, de los amigos cuyo nombre es sólo un alias en la red, y decirles: aquí está, aquí lo tengo. Aquí lo tenéis. Servíos, y que aproveche. Por eso quiero dar hoy las gracias al pirata Pepe y a los otros: a quienes durante estas semanas habéis hecho saltar mecanismos de seguridad y saqueado las bodegas de esa página alatristesca, por amor a la aventura, por desafío y por generosidad con los camaradas. Los de mi editorial -y algunos libreros- se ciscan en vuestros muertos. Por mi parte, os aseguro que el propio Diego Alatriste habría disfrutado tanto viéndoos hacerlo como he disfrutado yo.

Fuente:XL Semanal. Pincha en este enlace para leer el articulo completo.

Vuelo al sur. Por María Dolores Almeyda

Soy un pájaro. No me andaré por las ramas, y aunque parezca que hago un chiste, la verdad es que no estoy para bromas. Contaré con brevedad mi historia porque creo que merece ser contada. Aunque lo advierto desde ya, le falta el final. Soy provisor. Un pájaro previsor. Será como si estuviese haciendo mi testamento.

Me he creído mayor para independizarme de mis padres y he tomado la autovía que lleva al sur. Viajo solo, con pocas plumas, ligerísimo de equipaje. De vez en cuando me paro en algún sitio, pico algo para matar el hambre y continúo volando. Hace apenas tres horas, calculo, me he despistado y he chocado de frente contra el cristal de un coche que iba en mi misma dirección. No sé cómo sucedió pero caí fulminado y por un momento pensé que me moría. Caí sobre el asfalto que ardía a aquélla hora de la tarde y vi algunas plumillas grises que se pegaban al suelo cerca de mi cabecita. Creí que eran mis sesos desparramados, pero no, pues supe que aún tenía vida.

Inmediatamente después oí un frenazo que me hizo pensar que el conductor había sufrido un accidente. Otro más. Por suerte no fue así, y al momento vi unos pies grandes que se acercaron y unas manos peludas me levantaron del suelo y me llevaron con cuidado y me dejaron reposar sobre una blanda superficie. Aquel hombre de aspecto rudo volvió a cogerme con delicadeza y me hizo tragar agua acercando su boca a mi maltrecho y dolorido pico. Una música sonaba muy bajito y creo que después de eso me dormí. Igual podría estar muerto, pero no, solo dormía, porque no sé cuándo ni en qué momento me desperté y lo supe.

Ah, sí. Fue cuando se detuvo el coche y el hombre volvió a cogerme con sus manos de oso peludo por una parte y suaves por otra, como si fueran reversibles. Los pájaros también sabemos de estas cosas. Sobre todo algunos que, como yo, nos hemos lanzado temprano a la aventura. Entramos en un lugar en el que había otras personas. Lo supe por las diferentes voces que escuché en mi atormentada cabecita. Mi agresor y salvador pidió una caja y un café y noté miradas que no me perdían de vista y voces lastimosas que se hacían cargo de mi dolor cuando él les contaba lo sucedido. Me sentí protagonista. Creí ser importante. Había hecho bien viniendo al sur.

Me metió en la caja que alguien le dio y le hizo varios agujeros, cerró la tapa y me dejó sobre el mostrador. Estaba a gusto. Seguramente el accidente solo me ocasionó magulladuras y poco a poco fui notando que me sentía mejor. Escuchaba de nuevo la explicación de lo sucedido y el asombro correspondiente porque no estuviese muerto después del impacto, cuando en un momento determinado noté como si volara. Alguien estaba moviendo la caja con violencia trasladándola de lugar y en aquélla inclinación se abrió la tapa y yo caí, entre el dolor y la sorpresa, incapaz de iniciar el vuelo. Iba a dar con mi cuerpecillo sobre el suelo, pero antes de llegar a él, las garras asesinas de un felino gris de terciopelo y seda se metieron entre mis plumas despavoridas y de nuevo estuve a punto de morir, pero ahora de espanto.

La voz del hombre sonaba ronca y airada y decía palabras feas dirigidas al gato, y una fuerte patada lo hizo chocar violentamente contra la pared de enfrente provocándole un chillido que hasta a mí me causó lástima. “Me cago en la puta que mala suerte”, decía el hombre acunándome de nuevo entre sus manos fuertes, y por el tono de su voz yo entendía que aquéllas palabras contenían veneno.

Hace un buen rato que no pienso nada. Tiemblo, pero sé que estamos en verano y que cuando bajaba al sur hacía un calor sofocante. Yo veía estallar los reflejos del sol sobre el asfalto y parecía que hasta el suelo estaba unos centímetros por encima de sí mismo. Así que no sé por qué hará tanto frío, que hace que entrechoquen mis débiles alitas desplumadas. Mi amigo sigue repitiendo esas palabras que ya hasta me gustan, “me cago en la puta, que mala suerte, me cago en la puta, que mala suerte”. No tengo muy claro que querrá decir con ellas, pero por la escasa experiencia que me ha proporcionado mi corta aventura, creo que el tono de ese canto no lleva trinos buenos.


