Un poema de Salustiano Masó. Por Katy Parra Carrillo

Atrás en la distancia queda el humo
quedan las siemprevivas avergonzadas de morir
el pañuelo con que se dice adiós a un amor imposible
quedan las máscaras con sus medias lágrimas
el pan de la boda y el de los años de hambre
atrás en la distancia queda la fuente
tú y yo como dos llamas niñas que se dan alimento
granos de uva que se disputan las avispas
quedan abrazos con dolor de diamante partido
el juguete mágico que jamás nos regalaron
la pena que nos cayó de los aleros
el vino que nunca nos emborrachó bastante
quedan los caballitos de cartón-piedra dando vueltas dando vueltas
los ángeles linfáticos de las iglesias restauradas
allá atrás allá atrás
no hay ojos para tanto
basta con un notario para dar fe del humo
para dar fe de nada
basta con no mirar y seguir pian piano
aparejando músicas a hurtadillas del viento

Salustiano Masó. Alcalá de Henares. 1923. Un poeta que merece la pena conocer. Uno de los pocos supervivientes (no sé si el único) de la Generación del 27, con una maravillosa y extensa obra, aunque la mayoría de sus libros están agotados

Katy Parra Carrillo

Caronte. Por Mari Cruz Agüera

La noche te ha llevado hasta su fondo;
se abre ante ti la puerta
y en la antesala oscura del olvido
que precede a tu sueño,
hay un tenaz murmullo de preguntas
golpeando tus sienes.

Sales de ti y observas desde lejos
tu soledad esparcida entre las sábanas;
¿quién habita ese cuerpo sin tu nombre?
¿qué vacíos convergen en su carne?

Las fauces del silencio
desvelan entre sombras sus colmillos
y comprendes la pauta:
Hay un río en tu sino y otra orilla
¿quién te ama para darte la moneda?


Mari Cruz Agüera

Esta mañana. Por Yolanda Sáenz de Tejada

A veces, bajamos dentro de nosotros. Tanto, que no encontramos la salida (tan simple, que no la vemos). Entonces necesitamos una mano llena de locura que nos agarre de los intestinos y nos saque al exterior.
Por eso este poema. Por las bajadas y por el maravilloso subidón.
 
Esta mañana,
me he despertado
enterrada dentro
de mí.
 
No podía
salir de
mi asombro,
ni de mi piel,
ni de mis
entrañas…
 
Estaba atrapada en una Yolandalacrada.
 
He gritado
fuerte,
muy fuerte;
pero todos
dormían
profundamente y
mi voz era
el anticipo de
una lágrima
seca;
el fósil de
una nota
desafinada.
 
Mientras
pensaba,
me volvía
cada vez más
pequeña y más
feto.
 
De pronto,
cuando la placenta
del olvido
se iba
tragando todos
mis órganos
(el pelo me aferraba
a la cordura)
has aparecido tú,
con tu mano
de cachorro
sin miedo
atravesando mi
esternón.
 
Llegando al más profundo
rincón de mis vértebras y
de mi amor.
Y,
con la suavidad
de una hoja de
almendro,
has plantado
en mi
cerebro,
una flor.
 
Ahora vuelvo
a nacer
dentro de mí
y llevo en mis
entrañas,
tu jardín.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

Yo sabía que iba a suceder algo. Por Felisa Moreno Ortega


Cuando se enfundaba el conjunto rojo pasión, yo sabía que iba a suceder algo. No hace falta ser abogado, ni dirigir el mejor bufete de Madrid, para adivinar lo que Judith quería esa noche. Se subía a su coche deportivo y bajaba la ventanilla, dejando que la ciudad entrara en forma de viento libidinoso. Yo ponía mil excusas, la cena con mis padres, el juicio de mañana… Ella acallaba mis protestas con un beso de esponja que absorbía mis palabras…, y mi voluntad. Recorríamos las calles a la velocidad del miedo, el que yo sentía cada vez que Judith pisaba el acelerador. Si por fin frenaba, varias horas después, siempre lo hacía delante de mi casa, pero nunca se bajaba.
Cuando se ponía el traje rojo pasión yo sabía que iba a suceder algo, y también sabía que ese algo no sucedería conmigo, Judith era la fiscal y estaba casada.

(Otro de abogados)


Felisa Moreno Ortega
BLOG de Felisa Moreno

…Y morirme ahora simplemente… Por María Dolores Almeyda

Cerrar los ojos y dejarme caer desde el nudo invisible de la retórica y ser un recuerdo vago en la memoria de algunos. Un recuerdo que irá desapareciendo como el ruido que deja el tren al alejarse o el humo que expulsa al terminar la cuesta confundido con las nubes después de algunos estertores de agonía.

Así, simplemente. Como si nunca hubiese sido ni estado ni quedado con nadie. Como si solo hubiese sido un desconocido que no ha dejado huella, que nunca estuvo en vuestra casa o que siempre pasó desapercibido… algún día alguien dirá, “os acordáis de…?” “¿De quién”? preguntarán “de aquél que estornudaba cuando alguien con un perfume pasaba por su lado”.

