Trascender. Por Marisol Oviaño

Los escritores dicen que escribir un libro es como tener un hijo. El proceso de creación es similar al de gestación: algo- que no sabes lo que es- no para de crecer. Para mí, ahí acaban las semejanzas. Una frase grandiosa puede llevar incluso más tiempo que un embarazo. Y sobrevivir al escritor, a sus hijos, a sus nietos y a sus tatatatatatatatatataranietos. Quizá por eso yo sienta la necesidad de alejarme de mis propias frases: me retratan. Retratan la que soy cuando la escribo. Pero la vida me ha enseñado que hoy soy una mujer y mañana seré otra,… Leer más

Me gusta matar gente. Por Felisa Moreno Ortega

Es un hecho probado, en la mayoría de mis relatos y/o novelas muere alguien de forma trágica, es decir, no por una muerte natural y placentera en una cama, rodeado de su familia, no. Normalmente suelo acabar con mis protagonistas de mala manera, suicidios, asesinatos, accidentes, etc. Como muestra un botón, que diría una costurera, en mi última novela “Una idea absurda”, inicié el primer capítulo con un cadáver, y por el camino me cargué a unos cuantos más. Lo que en principio iba a ser una historia de infidelidades, se convirtió en una auténtica carnicería. Y no me explico… Leer más

Los gigantes duermen en Antequera. Por Dorotea Fulde Benke

Se tumbó formando con su cuerpo unos montes en medio del valle. Apartó rocas y montículos para apoyar su cabeza sobre un bosque que cedió con estrépito. Mirando el techo del cielo, a veces tan bajo, inalcanzable en otros momentos, se acomodó mientras su mano buscaba la mujer que hacía siglos no se movía y cuya silueta –disimulada por viñas, olivos y pinos– había perdido nitidez. Durante unos instantes a su medida, volvió a experimentar la felicidad ilimitada que antes, mucho antes de que el mundo desapareciera tras sus párpados, compartía con ella: sus andanzas a través de la llanura,… Leer más

Recuerdos. Por Yolanda Sáenz de Tejada

Mi madre y sus hermanas, preñando la casa de hijos. Amamantando de alegría nuestros miedos… Siempre íbamos a esa casa en invierno. También cuando la primavera reventaba mis mañanas. Veo el caballo libre y los tendederos de ropa blanca; aquél olor de algodón virgen que cruzaba nuestro campo. En aquella casa leí cien años de soledad. 14 años escondidos en el huerto. Con el corazón abierto en cada página. Si te pillan te la cargas, decía mi prima; pero yo no podía dejar de leer. Y me la cargaba. A veces, salía al tendedero a soñar entre la ropa dormida…. Leer más

La cuota. Por Dorotea Fulde Benke

Ya antes de incorporarse a su empleo, Nuria suponía que la iban a discriminar, y no se equivocó. A pesar de ser bibliotecaria titulada, la destinaron al sótano de los libros dados de baja por diversas razones. Aun así, el trabajo en ese departamento subterráneo no la disgustaba: la algarabía de los libros de las plantas superiores llegaba amortiguada por los gruesos muros, y los ejemplares retirados del catálogo ya no armaban tanto jaleo. Pronto hizo amistad con novelas maltratadas por los equipos electrónicos de lectura; escuchaba pacientemente a enciclopedias que no habían sido consultadas en más de cincuenta años… Leer más

Lo que viví.Feria del libro de Madrid. Por

La cocacola en el césped con María mientras el altavoz dice que estoy firmando en la caseta, el abrazo de Antonio Huerga con sus ojos. Antonio y su cariño en una tarde de sábado que parece un viernes después de terminar el instituto, la señora que se emocionó al abrir el libro y leer un poema, el señor que sólo leyó la biografía, los rotuladores que me regaló mi amiga Espe para firmar, las pegatinas que compré de corazones, letras y ositos y que seleccionaba para cada visitante que se llevaba el libro la sonrisa de Charo, Ignacio que no… Leer más

El diario. Por Damian Marín

Jamás pensé que yo escribiría un diario. Como jamás pensé que te irías. Pero lo cierto es que te marchaste. La verdad es que te fuiste y yo me quedé con cara de tonto, en mitad de la Estación del Norte. La verdad es que, desde entonces, estoy garabateando este maldito diario. Lo escribo cada amanecer y cada anochecer, lo escribo con las manos llenas de recuerdos, lo escribo con los ojos llenos de sorpresa. Hace ya cuatro años que me pierdo entre sus vocales, entre sus verbos y lo cierto es que el final siempre es el mismo. El… Leer más