V Certamen de narrativa breve - Canal #Literatura

Noticias del III Certamen

13 marzo - 2008

35-Barro en los ojos. Por Estetampoco

Nunca se sabrá lo que le impulsó a buscar refugio en aquel tugurio de mala muerte; posiblemente entró allí tratando de escapar de la reali­dad, o tal vez pen­sando que unas horas en la oscuridad de la sala le harían ver la vida de otra forma, o quizá con la secreta espe­ranza de encontrar entre el estiércol un revul­sivo capaz de salvar ese mundo que se le desmoronaba en las últimas semanas. Porque lo cierto es que ya no tenía ganas de vivir, desde que su esposa había hecho las maletas de buenas a primeras y le había dejado una carta en la repisa del aparador explicán­dole que no volvería más a su lado y que nunca le había querido. Y para colmo no podía recurrir al apoyo moral de su hija, por la que se había sacrificado durante tantos años, pues no deseaba que todo este asunto re­per­cutiera en los es­tu­dios de doctorado que estaba realizando en una universidad de Estados Unidos. La verdad es que no había escogido para redimirse un lugar muy recomen­da­ble, ni siquiera era un ambiente que le atrajese especialmente, pero a él no se le caían los anillos, como se dice vulgar­mente, por repre­sentar cierta clase de papeles ni por mezclarse con gente de los más diversos pelajes; ya estaba curado de es­panto, y por su condición de periodista de investigación cono­cía a la perfección lo que se mueve habi­tualmente por las cloacas de la sociedad. En el vestíbulo se respiraba ya una atmósfera viciada, sucia, y las pocas per­sonas que deam­bulaban por allí, fumando un cigarrillo, evitaban mirarse a los ojos. Su aspecto era terrible, parecían salidos de un mal sueño, y en sus rostros llevaban mar­cado el estigma de la depravación. Claro que lo mismo pensarían ellos de él, a buen seguro. Pero no tuvo mucho tiempo de examinarlos, pues en seguida se sumergió en la oscuridad de la sala, en donde el olor a sudor y a sexo se mez­claba con el am­bien­tador barato. Durante unos segundos, hasta que sus pupilas se fueron acos­tum­brando a la penumbra, tuvo que orientarse casi a ciegas, de forma que se sentó en la primera butaca que encontró vacía, más o menos hacia el centro de la sala. La película era infame, por supuesto, aunque no peor que cualquiera otra de las de su clase, y apenas le prestó atención pues no estaba allí para eso, ni tenía la ca­beza para semejantes guarradas. De hecho, cuando por unos instantes se puso a ob­servar el panorama que le ro­de­aba, se dio cuenta de que casi nadie prestaba aten­ción a la pantalla, sino que más bien estaban pendientes de las idas y venidas de los pobres dia­blos que se movían como almas en pena por los pasillos y por las bu­tacas aledañas. Y, como si fuera un buitre oteando la carroña, muy pronto se sentó a su lado un tipo volumi­noso y rudo, que se puso a mirarle de reojo y a hacerle una serie de señas que sin duda pertenecían a algún có­digo preesta­ble­cido, que los habituales del lugar debían co­nocer perfecta­mente. Ensimismado en sus pensamientos, decidió mantenerse al margen de las inten­ciones de ese individuo, que sin embargo se estaba arrimando lentamente, acer­cando la pierna a la suya, ocupando cada vez más el espacio de su butaca. Y al comprender los abyectos propósitos que se escondían tras sus maniobras, no tuvo más remedio que descender a la realidad e inclinarse a su vez hacia el otro lado, dándole a entender de esta forma que no deseaba entrar en cierta clase de juegos. El tipo se cansó en se­gui­da, se levantó y fue a sentarse en otra butaca un par de filas más adelante, en busca al parecer de otra opor­tu­nidad, de otra carroña con la que alimentarse. Pero la tregua duró poco. Muy pronto un segundo individuo ocupó el asiento vacío a su lado y trató de hacer lo mismo, y después un tercero, y hasta un cuarto, al­gunos incluso acompañando sus tejemanejes con gestos de lo más obsceno y elo­cuen­te. Y todo ello a pesar de que él mantenía desde el principio la misma actitud pa­siva, distante, her­mética, completamente ab­sorto en sus cavilaciones, sin preocu­parse ya lo más mínimo del trasiego de esos tipejos que solamente buscaban alimen­tar sus pa­siones más vergonzantes. No parecía importarle mucho el hecho de formar parte, aun­que fuera de forma accidental, de aquel infra­mundo hediondo, de aquel fango donde cada tarde chapoteaban los tipos de la peor cata­dura moral, y que dis­taba apenas quinientos metros del centro de la ciudad. No, en ese momento sus preocupa­ciones eran más profundas, sus pensamientos estaban más lejos, su angustia iba por otro camino, un ca­mino lleno de cardos y pie­dras en el que las lágrimas podrían brotar de un momento a otro como brotan las gotas de lluvia en las tardes de otoño. Palpó la pistola dentro de su bolsillo. Siempre la llevaba consigo, aunque jamás había tenido necesidad de utilizarla. Pero quién sabe, lo mismo esta vez se decidía a apretar el gatillo y acabar para siempre con esa angustia que se había apoderado de él desde que su vida había dado un giro de ciento ochenta grados, dejando un vacío que le acompañaba ya día y noche. 

