Los últimos pobladores del planeta. Por María Dolores Almeyda


Y si hemos de morir unos antes que otros, y en días, meses, años o milenios deberá quedar la tierra vacía de esta presencia humana, qué sistema, qué condena, qué pena nos llevará al patíbulo?..

Moriremos por cientos, por docenas de miles, por pueblos, por edades, por tribus y por etnias… Tal vez por clases sociales. Tal vez por muertos de hambre, o de pena o de cansancio, tal vez por aburrimiento. Todo será una condena. Ni por sida ni por cáncer.

Primero caerán los marginados y sin techo. (Nadie repara en el hecho de que caigan como moscas). Después, la humillada clase obrera, trabajadores honrados, dignos padres de familia. (Mientras más honrados son, mejor los damos por muertos)

Más tarde, la pujante clase media que habita la periferia, cada vez más numerosa, más mediana y más molesta, que inundan, con sus dos niños, su perro y su coche nuevo las ciudades inventadas, los nichos de gente viva, que muere sin decir esta boca es mía o pies para qué os quiero.

Por más que vayan muriendo no habrá cupo de excedencia, aunque quedarán por último los que más recursos tengan. A saber:

Empresarios y banqueros, financieros, políticos importantes, traficantes de postín, presidentes del G-8, y por riguroso orden –ya veremos sin alfabético o número de chequera-…

¿Y quiénes serán los últimos?

Los toreros, los artistas, los poetas, los bohemios –esa gente diferente-, va toda en el mismo saco. El clero va en otra cesta.

Pero quién, de todos ellos, será el último en morir…? ¿Los de qué oficio, qué gremio, que condición o qué clase y siguiendo qué argumentos irá dejando la vida para dejar de estar vivo y comenzar a estar muerto?

Y cómo nos tomaremos saber que hemos de ser los siguientes?

Yo seré de los primeros; habré muerto muy temprano por mi condición humana, por mi poca resistencia, por mi impaciencia y mi suerte. Pero me inquieta saber quién ha de ser el siguiente, cuando queden sólo dos hombres frente al silencio. Cuando todos, amigos y conocidos, familiares y parientes hayan sido nominados y expulsados de este mundo. Cuando sólo queden dos mirándose frente a frente y pensando que la broma ya fue demasiado lejos.

Y uno de los dos se muere y el otro se queda solo.

Solo. Solo en un mundo vacío, como Adán a la intemperie, esperando, resignado, sin nadie más de su especie, sin Eva, sin paraíso, sin tabaco. Sólo esperando la muerte.

Sólo y sin nadie que mire, viendo que mientras se muere nadie más lo está mirando.


María Dolores Almeyda
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El Palacio de la Luna. Por Brisne.


«Yo tenía diecisiete años y de pronto, sin la menor sombra de duda, comprendí que mi vida era mía, que me pentencia a mi y a nadie más»

Todos hemos tenido alguna vez diecisiete años y nos hemos dado cuenta que la vida nos pertenecía, pero los habitantes del libro del Palacio de la Luna no tienen sólo la vida en sus manos si no que la viven de modo peculiar. Con grandes caídas y grandes golpes de suerte que configuran unas vidas desgraciadas que merecen la pena ser leídas. Leánlo. Sumergánse en el universo de Auster, en sus citas literarias, en sus guiños al sol, en la inevitable repetición de vivencias que llevan a Efing, a Marco y a Solomon a configurar su desgraciada vida entorno a amores imposibles, falta de efectivo, desolación, ruina y vuelta a la abundancia de dinero.
Pero sobre todo, Auster, que escribe como los ángeles, todo hay que decirlo, nos presenta unos tipos no tan diferentes de nosotros, sólo un pasito más allá. Resulta gratificante leerlos, les coges cariño y hasta a veces sueñas con vivir en su piel. Además todo plagado de citas literarias, de pintura, de arte al fin y al cabo.
Me ha gustado tanto que no dudo que algún día no muy lejano volveré a meterme en el viaje de Marco Fogg, subido en su globo y recorreré de nuevo sus ochenta vivencias en blanco sobre negro.

