Estafas. Por Ana Mª Tomás

A estas alturas no voy a venir clasificando los numerosos modelos y maneras de estafar al común de los mortales. Normalmente solemos referirnos, cuando nombramos la palabreja en cuestión, a engaños inmobiliarios, telefónicos, bancarios, piramidales, por Internet… pero pocas veces la utilizamos cuando nos timan el corazón, cuando nos roban la voluntad con artificios, cuando nos desvalijan el alma con tretas. Sin embargo, el mundo está lleno de estafadores y, sobre todo, muchas estafadoras. Quede claro que no utilizo el masculino y el femenino por aquello del lenguaje políticamente correcto (del que estoy hasta el mismísimo moño), sino porque quiero incidir en las ventajas que para este tipo de estafa tenemos las mujeres.

Hay un programa en una cadena televisiva que, día tras día, se dedica a exponer en su escaparate los intestinos de quienes deciden ir a la televisión a exponerlos, aunque… también exponen los de aquellos que han sido llevados con las más retorcidas de las artimañas. Pero, fíjense, no voy a meterme (al menos por hoy) con ese tipo de engaño sino con el que sufren aquellos que, a causa de la soledad, el desamor, la inseguridad en ellos mismos, o innumerables carencias físicas y afectivas, son pasto de gentuza que no merece ni el palmo de suelo que pisa.

Hace unos días, tuve la oportunidad de ver cómo a un chico se le venía el mundo encima. Empezaré por decir que el muchacho pertenecía al tipo de los muy tímidos, de ésos que desde la adolescencia han sufrido el escarnio de sus compañeros, de ésos que crecen entre mofas y burlas de propios y ajenos, de ésos que, cuando que se miran al espejo, sólo ven el despojo de un ser humano. En su soledad se había refugiado, como muchos otros, en Internet. Allí había conocido a una chica rusa, preciosa, que poco a poco fue subiéndole la autoestima y otra cosa a golpe de talón bancario porque ella estaba “deseando reunirse con él en España”, pero… (siempre hay un pero) debía dinero en su país y necesitaba también dinero para el viaje. Él fue enviándole dinero y más dinero hasta que una amiga del muchacho, harta de ver la jugada de la paya, lo llevó al programa para que éste le demostrara que la supuesta Paulova se llamaba “Mariaestafa” y que “enamorados paganinis” como él había tropecientos más.

Miren, a mí, que un señor se gaste lo que le dé la gana en putas me parece… diremos que respetable, pero siempre y cuando sea consciente de eso, y más, si es un pinta con mas kilómetros que… pero cuando se trata de una persona con tal necesidad de sentirse amado que, pese a que vea más claro que el sol que le están tomando el pelo, se niega a ver la realidad… me parece una canallada en toda regla. Sobre todo porque luego sabes de mujeres maravillosas que darían lo que fuera por encontrar a un hombre como ése que está derruido delante de las cámaras de televisión. Yo me pregunto por qué, a veces, es tan difícil coincidir… o por qué, en muchos casos, las mejores mujeres están con los peores hombres y viceversa…

Dentro de toda aquella locura de estafas y mentiras, dado que el programa iba de eso, la tarde quedó redimida por una pareja de tímidos y poco agraciados físicamente en donde los dos conocían el dolor de la burla, y la herida de la soledad y el abandono. Cuando le preguntaron a ella qué pasó para que su marido la abandonara con un niño pequeño, respondió que no lo sabía… que estuvo con muchas chicas y que el final se fue con una y los dejó. Pues menos mal que no llegó a saber que era un putero en toda regla, además de un irresponsable.

El chico contaba que las mujeres se reían de él y que no le dejaban que les mostrara cómo era en realidad.

Finalmente, él la abrazó lleno de ternura a ella y le dijo: “No sufras ya por nada. Yo estoy aquí para protegerte de todo, al niño y a ti”

Cuántos con muchas más posibilidades, en todos los sentidos (físicas, psíquicas y económicas) son incapaces de implicarse de esa manera y de decirlo de manera tan simple y tan bella.

