El verdadero hogar. Por Luis Oroz

Mirad este lugar
tan desolado,
gente que pasa cubierta de polvo,
ignorando el escombro que se cae de los días.
Que atraviesa el fantasma de las irrealidades,
que choca con la vida sin percibir el ruido que produce la ausencia
al romper el cristal de los recuerdos.

La ciudad ya se inclina a otras miradas
sujeta por la luz de las esperas.

Mirad este lugar, hoy es más nuestro
aunque nunca estuviéramos recorriendo su espalda.

Ahora que el semáforo se rinde al ámbar de los párpados
ya podemos cruzar la desmemoria,
descubrir que la vida es la costumbre de romperse los ojos,
de abandonar la claridad,
de sumergir al tiempo en un vaso de tiempo.

El verdadero hogar no tiene números que puedan ubicarlo,
pero basta escribir unas cuantas palabras
para ver al cartero deshojando en tu puerta la flor de la nostalgia.

Mirad este lugar,
hay unas ruinas subiendo al autobús
y una parada
creciendo en el hogar del que te fuiste.

Luis Oroz

Blog del autor

Niebla. Por Ignacio Lacuesta Ceberio

Abrazo madrugador de cielo y tierra.

Paisaje difuso, danza de temperaturas.

Claroscuro que confunde la mirada.

Fugaz confusión de sensaciones.

El aro solar pugna por abrirse paso

ganando su lugar en un decorado de fondo

Introspección, meditación, escalofrío.

Seguridad que surge de la inseguridad.

(18/11/08)

Ignacio Lacuesta Ceberio

Bolg del autor

Por una cabeza. Por Federico Manuel


La culpa la tuvo mi abuelo; sí, él y sus genes. Pues ya en el viejo Madrid de finales de los años cuarenta, aires turbulentos castigaban la moral de las jovencitas, salidos todos del fagot de don Ambrosio y su fantástica media sonrisa, cuando interpretaba un tango. No en vano podía afirmar que pertenecía a la mejor orquesta filarmónica del momento, y condes y demás personajes de postín, no celebraban ningún festejo sin la participación de dicha orquesta. Circunstancia que don Ambrosio, mi abuelo, no desaprovechaba para seducir a una joven incauta.

—¿Le conozco, caballero?

La desconfianza se columpiaba en sus palabras, entre la curiosidad y las buenas formas.

—No tenemos ese placer, señorita.

Y don Ambrosio, haciendo gala de una exquisita ironía, le ofreció un canapé.

—Pero si gusta, ya nunca se olvidará de mí.

—Oh…

“Engreído, impertinente…” No tuvo tiempo para formular una respuesta coherente.

—Es ambrosía, alimento de los dioses… Y yo, Ambrosio, para servirla a usted.

—Un poco de confitura de calabaza no va a hacerme perder la cabeza, caballero.

“Ya está, ya la tengo en el bote”, don Ambrosio rara vez se equivocaba y notaba hasta los más sutiles cambios de tono y expresión corporal. La jovencita coqueteaba.

—Pruebe a ver, nunca se sabe.

La joven mantuvo un silencio airado, que repentinamente rompió.

—Usted no me conoce, no sabe nada de mí. ¿Con que derecho se dirige…?

Un canapé detuvo el final de la pregunta. Circunstancia decididamente grosera, y atrevida, que provocó una explosión de dulzor en el paladar en contra de su voluntad, que festejó como fuegos artificiales que sonrojaban las mejillas por fuera.

—No lo escupo por educación, pero sepa usted que…

—Yo también —interrumpió, provocando nuevos fuegos pirotécnicos en el rostro de la joven.

“¡Qué se ha creído usted!” pensó la joven; sin embargo, sólo pudo pronunciar un estrangulado “oh” que don Ambrosio no supo interpretar adecuadamente.

—La boca que besa, borra la amargura y deja impresa la huella…

Una bofetada abortó el beso inminente que se formaba en el rostro del desconocido.

—Ve, no he perdido la cabeza.

Don Ambrosio quedó desconcertado, ¿qué había fallado? Su belleza física, su porte atlético, y su cultura siempre habían avalado las ignominiosas deshonras de las que solía presumir. Tal vez había ido muy deprisa en esta ocasión. Se quedó inmóvil, incapaz de reaccionar, sintiendo el peso de cientos de ojos posados sobre él, viendo a la joven escapar entre los invitados, con la cabeza bien erguida.

