Paisajes. Por Juan A Galisteo (Galeote)

El campo,
su verdor incomparable
predomina,
sus abetos y sus árboles
tranquilos,
se deslizan bajo un viento
que suspira,
con voz ronca e interminable
en el camino.
Un río, va fluyendo
inconfesable,
y en su caudal, cayendo
a su lecho de mar.
Trinos dulces
escuchan mis oídos,
son ruiseñores,
que perseguidos
por sus amores,
volando van.
El sol,
culmina en el horizonte
como un fantasma maldito,
con sus rayos, predomina
sus dominios,
surcando mares y montes.
Y el cielo azul,
que se pierde
en el lejano infinito,
nos cubre bajo su manto,
mientras tanto,
todo sigue igual.
El campo,
su verdor incomparable
predomina,
sus abetos y sus árboles
tranquilos,
se deslizan bajo un viento
que suspira,
con voz ronca e interminable
en el camino.

Juan A Galisteo (Galeote)
del libro Café Boulevard

El diario. Por Damian Marín

Jamás pensé que yo escribiría un diario. Como jamás pensé que te irías. Pero lo cierto es que te marchaste. La verdad es que te fuiste y yo me quedé con cara de tonto, en mitad de la Estación del Norte. La verdad es que, desde entonces, estoy garabateando este maldito diario. Lo escribo cada amanecer y cada anochecer, lo escribo con las manos llenas de recuerdos, lo escribo con los ojos llenos de sorpresa. Hace ya cuatro años que me pierdo entre sus vocales, entre sus verbos y lo cierto es que el final siempre es el mismo. El final es que te vas y me dejas con cara de tonto en la Estación del Norte.

Dudaste de mis palabras, creíste que eran falsas. Me dijiste que yo sólo te ofrecía un abecedario de palabras bellas, de frases bonitas, que necesitabas más, un piso, una familia, algo denso con lo que poder untar las rebanadas de la vida. Pero yo sólo lancé palabras bajo tus pies, una alfombra de metáforas para que no pisaras las miserias de las calles de Valencia. Te ofrecí lo más puro que tenía, lo más preciado que se escondía tras mis costillas. Palabras. Pero tú que sabías.

Te amé cómo nunca podré volver a hacerlo, te amé con todo el diccionario que tenía en mi mesita de noche. Te amé cómo nunca te amará nadie. Tracé adjetivos sobre tu pecho con las aes, adorné las pes con los rizos de tu pubis, besé tus parpados con las mayúsculas y te hice el amor con la equis de éxtasis. Sí, te amé, pero tú no supiste leerme o yo no supe escribirte.

Es difícil amar cuando las palabras huelen a barrio obrero, a pan descongelado, a piso con humedad. Así es cómo olía el Puerto de Valencia. Así es cómo olía la prisa, la rutina, la incertidumbre de no poder llegar a fin de mes. Así es como olía el silencio que nos fue distanciando. Un olor dulzón que va enterrando la nariz en un mar de interrogaciones y salitre, que va sepultando los sueños en un charco de orines y dudas. Sí, en Valencia las palabras no olían a azahar cómo pensábamos.

Prefiero recordar cuando las palabras olían a jazmín, cuando era fácil amar. Prefiero recordar Sevilla, la Calle Betis, el fino que bebí de tu boca, la vida que escancié chupando tus dedos. Prefiero recordar el chisporroteo de tus ojos, mientras mordisqueabas los dulces de La Campana. Tus ojos rebosantes de ilusión, cómo aquellos pasteles de nata, cómo aquellos días de versos. Sí, en Sevilla no dudaste de mis besos.

Pero aquellos montones de merengue ya están muy lejos. Lo único que me queda es esta maldita página de mi diario. Esta página eterna en la que el final siempre es el mismo. Te escribo todas las noches de vacío, te leo cada madrugada de desconsuelo, e intento cambiar cada coma, cada frase para no quedarme con cara de tonto en mitad de tu adiós. Con esa cara de capullo que te deja la vida, cuando te arrea una patada en los huevos.

¡No me dejes! Te grito una y otra vez. ¡No te vayas! Chillo hasta hacer que toda la estación se calle ante mi dolor, hasta lograr que todos los trenes se detengan. Pero lo cierto es que entonces no grité. Mis lágrimas eran un océano de silencio, un mar que ahogaba mis zapatos y mis sueños. Y tenía que haber gritado, hasta romper las cúpulas de la Estación del Norte; pero no lo hice, tú me dijiste que no te lo pusiera más difícil. Y tan sólo grité silencio.

Jamás pensé que pudieran robarme las palabras, pero tú lo hiciste, te las llevaste todas de golpe. Jamás imaginé que pudiera existir un mundo sin palabras pero tú me mostraste que sí. Un andén desierto de palabras. Un andén preñado de dolor, no de un dolor dulce cómo cantan los poetas románticos, si no del dolor de un navajazo en las tripas, de un retortijón que te quema las entrañas y te parte el espinazo.

