Estrellas en mi habitación. Por Ángeles Nava Martínez


Estábamos las cuatro en la misma cama. Mi voz era serena, iba enganchando significados poco a poco en la oscuridad de los ojos hasta el filo del camino en las horas, hasta la fuerza bestial contra el cansancio. Desgajamos el pasado con sus gritos sin refuerzo y el sabor de su dual rebeldía. Cerramos las cicatrices con nuestras propias venas porque el futuro nada sabe si uno no se lo recuerda. Los secretos de la memoria leyeron en el instante preciso lo que fuimos haciendo con los días para dejar caer las auras en descuido. Hicimos que las piedras hablaran sobre el sol y la tormenta, hasta que la mano de la risa trajera sólo lluvia, refrescando las puertas de las almas. Al final brillaron las estrellas en el techo del cuarto, se fueron quedando dormidas, y comprendí como es que algunos mueren lento por inanición.


Ángeles Nava Martínez

Divorcio en Buda. Por Brisne


Sin embargo, todo cobra sentido si está Anna. La vida.., la vida es Anna.

Divorcio en Buda es un libro de Marai acerca del amor, del significado de la vida y de los celos. Imre Greiner solicita el divorcio de su esposa Anna Fazekas y el encargado de disolver su divorcio es el juez Kristóf Kömives, antiguo compañero de estudios de Imre Greiner y que había tenido algún encuentro con Anna en su tierna juventud sin decidirse a cortejarla.
Marai nos describe una vez más el ambiente de la burguesía húngara, de sus criados y sus casas, sus relaciones sociales y la conciencia de clase que se respiraba en esa sociedad húngara.
Mientras paseaba por sus primeros capítulos no podía dejar de volver la mirada una y otra vez a Confesiones de un burgés.
Son sus vivencias relatadas por el juez Kristóf Kömives, sus casas, sus amigos, los amigos de sus padres y una sociedad que murió con la Segunda Guerra mundial. Una sociedad que obsesionaba a Sandor Marái, una sociedad que queda lejos y resulta extraña leída ahora, a principios del nuevo milenio. Pero luego hace una reflexión hermosa sobre el amor y la dependencia de los esposos. Pese a vivir la misma época Kömives y Greiner representan dos tipos vitales totalmente diferentes. Kömives es el típico burgués húngaro, con esposa a la que parece no amar demasiado pero con la que convive feliz y sus dos hijos. Hombre centrado en su posición y en su trabajo del que es una apasionado y que lo define como persona, Kömives es un juez.
Greiner representa sin embargo otro tipo de hombre, centrado en el amor, casi diriamos enfermizo por su mujer, su objetivo vital es amar a Anna y recibir también el amor de ella. Amor que no consigue porque Anna tiene un secreto. Toda la vida de Greiner representa la lucha por el amor de su esposa, es por ella que es un médico de prestigio, es por ella que vive, respira por ella. El final, cuando Anna ha fallecido es inevitable.
Representan dos tipos de una época pero en el fondo en todas las épocas nos encontramos con gentes así, quizá eso sea lo mejor de la novela. Ver dos tipos de personas de las que aún te cruzas por la calle, claro que ahora, ambos estarían llenos de prozac y tranquilizantes.


Brisne
Blog de la autora.

Acuerdo para dos. Por María Dolores Almeyda

Nos pusimos de acuerdo para escribir un nombre,
y mientras tú escribes el mío cien veces con tu letra de hombre, precisa y clara,
sesgada y contundente, -combinación perfecta de gesto y armonía-,
yo voy pintando signos que se leen sin orden, sin concierto, atropelladas…

…Palabras, disimulos, rencor, tarjetas de visita, mercado común,
Nixon, Biafra, Pakistan, conquistas espaciales, hambre, sed,
desequilibrio, miedo.
Política, evolución, revaluación de precios, nueva generación.
Operaciones, cambios, garantías, reclamaciones, recursos,
apelaciones, ruegos.
Consejo de guerra (Burgos), política de ficción, carreras contra reloj,
literatura, drogas, dispersión, robos de coches, secuestro de una niña,
de un cónsul, de un avión…
Pliegos fiscales, funcionarios públicos,
ministros, banqueros, joyeros, presidentes… huellas dactilares,
Números, cifras, candidatos al reino,
premoniciones, supersticiones, hinchas hinchados, sombras sombrías,
dilemas diluidos, diluvios y sequías,
pobreza, desnutrición, vacío… Un coche vuela por los aires
(milagro inapelable de técnica chapucera que nos mete el corazón en un embudo
sin rendijas ni puertas ni resquicios por donde pueda escaparse el miedo
o hallar una salida…

¡Ay!… Platero se ha quedado rezagado en el tiempo
y tú escribes mi nombre habiendo tantas cosas que escribir…

(Cuarenta años más tarde solo han cambiado nombres, etiquetas…)


María Dolores Almeyda
Blog de la autora

Ojos anónimos. Por Luis Oroz

Has vuelto una vez más
sobre tus pasos
el rastro de una estela interminable.