María Dolores Almeyda
Fuente:https://canal-literatura.com/BLOG/

Los amigos. Por Carmen Posadas

Como soy una calamidad con las máquinas y con todo lo relacionado con la informática, he tardado mucho en entrar en el mágico mundo de Internet. Me aburría tanto la idea de aprender aquello que empecé con la vieja y simple táctica de Narciso, que resulta tan pedagógica, hasta que fui adquiriendo soltura y gracias a ella ahora navego más o menos bien. La táctica de Narciso (ya, ya sé que no dice mucho en mi favor) consiste en teclear en el buscador, en este caso ‘Carmen Posadas’, y ver qué sale. Con este sistema he descubierto todo lo bueno y todo lo horroroso que se dice sobre mí en la Red, lo que me hace pensar que estaba mejor antes cuando, tal como lo planeó el buen Dios, ignoraba los pensamientos de mi prójimo. Aun así, esta cura de humildad me ha llevado a descubrir muchas cosas y a saber qué interesa a la gente de lo que digo y qué no, algo muy útil para alguien que se dedica a escribir en prensa. Existe una página en la Red llamada Citas citables o algo así en la que incluyen una frase mía y, después de agradecer a sus responsables la deferencia, me gustaría aprovechar la ocasión para explicarla mejor, puesto que, tal como está transcrita, quizá no se entiende. La ‘cita citable’ –según estas amables personas– dice más o menos lo siguiente: «Existe una teoría infalible sobre los amigos y es que hay que saber bien qué se puede esperar de cada uno».

Como ven, dicha de este modo, la frase no parece digna de codearse con una de Oscar Wilde precisamente, pero como creo que la idea central puede resultarle útil a alguien, me gustaría comentarla con ustedes.

En una de las circunstancias más difíciles de mi vida, un periodista me preguntó cuántos amigos había perdido en la adversidad, y yo le contesté que ninguno. Como en los momentos duros hay muchas personas que fallan e incluso nos niegan, el periodista se quedó bastante atónito y tuve que explicarle que, según mi experiencia, nadie falla si sabe uno qué esperar de cada persona y no pide peras al olmo.

Lo que quiero decir es que hay amigos a los que podemos llamar a las cinco de la mañana para que nos consuelen de un mal de amores. Otros que son como una tumba y sabemos que nunca divulgarán una confidencia. Algunos (raros, pero los hay) a los que podemos acudir en un apuro económico. Y, por fin, amigos que siempre hablarán bien de nosotros pase lo que pase. Lo que no se puede esperar, sin embargo, es que el que nos consuela sea una tumba o que el que nos presta dinero hable bien de nosotros, ni que el que habla bien de nosotros se plante en nuestra casa a las cinco de la mañana cuando nos da el mal de amores. Cada uno sirve para lo que sirve y no hay que esperar más, so pena de llevarnos el consabido chasco.

Como la gente es muy proclive a ver la paja en el ojo ajeno y no la cacho viga del quince en el propio, piensa que él o ella es incondicional y que nunca fallaría a un amigo; pero eso no es más que un espejismo. Hay gente más generosa y gente más egoísta, pero (casi) ninguno somos san Francisco de Asís, que yo sepa. Tengo muy claro, por ejemplo, que no pertenezco al grupo Uno de los antes mencionados. Es decir, a mí que no me llamen a las cinco de la mañana así haya un terremoto. Pero vivimos en un mundo tan autocomplaciente que nadie se detiene a hacer una mínima reflexión sobre sí mismo y tiende a pensar que cada cual es perfecto y los demás, malvados. En realidad, quienes piensan así pertenecen a ese colectivo insufrible que cree que «un egoísta es todo aquel que no piensa en mí». Sin embargo, la autocomplacencia es un bálsamo engañoso, pues al principio quizá reconforta pensar que somos buenos y el resto de la humanidad, malvada, pero al final lo único que conseguimos con esta creencia es quedarnos solos en nuestra tonta torrecita de marfil. Por eso, yo prefiero confiar en la gente. Porque, como digo, si uno sabe qué esperar del otro, ese otro nunca falla. Con este sistema se ahorran muchas desilusiones, muchos chascos y, sobre todo, mucho rencor. Además, cuando uno no espera nada o casi nada, todo lo que reciba será siempre un regalo maravilloso, ¿o no?

Carmen Posadas
Fuente:XL Semanal

losmayores, esosqueavecesfusilamos. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Llega tarde. Ya están todos cenando.
Se llama Lucía pero quiere que la llamen lu.

Se sienta en la mesa con desgana mientras grita en voz alta: vaya mierda de comida, otra vez lentejas…

Os cuento la escena:

Su padre, cansado, y por sus ojos gateando el semen de la ira que se ha vaciado antes de llenarse.
Su madre en la cocina,
con el pelo lleno de rulos y
de nostalgia.
Su hermano pequeño echándole ketchup a las legumbres para matar el sabor auténtico de la verdura.

Y el más importante de la escena:
su abuelo.
Con ochenta y cinco sueños y
años,
ocultando con sus arrugas y sus
babas el desprecio
de ser engendro y creador
de aquel mundo remendado.

¡Abuelo!
le grita ella riéndose,
no me vayas a contar de nuevo tus batallitas, que estoy harta de oírte.
Joder con este viejo, siempre tan coñazo.
O te callas o te quito esta noche la escupidera y te meas en las sábanas…

Silencio. Nadie habla.
Y de pronto,
llego yo…

Más demonio que ella.
Montada en unas alas de cristales rotos.
Afilados.
Listos para rajar su lengua.

Aterrizo en su cuello.
Le aprieto la yugular con mis uñas y, mientras su sangre baña la sonrisa de su hermano, le grito en los ojos:

Ese que está sentado ahí,
digamos tu abuelo,
es tu origen.
Digamos,
tu simiente.

Ese, es el que ha parido a tu padre con sus huevos y que luego,
lo ha alimentado y formado para
que nazcas tú.
Ese que no te corrige los errores de tu vida,
es catedrático de ingeniería mientras tú, te comes los mocos y no apruebas ni el deporte.
Ese,
que llora mientras te sonríe y
se le parten los huesos lentamente
con tu
desprecio,
ese,
es tu pasado. 

Y sin pasado,
niñata de mierda,
no tienes ninguna
opción de futuro.

Eres una rata de alcantarilla que nunca verá la luz…

Yolanda Sáez de Tejada

Blog de la autora