EL perro cortés y la gamba gigante. Por Dorotea Fulde Benke

Cuando la gamba gigante estiró sus tenazas y atrapó a la luna llena, las luces del paseo marítimo no estaban encendidas y toda la costa se quedó a oscuras mientras un mar sin reflejos lamía con desgana la arena. No quedaba nadie en la playa, y el único bar de la zona acababa de extinguir su letrero de neón. Un camarero somnoliento sacó dos bolsas de basura, echó la llave a la puerta, se montó en el asiento trasero de la moto de su compañera y se marcharon con un suave zumbido de motor. La playa, tan acostumbrada a las luces y los ruidos, se perdía bajo la callada negrura de un cielo nocturno encapotado. Una tortuga extraviada sacó la cabeza del agua y consideró la posibilidad de haber llegado a su destino lejos de la presencia humana, pero en seguida volvió a deslizarse hacia la parta más honda del mar. El aire cambió de dirección y dejó de traer salitre y aroma de algas y peces. La costa empezó a oler a tomillo y romero, tan agradables, mas no hubo nadie para deleitarse con sus perfumes. -Traigo espliego y jara, -cuchicheó la brisa presumiendo como una vendedora ambulante al pasar entre las sombrillas de fibra vegetal. No hubo respuesta; todos estaban pendientes del disco lunar aprisionado por la gamba gigante y oscurecido entre las barbas de sus fauces.

En eso se despertó el perro cortés que estaba durmiendo en un banco del paseo marítimo. No ladró ni habló -es que no resulta fácil hablar con una gamba gigante- sino que se acercó sigiloso y levantó la pata trasera en el palo que sujetaba al molusco.

Profundamente molesta, la gamba intentó en vano coger al perro. Tanto se agitó que soltó a la luna que en seguida se puso a una distancia prudente iluminando la noche con más luz que antes si cabía. El mar recuperó sus reflejos y pinceladas de plata y chapoteó alegre entre las piedras del rompeolas. Una pareja de enamorados encontró el camino a la playa que habían buscado en la oscuridad y se acomodaron en una de las hamacas. Cerca de ellos, se tumbó el perro cortés recordando tiempos mejores.

Dorotea Fulde Benke
Blog de la autora

Sicario(2): El ciego. Por Felix Maocho Lanes

 

No hay dos casos iguales entre los encargos que nos hacen, pero con todo, uno de los mas raros que he recibido es el de acabar con un ciego. El hecho de estar en tal situación de superioridad sobre el oponente te hace sentirte incómodo. Sientes cierta repugnancia, parecida a la que debe sentir el cazador cuando le encargan que mate un animal doméstico. Pero si hay algo que no podemos ni debemos hacer es establecer objeciones morales en nuestro trabajo. Nosotros no somos los que decidimos dar muerte a una persona, sino simplemente quien lo lleva a cabo. La mano no siente remordimientos por llevar a cabo lo que el cerebro decide.

Durante algunos días seguí a mi víctima. Estaba claro que no creía que su vida corriera peligro. Aunque tenía un escolta, su trabajo era mas de lazarillo que de guardián y encima los días de fiesta no aparecía. Aparte, no seguía ninguna de las normas de seguridad básicas, tenia costumbres fijas y ordenadas, su coche se guardaba en un garaje sin vigilancia. La casa tenía un puerta de blindada pero se podía entrar fácilmente por las ventanas, que carecían del mas mínimo sistema de seguridad. Podíamos pasar desde la ventana de la escalera de la casa a la ventana de la cocina sin grandes dificultades. O sea, que además de ser ciego, me lo ponía en bandeja.

Había recibido la orden de que la muerte no pareciese un asesinato, en estos caso podemos optar por un accidente imprevisto o una enfermedad fulminante. Me decide por el primero de los casos, cualquier accidente consecuencia de su ceguera tendría visos de credibilidad.

Decidido el tipo de muerte, faltaba como llevarlo a cabo, se me ocurrió entre otras alternativas, una caída por el hueco del ascensor. El resto fue sencillo. El ciego daba un paseo a primera hora todos los días de fiesta. Había un piso en venta en el edificio de enfrente de la vivienda. Un compañero se coló en ese piso y con unos prismáticos siguió las evoluciones del ciego por su casa.

Cuando vio que se preparaba para salir, me aviso por el transmisor, con una copia de la llave del portal, entre en la casa como cualquier inquilino, subí hasta el rellano del piso. Me llegó aviso de que se disponía a salir inmediatamente, apostado en la escalera de servicio le vi salir y cerrar su puerta, me acerqué tranquilamente, le cogí por la cabeza, y de un giro brusco le produje una muerte instantánea silenciosa y limpia.

No estoy seguro si no se dió cuenta que me acercaba o si sintió mi presencia, pero pensó que era un vecino, pero eso que importa ahora.

Después de cerciorarme de su muerte sólo faltaba la escenificación final, abrí la puerta del ascensor con una llave de las que usan los ascensoristas y tire el cadáver. Tranquilamente emprendí la retirada por el camino que ya estaba previsto y ensayado, escalera arriba, subir a los tejados y bajar dos portales mas allá.

Cuando alcance la calle se empezaba a arremolinar gente en el portal del ciego, tranquilamente me aleje andando de allí hacia el coche que había dejado aparcado en las proximidades, pasó a mi lado el vehículo de escolta destinado a cubrir mi retirada pero como no hice la señal convenida, continuaron sin parar.

Todo el equipo había funcionado a la perfección

Si bien, dada la importancia del ciego, hubo varias investigaciones, nadie pudo asegurar que la rotura de cervicales no fuera efecto de la caída por el hueco del ascensor, y abrir la puerta del ascensor y que el ascensor no esté, será muy raro pero no imposible. El caso es que aun con todas las dudas el asunto fue cerrado como un accidente.


Felix Maocho Lanes
Blog del autor

La bicicleta. Por Yolanda Sáenz de Tejada


La bicicleta
era roja y no
tenía frenos.

Una BH
con muchos
desconchones
en su cuerpo
(como los de una
pared mordida).

La bicicleta
era de tamaño
mediano y la
compartíamos
cinco
hermanos
(desde los 4 a
los 12 años).
Era cuestión de
adaptarse:
o ibas sentado
o de pie.

Cuando teníamos
que frenar
metíamos el
pie en la
rueda delantera
(creo que las suelas
de los zapatos
Gorila, las hacían
pensando en
nosotros).

Hoy,
en este pueblo
de playa,
mientras volvía
del mercado
y en una bici
último modelo,
he recordado
la BH roja y
sin frenos.
Y, sonriendo,
he metido el
pie en la rueda.

Deberíamos aprender
de nuevo
a ser niños,
le he dicho al
señor que me
ha ayudado.
Así no nos
caeríamos.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

La alargada sombra de la duda. Por María José Moreno

Sabía con total seguridad que existía otra.
Si me preguntaran el momento exacto en que lo advertí, no podría decirlo. Fue una sonrisa a destiempo, un beso innecesario, una pregunta sin respuesta, un silencio…Nada era igual entre nosotros. Nuestro amor siempre sincero y entregado se convirtió en una rutina opresiva que ninguno podíamos controlar.
De reojo, le observaba nervioso coger el móvil cuando le llegaba un mensaje y al instante, una explicación no pedida.
—De la oficina, que no encuentran unos informes.
—¿Qué vas a hacer?
—Nada. Que se la apañen como puedan. Ya estoy harto de ser el que resuelve todos los contratiempos.
A partir de ese momento, su pecho se debatía en una ansiosa respiración. Un exagerado temblor de piernas y una nerviosa agitación de manos constituían la antesala de un ir y venir, con aspavientos, en lo que hablaba solo y que concluía en un:
—Me voy y regreso en un minuto. Un beso lanzado al aire y un perdona cariño, pero no me fío de ellos.
Un ritual que llevaba a cabo cada vez con más asiduidad y una intensa pena que me devoraba por dentro nublando mi razón y llevándome a los extremos del delirio.
—Eres una celosa patológica, una enferma. No existe ninguna otra —me dijo cuando una tarde, cansada de vivir así le solté todo lo que pensaba y me planté delante de la puerta para no dejarle salir al encuentro con la otra.
Lo mismo, aunque con palabras más suaves, me dijo el psiquiatra al que me llevó.
—Señora, no sé si lo que usted dice es verdad o no, pero no nos interesa. Lo importante es lo mal que lo está vivenciando.
—¿Eso significa que soy una enferma?
—Usted tiene una personalidad suspicaz y desconfiada, y ello puede hacerle ver fantasmas donde nos las hay.