Morir así de repente. Dejar de estar entre los vivos, dejar de sentirlos, no discutir con ellos, no olerlos, no sufrir sus torpezas, no escuchar sus barbaridades. Morir para solo no tener necesidades, urgencias, abandonos. Para vivir abandonado hecho cenizas arrojado en algún acantilado, en un prado mordido por las vacas, en un río contaminado de escarcha… o emparedado en cualquier cementerio a donde nunca más irán a llevarme algo con fundamento y lógica, solo flores que se marchitaran antes de que hayan ido del cementerio.

Morir y que nadie más pregunte nunca porqué llegué tarde o si prefiero los huevos pasados por agua o fritos o duros como piedras. Estar en un sarcófago, muerto, en la capilla ardiente instalada como un mueble que cumple una función, que permanece inmutable por el resto del tiempo en un lugar visible de la casa. Y verme allí y escucharles hablar y discutir y aspirar los olores de la cena, y oír el ajetreo de los cubiertos rozándose indecentes los unos con los otros. Poder elegir las descargas que llegan al cerebro, no soportar las voces de los niños y ver que mi mujer se trae un hombre a casa que no soy yo, porque yo estoy muerto y presidiendo el salón desde un ataúd en el que mi mujer me dejó para estar segura de que me morí. Pero no me importa. Solo quiero estar aquí para verlos desde la muerte.

Porque los muertos no vuelven. Se mueren, quedan muertos y dejan de dar la lata y de meterse en todo y de ensuciar ropa, de quejarse por la sal de la comida, por la textura del arroz. Pero tampoco sufren porque al final carecen de elementos para ello. Los muertos son gente que se vuelve sociable después de muerto, dejan de meter la pata, de bronquear por todo, de fanfarronear cuando le dice al amigo la cantidad de caballos que tiene el coche que se compró, con el que se dio la gran hostia unos días más tarde. Después se les entierra o se les prende fuego y dejan de oler. Ya no tienen necesidad de lavarse los dientes.

Pues sí, morir debe ser como dar un paseo por la playa al amanecer. Pero morir, y quedarse aquí y seguir viendo lo que pasa… eso me gustaría, saber lo que siguen haciendo los que quedan en la casa, en la oficina. Ver al gilipollas que se trae a casa mi mujer cuando los niños estén fuera, asistir a la agonía de la empresa que no son capaces de gestionarlos que quedaron, comprobar cómo mis hijos son mucho más necios de lo que lo era yo cuando tenía su edad. Morir si, para descansar, para no tener que justificarme si llego tarde, si me mancho la camisa con carmín que no corresponde al de mi señora, para no pegarle un tiro si me engaña con mi mejor amigo, ni pegárselo a él porque me engaña con ella.

Morir para que no me importe nada. Para que no me duela nada. Para no pagar impuestos ni acarrear chismes hasta el coche cuando nos vamos a la playa. Morir para estar más frío que el frío que desprende la mirada que quiero ver cálida y amorosa. Morir. Ser un muerto respetable, pero furtivo de su cuerpo para seguirte allá donde vayas, sin que lo sepas. Morir y quedar reducido a nada. De vez en cuando un recuerdo, alguna vez fui una boca enamorada. Alguna vez un beso, un grito, una moneda al aire o una adivinanza. Morir en otro. Vivir en un parpadeo, todo el tiempo del mundo condensado en un segundo de vida. Y después la muerte.

Porque los muertos no tienen escapatoria. Aman hasta la muerte. Mueren y siguen amando una eternidad. Su amor no acaba nunca. Mi amor no acabará nunca. Y seguiré viviendo en un estado puro e interminable.

…Por todo eso yo moriría ahora, simplemente…


María Dolores Almeyda
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Sobre una cama helada. Por Raquel Lanseros

No es invisible el modo

en que ya no te busco,
ni esta manera nueva, sin fe ni mediodía
de llovernos despacio, -como gotas de hielo-,
   de no ceder un palmo en medio del tornado.

El olvido es azul . Nunca termina
           de convertirse a golpes en él mismo.
Se mide por ausencias y papeles en blanco.

Tras su paso, el silencio
deja detrás de sí un paisaje de ruinas,
una patria deshecha e inmolada
                           a los grises fantasmas de la pérdida.

El ánimo rojizo de las uvas maduras
se apodera despacio de la tierra.

Te quise. Me quisiste. Nos quisimos.
Qué fácil es decirlo cuando no queda nada,
cuando ya ni siquiera recordamos
                             el tacto de los sueños.

Ahora que la memoria se bate en retirada,
-vencida y silenciosa
                 como un niño sin cromos-,
y lo único tangible frente a nosotros mismos
                                              es lo que ya no existe.

Raquel Lanseros

Poema inédito publicado por Canal Literatura en el año 2006

La tercera pregunta. Por Mónica López Bordón

En tu melodiosa desnudez
escribo el estallido que no te abandona:
¿cómo escapar?
Luz y pregunta
en tu cabeza acostumbrada
a la rebeldía del cabello
ondeando los misterios del mundo.

Tiene el alma su división
iluminada en heliotropos abiertos
que partirán mañana
como si fuera la última lluvia,
la última gota abrazando
la respiración de la noche.

Vuelan las gaviotas
y nadie responde
en el fondo de mi garganta.

*Cuadro: Óleo de Waterhouse

Mónica López Bordón
Blog de la autora.