“Demasiado carácter para una bonita cabeza… Pero todo tiene solución”, pensó calentado las palmas de las manos, frotando una con la otra. Un gesto truculento que no quedó en eso.

La fiesta concluía y los invitados se retiraban discretamente. Cuatro preguntas se formularon al mismo tiempo.

—¿Dónde está Pepitiña? Hace horas que no la veo por ningún sitio —se lamentaba su madre en el salón de té.

En el mismo instante, pero desde la sala de música, Alejo Pimentera formulaba una pregunta parecida.

—¿Dónde está mi maletín? —curioseaba bajo las sillas, desconcertado, con el chelo en la mano.

Un poco más lejos un mayordomo regañaba en voz alta a unos camareros contratados para la ocasión. Blandía el índice derecho con la habilidad de un maestro de esgrima.

—¿Quién ha entrado en los jardines, y ha dejado huellas de barro en las alfombras? ¡Todos a frotar! —exigió sin esperar respuesta.

Al mismo tiempo, el señor embajador enarbolaba unas cejas muy pobladas desde el despacho privado:

—¿Quién ha curioseado mi colección de alfanjes? —protestó, notando que una de esas armas se exponía con una inquietante mella en el filo.

Cuatro preguntas, como decía, cuya única respuesta descansaba sobre don Ambrosio, que abandonaba la residencia portando el estuche del fagot, además del maletín de un chelo. El que su amigo Alejo Pimentera no encontraba. Y curiosamente, repasaba los zapatos en la alfombrilla de entrada, al salir…

Sí, así era mi abuelo, impetuoso y discreto en lo que quería. Cualidades que se repitieron en la generación siguiente.

Federico Manuel

Extraña droga. Por María Dolores Almeyda


–Extraña droga, ¿no cree usted?

–Extraña, extraña…

–Pues aquí donde me ve, la he tomado varias veces

–¿Y no ha muerto?

–Aun no. ¿Debería?

–No necesariamente. A veces produce otro tipo de reacciones menos adversas. La muerte sería en último término. Y no es frecuente, no debe preocuparse.

–Tal vez será que no abusé de ella…

–Tal vez…

–¿Y usted la probo alguna vez?

–¿Yo? Bueno, más bien la distribuyo. Reparto, soy correo.

–¿Y nunca la probó?

–Pues si le soy sincero, nunca lo intenté.

–Por qué?

–Por que veo los efectos que produce y son tan diferentes y los conozco todos… No me atrevo. O tal vez es que no estoy hecho para ella.

–Y por ejemplo, en mí, ¿qué efecto cree que produce? ¿Cómo me ve a mí?

–A usted no lo veo mal… del todo. Pero creo que no es consumidor fiable.

–¿Cómo? ¿Qué quiere decir?

–No se ofenda. Usted, más que consumir, vive de ella. Es un poco como yo. Yo no consumo, pero soy un símbolo, vivo de ella. Usted es consumidor del modo en que las abejas lo son del polen de las flores. Va probando de todos los sabores, mezclando, y no sabe aun con qué sabor quedarse. Por eso digo que es consumidor indeciso, además de infatigable.

–Según usted soy poco serio…. y por eso no me afecta como a otros?…

–Yo no he dicho que sea poco serio. He dicho que es un consumidor indeciso, que prueba sin ganas, o busca en exceso, por eso no le afecta demasiado. Es como aquél que va al teatro porque le han repetido infatigablemente que es una buena obra y unos excelentes actores. Pero cuando lo ve y lo comprueba por sí mismo, no le parece tan bueno. Porque no supera las expectativas que le levantaron, ¿comprende?

–Entonces cree que es por eso por lo que insisto entreteniéndome en la búsqueda de diferentes tipos? Para encontrar alguna vez la que sea de mi agrado?

–Es posible…

–Solo es posible? No me da ninguna garantía.

–Usted no me la pidió, amigo.

–Pues véndame la mejor droga, la única, la definitiva, la que se quede conmigo para toda la vida, la que consiga envolverme y haga que nunca vaya en busca de otras.

–No puedo hacer eso.

–¿Por qué?

–Porque yo no vendo, le dije que distribuyo, soy correo.

–Ya sé, es una forma de hablar. Discúlpeme… Me dejará probar una vez más, hacer un último intento…? Quiero conocer los efectos de esa droga definitiva…

–Póngase allí, de espalda a la pared.

–¿Así? Me quedo aquí, ¿está bien?

–Creo que sí. Está dentro de mi arco. Llene el pecho de aire. Bien, así. Y expúlselo lentamente después. Muy lentamente. Y cierre los ojos. Cuando los abra ya no me verá a mí, pero notará mi presencia. Es un efecto.

–De acuerdo, amigo, muchas gracias. Volveremos a vernos?

–No creo… Por cierto, ¿cómo se llama usted?

–Eros. Y su nombre es…?

–Arquero.

–¿Arquero? Nunca escuché ese nombre…

–Ah, sí, es igual, otros me llaman Cupido, pero a mi edad ya me resulta un poco cursi. Aunque es igual porque no volverá a llamarme.

–¿No volveremos a vernos? –pregunta de nuevo Eros ya con los ojos cerrados y comenzando a expulsar el aire de sus pulmones lentamente, como le han aconsejado, mientras Cupido se aleja calle abajo diciendo en voz baja alguna impertinencia en referencia a no se sabe que cambio de nombre, de táctica o recursos para aumentar la clientela.


María Dolores Almeyda

Volveré mañana. Por Isabel Muñoz Vázquez

Volveré mañana, para recordar juntos las cosas que odiamos que nos dan nauseas y nos provocan esos pequeños mareos delirantes que no nos dejan conciliar el sueño. Aquello que nos roba la palabra y ahoga en un suspiro.

Mientras aguardo la espera y para reconfortarme y no sentir tan afligida escribiré en mi diario lo que me sube al cielo, que me hace sentir bien, que despierta mis sentidos. Aquello que hace fé a mi leve locura inventada por los demás. Porque sí, porque estoy loca.

Me apasiona el ruido de un coche colisionando con el otro en un accidente de tráfico, entre gritos, llantos y sollozos por las almas perdidas. Me embriaga el hedor a sangre cuando las encias se enrojecen y brobotea ese rojo líquido biscoso que deja un sabor amargo y dulce a la vez, que reconforta mi ser. Adoro la oscuridad y los callejones sin salida con ese nauseabundo olor a orines, heces y bagabundos durmiendo en periódicos roídos y húmedos. El encanto de las caricias del cuter rozando mis venas y haciendolas saltar y romperse lentamente, hundir la mano en el agua fría y sentir como poco a poco mi conciencia abandona mi cuerpo y llegar al alma, fuera de mí y observar como los forenses buscan un por qué a todo. Mientras río porque volveré y sentiré de nuevo la soga rodeando mi fino cuello, nublando la vista y ahogando mi respiración.

Sus caras descompuestas porque no lo entienden. Pero no saben que no hay nada que entender, son las cosas que me gustan y que ellos ven como raras, diferentes, fuera de la norma. Y sueño con arrancarles las entrañas y cortar sus pequeños cuerpos, finas rajitas por todos sus cuerpos perfectos y estirados. Pieles blanquecinas que piden a gritos perder su vida y yo me deleito en mi placer de pensar cumplir su sueños de morir.


Isabel Muñoz Vázquez

Estamos en Marzo. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Estamos en Marzo
y he de hacer
la declaración
de la renta.

Comienzo con mi activo
que se convierte
en presente
(para volver a tu lado
no encuentro el coeficiente).

He encontrado
la factura
del restaurante
donde tú
te declaraste
proveedor vacío,
sin deseo de
consumirme nunca
más.

A estas alturas
estoy en quiebra
y me deben más
que gasto.
Me debes besos,
y muchos abrazos
-que los últimos son
del trimestre pasado
y algunos sin declarar-.

He abierto la carpeta
de la renta
y he hecho mi
declaración
de amor.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

La vida viaja sola. Por Carlos Gargallo

La vida viaja sola.
-me bajo en la siguiente parada-
dejo aquí la maleta abierta,
llena de tránsitos,
repleta de ropa caduca,
cansada de kilómetros sin sentido,
ajada por el polvo,
sangrante por sus heridas
de tantos puntapiés.

Junto al banco.
Andén número 1.
Sobre las colillas.
Cerca de aquella papelera
llena de periódicos caducos,
de cascaras de pipas,
alguna carta por desamor destrozada,
de luto plastificado su pijama.

Allí, para siempre,
mi maleta queda eternamente dormida.

Ya está bien, amor, que vuelva a ti.

Carlos Gargallo (c)
Blog del autor