
Notas que te estás haciendo viejo cuando tardas cinco años o más en llegar a la última modernez. En la literatura española, que hace tiempo que no existe más que como sucedáneo y folclore/degustación de canapés y crimen ecológico, se fabrica cada década una aparatosa ceremonia de la confusión por la que se nombra rey momo al primero que pasa por allí.
Un muchacho con una buena mata de pelo, ideas gregarias y pose un poco lánguida y un poco así como de portada de disco de cuando los discos tenían portada y había discos.
Y entonces se venden unos cuantos libros.
Pasó en los 80 con Loriga, pasó en los 90 con Mañas, y ha pasado con el temita este de la nocilla, que ya me dirán ustedes.
La cosa es que a las otras modernicidades había llegado uno fresco, un poco rezagado, acaso, pero siempre dentro del pelotón. Había cumplido, porque en España hay que cumplir. Pero a esta última he llegado tardísimo,tan tarde como que la leí anoche mismo. Esto es casi llegar fuera de control a meta. Que el gafapastismo patrio me perdone.
Lo único que se me ocurre decir de la numerosa cantidad de letras que se agrupan formando palabras para engrosar dicho volumen, es que ya va siendo hora de que los alfaguaras levanten la próxima perdiz.
No hay nada que envejezca tan rápido como lo moderno.
Miguel Pérez de Lema
Proscritosblog




Estoy frente al ordenador con un montón de papeles que requieren ser atendidos: solo con mirarlos me deprimo. El sistema envenena lenta e inexorablemente nuestras vidas en el único espacio en el que creemos estar seguros y a salvo: nuestra casa. Ésas miserias cotidianas se materializan en papeles: citaciones del juzgado, sanciones de todo tipo, amenazas bancarias, notificaciones de las administraciones públicas, facturas y la convocatoria de la junta de la comunidad de vecinos.



Esa noche estaba fatal, las paredes de su piso hipotecado parecían moverse lentamente queriendo atraparlo, las ventanas aparentaban achicarse y no paraba de fumar. Además llovía y hacía ese frío húmedo que cala hasta los huesos en las ciudades mediterráneas. Así que no se le ocurrió otra cosa que hacer lo de siempre en estas situaciones; ir al sitio de bebidas más próximo, apalancarse en un taburete y tomar los gin-tonics necesarios para dejar de pensar en ella.