Los dos soles. Por Galeote

Quedaba la mar tranquila,
cuando la luna, en la brisa
de la noche despertaba
sus bellos ojos de plata.
El horizonte en silencio
la planicie acariciaba,
con su grandiosa sonrisa
de claridad y de calma.
Todas las playas del mundo
con su arena y con sus barcas,
eran fantasmas de sombras
al reflejo de las aguas.
Y los faros de los puertos,
con destellos de luz blanca,
avisaban a los barcos
que hacia tierra se acercaban.

 

La noche, llena de estrellas,
mil diamantes enseñaba
en su bóveda celeste.
Y un cielo de nardos vivo
donde los ojos no alcanzan,
iluminaba el camino
por senderos de esperanza.
El mar, su espejo inundaba,
cuando el sol, llegando al punto
del horizonte, asomaba
sus barbas ultravioleta.
Rosáceo e indiferente,
despuntando en el Oriente,
el amanecer, llegaba.

Galeote

EL BUITRE. Por Dorotea Fulde Benke

Al pasar del bochorno otoñal de la calle a la penumbra refrigerada del vestíbulo, el viejo periodista sufrió un leve mareo. Agarrando con fuerza su desgastada cartera de cuero marrón, avanzó hasta uno de los ascensores y pulsó repetidas veces el botón de llamada. Notó cómo el sudor le bajaba por la espalda; los latidos del corazón le retumbaban en la garganta y en las sienes. En un intento de sobreponerse, consideró con un amago de sonrisa la posibilidad de morir fulminado por un infarto mientras amenazaba al dueño del periódico con la publicación del contenido escandaloso de los documentos que llevaba, pero la presión en el pecho y la sequedad de su boca eran demasiado reales para que la idea le resultase divertida. Respirando con dificultad, agradeció la distracción aportada por el tintineo metálico que anunció la llegada del ascensor, y se apartó lo imprescindible de la puerta para que saliera la marea de camisetas deportivas y vaqueros desteñidos de un grupo de quinceañeros que venían de visitar la editorial. Luego entró como uno de los primeros en la espaciosa cabina donde, evitando la mirada del ascensorista de siempre, se colocó al fondo y apoyó la espalda contra el espejo ahumado. No quería hablar con nadie, y evitaría cualquier encuentro con los compañeros de antes, cualquier motivo que pudiera retrasar su cita con el director. El ascensor se iba llenando: la mayoría eran varones de mediana edad, o sea, más jóvenes que él, trajeados sin convicción, algunos sudados, como constató con cierta satisfacción, y todos callados, agobiados, con la mirada estresada que da la necesidad diaria de superarte a ti mismo y a quien tu jefe te ponga por delante.

Cerradas las puertas, el ascensor se puso en movimiento y paró en la primera planta, la de las rotativas, sin que nadie se bajase. Por un instante, el aire olía a imprenta y él sintió la tentación de ir a ver a los muchachos, los mecánicos, gente honesta, trabajadores que se esforzaban todos los días por cumplir, pero sabía que le iban a liar entre una cerveza y cuatro anécdotas de otros tiempos. Y él no disponía de eso, de tiempo. Estaba convencido de que el Buitre, flamante redactor jefe, a quien él mismo había enseñado lo mucho que sabía, le estaba pisando los talones para arrebatarle las pruebas de los sobornos, los documentos acerca de falsas identidades y montajes vergonzosos, aunque no fuera para su publicación precisamente.

En la parada siguiente, que el ascensorista anunció con un mascullado “Contabilidad”, se bajaron varias personas, entre ellas la secretaria del director de recursos humanos, que seguramente no le había visto. Cuando años atrás entró a trabajar en el periódico, era una chavalita insegura que echaba horas extras para hacer méritos, aunque luego descubriera vías más amenas de puntuar con sus superiores. A la salida de una fiesta de la empresa, llegó a insinuársele a él mismo, entonces redactor jefe, pero él, consciente de los más de treinta años que le llevaba, la acompañó a su casa sin propasarse. Después empezaron a llamarle ‘marica’ y él, entre sorpresa y disgusto, tardó unos cuantos días en descubrir la fuente de aquellos rumores.

