Para, cabeza, para. Por Verónica Victoria Romero Reyes

Verónica Victoria Romero Reyes

Para, cabeza, para
el giro de idea incesante,
no permitas que el corazón
se rompa como potro, galopante,
por querer saltar el obstáculo baladí.

Te reconozco que me dominas,
me hieres, me procuras tambaleo
y el Verso magno me conminas.

Todo lo vería en claridad si no fuera por ti.
No voy a ser semental de tu rejoneo.

Pero no me amargues la mirada
en mis ojeras de niña y mujer prendida,
no me borres el sentir tan mío
de algo que nunca fue de nadie…

Pero que fue mío, sin saberlo su alma,
fue mío, mío, mío… ¡Mío!

Para ya, cabeza, yo de ti reniego,
no me das más que vueltas sin dulzura
y me haces desierto el oasis pretendido.

Qué día con cruz, qué sino de amargura.
Saberme yo misma enemiga de mí.

¿Le dejaré paso a la locura?
¿Mi amor no es altar para ti?

Te detesto tanto cuando tu martillo
me acecha el corazón en un vestigio
que maldice tu ser, tu redoble y tu abrigo…

Tan sucio y trampero que vuelve un instante
una cadena perpetua en el laberinto
de lo no sabido, no presenciado y no actuado.

Y con pena de infierno, por no llorarme, yo me río:
me dejas el ser sin razón, sin rezo y sin cobijo…

Pero, cabeza, yo te lo aviso,
antes que darte razón
me hago llama de muerte el paraíso.

Blog de la autora
De tu voz la travesura.
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