Memoria. Por Iben Xavier

Iben Xavier

Para que todo esto hiciera algún sentido, 
tendría que regresar las manecillas del implacable reloj, 
nadar contra la corriente del río como un salmón desesperado. 

Mas no puedo detener el tiempo en aquel exacto momento, 
cuando descubrí tu existencia y decidí amarte para siempre. 

Ese amor indisoluble navega contra las olas, 
busca en la arena de la playa alguna huella, 
algún vestigio, una palabra que te describa 
y que la vertiente no borre de mi memoria. 


Iben Xavier

Guardando cosas. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Yolanda Sáenz de Tejada

Bueno, siempre cambio mi blog los lunes y los jueves pero ahora estoy
de promo y un poco desubicada así que llego siempre tarde…je,je
Este es un poemaprotesta, es el resultado de muchas cosas de este
viaje, donde una (esta que teclea como loca) no deja de observar.

Salgo de la ducha empapada.
Este apartamento que he alquilado en un oscuro lugar de mi cerebro, se me queda pequeño.
Mis ojos atrapan con un grito la toalla.
Sin querer,
he mojado
el suelo.

Me escurro…

Voy a parar directamente, con mis pechos, a la cocina. El golpe es sincero; he agujereado las baldosas.
Que curioso,
no me he hecho daño.

A borbotones, comienzan a salir de mi cuerpo toda clase de utensilios inútiles que tenía instalados dentro de mí: unas tijeras de podar (recuerdo que llevaba meses buscándolas), una sonrisa torcida, un mechón de tu pelo (mi adorable sansón), la primera muñeca que me regalaste y un diente roto que no quise tirar.

Intento levantarme
pero no puedo.
No soy la misma;
peso, seguro, tres libras menos.

Siempre te han gustado las mujeres delgadas y yo, nunca podía dar tu talla. Esa frase literal que tantas veces te dije, explicando la grase de mis sueños, pero que tú nunca supiste entender,
ahora,
antes de que vuelvas a casa y me veas repartida entre las baldosas grises de la cocina,
(pero delgada)
la enterás:
Mi amor,
siempre
me guardo
demasiadas
cosas dentro.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

Héroes de Grecia y Roma. De Fernando Lillo Redonet


El Libro
En un fascinante viaje en compañía de los héroes de Grecia y Roma en su paso por la pantalla, este libro invita a conocer cómo fueron transformados los personajes míticos e históricos, en un camino de los mitos cinematográfico. Desde aquellas encantadoras películas del llamado peplum hasta las que hoy en día se están realizando con gran éxito de público, desde Espartaco y Ulises hasta Gladiator, los 300 o Furia de titanes.
El libro finaliza con un completo y útil índice onomástico de todas las películas y series referidas en el mismo. Las ilustraciones de los carteles originales son obra de Sandra Delgado.

El autor

Fernando Lillo Redonet (Castellón de la Plana, 1969) es Doctor en Filología Clásica, profesor de latín en el IES San Tomé de Freixeiro (Vigo) y autor de numerosos libros y artículos sobre el Mundo Antiguo. Ha sido pionero en España en los estudios sobre el cine de romanos con sus obras El cine de romanos y su aplicación didáctica (1994) y El cine de tema griego y su aplicación didáctica (1997). Es autor también de Guías didácticas de películas como Gladiator, Troya o Alejandro Magno. Ha sido miembro del comité científico del Congreso Internacional Imagines. La Antigüedad en las Artes Escénicas y Visuales (Universidad de la Rioja, 2007) y colaborador en el volumen Hellas on Screen. Cinematic Receptions of Ancient History, Literature and Myth (2008). Ha impartido conferencias en Universidades españolas y extranjeras sobre el cine de romanos e igualmente numerosos cursos de formación del profesorado sobre el mismo tema. Es colaborador habitual de Historia National Geographic, revista en la que ha publicado artículos y reseñas sobre el mundo griego y romano.
Como escritor, es autor de las novelas Teucro, el arquero de Troya (2004), Medulio. El Norte contra Roma (2005) y Séneca. El camino del sabio (2006).
http://fernandolillo.blogspot.com


Ediciones Evohé

Puertas mentales. Por Ángeles Nava Martínez


Hay momentos que no requieren de nada, sólo inspirar y expirar… detenerse un poco y salirse de la línea trazada del tiempo. No es momento de leer el libro en turno, ni de estudiar lo del seminario, ni de chatear, ni de bajar canciones, ni de tomar medicinas, ni de revisar tareas, ni de alguna actividad física, ni de llamar por teléfono, ni de ir al cine, recoger documentos de una baja de escuela, ir al banco, enfadarme con un cajero que no funciona, por el corto circuito del mini split o por saber si anda un ratero arriba del techo de mi casa, ni siquiera de planear el futuro. Nada, nada, nada. Nada que no sea enmudecer frente a un instante que contiene todos los instantes. Después… escuchar la “bendita” música que me regalo mi hermanito, ahhh, Love song, May it be, Enigma y otras. Después, pensar… pensar por qué soñé cuatro veces con el mismo sitio, por qué en el camino el taxista me platicó tantas cosas, que sentí unas ganas inmensas de cruzar otros mares y albergarme en otras tierras… y saber por qué mis decisiones aún no maduran.
Aún no me llega el recibo de luz, esa es otra causa para estar todavía tranquila. Aparte, tengo tres o cuatro meses de descanso antes de irme a Houston. ¡Fiu! Eso de alistar maletas siempre me hace perseguir autobuses hasta la curva Texas.
Todavía tengo tiempo para terminar de leer el libro que me prestó mi amiga, sobre la fenomenología de la muerte. Aunque ya estoy un poco mareada con el ello y el yo, los instintos, la melancolía y los mecanismos de defensa. ¿Porqué un ensayo tiende a repetir lo mismo tantas veces y de diferente forma con la finalidad de que nuestra mente lo acepte? Lo sé, es un ensayo, pero sucede que prefiero la practicidad. Siempre me ha gustado la Psicología, pero a veces creo que el psicoanálisis psicoanaliza hasta lo que no existe. De todas maneras pienso que este libro me seguirá abriendo puertas, así como otros que tengo en espera o algunos ya leídos. Puertas mentales que se abren y se cierran, puertas que sirven para entrar o para salir, para sacar a patadas o para entrar dando tumbos, puertas de todos los tipos y tamaños, nunca la puerta standard de home depot, con llaves y sin ellas, con picaportes o sin ellos, siempre puertas que definen rumbos o que no llevan a ningún lado, que cambian vidas, que contienen lo inesperado, que encierran, conducen o develan. Puertas que no se enojan, que no cobran, que no me exigen una respuesta forzosa, que no me restriegan nada en el alma.
Hace días estaba pensando en la melodía de Diego Torres que dice: “Es mejor perderse que nunca embarcar, mejor tentar a dejar de intentar”… No tengo motivos para arrepentirme sobre ciertas cosas vividas, sólo que me fue difícil entenderlo. Pasa que más de una vez nos hemos preguntado como Milán Kundera ¿Qué es mejor el peso o la levedad? Parménides optó por calificar de positiva a la levedad, Beethoven por el contrario decía que el peso era positivo, pues las decisiones de peso iban unidas a la voz del destino, dijo que sólo lo que es necesario tiene peso, sólo aquello que tiene peso vale, y de esta convicción nació su música. Entonces, la carga más pesada es la más intensa plenitud de la vida, a más pesada, más real y verdadera será. ¡Vaya sentido! He pensado mucho en esto, en las demás personas, sus vidas y la mía, como punto experimental sobre el peso y la levedad, sobre lo que siento y lo que sienten ellas, hay vidas que se vuelven más ligeras que una pluma, a veces más ligeras que el mismo aire, que son reales sólo a medias y sus movimientos son tan libres como insignificantes, como dice Kundera. Por lo que, pienso, ¿Cuántas veces la gente se abate en su levedad? ¿Cuántas veces nos quejamos del peso? El punto es que por séptima ocasión enfrentaré un hospital, entregaré a otra de mis hijas a un quirófano y sabré que mi vida tiene un gran sentido. Comeré galletas con queso chedar, probaré a menudo la pizza, cenaré a las cinco de la tarde, veré los edificios frente a la ventana del cuarto de juegos, pasearé por los pasillos del children`s hospital con chamarra porque soy de tierra caliente, disfrutaré el trenecito y la pecera de la recepción, la visita de los perros, las tardes de jugar bingo con mexicanos, el hot dog de en la mañana, y esa coca cola que sabe diferente, espero ver a Denisse nuestra enfermera favorita, al Dr. Barnes, a Miriam, el Sr. Fausto, Diana la encargada de foráneos, la radióloga, el fotógrafo, la terapista, los elevadores verdes y morados, los simulacros de incendios, los arbolitos del quinto piso y la ciudad bonita. Por supuesto la calidad humana de quienes trabajan dentro, el compañerismo entre pacientes de todas las nacionalidades, pero sobretodo, lo más importante, cada momento que compartiré con Madita, mi pequeña, la más pequeña, porque cada instante sin tiempo sabe a eternidad, porque cada pedazo de vida con sentido nos hace inmortales, porque pensando con locura ciertas corduras, quizá …nos volvamos extrahumanos.