En el fondo de la cabina, donde estaba atrincherado, ya había algo más de sitio y aprovechó para mirarse en el espejo. No le gustó el deterioro físico que veía: un hombre de unos sesenta años, enclenque y delgado, de cara tan pálida que parecía amarillenta, y con protuberantes venas en las sienes que se movían al ritmo de su pulso irregular y agitado. De nuevo le distrajo el sonido que avisaba la parada del ascensor. Estaban en su planta, en la de las redacciones, y conociéndose de memoria despachos y salas, esquinas y recovecos, cerró los ojos y se imaginó cómo redactores y visitantes andarían a lo largo de los pasillos enmoquetados con sus luces indirectas y pinturas modernas, dirigiéndose unos a Local y otros a Sucesos o a Exterior. Cuando volvió a mirar, las puertas acababan de ocultar silenciosamente, como el telón de un teatro, el escenario de su vida durante treinta años, y se dio cuenta de que se había quedado a solas con el ascensorista quien le sonreía cortésmente porque le había reconocido.

–¿A Dirección? –le preguntó, y él inclinó la cabeza sin contestar porque no pudo hablar. Intentó mover la boca y quiso tragar, pero no lo consiguió; tenía las mandíbulas agarrotadas y la saliva se le había convertido en una espesa pasta que sabía a hierro. Sintió que el peso de su cabeza iba a desequilibrarle, y levantó ambas manos para sujetarla y aliviar el terrible tirón que notaba en nuca y hombros. Pero no sirvió de nada: el ascensor, que se movía con violentas sacudidas, bajaba en caída libre, y el suelo se abalanzó sobre él.

–Llame una ambulancia, Pérez, –dijo el recién nombrado redactor jefe en la planta de dirección al ascensorista, –que ya me encargo yo de la cartera del señor.

Dorotea Fulde Benke
Blog de la autora

Feminismo institucional. Por Hijadecristalero


En nombre de la igualdad, la señora Aído quiere prohibir ahora los cuentos clásicos en el cole. ¿Y por qué no prohibir todos los grandes de la literatura? A lo largo de la historia, la gran mayoría de los escritores han sido hombres que no vivieron en ninguna sociedad feminista.
Podríamos reescribir La Quijota y Hamleta y prohibir bajo multa de 3000 euros leer a Cervantes y a Shakespeare.
Y por supuesto, decir a los escritores qué y sobre qué pueden escribir.

Me parece un insulto que una mujer que no ha trabajado en la vida real me diga a mí, madre trabajadora -y escritora, para más inri-, qué cuentos debo leerle a mis hijos.
Ser ministra de Igualdad no es trabajar.
No veo yo que la gente la abuchee con cada muerta, así que eso debe ser competencia de Interior. Del mismo modo que lo de los cuentos debe ser competencia de Educación y los mapas de reconstrucción del clítoris de las mujeres que hayan sufrido ablación (casi todas nosotras, es un estudio de primera necesidad), debería recaer sobre Sanidad.

¿Qué responsabilidades tiene la ministra más allá de gastarse el dinero que le dan y salir en la foto?
Se lo cambio por un mes trabajando a lo que salga, sin contrato ni posibilidad de pagar autónomos, siendo cabeza de familia monoparental, sin sueldo fijo, sin paro, sin pensión de alimentos, sin casa. Sin dormir porque a día 15 quedan 50 euros en la cuenta, la nevera está vacía y hay varios recibos sin pagar.
Si van a crear un Ministerio de Igualdad, si en nombre de las mujeres van a cargarme de más impuestos para engordar el Sistema a mayor gloria del Mesías, pongan al menos al frente a una mujer de verdad. A una que sepa lo que es la vida.

Que ella diga lo que mis hijos pueden leer, me parece tan marciano como que los curas pretendan decirme qué debo hacer con mi sexo.
Del que disfruto con alegría y sin ningún remordimiento de conciencia.