No hay agua en tu paisaje, no hay orillas
ni pájaros que asuman el vacío de unos ojos anónimos.
Pero miras las páginas, reconoces la playa y resumes tus olas
como un cuento en la boca de tu madre.

De lado a lado expiras tu silencio.

Tal vez extraviaste la piel detrás de los sentidos,
como el -¡amor! de un ciego;
hundiste tus palabras al oído de la oscuridad
y nadie pudo abrirlas.

-¡Escúchate y comprende!
Sólo existe el abismo cuando el eco responde,
cuando encuentra la ausencia su perfecta metáfora.

Tú regresas ahora con los dedos perdidos
en la niebla traslúcida, disecado en distancias
y habiendo sumergido tantas veces la cabeza en el aire.

Porque rompen los sueños contra el muelle de la incertidumbre
y salpican, confusos, su inocencia de espuma;
has venido a sentirte.

Crece el tiempo en sus ruinas…

Con un golpe de remos te desplazas de nuevo del salitre a la vida,
y abandonas el cuenco de mis manos;
esta balsa que flota,
a la deriva,
bajo el puente colgante de tu respiración.


Luis Oroz
Blog del autor

Te quiero. Por Luis Bermer

Era un día precioso. El cielo sobre nuestras cabezas era un mar en calma; el campo resplandecía de un verde luminoso. Paseábamos por un sendero de tierra, ella me rodeaba la cintura con su brazo. Susurró:

–Te quiero.

Yo la achuché un poco más contra mí. Después la miré a los ojos, que rebosaban ternura.

–Dicen los expertos que ni siquiera podemos conocernos a nosotros mismos ¿Cómo estás tan segura de que en verdad me quieres?

–¿Estás tonto, no? –y sus dientes rieron.

–Venga, en serio… ¿Por qué me quieres?

Se paró y me puso una mano en la mejilla, para acorralarme con su mirada azul.

–Porque lo que sé y veo en ti me sobra y me basta para quererte con toda mi alma. Presupongo que lo que jamás llegaré a conocer de ti será, al menos, la mitad de bueno que todo lo demás.

Y lo certificó besándome en los labios.

La tomé de la mano y seguimos por el camino hacia mi casa.

Mucho presuponer, ¿no creen?

Todas las anteriores respondieron de una forma similar a mi pregunta, pero esta última fue, tal vez, la más entrañable. Resulta evidente que todas se equivocaron.

En la frescura del sótano guardo sus ojos, cada par en una cajita de madera con sus respectivos nombres tallados sobre la tapa. A veces me pregunto qué verán ahora desde el otro lado.

Cuántas presunciones erróneas, cuántas ideas para transformar la realidad a nuestra conveniencia, para no verla tal y como es.

Por algo dicen que el amor es ciego.

Luis Bermer
Blog del autor

Emigrante. Por Isabel Muñoz Vázquez


Aquí, en Gijón, los inviernos son otoñales. Pero esos fríos humedos y empapados no evitan que, una vez más, vuelta a alzar su mano en dirección a la mar. Y allí esta ella, esperando la vuelta de su humilde marinero que un día se hizo a la mar.

De vez en cuando, una lágrima se confunde con el orbayo de mediados de Otoño cuando la nostalgia inunda su corazón y empieza a recordar; las dulces tardes junto al mar, con la arena jugueteando en sus cabellos castaños, la brisa erizando sus pezones y su compañía.

Los wajes se arremolinan en torno a ella observando su paciente figura, esbelta, erguida, sin vacilar, sin pestañear, sin, siquiera, perder el equilibrio. Cubriendo su cuerpo de una falda oscura, coronada por un mandil, el mandil de la buena cocinera y esposa, su camisa olgada, también oscura, y ese pañuelo al cuello color carmesí que destaca en toda su figura. En su mano, un pañuelo. Que secará las pequeñas lágrimas que osan interrumpir su espera.