Ángeles Nava Martínez

De pájaros. Por Dorotea Fulde Benke

Sentado en el escalón más alto de la escalera de caracol que llevaba a la plataforma de la torre, el enano abría su boca de gruesos labios como un pez agonizante, y solo la cerraba para tragar con prisas la saliva acumulada. Jadeando ruidosamente miró con ojos acuosos al amigo que se había acomodado algo más abajo.
—¡Cómo te gusta crear falsas perspectivas! —dijo entre toses—. Como si yo no estuviera acostumbrado a mirar hacia arriba…
El amigo no respondió en seguida. La subida a la torre le había cansado menos que la negación del otro a dejarse ayudar; oír su respiración trabajosa, observar el esfuerzo de sus piernas cortas le había crispado. Hubiera querido mantener silencio, pero sabía que era preferible contestar.
—Entonces, ¿a eso hemos subido? —preguntó con suave ironía—. ¿A mirar hacia arriba?
—¿Te burlas?
Los ojos del enano centellaron, pero la calma que encontró en la mirada del amigo disipó la tensión. Se puso de pie y superó con dificultad el último escalón. La balaustrada que rodeaba la plataforma dejaba huecos más que suficientes para que él mirase a través. El amigo le siguió y ambos –con la inalterable diferencia en altura que había entre ellos— observaron en silencio la campiña otoñal atravesada por un par de arroyos, los montes que a lo lejos abrazaban el valle y el cielo que, como telón de fondo azul, ofrecía su mar difuminado a las bandadas de pájaros.
—¿Te fijas? —preguntó el enano—. En esta época del año los pájaros más que otra cosa parecen bancos de diminutos peces negros.
Y acercó su cara sudorosa a la separación entre dos columnas para sentir la brisa en la que flotaban tordos, gorriones y golondrinas. El amigo, sin embargo, se dio la vuelta y se sentó en el suelo a su lado apoyando la espalda contra la balaustrada. Cerró los ojos y juntó las puntas de sus dedos. Esperó.
—Salpican el cielo como las semillas lanzadas al viento cuando sembramos las eras en primavera. Se esparcen en el aire y no hay voluntad común que dirija sus cuerpos, sus alas, sus picos, borrosos por el movimiento y la distancia. Pero de pronto, pasa por ellos una onda de entendimiento, y se posicionan: el enjambre se convierte en formación. Avanzan, doblan y regresan, bajan y suben al unísono. Vuelan con orden, en línea, en filas. Cualquier día van a emprender el viaje.
Seducido por la voz del otro, aún entrecortada y forzada, el amigo dejó de percibir la dureza del empedrado; ya no sentía el roce del respaldo: él también echó a volar; ascendiendo sin peso, impulsado por un soplo de viento; descendiendo en picado. Batió sus alas al compás de los que volaban a su lado; fue parte de la marea, miembro de la bancada. Oteó la pequeñez de los seres que se movían por el campo, y su corazón latió veloz pero sin cansarse por las acrobacias y giros en el aire. Cuando todos viraron hacia la derecha, él, con ellos, como uno más, y ahora…
—¡Mira, mira! —gritó el enano—. Un aguilucho. Las golondrinas rompen filas. Huyen, se dispersan… ¡Ay, granuja, has cogido una avecilla y te la llevas!
El amigo sintió pasar por su lado la sombra del ave de presa. Sabía que espacio, tiempo y dimensión le protegían del ataque, pero aún así se agarró a ciegas al brazo del enano para asegurarse de que se encontraba a salvo y en la plataforma de la torre. Este le miró entre sorprendido y complacido por el gesto; luego percibió su perturbación y continuó hablando para sosegarlo:
—Ya me dirás cómo resisten de batir sus alas, piar, silbar, cantar o graznar al mismo tiempo que se proyectan a través del aire, livianos como hojas otoñales. ¿Dónde descansan y duermen?
Le observó con atención para detectar si había vuelto o no a su lado. Y transcurrido un momento, el amigo contestó como si nada hubiera pasado.
—Bien sabes dónde se refugian para recuperar el aliento y cómo se apretujan unos contra otros, calentándose mutuamente con el tibio pulso de sus cuerpecillos: por las noches ahí los tienes, balanceándose sobre las desnudas ramas del roble de la hondonada al que revisten con sus plumas, ahora que el árbol se ha desprendido de su copa veraniega.

Se puso de pie y sin mirar los pájaros que habían retomado sus ejercicios para el largo vuelo, comenzó a bajar la escalera. El enano, intrigado, le siguió sin preguntar.


Dorotea Fulde Benke
Blog de la autora

A un perro abandonado. Por Juan A Galisteo (Galeote)

Con ojos tristes, miraba abandonado,
tal vez sediento de cariño, un perro;
quizá, queriendo descubrir su dueño,
en mi persona, con calor humano.

Movió la cola con celoso empeño,
me dio su pata, que cogí en mi mano,
y huyó en silencio, perdido y cansado
por la vereda, triste en su destierro.


Juan A Galisteo (Galeote)
del blog del autor

España en la final de Sudáfrica 2010.

 

 

El mundo gira en torno al mundial de futbol de Sudáfrica y un pulpo llamado Paul hace los pronósticos en todos los telediarios. Sea como sea, un 7 de julio (San fermín), España ha conseguido pasar a la final por primera vez en su historia. Y ocurra lo que ocurra, es un hito deportivo que celebramos desde aquí también. Veremos si se consigue. ¡¡Podemos!!