Y no me enseñó a disfrutar de él un comando de feministas rencorosas.
Me enseñaron los hombres, coño.
Hijadecristalero
Proscritosblog

Lo que vi ayer. Por Mati Morata


Ayer acudí a una cita muy especial, esa clase de citas a las que uno acude con cierto interés y bastante ilusión. Era la presentación del Canal Literatura. Una realidad inexplorada por mí. Alguien a quien aprecio mucho me había invitado al acto. Allí, entre jóvenes amantes de la literatura, amigos, poetas, escritores y lectores, se presentaba y conmemoraba la obra titánica de una hadita sabia.

Y pude conocer su historia. Un día esta hadita se atrevió a vivir la lluvia sin buscar refugios; las gotas calaron su alma y borraron la sonrisa de su cara, y el peso y la humedad le llevaron a plegar sus alas. Las batió a la luz de la mañana, pero comprendió que era hora de tocar el suelo.

Y así habría ocurrido si no hubiera sido porque, a falta de alas, la hadita echó a volar sus ganas, sus sentimientos y su imaginación. La sonrisa renació en su cara y el arco iris, en su mirada. Se encontró con mundos interesantes, con gnomos y hadas que acudían a la convocatoria de sus cantos. Creó un jardín de palabras-semillas voladoras que se esparcieron por el mundo, germinando en historias, poemas y colores. Las palabras volaban como nunca antes lo habían hecho, y nuestra hada seguía sin tocar el suelo aunque sus alas continuaran en reposo. Pero, ahora, sabía que nos las volvería a necesitar.

Ella, como una diestra partera, logra sin esfuerzo que ese bebé, milagro literario (palabra escrita, literatura), rompa a llorar y respire en brazos del lector que lo adopta como hijo propio, haciéndolo crecer a su imagen.

Sí, María Luisa, ayer nos hiciste conocer tu sueño, y desde ese momento, irremediablemente contagiados, somos personajes que laten al compás de tus pasos. Decirte que tengo más ganas que nunca de dejar volar mi imaginación y mis dedos para acompañaros, si me lo permitís, en vuestro proyecto. Y recuerda: un hada no debe abandonar nunca sus sueños si no es para escuchar la música de las palabras que han de ser pronunciadas. Te deseo que, si algún día despiertas, puedas contemplar, serena y complacida, tu obra.
Mati Morata

Mati Morata

Ella era muy joven. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Yolanda Sáenz de Tejada

Dublín, recién llegada a nuestra habitación.

Abro la ventana y, tiernamente, me acaricia la luna. Me descalzo y me apoyo en el marco de la puerta modernista que tanto me gusta. Estás a punto de llegar. Me muero por abrazarte…

Enciendo la radio y sintonizo España, las noticias. Y oímos, la noche y yo, la voz de dos hermanas niñas que acaban de llegar a Dublín.

La luna se horroriza, se contrae a sí misma en una mueca de dolor. Se vuelve tan estrecha que sólo deja emanar de ella una fina telaraña de terror.

Grita a sus hijas violadas.

Desterradas para siempre de la niñez…

………………………….

Ella era muy joven,
demasiado para empezar
a gritar,
llorar,
odiar…

La camiseta fue
lo primero
que le arrancó.
Después,
las braguitas
de algodón
—desvirgando sus lágrimas
hasta romper
de dolor
su piel—.

Saqueada,
se lo contó
a su madre,
que con miedo
lo ocultó.

La mierda
se quita con perdón.
Y ella,
la madre monstruo,
lo perdonó.

Durante cinco años,
él,
arrasó su cuerpecito
de hija,
de miel…

Al cumplir los
quince,
ella suplicó ser
deforme
para que
no la tocara.

Un día
su pequeña hermana
comenzó a gritar,
a llorar,
a odiar…

Demasiado joven
—pensó la
niña sin niñez—.

Y se la llevó
a otro país.
Desde allí
los denunció.

40 años le han caído
al padre monstruo.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora