Moderneces, las justas. Por Miguel Pérez de Lema

Notas que te estás haciendo viejo cuando tardas cinco años o más en llegar a la última modernez. En la literatura española, que hace tiempo que no existe más que como sucedáneo y folclore/degustación de canapés y crimen ecológico, se fabrica cada década una aparatosa ceremonia de la confusión por la que se nombra rey momo al primero que pasa por allí.

Un muchacho con una buena mata de pelo, ideas gregarias y pose un poco lánguida y un poco así como de portada de disco de cuando los discos tenían portada y había discos.

Y entonces se venden unos cuantos libros.

Pasó en los 80 con Loriga, pasó en los 90 con Mañas, y ha pasado con el temita este de la nocilla, que ya me dirán ustedes.

La cosa es que a las otras modernicidades había llegado uno fresco, un poco rezagado, acaso, pero siempre dentro del pelotón. Había cumplido, porque en España hay que cumplir. Pero a esta última he llegado tardísimo,tan tarde como que la leí anoche mismo. Esto es casi llegar fuera de control a meta. Que el gafapastismo patrio me perdone.

Lo único que se me ocurre decir de la numerosa cantidad de letras que se agrupan formando palabras para engrosar dicho volumen, es que ya va siendo hora de que los alfaguaras levanten la próxima perdiz.

No hay nada que envejezca tan rápido como lo moderno.

Miguel Pérez de Lema
Proscritosblog

Justicia casera. Por José Vicente Pérez Bris

Soy magistrado en ejercicio. Me apodan el juez “condena” por mi peculiar forma de ejercer. Tras sentenciar a no menos de seis encausados en una misma instrucción, me dispuse a volver a casa llevando con orgullo la pesada mochila de mis desmanes judiciales. Sin embargo, pese al éxito profesional, cada día acabando el trabajo, transformo la faz y entro en el hogar con el corazón encogido. Allí me espera una irascible esposa la cual me juzga cada noche sin piedad. Tras casarnos, ya estableció un decreto mediante el que mi libertad quedaba cercenada. Sin dilación me somete a una extensa encuesta y yo pormenorizo todos los casos enjuiciados con todo lujo de detalles. Parece disfrutar extrañamente en el relato de todas y cada una de las injusticias que cometo. Entre tanto, envuelto en burbujas de detergente, mientras froto la vajilla con el estropajo, purgo mis pecados diurnos.

Finalista en el Certamen Microrrelatos Abogados del mes de agosto 2010

José Vicente Pérez Bris
Blog  Taller Literario

Buscarte sin encontrarte. Por Verónica Victoria Romero Reyes

«Qué forma de hacer malabares con las palabras. Tengo la impresión que eres como los encantadores de serpientes… indudablemente las pones a tu servicio».
Fernando Ximello. Agosto 2010

Es necedad buscarte si encontrarte será un imposible,
buscarte si el imposible es encontrarte,
encontrarte si buscarte es mi posible.

¿Era posible encontrarte sin buscarte?

Es necedad creerme savia siendo rama,
creerme sangre siendo agua,
creerme hogar siendo pensión.

¿Creí eternidad mi estigma en tu alma de instántanea llama?
¿Cuándo supuse, en yerro, que de tu descanso era la cama?

¿Cómo yo, la mínima de dominio en tu carne, y en presunción,
creyó que libarías eternamente el néctar de mis pretensiones?

Es necedad consagrarme a tu recuerdo
si tu recuerdo no quedó consagrado a mí,
si la consagración no fue en nuestro recuerdo.

¿Era posible consagrarte a un recuerdo?

Es necedad creerme melodía cuando soy guitarrazo,
creerme viento cuando soy silbido,
creerme invicta cuando soy derrota.

¿Creí Poesía mi estigma en tu alma de instántanea llama?
¿Cuándo supuse, en error, que de tu nido era la rama?

¿Cómo yo, la siguiente de presencia en tu cuerpo, y en obcecación,
creyó que anclarías tu alma en el paso de mi voz enamorada?

Es necedad saberme capítulo efímero.
Y no hacer nada.

Verónica Victoria Romero Reyes.
Blog de la autora
Tuya. Cómplice.
Derechos registrados.