Ana Mª Tomás Olivares – Dama Literatura 2009
Blog de la autora

La Elipa. Por Luis Oroz

Ha venido a pedirme que regrese,
a inyectarme en la piel el botox transparente de su complicidad.

Trashumante dormida,
vuelve y desplaza su flexible gravedad de kilómetros
y va doblando el mundo
en el libro de mapas del deseo.

Allí, muda y distinta,
habla otra vez sobre una edad difícil,
entorna las ventanas de mi casa extrajera
y pregunta en voz baja;
como un rezo que absorbe la distancia y el tiempo,
como un secreto en la canción del aire.

-Y cruza una pelota sobre el aro de los remordimientos.

La nostalgia es un grito, le respondo;
una boca pequeña que te besa en los ojos
o una luz que modela alguna oscuridad de plastilina.

Conozco ese lugar;
esa calle sin suelo, esa casa sin huéspedes,
esa mesa de humo donde apoyar los brazos
que sujetan la historia,
y la torpe ambición de un exiliado
que surge de la tierra con sus manos estériles,
su anestesia de pájaros,
para tirar mil piedras contra el agua de la felicidad.

¡No voy a regresar!
pero puedes pedírmelo,
tu voz son cinco amigos jugando al baloncesto
en la estrecha canasta del oído.


Luis Oroz
Blog del autor

Los niños ciegos. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Yolanda Sáenz de Tejada

Jose Luis Fernández, un amigo que vivía en una silla de ruedas, me enseñó que todos debemos de aprovechar nuestras discapacidades para sacarle partido emocional y físico a ellas. Él por ejemplo, al vivir más cerca del suelo, veía a las hormigas mejor que yo. Incluso a veces, se encontraba dinero en la calle…

Pero sobre todo, él, que fue un gran maestro y amigo mío, me enseñó a ver que todos, absolutamente todos, tenemos una discapacidad; aunque la escondamos, aunque la nuestra no se vea, la tenemos.

Por esto hoy, desde mi poema, quiero recordar que tenemos la obligación de luchar porque las personas cuya discapacidad sea latente, tengan una vida más digna y, sobre todo, más igual a la nuestra.

Los niños
ciegos
no aprenden a
sonreír.
Hay que enseñarles.

Lo repito,
por si alguno
lee esto muy
rápido:
no saben reír,
hay que enseñarles…

Y cuando sueñan,
nunca lo hacen
con imágenes
sino con
su mundo:
(mucho más rico
que el nuestro)
olores,
sabores,
piel,
abrazos,
uñas,
más abrazos,
plastilina,
frío,
hambre,
barro,
más piel…

Los niños
ciegos
(que uno podría ser
el mío,
por ejemplo)
son felices
si tienen
amor y compañía
(que tontería
he escrito;
igual que todos).

Pero
-y esto es muy
importante-
ellos, si no
reciben amor,
nunca,
nunca,
nunca,
aprenderán
a sonreír.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

Las estratagemas del amor. Por Maira Ropero

Las estratagemas del amor” representa un maravilloso viaje al mundo del amor a través de 19 cuentos variados y coloridos de primera calidad.

Es un completo y brillante muestrario de todas las sensaciones que el amor nos produce, reúne visiones de Europa, América y Asia, y nos lleva desde el estremecimiento del amor sentido como drama hasta los tiempos del amor sin amor, pasando por el amor carnal y las estrategias amorosas más enrevesadas. Es una selección de textos cortos e impactantes que nos hará mirar de otro modonuestra manera de entender ese extraño sentimiento que mueve el mundo.

En “Las estratagemas del amor” se exponen diversas formas de tratar el amor en el relato, comenzando por la literatura del S.XVII, representada por Madame de la Fayette, siguiendo por clásicos como el Marqués de Sade, Fiódor Dostoievski, Villiers de L’Isle Adam, J. M. Machado de Assis, Guy de Maupassant, Saki, Lev Andréiev y Ryunosuke Akutagawa, para llegar a la visión escéptica de destacados autores contemporáneos como José Luis Alonso de Santos, Álvaro Díaz Escobedo, Andrés Fornells, José Enrique Canabal, Francisco Legaz, Manuel A. Vidal, Nelson Verástegui, Johari Gautier Carmona, Pedro Amorós y Miguel Ángel de Rus.