– Mamá, ¿Quién es?
– Es una mujer. Un día, su marido se hizo a la mar y ella, cada mañana, se sentaba aquí, junto al mar a esperar, hasta que caía la noche y los guardas venían a por ella para que no muriera de frío y la devolvían a su casa. Cada día se repetía la misma escena, ella se senba ahí, con su pañuelo en la mano, sus recuerdos y sus ojos azules fijos en la mar, pero sus momentos de intimidad y espera se veían interrumpidos por los pregoneros, que avisaban a la guardia y la separaban de sus esperanzas de ver el barco de su amado acercarse a la orilla de la playa.
Al final, lo tomaron por loca y la encerraron en este centro de aquí. No se separada de la ventana de su celda que le dejaba ver, levemente, la mar, brabía, pues era invierno, uno de los más fríos que se habían conocido en Gijón.
– ¿ Y qué pasole, madre?
– Una tarde, cuando el sol caía, loca de rabia y de celos porque la mar no le devolvía lo que un día se llevo sin permiso, se escapó. Y volvió a su rincón y allí se quedó, con la mano alzada implorando a Zeus y a Dios que le devolvieran a su humilde marinero. Para cuando los vigilantes del centro se dieron cuenta, ya no podían hacer nada, se había congelado, de tal forma, que no pudieron arrancarla de su posición. Como si hubiera echado raices. Ella y su fe inquebrantable aún siguen esperando que la mar les devuelva su tesoro más preciado. Su amor.


Isabel Muñoz Vázquez

La vida en rosa. Por Ángeles Nava Martínez

Mi hija tiene una obsesión, le encanta el color rosa. Y digo obsesión porque siempre quiere comprarse blusas, pantalones, celulares, artefactos, cortinas, sabanas, delineadores, bolsas, etc., de este color. Curiosamente su habitación está pintada en varias tonalidades del color rosa. Supongo que a su edad (quince años) es natural que le guste, o ignoro si sólo estoy dándole validez a algo que siempre se da por hecho. Lo superficial bajo el oído, lo siempre escuchado, la gastada frase de “ver la vida color de rosa”. Creo que existe algo de cierto y algo de mentira.
En mi caso por ejemplo, trato de abrir el reproductor de mi mente y saboreo la razón del azul en mi memoria, rememoro mi gusto por el cielo, por el mar, por lo profundo, que no concibo la vida sin este color. Por lo que entiendo la belleza en la multiplicidad de los tonos. El color nos convierte en personas sensibles y a pesar de que nosotros no estamos en el mundo, si no que “somos” el mundo, también podríamos decir que el mundo a su vez nos entrega a cada instante razones para volver a mirar muy dentro, a través de nuestros mismos sentidos. Trato de oler la inocencia del color rosa, el amor, la entrega total y la ayuda al prójimo. Por lo que si quisiera definir a la pequeña, estas palabras le vendrían muy bien. No por normas estrictas o porque nuestro pensamiento a menudo se ligue a cosas mágicas (aunque bien se da), si no por percibir con cabellos, piel, nervios y humo nuestra identidad en el mismo entorno, sentir una vibración que esta tan lejana de nosotros…como dentro. Sentir que cualquier cosa que yo mire o toque, se transformará y me transformará.
Lo cierto es que su manía por el rosa, por una causa que desconozco, me ha otorgado algún tipo de entusiasmo. La vez pasada me sorprendí a mí misma comprando unos platos de color rosa, en tiempo de frío busqué por cielo mar y tierra unos guantes rosas, y ¡bueno! hasta la memoria USB, es rosa.
Creo que al ir hilando estas palabras formo una fibra continua de reflexión y voy cohesionando deducciones en el decir, pienso que sucede como cuando uno se vuelve como el hombre o la mujer con quién se casó, igualmente pasa con los hijos, se van fundiendo gustos, creencias, ideas, a medida que pasa el tiempo, como puede ser un partido de futbol que antes no gustaba tanto o un cantante al que nunca ni siquiera por mero ocio, le escuchamos sus canciones. Uno se va haciendo más como el otro, porque nuestros lazos nos animan a tener cosas en común, más razones espontaneas para compartir, y desde ahí que entonces la vida, si sea de color rosa, con todo y los significados que le atribuyen, tal como lo percibe la pequeña, quizá no siempre con la misma intensidad pero sucede como consecuencia del mismo vínculo, del mismo modo que alguna vez a ella y a mí nos unió un simple cordón umbilical, incluso ignorándolo. Cordón umbilical que también nos ata al mundo, con todo y la fascinación de sus colores.

Días de reclinarse sobre la almohada


Ángeles Nava Martínez