El buzón. Por Xun

Estoy frente al ordenador con un montón de papeles que requieren ser atendidos: solo con mirarlos me deprimo. El sistema envenena lenta e inexorablemente nuestras vidas en el único espacio en el que creemos estar seguros y a salvo: nuestra casa. Ésas miserias cotidianas se materializan en papeles: citaciones del juzgado, sanciones de todo tipo, amenazas bancarias, notificaciones de las administraciones públicas, facturas y la convocatoria de la junta de la comunidad de vecinos.
Te lo meten por el buzón.
Sí, ese esfínter doméstico que se lo traga todo, hasta la publicidad.
Si existe un talón de Aquiles, ése es el buzón. Qué pasaría si nos deshiciéramos de la cajita de los cojones. Por ejemplo, al no enterarnos de que nos han mandado un certificado, se nos pasaría el plazo para recogerlo y nos ahorraríamos el prurito causado por la incertidumbre del ¿y qué será esto? A fin de cuentas, recogerlo o no, no cambiará nada. Las facturas, ¿para qué mirarlas? Si no estas de acuerdo te van a dar por el culo, mejor ni enterarte. Una citación del juzgado, ¿para qué ir? Es como apostar al rojo o negro, la sentencia dependerá de si su señoría ha follado la noche anterior. No diré nada de los bancos y administraciones públicas porque se merecen un espacio para ellos solitos.

Otra variante, no por fútil menos importante, es el tema de la propaganda. Con total inmunidad, a la luz del día, se acercan al buzón, y zásss, te la meten de todos los tamaños: formato octavilla, díptico, tríptico o revista King Size.
Cuando llega tu anhelada revista de aeromodelismo, el cartero te la deja hecha un rebuño porque ya no queda sitio en el buzón. Al abrirlo, incontinente, su interior se desparrama por el suelo, en una mezcla promiscua y aberrante.

Entonces, desamparado y jodido, comprendes que tu buzón se ha convertido en el coño de la Bernarda.

Xun

proscritosblog.com

 

operacióndelicada. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Yolanda Sáenz de Tejada

Tu corazón,
eso es.
Aprovecho que duermes y
te lo arranco.
Llevo días
esperando este
momento,
incluso he hecho
un curso de
cirugía emocional
para no
hacerte daño.

Lo peso y
lo huelo,
Lo muerdo y
lo lamo y,
con el fuego
de mis piernas,
lo aplasto.
Ahora que
ya te conozco,
estoy
lista para
operar.

Te has despertado
abrazado a
mí,
mordiéndome la
oreja y la
nariz.
Diciéndome eso
que nunca había
te había oído:
hueles a
fruta de mar,
a ortiga
de saliva
y miel,
a semen bendito
de mujer.

La operación ha
sido un éxito,
y eso
que te acabo
de conocer.
Cuando termine
contigo,
operaré a
ese de la barra
que me pone
a cien.


Yolanda Sáenz de Tejada
Colaboradora de esta Web en la sección
«Tacones de Azucar»

Blog de la autora

Amigos. Por D. Alcaraz

La playa de los piratasEsa noche estaba fatal, las paredes de su piso hipotecado parecían moverse lentamente queriendo atraparlo, las ventanas aparentaban achicarse y no paraba de fumar. Además llovía y hacía ese frío húmedo que cala hasta los huesos en las ciudades mediterráneas. Así que no se le ocurrió otra cosa que hacer lo de siempre en estas situaciones; ir al sitio de bebidas más próximo, apalancarse en un taburete y tomar los gin-tonics necesarios para dejar de pensar en ella.

Ella es Rosa. Juan y Rosa nacieron casi al mismo tiempo y fueron vecinos durante varios años. De niños eran inseparables y compartían los juegos, las fantasías de los cuentos que leían, pintar los cuadernos de ella, el cine matinal de los domingos, las caminatas hasta el estanque de los bichos, correr detrás de algún perro o gato abandonados, y tantas otras cosas que el tiempo sólo había difuminado en la memoria de ambos.

Un día que fueron al estanque ocurrió algo que ambos no olvidarían. A ella le encantaban las libélulas y observar sus movimientos sin perder detalle. Él sólo tenía un pensamiento, cazar una libélula roja y aplastarla para ver si estaba llena de sangre que el feroz insecto había extraído de algunas víctimas humanas. Lo había intentado varias veces pero nunca lo consiguió hasta ese día. Las lágrimas recorriendo las mejillas de Rosa quedaron para siempre en la mente de Juan. La cara de no entender nada que puso él todavía permanece en los recuerdos de ella.

¡Mierda! ¡Para una vez que necesito un paraguas! exclamó Juan sucesivamente. ¿Para qué coño me quejo si no me oye nadie? pensó. Se dirigió a su dormitorio y miró en los armarios empotrados. No encontró tampoco el horroroso paraguas para situaciones de emergencia, lleno de lunares negros sobre fondo blanco y que se desplegaba anárquicamente presionando un botón. El inolvidable paraguas se lo trajo de China una compañera de trabajo ¡Joder! ¡No habrá otras cosas que traerse de ese país asiático!, pensaba Juan cada vez que buscaba el dichoso artefacto.

D. Alcaraz
«La playa de los piratas». Relato por capítulos
Blog del autor