Al salir de la consulta tomé conciencia de que todo era producto de mi alterada mente, y que el médico y mi marido llevaban razón. Mi desconfianza me hacía malinterpretar aquello que sucedía. Me lo repetía una y otra vez, cuando el corazón se me paró de golpe al mismo tiempo que los ojos se me salieron de las órbitas…

Iban agarrados de la cintura, besándose sin disimulo alguno y exhibiendo obscenamente su amor.

Allí estaba mi delirio, porque mi marido llevaba razón, no existía una otra, era un otro.

María José Moreno
Blog de la autora

ABRIL. Por María Dolores Almeyda

Abril se descolgó por la pereza,
por los gestos de rabia y desconsuelo,
por las lluvias airadas, por las risas perdidas,
por las hojas marchitas, los poemas incompletos…

Abril fue un pasajero que caminó descalzo
por la dura corteza de los hielos
y congeló su miedo en la mirada
más triste y fría de todos los inviernos.

Abril se deslizó como un intruso
parapetando su brío en la maleza
y provocando el vértigo, le puso
alas de hierro a la esperanza muerta.

Abril se complicó igual que un teorema.
Sus espacios abiertos se achicaron, y sus ansias,
que venían del invierno con tono desafiante
sucumbieron cobardes a la niebla.


María Dolores Almeyda
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Estaciones íntimas. Por Luis Oroz

Aquí queda el agosto,
junto al sudor de la costumbre,
tras esta realidad que se cae de los hombros
al entrar la casa.

-Las estaciones mienten con nosotros,
aprenden a vivir en lugares insólitos
o emigran hacia el sur de la palabra tiempo.

Es octubre en la mesa,
se levantan las hojas de los libros
cubriendo de certezas amarillas las sienes de la noche,
mientras en otra habitación, al calor de un bostezo,
eclosiona la oruga del insomnio.

En la cama han caído 4 copos de nieve.
Es enero en la alcoba,
y supongo que el frío se parece a los besos;
espera alguna piel y se reencarna
en forma de inconsciente cobardía.

Cuaja la libertad en un cuarto cerrado,
y las huellas son dudas que se imprimen
con una gravedad indefinida.

De ventanas adentro el huracán de siempre,
el que ordena el desorden de los horas inútiles,
arrastrando la voz de las fotografías
y empujando silencios hacía el mar de los tímpanos.

Pero agosto es quien cruza por la calle del Puerto
con su misma vehemencia,
tal vez con el calor helado que desprenden los sueños
de los que no han dormido.

Amanece muy tarde y huele a lluvia,
una nube de abril se detuvo en el baño,
como cada mañana,
para precipitarse lentamente sobre un polen de espuma.
Y supongo que el agua se parece a los besos;
taquigráfica forma de tachar en la piel
la fecha original del calendario.


Luis Oroz
Blog del autor

VOLVERÁS. Por Galeote



(A la memoria de Miguel Delibes Setién)

Porque tu estilo notarial lo exige
y tu escritura universal lo acepta,
el campo, el pueblo, el arrabal sencillo,
serán el escenario de tus letras.
Que es tu pluma, narrativa de entramado,
secundada por actores y poetas,
tan humana, antimoderna y variopinta,
como escrita para la naturaleza.
Volverás a tu tierra pucelana
por caminos, senderos y veredas,
y cruzarás los ribazos, los trigales,
y llegarás de nuevo al río Pisuerga.
Regresarás por senderos de amapolas
y entre majuelos, tojos y riberas,
desde un mogote, islote castellano,
visitarás la extensa paramera.
Otra vez, el relámpago y la nube,
descargará su fuerte torrentera
y en la noche, al canto de los grillos,
contemplarás de nuevo las estrellas.
Tras un largo periodo de silencio,
ensombrecidas por tu larga ausencia,
despertarán de nuevo las campanas
con latidos de amor y de querencia.
Lanzarán sus sonidos y sus ecos,
entre sueños de bronce y almas nuevas,
revivirán los hoscos pedregales
donde quedaron tus perennes huellas.
Y cuando sople el viento seco y frío,
ese que cruza la lejana sierra,
recorrerás con el cierzo de la tarde,
los anchos campos de tu amada tierra.


GALEOTE