Puso el codo en el reposabrazos y apoyó la barbilla contra su mano. Con la mirada baja, ajeno a cuanto se desarrollaba en la pantalla y al trasiego reinante a su alrededor, sintió una vez más pasar ante sí, a toda velocidad, gran parte de su vida an­terior, como le venía sucediendo durante las dos últimas semanas: el no­viazgo, la boda, los casi vein­ti­cinco años de matrimonio, el nacimiento de su hija, todos los mo­mentos felices e incluso los que no lo fueron tanto. Y todo para terminar así, aban­do­nado como un trapo de la noche a la mañana, sin darle expli­ca­ciones, sin com­prender los mo­tivos que podían haber llevado a su esposa a tomar una determinación seme­jante. ¿Y qué le quedaba ya sino dejarse llevar pen­diente abajo, terminar con todo de una vez? Sopesaba los pros y los contras, las razones para seguir madru­gando, para seguir levantándose cada mañana y poniendo buena cara, y las de arrojar la toalla y dar el carpetazo definitivo al libro de su existencia. Mas la balanza no acababa de inclinarse hacia un lado ni hacia el otro, pues lo mismo se sentía el ser más desdichado de la tierra, que al momento se acordaba de su hija, de su maravillosa hija que tantas satisfacciones le había propor­cio­nado, y no se resignaba a alejarse de ella para siempre. Conforme le daba vuelta en su cerebro a todos los acontecimientos de su vida, más dudas se le planteaban. Después de todo, quizá no había sido un buen marido ni un buen padre, quizá esta soledad repentina, este derrumbe existencial que le había llenado de escombros el alma, había sido motivado por su negligencia, por no saber hacer feliz a su esposa, por haberse preocupado más de lo material que de lo afectivo.  Empezaba a tener calor; la temperatura dentro de la sala, unido al malestar interior que sentía y al ambiente nauseabundo que se apoderaba del lugar, le cau­sa­ban una honda sensación de agobio. Mejor sería marcharse, salir a respirar aire lim­pio, a arrastrar su miseria y su soledad por las aceras y los bares. Mejor sería confiar en un mi­lagro, en un rayo de espe­ranza, en una flor que viniese a poner una nota de color en la cuneta de su camino, de un camino que ya no conducía a parte alguna.  Alzó la vista, aturdido y lloroso. Pero la escena de la película le dolió como si le hubieran arran­cado de cuajo el corazón, como si le hubieran llenado de barro los ojos. Y el disparo en la sien se escuchó perfecta­mente, mezclado con los jadeos de su hija que, observándolo desde el fondo de la pantalla, era en ese momento penetrada simultá­nea­mente por dos fornidos sementales.  

34- A quien pueda interesar. Por Ludo Rodez
36- Correspondencia. Por PKD


30 votos, promedio: 3,47 de 530 votos, promedio: 3,47 de 530 votos, promedio: 3,47 de 530 votos, promedio: 3,47 de 530 votos, promedio: 3,47 de 5 (30 votes, average: 3,47 out of 5)
No puede votar si no es un usuario registrado.
Cargando...

Participantes

libélula:

Impresionante tu relato. La desesperación de un hombre puede ser un viaje sin retorno. El final me ha dejado perpleja. Cuán engañados-as podemos estar las madres y padres.


bobdylan:

La verdad es que la historia es sórdida pero refleja un mundo no demasiado conocido que sin embargo está ahí, como tú dices, en pleno corazón de la ciudad.

Una de las mil cosas terribles de la prostitución es que efectivamente esas chicas tienen sus padres y madres, y que han sido alguna vez niñas y acaso incluso han gozado de una infancia feliz antes de adentrarse por el camino equivocado.

Te deseo suerte en el concurso.


bobdylan:

Gracias a los 29 lectores que me habeis votado (el voto restante es el mio, pues ya que le di voto a todos los relatos que pude leer -unos 160- era natural que lo hiciese también con este).

Y gracias a libélula por dejar su comentario.


libélula:

Me acabo de enterar de que este relato es tuyo. Bobdylan parece que te conozco de antes, será porque he leído muchos de tus comentarios en este concurso y siempre son muy acertados, también admiro tu capacidad para leer tanto y me consta que eres muy popular entre todos los concursantes debido a tu buen criterio. !Vamos, que no relacionaba yo los dos seudonimos!Y me preguntaba con cierta curiosidad cómo bobdylan leía tanto sin haber escrito nada. Mucha suerte.


Perséfone:

Pues te digo lo mismo que libélula, es admirable tu tesón y tu entrega hacia los demás participantes, tomándote la molestia de leer los relatos y de dejar tus siempre acertados comentarios. Es de agradecer. Y ya sabes que la actitud positiva es muy importante. Para el próximo certamen te pones el seudónimo de «Estegana», que tú puedes.


libélula:

Bobdylan después de leer en este certamen me he confirmado en mi idea de que estoy en mantillas.
Me gustaria intercambiar nuestros correos, si tú sabes como hacerlo. Estoy segura que hablando contigo aprendería muchísimo.


Envia tu comentario

Debe identificarse para enviar un comentario.