Jamás pensé que pudieran robarme las palabras, cómo jamás pensé que pudiera besarte, en otro lugar que no fuesen tus labios. Sin embargo ese día te besé en la frente, sabiendo que jamás volvería a verte. Sin embargo ese día te besé en la frente, sabiendo que siempre estarías presente en este maldito diario.

Damian Marín

Halcón nocturno. Por Isidro R. Ayestarán

Todos tenemos un músico que toca nuestra canción,
y el sonido de la noche se verá interrumpido por
el motor del Gran Torino del magistral
Eastwood, con olor a voz ronca y rota por algún
amor que se resiste a naufragar en el olvido.

La chica de rojo del fondo no cobrará esta noche,
y sus besos irán envueltos en lazadas de cariño,
quizá porque los sentimientos no conocen de crisis
y porque, realmente, nadie se resiste a una mirada
certera hacia el fondo de su tercera botella de ron.

Fuera hay noche, color negro, ventanas que se cierran,
y suspiros jadeantes que mueren al filo del segundo polvo;
aquí estamos nosotros, bebiéndonos
el nombre de nuestra historia rota de amor, cabalgando
como halcones solitarios sobre el recuerdo de su mirada…

Un whisky doble, amigo, y a la chica del fondo lo
que ella te pida. Qué más da…
Aún tengo un billete en la cartera, junto a su foto,
los versos que le escribí en mis largas noches de bares,
y el sabor maldito del último beso que le lancé a los labios.

Tal vez diga su nombre al compás de la última copa,
de la enésima noche que le persigo,
de aquel poema enfermizo que se titula como él.
… Qué más da.

Todavía falta mucho para que amanezca…

(c) Isidro R. Ayestarán, 2010
fotografía (c) POWEREDby NEL, 2010
realizada durante mi espectáculo CABARET,
en el Café Doble Arte de Santander, 5 – marzo – 2010

EL CABARET DE LOS SUEÑOS
http://cabaretdeisidro.blogspot.com/

La nube blanca. Por Julio Cob Tortajada

 La nube era muy grande y muy blanca y sobre ella corrían las aguas de un río muy grande y muy largo. Es lo que me ha dicho mi nieta de siete años, hace pocos meses cumplidos. Subí a ella, me dice, y me quedé sorprendida por lo bonita que era la nube. Allí, al poco rato, reconocí a mi abuelo: el padre del mío. También vi a tus padres; tu papá calvo y tu mamá con el pelo blanco, que aunque no los conocía, algo me hizo reconocerlos al ver las fotos que tú me enseñas. Me gustó tanto el sitio que quise que lo conocieras… y te subí conmigo a él.
Pero sólo para que lo disfrutaras gozándolo, pues de inmediato te bajé para que no permanecieras sobre la blanca nube. También hice lo mismo con mi abuela que se había caído de un balcón, y aunque no le pasó nada -¡esto es una broma, eh!, me dice sonriente- sólo para alegrarla me gustó que conociera tan bonito lugar. Pero igualmente por un pequeño instante, por lo que bajando de la nube, se vino conmigo.
-Esto es lo que he soñado hace unos días, yayo.
Así es cómo me ha respondido mi nieta a mi pregunta de que me contara uno de sus sueños.
-¡Ah! Yayo, y la nube se llamaba cielo. Y si soñé con quienes están sobre ella, es porque haciéndolo, les das más vida.

Julio Cob Tortajada

Colaborador de esta Web en la sección «Mi Bloc de notas»
http://elblocdejota.blogspot.com
Valencia en Blanco y Negro- Blog

El español de ahora. Por Aarón García Peña


Vivo por una decisión política,
por una imprevisión de nueve meses,
y soy un español desde ese instante.
Ser español requiere un compromiso
que nadie ha descifrado hasta la fecha;
un español el tiempo suficiente
para saber que aquí lo más difícil
es no volverse loco hasta muy tarde.
Viviendo se conocen muchas cosas.
Algunas envejecen de repente
la forma de abrocharte la camisa.
Yo soy un español poquito a poco.
Después de trabajar durante años
logré que me tomaran por inútil.
No doy mi poesía en las tertulias
ni cedo la razón por convivencia.
Prefiero que la gente me interrumpa
leyendo endecasílabos ajenos
y no cruzarme nunca con un arma.
Uno las colas de los boquerones
las tardes que no sirvo para mucho,
y me llevo muy bien con los congéneres
que sueñan con mi muerte por contrato.
Aprendo cuanto puedo de mi abuela
ahora que la cuido de sí misma.
Entierro y desentierro diariamente
las ganas de cambiarme de trabajo,
los juegos que inventé cuando era niño,
el beso que olvidé sobre una rama.
Hoy sufro hasta que doy con la manera
de ser de otro país de vez en cuando.
Yo soy un español como los otros:
aspiro a ser vulgar muy pocos días
y sólo me conforta equivocarme
si llego a fin de mes como un extraño.
Yo soy un español por prescripción
facultativa. España es como es:
a veces un paraguas que no abre,
a veces un invierno en la maleta.
He visto que en España la chapuza
es, más que tradición, su propia historia.
He visto a casi todas las familias
llevar diariamente sangre al banco.
Y he visto avergonzarse a quien se esfuerza.

Respetado español de los de ahora,
pasión sobreseída: ponte en pie
y vuelve a convencerte de ti mismo.
Cambiaste la salud por democracia.
Cayeron una noche tus idiomas
al último cajón de la mesilla,
y apenas eres hoy un decimal
de un número tan largo como el odio.
Este país es toda una sorpresa:
con el sudor fatal de tu talento
te ganarás el hambre cualquier año.
Español, contagiosa incertidumbre,
mala hierba que crece en la península:
aprende a practicar tus convicciones,
aprende de la mar en el naufragio,
y a no ser español sino persona.

Aarón García Peña

1-El amor. Por Fabian Poveda

Que pérfido es el amor,
cuando lo tienes te da alas,
y cuando empiezas a volar
te las quita para
que te caigas,
y el dolor es inhumano,
ese dolor que esta
en el corazón del ser humano.

Quien dijo que el amor
era bello,
cuan estaba equivocado,
pues es pérfido,
cruel y sanguinario,
disfrutando como un ser macabro,
del dolor que deja a su paso.

Desearía poder arrancármelo,
no tener que padecer,
en estos fuertes intervalos,
y al menos así,
dejaría de sufrir,
por lo que estoy pasando.

Le pedí a Dios,
un instante,
un momento,
que no padeciera,
pero el se mofa,
se ríe y se cree que es cuento.

Cada minuto que paso,
aquí en la tierra,
me decepciona mas,
el tener que encontrar
a esa supuesta princesa,
pues dándome cuenta estoy
de mi grave error,
que los cuentos de príncipes azules
para siempre han marchado,
entonces,
yo,
que soy reducto de lo antaño,
de lo caduco y oxidado,
debería de poner fin
a esta pobre existencia?
tan amarga,
tan decadente,
vivida en esta maldita tierra?

Y si hay un destino
para cada uno
porque el mío es tan cruento,
porque es tan mezquino,
porque me deja en la estacada,
porque nadie me dice nada…
acaso soy un ser sin destino?
acaso un demonio,
o el ángel caído?

Entonces,
porque me tortura
con infames calumnias?
de darme alas
y cuando mas lo deseo,
me las quita a esperas
de caer yo al suelo?
acaso se divierte
con esa lamentable proeza?
se sentirá a gusto,
la muy malévola.

Corazón, amor,
con estas palabras
pondré fin a mi tormento,
hincándome el cuchillo
en lo mas profundo,
y dejando sangrando
mi corazón,
y quizás veas,
quien ha ganado esta batalla
mi horrible pensar
y mí oscura razón.


Fabian Poveda

La protesta. De Henry James

El libro.-

Un huracán asola Dedborough Place: las deudas de juego contraídas por Kitty, la hija mayor. Con las arcas vacías, el viudo Lord Theign descuelga La bella duquesa de Waterbridge para venderlo al millonario norteamericano Breckinridge Bender.

¿Convencerá la transacción a Lady Grace, la sensata hija pequeña, que lucha por el honor de la familia y a la vez por su relación con un plebeyo? ¿Y el crítico Hugh Crimble, callará
o impedirá el expolio del patrimonio artístico británico? ¿Y qué pensará Lady Sandgate, también viuda y también poseedora de una jugosa colección de arte?

La protesta, última novela publicada en vida por Henry James, e inédita en España hasta hoy, tiene su origen en una obra de teatro: de ahí la agilidad de sus diálogos, la supremacía de la acción frente a la descripción, y —marca obvia de la casa— el lenguaje exuberante y minucioso, la capacidad para meter el dedo en la llaga y describir un ambiente en que las apariencias valen más que cualquier cheque. Un afilado retrato de la aristocracia, además de una divertida historia sobre el poder, la familia y el amor.

«¿De veras quiere comprar aquello que es orgullo y prez de la familia? (…) ¿Es que eso está en venta?» (Henry James)

«El único escritor norteamericano al que podemos llamar maestro» (Cynthia Ozick)

Autor

El periplo biobibliográfico de Henry James (Nueva York, 15 de abril de 1843 – Londres, 28 de febrero de 1916) se instala en la dicotomía: natural de Estados Unidos y nacionalizado británico un año antes de su muerte, accesible en sus primeras obras y casi barroco en su época tardía, intenso en sus textos breves, y prolijo, apabullante, en los extensos…

Contradictorio y genial, un vistazo a su obra define el peso central de Henry James en la literatura de su tiempo: así, la narrativa de hoy no se comprende sin títulos como Retrato de una dama (1881), Los papeles de Aspern (1888), Otra vuelta de tuerca (1898), Las alas de la paloma (1902), La copa dorada (1904) o La protesta (1911). Amigo de Stevenson y Conrad, dramaturgo y ensayista, viajero sin prejuicios, James se desenvolvió con naturalidad en los lujosos ambientes que, más tarde, reflejó con acerado humor en su obra.

Editorial Olivo Azul

Buena literatura. Para todos y todas. En la caseta 197 en la Feria del Libro de Madrid hasta el 13 de junio.