Maira Ropero
Puedes descargar los primeros capítulos en Ediciones Irreverentes

El payaso. Por Juan A Galisteo (Galeote)

Cubría la noche la carpa de un circo,
arriba en el cielo brillaban los astros,
los niños reían y un equilibrista,
llenaba de arte sus manos y brazos.
Girando el trapecio con sus volteretas,
cubrió de emociones el estrecho espacio
y ante el movimiento de tantas piruetas
llovían clamores, silbidos, aplausos.
Irrumpió el silencio con gran alegría,
cuando aquella sombra cruzó el escenario,
tenía tez blanca, zapatos enormes,
era la figura grande del payaso.
Marioneta alegre, creadora de sueños,
que a tanta inocencia infantil diste paso,
nadie se ha ocupado de ese pensamiento,
que entre risa y risa, guardas cabizbajo.
La humildad sencilla de tu vestimenta,
marca un doble filo lleno de sarcasmo,
y en esa riqueza de ese sentimiento
que esconde tu alma, se observa un encanto.
Los niños entienden tu lenguaje vivo,
saben del misterio que esconden tus labios,
-maestro de sonrisas, tú haces melodías,
entre lo que es simple y lo que es extraño-
En tus carcajadas de irónica risa,
descubro esa pena tan honda, al amparo
de una gran bondad expresada en muecas,
que es correspondida con mimos y halagos.
Hoy, cuando te he visto, ya me he dado cuenta,
del dolor tan grande que guardan tus labios,
-como artista ríes, mi querido amigo,
y guardas tu pena como un ser humano-
Yo sé, la tragedia que ocultan tus ojos,
sé, de tu sonrisa, de tu desamparo,
de esa soledad que ahonda en tu vida,
por tanto recuerdo que no has olvidado.
A los dos, la suerte nos quitó lo mismo,
esa fe en vivir, con tanto descaro,
que hoy, sólo tenemos aunque ya es gran cosa,
calor de sonrisas sin besos ni abrazos.
Ya inunda el rocío la lona de un circo,
fuera, a la intemperie, juegan los muchachos;
la luna se esconde en su trayectoria
y los más pequeños están descansando.
Hay un camerino humilde y vacío,
en su mesa, un hombre piensa cabizbajo,
ya no tiene el gesto afable y risueño,
le miro y observo que es seco y callado.
Se ha quitado solo su máscara blanca
y el traje de rayas, guarda en un armario,
luego, pensativo, cierra su ventana…
-Es la otra mirada triste del payaso.


Juan A Galisteo (Galeote)
del blog del autor
ISBN: 84-96009-94-7

Cobarde. Por Luis Oroz

No mires tan al fondo,
allí se difuminan la verdad y el peligro.
En la cueva sagrada de una edad infinita se descuelga tu piel
y suenan tus palabras como insectos perdidos,
como un vibrar de pájaros
sobre el abismo de cualquier deseo.

El eco de la vida reverbera en tus ojos,
anuncia su prisión en cada perspectiva
y convierte lo efímero en perenne.

¡Agita tus pestañas!
(son la mano imposible que sujeta la materia lumínica,
la celda que retiene en cada guiño al asesino de la oscuridad)
y no mires al fondo;
el que mira muy lejos acaba siendo víctima de su propia distancia.

Aprende a ver el todo que la obviedad esconde
y tendrás el poder de lo insignificante;
aquello que se expande,
                                                 como un beso,
por las eternas grietas de un minuto caído.

Ya arrojaste tu fuerza, como un ancla, sobre el azul de la melancolía.
Por eso eres feliz,
por eso crece el miedo en el desierto de tus esperanzas.

Mírate…
estás huyendo en círculos ahora,
eres consciente,
                                 alígero,
                                                 temible
como el instinto viejo del murciélago
suspendido en la luz de su ceguera.


Luis Oroz
Blog del autor